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Símbolos que no se pueden enterrar

El artista navarro Abel Azcona simboliza frente al Monumento a los Caídos de Pamplona el enterramiento de una treintena de familiares de fusilados o exiliados por la Guerra Civil.

El Monumento a los Caídos, ahora usado como sala de exposiciones, está dedicado a los fallecidos del bando franquista y sus mensajes están tapados pero no borrados.

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Una treintena de personas han participado en esta 'performance' sobre la memoria histórica.

Una treintena de personas ha participado en esta 'performance' sobre la memoria histórica.

Hay símbolos que no se pueden tapar. El  Monumento a los Caídos de Pamplona es un claro ejemplo. Este homenaje a los Caídos en la Cruzada se ha convertido en tema de discusión habitual para los grupos políticos y en un referente para las reivindicaciones de las asociaciones vinculadas a la memoria histórica. Situado en un barrio de la capital navarra a menudo tomado como reflejo del diseño franquista, el Segundo Ensanche, se erige sobre una plaza dedicada al Conde de Rodezno (al título, para evitar suspicacias, pese a las claras referencias al que fuera ministro de Justicia con Francisco Franco) y junto a una cripta que alberga los restos de Mola y Sanjurjo y donde, cada día 19, la Hermandad de Caballeros de la Cruz dedica una misa al general Mola y a los protagonistas del alzamiento. Ahora, este monumento es una sala de exposiciones y muchos de sus mensajes se han tapado, pero no eliminado. Hay asociaciones como el Autobús de la Memoria que bromean, con indignación, sobre si el Gobierno Foral “está esperando a tiempos mejores”. Otras, como la Asociación de Familiares de Fusilados, affna36, se preguntan para qué podría servir este recinto, y sugieren que en él se deberían explicar los motivos de su construcción, y así darle la vuelta a su simbología.

Combatir este símbolo con otro es lo que se ha propuesto el artista navarro Abel Azcona, conocido sobre todo por sus performance, a veces controvertidas y a menudo vinculadas al cuerpo. En este caso, Azcona no plantea esta nueva muestra artística como una guerra entre símbolos, pero sí como una invitación a despertar sentimientos y, también, como una reivindicación. Para él, se trata de incitar a la memoria, la individual y la colectiva (y, por tanto, la histórica).

Por la mañana, la comitiva de familiares ha visitado el fuerte de San Cristóbal, conocido por la fuga en 1938 de 795 prisioneros, aunque, según han denunciado desde affna36, el candado de la puerta se había saboteado y cubierto con pintura para, al parecer, impedir el paso de la comitiva. Por la tarde, a pesar de la lluvia, se ha llevado a cabo la performance de Azcona en el entorno del Monumento a los Caídos.

Para ello, se han movilizado alrededor de 120 familiares, incluso llegados (alrededor de una treintena de personas) desde Toulouse (Francia). Uno de los asistentes era Isaac Casares Balduque, natural de San Sebastián, que "a los 15 años, un mes y veinte días", se alistó en el batallón Azaña. Casares relata con precisión las fechas de su vida, cómo hizo la campaña de Gipuzkoa, combatió en Asturias, su madre le pidió que le mandaran a casa pero, al final, tuvo que exiliarse a Francia en dos ocasiones, "la última el 6 de febrero de 1939", fecha tras la que le enviaron a dos campos de concentración. Ahora, recorre enclaves de referencia en la lucha republicana, motivo por el que este viernes ha acudido a Pamplona con una bufanda tricolor al cuello.

"Hemos callado demasiado tiempo"

Casares ha sido uno de los participantes en este proyecto de Azcona, bautizado como Enterrados. Este básicamente ha consistido en tapar en el suelo a una treintena de familiares de fusilados y exiliados con tierra, procedente de una huerta de Miranda de Arga donde precisamente fueron asesinados familiares de un agricultor. En total, más de 300 kilos. Javier Iturbide ha sido uno de los participantes; nieto de un médico de la República, también llamado Javier Iturbide, este fue hecho preso en Godella (Valencia) y acabó en un campo de concentración. Para su nieto, participar en este acto era una forma de romper el silencio, porque "hemos estado callados demasiado tiempo. Son ya 80 años".

Azcona, un día antes de llevar a cabo la obra, reconocía su implicación ideológica con este evento, la necesidad de visibilizar esta lucha, precisamente en una legislatura en la que grupos de la oposición han exigido al gobierno de Yolanda Barcina que cumpla la Ley foral de Memoria Histórica (aprobada en noviembre de 2013), que entre otras cuestiones exige que las arcas forales financien la investigación y exhumación de fosas (según los cálculos de affna36, alrededor de  230 desaparecidos siguen a la espera de avances) y la retirada de símbolos, como por fin ha ocurrido al revocar el título de  Hijo Adoptivo de Navarra a Franco, tras 41 años vigente. “El arte es una herramienta para la acción y, al final, el resultado de esta performance podrá verse, por ejemplo, en Madrid, Estados Unidos, Cuba, Panamá o Guatemala”, explica el autor. Porque para recuperar la memoria no hay que echar tierra, sino empezar a hablar.

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