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¿Qué nuevos pactos deparará el 24-M?

La previsible fragmentación política tras las elecciones obligará a ensayar acuerdos a varias bandas o a condenar a las instituciones a la inestabilidad.

“Ahora vamos a un panorama también fragmentado, pero con actores nuevos que no tienen deudas con el pasado y que pretenden hacer política sin mancharse, tratan de mantenerse puros”, apunta el politólogo Alfredo Retortillo.

El PNV ha confesado en privado su preferencia por pactar con los socialistas, pero no hay garantía “de que los números den”, admiten.

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La secretaria general del PSE, Idoia Mendia, conversa con el lehendakari, Iñigo Urkullu.

La secretaria general del PSE, Idoia Mendia, conversa con el lehendakari, Iñigo Urkullu.

Hubo una época en Euskadi en la que los pactos en las instituciones caían en cascada, desde el Gobierno vasco hasta las tres diputaciones y buena parte de los municipios de la comunidad autónoma. Fue la etapa en la que peneuvistas y socialistas, principalmente, fueron desarrollando el autogobierno a través de sus acuerdos en el complejo entramado institucional del país, desde finales de los 80 hasta 1998, cuando el Pacto de Lizarra puso patas arriba esa política de pactos.

Los entonces lehendakari y vicelehendakari, José Antonio Ardanza (PNV), y Ramón Jáuregui (PSE-EE), respectivamente, siempre se han referido a esa época como la etapa de “mayor estabilidad institucional” y la más fructífera para la ciudadanía del País Vasco.

El PNV ocupaba entonces la centralidad política vasca, habitaba en Ajuria Enea y las tres diputaciones forales. La escisión en el partido en 1986, de la que surgió EA bajo el liderazgo de Carlos Garaikoetxea, junto a la existencia aún de Euskadiko Ezkerra (EE) y de un centro derecha vasco muy atomizado dejaba un panorama político muy fragmentado. Pero entonces daban los números: la suma de socialistas y peneuvistas permitía a ambos partidos una convivencia institucional y el reparto de la parte más suculenta del pastel.

“El PNV ejercía de alma mater, había una clara homogeneidad institucional con un partido liderando las tres diputaciones y el Gobierno vasco. Ahora vamos a un panorama también fragmentado, pero con actores nuevos que no tienen deudas con el pasado y que pretenden hacer política sin mancharse, tratan de mantenerse puros”, explica el politólogo y miembro del equipo que realiza el Euskobarómetro de la UPV, Alfredo Retortillo.

Aunque hasta que no se abran las urnas el domingo es una incógnita el espacio político que van a ocupar los partidos emergentes en Euskadi –básicamente Podemos en las Juntas Generales, pero también la coalición de partidos Irabazi, que agrupa a Ezker Anitza-IU, Equo y Alternativa Republicana- todos los sondeos revelan esos nuevos inquilinos en las instituciones. Como también lo es el sentido de sus votos, aunque Podemos ya ha avanzado que no tienen prisa para estar en ningún gobierno y lo previsible es que voten a sus propios candidatos.

El PNV y el propio lehendakari, Iñigo Urkullu han confesado en privado su preferencia por los socialistas para empastar la gobernabilidad de las instituciones. El mandatario vasco ha ido más lejos y a medio plazo cree que lo que se ventila son acuerdos entre partidos institucionalistas y, frente a estos, los que quieren trastocar completamente el orden establecido. Pero tampoco esa posibilidad estaría a día de hoy asegurada. La debilidad de los socialistas vascos –que únicamente gobiernan en un gran municipio como es Barakaldo y en otras seis alcaldías tras darse de baja del partido el alcalde de Ribera Baja- hace sospechar a los dirigentes peneuvistas que tal vez “ni siquiera den los números con el PSE”.

