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Venezolanos... Chávez... ha muerto

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Uno es esclavo de su historia, de sus experiencias vitales, preso de sus traumas, sobre todo. La gente de mi edad, los que ya éramos adultos en la Transición y fuimos sujetos activos o pasivos de la salida de la dictadura, vivimos aquellos años convulsos traumatizados por la amenaza de los movimientos terroristas del GRAPO, ETA y la maquinaria terrorista de un estado tardofranquista que todavía condenaba a muerte a los opositores políticos, con Fraga Iribarne, el homo antecessor del PP, sentado en el consejo de ministros del dictador, con el Ejército y la Iglesia católica como guardianes del nudo que el generalito de voz de vicetiple creía haber dejado atado y bien atado... Esa gente de mi edad estará contemplando las exequias de Hugo Chávez con un incómodo sentimiento de déjà vu.

De pronto, por las televisiones venezolanas, todas ellas convertidas por decreto en televisión única, como aquella nuestra, en blanco y negro, del año 1975, la voz trémula del sucesor nombrado en vida, entre pucheros lacrimosos, comunica la muerte irreparable del “comandante presidente Hugo Chávez”. Mi cabeza dio un salto hacia atrás de treinta y siete años para representarme, como un latigazo, como una película vertiginosa, la imagen de Arias Navarro, a la sazón presidente del gobierno español, igualmente lloroso e inconsolable, con voz trémula, balbuciendo aquello de “Españoles... Franco... ha muerto”. Había muerto, por supuesto, tras una titánica lucha contra la enfermedad, como contaban sus hagiógrafos, consolado por los santos sacramentos, entre sotanas, cruces y relicarios varios para conjurar el favor divino.

Años más tarde, cuando murió Kim Jong-il, el “querido líder” de Corea del Norte (no confundir con Bárcenas, el querido líder de Correa del sur) una también inconsolable presentadora de la única televisión coreana comunicaba la muerte del dictador, enlutada y llorando, mientras explicaba que el presidente había muerto tras “un largo esfuerzo mental y físico” (¿) durante un viaje en tren. Se había muerto de puritito cansancio. Los grandes hombres siempre pasan a la otra vida después de luchar heroicamente contra la muerte traidora.

Los líderes de los regímenes populistas, encarnación viva de todas las virtudes, padres y guías espirituales de todo un pueblo, sujetos y objetos de los medios de comunicación, a su muerte acaban dejando sumidos en la orfandad a sus conciudadanos, que habían confundido a la persona con la justicia misma, con la gracia, con el bien absoluto, con la cultura y el conocimiento científico, como en el caso de Ceaucescu y su mujer. Es tal el trauma colectivo, que en las primeras horas, en los primeros días tras su desaparición, parece que es la sociedad misma la que ha muerto, irrecuperable ya, como si el líder carismático se hubiese llevado a la tumba todos los secretos para gobernar sabiamente un país. Después de él, el Apocalipsis.

Las monarquías hereditarias se nos presentan como la garantía de estabilidad, sin vacíos de poder inoportunos por donde puedan colarse los hackers de la contrarrevolución. En Corea del Norte convirtieron su particular dictadura del proletariado en un sistema hereditario, como en el caso de la monarquía revolucionaria cubana: la primera, de padres a hijos; la segunda, de hermano mayor al menor, en vista de que los hijos gusanos se les afilian a Nuevas Generaciones.

Nicolás Maduro, nombrado sucesor en voz alta por el líder de la revolución bolivariana, se ha convertido en el Hugo Chávez emérito, con un contrato de presidente en diferido, dispuesto a utilizar la técnica de los sucesores del Campeador para obligarle a ganar batallas después de muerto. A falta de caballo, se le embalsama, como a Evita Perón, como a Lenin, como a Mao, como el brazo incorrupto de Santa Teresa que tantos servicios espirituales prestó a Franco.

En cierto modo, el embalsamamiento de un líder, para perpetuar su legado a través de una imagen que vale más que mil programas electorales, más que una operación de marketing político y una innegable fuente futura de divisas, es la constatación de que los sucesores se han quedado sin discurso político. Para empezar, Maduro nombra vicepresidente al yerno de Chávez, consciente de que el poder es cosa de familia, y jura su cargo de dudosa legalidad, no por dios ni la constitución, sino por el líder muerto, que en estos casos está por encima de los dioses y las leyes. Atentos, pues, porque en los días que restan para las elecciones presidenciales, toda Venezuela parecerá un culebrón inmenso, amenazada de inundación por las abundantes lágrimas que el candidato Maduro irá derramando opotunamente, de mitin en mitin, dispuesto a destrozar los corazones de sus entregados electores.

La figura de Chávez, como la de los hermanos Castro, ha servido de campo de batalla ideológico donde cierta izquierda y cierta derecha todavía se baten a diario. Corea del Norte, donde quizá comience la tercera guerra mundial, ya no sirve ni como ejemplo de paraíso del proletariado. Y China, ese lugar donde se practica el más extraño experimento de socialismo real, el comunismo más amado por el capitalismo salvaje, ávido de nuevos esclavos, de mano de obra barata, tampoco puede ser exhibido, sin ruborizarnos, como la superación del sistema capitalista.

Pero Chávez, con su drástica bajada del porcentaje de pobreza en Venezuela, con la mejora de la cobertura de un sistema sanitario que hasta su llegada solo alcanzaba a las clases privilegiadas, con sus éxitos en la lucha contra el analfabetismo, fue un símbolo para gran parte de su pueblo y de una izquierda huérfana de referentes transnacionales. “Sí se puede”, parecía decir Chávez... aunque él, como Fidel Castro, necesitase discursos de varias horas para expresar algo tan sencillo, enmudeciendo por si acaso la voz de los medios de comunicación que no le rendían culto, dejando a menudo los usos democráticos y los derechos humanos hechos unos zorros, como en las dictaduras de mayor raigambre.

Los países entregados en cuerpo y alma a los líderes terminan poniendo en pie un inmenso acto de fe, donde los mensajes simples anulan a los complejos, como en las religiones la fe anula a la razón. Y se preguntan: ¿Es que acaso los derechos humanos, o la libertad de expresión, están por encima del derecho a la alfabetización, a las tres comidas diarias, a la sanidad pública gratuita? ¿Pero qué mierda es eso de los Derechos Humanos? (Jordi Pujol, otro gran pensador, diría: ¿qué mierda es eso de la UDEF?)

Pues voy a contestar, alto y claro: ni el derecho a la alimentación, a la sanidad, a la alfabetización, o a una vivienda digna están por encima del derecho fundamental a la libertad de pensamiento y de expresión, porque es precisamente la libertad, y no otro instrumento, la caña con la que se enseña a los pueblos a pescar la justicia y el bienestar, porque son los dictadores los que prefieren alimentarnos de su propia mano, para dejarnos así en una perpetua dependencia del padrecito, del amado líder.

La libertad es la prueba del algodón que detecta dónde esconden la suciedad sus gobernantes. Cuando se pone coto a la libertad de los pueblos, el bienestar social deja de ser un producto de la justicia, consecuencia de un derecho de los ciudadanos, sino el resultado de la magnanimidad de los gobernantes, de sus estados de humor y de sus estrambóticos caprichos.

La libertad, y sólo la libertad, tiene la llave para certificar el grado de bienestar y justicia que disfrutan los pueblos. Por eso la aborrecen los dictadores. Sin libertad, hasta la felicidad es sospechosa de fraude.

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