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Artur y la espada en la roca

Las elecciones catalanas no nos han despejado demasiadas incógnitas. Está claro que algunos quieren la independencia. Está claro que otros no. La cuestión será tratar este asunto como personas razonables y sensatas, en lugar de hacer el ganso en el balcón del Ayuntamiento.

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Artur Mas en un acto de su partido durante la noche electoral del domingo. | EFE

La extraña solemnidad y la pompa de buena parte de la campaña electoral catalana me recordaban estos días a los caballeros que probaron a sacar la espada clavada en la piedra según el mito británico del rey Arturo. Y esta seriedad en los rostros, ese rictus generalizado de trascendencia contrastaba con la sonrisa extasiada (y algo embobada también) de Artur Mas mientras el Nou Camp abroncaba al rey y silbaba de forma vergonzante el himno. Menos mal que el ritmo de Miquel Iceta relajó las tensiones y, en aquel mitin con Pedro Sánchez, bailar pegados fue bailar.

Pero puestos a tirar de la espada, el rey Arturo acabó mucho más legitimado para unificar Inglaterra y ceñirse su corona que su (casi) homónimo Artur quien apenas ha alcanzado a menear ligeramente la empuñadura.

En el horizonte se dibuja un paisaje muy boscoso y retorcido que va a precisar la mano de un artista con el pulso mucho menos tembloroso que el del reciente Molt Honorable. El primer reto va ser formar Gobierno en Cataluña y no va a ser nada fácil. El extraño contubernio de Junts pel Si va a necesitar el enojoso apoyo de la CUP, quien indudablemente obligará a los caballeros candidatos a volver a intentar sacar la espada de la piedra pero según sus condiciones. Lo irónico es que los antisistema serán la base del nuevo sistema.

Con el brazo muy cansado y el músculo político desgarrado, Artur Mas parece un improbable president pero es que Oriol Junqueras difícilmente goza de mayor aceptación del establishment catalán, ni siquiera del establishment de la izquierda. Así que... ¿será posible que Raül Romeva termine siendo El Elegido? Me cuesta pensar que un profesor de lambada sea el designado por San Jordi para alzar la estelada. Si al menos hubiera sido un profesor de sardana…

Arturo se convirtió en rey tras sacar la espada clavada en la roca, Artur Mas apenas ha conseguido menear la empuñadura.

Bueno, independencia y falta de independencia aparte, los tambores apaches no se apagaron del todo tras la noche electoral y aún resuenan en las colinas negras recordando, sobre todo a Rajoy, que allá por el mes de diciembre volveremos a pasar por las urnas. A este paso acabaremos como los griegos, votando un fin de semana sí y otro también.

Volviendo al plebiscito que no fue, es interesante apreciar la elevada participación de los catalanes que acudieron a votar con un ojo en la independencia y el otro en Messi, preocupados por si llega o no a tiempo de rescatar el clásico. Porque una cosa es el proces y otra muy diferente la Liga, con mayúsculas. Los más radicales ponen cara de que no les importa, pero en la intimidad, como a Aznar, les aterroriza un Barça sin enemigo externo, sin robos arbitrales, sin culés gallegos o extremeños y un campeonato de estilo escocés contra el Figueres, el Palamós y el Hospitalet.

En fin, que no es posible obligar a alguien a sentir lo que no siente. Ni uno se enamora de quien le dicen ni se siente español porque alguien le obligue a ello. Pero tampoco puede uno no estar enamorado de alguien porque se lo manden ni dejar de sentirse español porque le parezca mal a don Artur.

Solo nos queda confiar en la razón. En que quienes tengan que negociar entre Cataluña y Madrid sean personas razonables y sensatas, que tengan sentido de lo que hacen. Que dejen de lado la mezquindad y se comporten con la responsabilidad de representar a unos ciudadanos que necesitan avanzar hacia el futuro con la seguridad de estar bien liderados.

Quizá llegue el día en que Cataluña sea independiente, Pep Guardiola seleccionador nacional y Joan Manuel Serrat Conseller en Cap. Quizá no, quizá por los siglos de los siglos sea una parte de España y todos brindemos con Freixenet por Navidad. Quizá incluso llegue el día en que todos seamos iguales, paguemos los mismos impuestos y tengamos los mismos derechos aunque hayamos nacido 100 kilómetros más al este o al oeste… pero hoy no es ese día.

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