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El capital riesgo intenta hacer caja en la industria alimentaria con dudoso éxito

El incierto futuro de Panrico está en manos de Oaktree, especializada en gestionar firmas al borde del abismo

En 2012, estas firmas invirtieron en toda la economía española más de 2.472 millones de euros, pero el sector de la alimentación no da los mismos réditos que otras industrias

Chorizos Palacios o Berlys también están en manos de este tipo de inversores

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Panrico liquida las facturas de septiembre de los autónomos, que esperan rebajar el número de despidos

Panrico es la enseña de la mala gestión que puede hacer el capital riesgo en algunos casos

Inversiones rentables con fecha de caducidad. Esa podría ser una corta y generalizada definición del capital riesgo. De hecho, su funcionamiento es, en apariencia, bastante sencillo. Son firmas con capacidad financiera para realizar grandes operaciones que otean el panorama empresarial en busca de oportunidades y gangas. Las compran, las limpian de polvo y paja, las hacen funcionar para lograr la máxima rentabilidad y, cuando han pasado cuatro o cinco años, vuelven a poner el cartel de ‘se vende’ para colocárselas al mejor postor.

Una operativa, sobre el papel, simple. Pero, en el caso de las empresas de alimentación, no lo es tanto. Principalmente porque es un sector con dependencias externas. Por un lado, del sector primario y de los costes de las materias primas y, por otro, de la distribución, los súper y los hipermercados, que recortan al máximo sus precios para retener clientes y reducen así los márgenes a la mínima expresión. “El capital riesgo en alimentación no es excesivamente rentable”, asume Jesús Villar, secretario general de FEAGRA-CCOO. “Por eso a nosotros nos interesan más inversores que tengan conocimientos de la industria alimentaria y que no vengan sólo a hacer caja”, señala.

Así, la presencia del capital riesgo en empresas alimentarias españolas es menor que en otros ámbitos. Aunque hay un caso tan sonado que llama la atención por sí mismo: Panrico.

Panrico, el gigante de la bollería con los pies de barro

El declive del grupo de alimentación dueño de Donuts, Donettes o Bollycao es, aunque suene tópico, la crónica de una muerte, o de una agonía, anunciada. Panrico, creada por la familia Costafreda, era una empresa ejemplo de diversificación, que contaba con marcas de renombre, que había logrado asentarse en todos los rincones del territorio español y tenía una red de distribución envidiada. Tanto que en 2005, el fondo de capital riesgo Apax pagó 900 millones de euros para controlar el 75% de sus acciones. Iba a lanzarse a conquistar el mundo, incluso se habló de salir a bolsa. Compró nuevas marcas, entre ellas galletas de tradición para los consumidores, como Chiquilín o Marbú, que el año pasado tuvo que vender a Nutrexpa para intentar salir a flote.

La gestión de Apax nunca dio los frutos esperados. Sea por la competencia de la marca blanca, por el efecto de la crisis o por la presión de una deuda que apretaba el cuello hasta no dejar respirar. Apax tiró hace meses la toalla cansado de inyectar fondos. Oaktree, una firma especializada en gestionar empresas al borde del abismo, se hizo en junio de este año con el control del 100% de Panrico tras un proceso de capitalización de créditos y, este mismo otoño, asumió que no contaba con la liquidez necesaria para pagar las nóminas de sus casi 4.000 empleados. Además, para Panrico trabajan cerca de 1.800 autónomos.

Detrás de Oaktree, está la mano de Carlos Gila quién está capitaneando las negociaciones con los representantes de la empresa. Gila sonó en el pasado como posible salvador de Nueva Rumasa, operación que nunca se materializó, y estuvo al frente de los últimos días de Sintel. Hoy su gestión se presenta complicada y la propia dirección reconoce que Panrico pierde, cada día, cerca de 150.000 euros.

Y el futuro, igual de incierto. “Aún estamos a tiempo de negociar, la empresa plantea ahora un recorte de 875 puestos de trabajo y una reducción salarial para los que queden del 25%”, explica Jorge Tomé, representante de la Federación Agroalimentaria de CCOO en la mesa de negociación que trata de salvar al grupo de alimentación. Este recorte supone la eliminación de casi la cuarta parte de la plantilla, aunque en algún momento se llegó a hablar de suprimir hasta el 50% de los puestos de trabajo.

