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Feliz año del mono de fuego

Una buena parte de la humanidad vive de fiesta estos días y, sin que sirva de precedente, los españoles estamos al margen.

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El banco central chino realiza una nueva inyección millonaria de liquidez

China crece a un 6% anual pese a su crisis bursátil. | EFE

Desde el día 8 de febrero los chinos celebran el año nuevo lunar y lo hacen con grandes festejos a lo largo y ancho de todo su enorme país. Teniendo en cuenta la cantidad de ellos que son, podemos decir que una buena parte de la humanidad está de fiesta y, por asombroso que parezca, los españoles no estamos en el ajo.

El nuevo año corresponde al signo del mono de fuego, según el horóscopo, y de acuerdo con las predicciones será un tiempo de cambio que beneficiará solamente a aquellos que sepan adaptarse. El mono es un animal travieso y alocado, capaz de aportar soluciones imaginativas y sorprendentes a los viejos problemas.

Falta nos va a hacer, porque de viejos problemas estamos bien servidos, mientras que las soluciones creativas no terminamos de vislumbrarlas. Pero dejando de lado lo festivo y lo místico, lo cierto es que la influencia de China en el mundo ha llegado a un punto imposible de negar.

Hace unos pocos años tuve la suerte de visitar el país por motivos profesionales y, desde luego, la experiencia me marcó porque gracias a ella eliminé de un plumazo buen número de prejuicios y volví con una sincera admiración por esta civilización milenaria.

Ahora mismo, si hacemos caso a los mensajes económicos que llegan del gigante asiático, quizá la distancia nos nubla un poco la perspectiva. Y es que, en plena crisis bursátil y sumida en notables vaivenes, China crece nada menos que a un ¡seis por ciento anual!, que es más o menos el triple de lo que necesitaría España en sus maltrechas infraestructuras para poder general empleo con cierta solidez.

¿Convertirá China su gigantesca potencia económica en influencia cultural? Es difícil anticiparlo pero ya rozan el poderío norteamericano.

Pero es que en China todo es sorprendente y muchas veces contradictorio para los occidentales. En cierta ocasión, un colega profesor de una universidad de allí me soltó con una amplia sonrisa en el rostro que la democracia no es posible en su país porque "somos tantos que jamás nos pondríamos de acuerdo". Mirándolo desde la perspectiva de los cuatro gatos que somos aquí, peleados por poco más de ciento sesenta escaños para formar gobierno, la afirmación de mi amigo me causa ahora cierta ternura.

Si volvemos a revisar la realidad económica, el otro tema interesante que surge es la cuestión de la influencia cultural. Según los datos del recién concluido 2015, Estados Unidos sigue siendo la primera economía del mundo, con China pisándole los talones a una apretada diferencia de apenas siete billones de dólares (no se me asusten, estamos hablando de macroeconomía). Pero la cuestión es que dentro de veinticinco años pocos dudan de que los chinos estarán por delante, ¿y dentro de cincuenta? pues lo más seguro es que estén mucho más adelante todavía.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el ritmo cultural del mundo lo marcaba Gran Bretaña. Las modas, la literatura, la música, el deporte… todo giraba en torno a los ingleses. Tras el conflicto bélico, fueron los Estados Unidos quienes tomaron las riendas y entonces el mundo se vio -y se ve- influido por la música norteamericana, la ropa, la comida, el cine, etcétera.

¿Qué ocurrirá cuando China sea la primera potencia económica mundial? ¿Convertirá ese poderío también en influencia cultural? ¿Escucharán los jóvenes occidentales música china? ¿Vestiremos según las modas que lleguen de allí? ¿Veremos películas chinas? Me cuesta creerlo, pero yo, por si acaso, les deseo un feliz Año del Mono, me voy a comer un arroz tres delicias y a beber una cerveza Tsin-tao bien fresquita.

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