A esa realidad hay que sumar, además, la decisión del actual líder del PSOE, Pedro Sánchez, de dar libertad a los barones para pactar tras los comicios, con la salvedad de EH Bildu. Esa línea roja parece no incidir en nada en las preferencias de la dirección del PSE. En Gipuzkoa, por ejemplo, durante esta campaña sus candidatos han repetido hasta la saciedad la “nefasta experiencia de Gobierno” de la coalición soberanista y el “colapso” institucional en el territorio. Fuentes de la Ejecutiva que encabeza Idoia Mendia confirman que los socialistas “no queremos que EH Bildu gobierne en Gipuzkoa, ni en Donostia”.

En esa concertación de voluntades, desde el PP algún candidato también se ha mostrado dispuesto a regalar sus votos para evitar que la coalición soberanista se mantenga en el poder. Y Joseba Egibar, máximo dirigente peneuvista en la provincia, que ha evitado durante toda la legislatura cualquier operación para desbancar a Martín Garitano o a Juan Karlos Izagirre, con unos gobiernos de minoría minoritaria, parece tener claro que es inviable otro mandato con EH Bildu gobernando las instituciones de ese territorio.

“Lo realmente increíble de estos últimos años son los gobiernos de minoría en todo el entramado institucional: desde el Gobierno de Urkullu con solo 27 de 75 parlamentarios, pasando por la situación en el Ayuntamiento de Donostia o en otros lugares. Es un caso anómalo”, sostiene Retortillo. “De hecho”, explica, “frente a los países nórdicos donde los gobiernos monocolores están mal vistos, los electores en nuestro país no quieren pactar. El pacto se nos da mal, preferimos estar en minoría a tener que renunciar a nuestros principios inmutables”, señala.

Sarampión costoso

¿Cuál es el problema? Que más que gobernar, las instituciones van tirando, señala este politólogo. “Funcionamos con la inercia, y así no se va a poder abordar ninguno de los debates estructurales como la reforma de la Ley de Territorios Históricos, el nuevo estatus o la reforma constitucional. Y no es descartable que estemos más ante unas elecciones de bloqueo que de cambio. Y que tengamos que pasar ese sarampión costoso”, aventura Retortillo.

No es, con todo, la previsión por ejemplo de EH Bildu en Vitoria, donde las encuestas vaticinan un triunfo del popular Javier Maroto. Los soberanistas no quieren ni oír hablar de un sarampión de cuatro años de políticas del PP. Como tampoco Cristina González o Peio López de Munain, cabezas de cartel del socialismo alavés. Miren Larrión, la candidata de la coalición soberanista, ha apostado en los estertores de la campaña por cerrar “un acuerdo con todos para echar a Maroto”. En el PSE, frente a las líneas rojas marcadas por su secretario general, consideran que las políticas de ‘apartheid’ en política pueden ser cosa del pasado. Y en el caso de Álava, los soberanistas –que ya ganaron en las pasadas elecciones europeas de 2014- parecen a todas luces necesarios para desplazar al PP.

Mientras todo esto se vaya desvelando y las calculadoras empiecen a echar humo a partir de la medianoche del domingo, los partidos comenzarán el baile de los pactos. O lo que el presidente peneuvista Xabier Arzalluz describió en una inolvidable intervención como “ritos de apareamiento”. El símil surgió durante una rueda de prensa en Sabin Etxea en plena sobremesa de alianzas entre las formaciones vascas para forjar acuerdos tras las elecciones autonómicas de octubre de 1998. “Parece que no quieren”, señaló entonces Arzalluz, en alusión a las aves. “Sacan pecho, hinchan el garganchón, mueven las alas, promueven gorjeos…, pero son ritos de apareamiento. Y, salvo excepciones, todo el mundo quiere aparearse”. Y lo recogió en uno de sus últimos actos el presidente de Sortu, Hasier Arraiz, pero sin citar al padre de la cita.

En todo caso, ese baile no ha comenzado todavía. Aun tiene que hablar la ciudadanía este domingo.

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