“Aunque duela mucho, hay debate, se nos está citando y se nos está entregado todo tipo de documentación, yo he estado en otros procesos donde nos han dicho que se cerraba y punto”. Así valora el representante de CC OO la evolución de las negociaciones, donde el papel reivindicativo de los trabajadores de la fábrica barcelonesa de Santa Perpètua de Mogoda está teniendo un protagonismo destacado. “El 14 de noviembre es la fecha tope para que se paguen las nóminas de octubre y ya nos han dicho que Santa Perpètua está complicando la situación. Parece que van a tener problemas para pagar”, augura Tomé.

Los hermanos pequeños del capital riesgo alimentario

Pero el capital riesgo ha extendido sus redes más allá de Panrico, aunque a veces no sea en las marcas más conocidas de los lineales de los súper y su producción sea de lo más variada: desde panes y bollería congelada a embutidos con nombre de sonoridad española, pasando por bebidas que, literalmente, se autocalientan. Detrás de ellas hay silenciosas firmas de inversión.

Una de estas sociedades de inversión está vinculada a la familia de Juan Roig, el presidente de Mercadona. Se trata de Atitlán, firma que está gestionada por su yerno Roberto Centeno y que, en los últimos años, ha mantenido inversiones en empresas que han sido proveedoras del grupo de los supermercados, por ejemplo, de aperitivos. Fuertes rumores que proceden de Valencia y Galicia apuntan a que este fondo podría hacerse con el control mayoritario de la maltrecha Pescanova.

Otra sociedad que, como Panrico, tiene como eje de su negocio el pan y la bollería, pero en esta ocasión congelada es Berlys, que comercializa masas a súper e híper, pero también a restaurantes y hoteles y que está participada por la firma de inversión Mercapital.

En apariencia el mundo de los embutidos puede no resultar muy apetecible para las firmas de inversión, pero no es así. El grupo Palacios está controlado desde 2009 por ProA Capital. Una entidad que también participa en sectores que no tienen nada que ver con la alimentación, como es la sanidad (Hospital de Llevant o Clínica Eugin) o los aparcamientos y parques logísticos (Saba Infraestructuras).

También es cierto que, en la industria alimentaria, la innovación no suele ser excesivamente revolucionaria, más allá de cambios puntuales en envases y productos. Una de las firmas que ha tratado de innovar y está participada por el capital riesgo es Fast Drinks, especializada en la venta de bebidas, desde caldo a café, cuyos envases se autocalientan. En concreto, en su capital está metido Ade Capital Sodical y, también, La Caixa a través de uno de sus brazos de inversión, Innvierte Industria.

¿Pero cuánto invierte el capital riesgo en España?

Aunque hablamos de capital riesgo como un todo, hay que diferenciar dos modelos de inversión: el venture capital, que persigue empresas recién nacidas, las archifamosas start-ups, con posibilidades de crecimiento; y el más tradicional, el private equity, el que invierte en empresas maduras a buen precio. En este último es, precisamente, donde se enmarcan las empresas alimentarias.

En 2012, estas firmas invirtieron en toda la industria española más de 2.472 millones de euros, según la Asociación Española de Entidades de Capital Riesgo (Ascri). Y se ve el efecto de la crisis, porque fue un 23,5% menos que el ejercicio anterior. Aunque el año más nefasto para este modelo de inversores fue 2009 cuando ‘tan solo’ gastaron en el mercado español 1.669 millones de euros.

Según esta asociación, el objetivo que ahora se han marcado las firmas del capital riesgo es el de las pequeñas y medianas empresas como demuestra, según Ascri, que el 72% de las inversiones realizadas en España en 2012 se concentrara en operaciones de menos de un millón de euros; el 83% eran sociedades con menos de 100 trabajadores. En cuanto a 2013, el primer semestre del año se cerró para estas firmas con el menor nivel de inversión desde que se inició la crisis, menos de 500 millones de euros. Pero, a medio y largo plazo, la nueva Ley Financiera que ultima el Gobierno podría cambiar el campo de juego en el que se mueven este tipo de sociedades para hacerlas aún más atractivas y captar fondos que, sobre todo, procedan de fuera de nuestras fronteras.

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