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Iñaki e Iñaki

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Se enfrentaron sin armas y en son de paz, en pos de la paz. Iñaki a un lado, Iñaki al otro. Uno García Arrizabalaga y otro Rekarte. Los dos con vidas rotas a los 19 años: uno con un padre asesinado y condenado al odio para sobrevivir, otro con tres asesinatos y condenado al odio para justificar. Parece que uno y otro, por diferentes caminos, se quitaron de esa condena añadida y recuperaron su capacidad para perdonar y perdonarse, para entender.

El individuo occidental se siente cómodo en escenarios dicotómicos. A un lado toda la razón, a otro toda la ignominia. Luego no es así, pero la presentación de esa forma estimula. Son dos vidas y dos personalidades antagónicas, pero acaban hablando de lo mismo: de la segunda oportunidad, de la posibilidad y voluntad de recomponer la vida tras el hecho fatal que la marcó y condicionó para siempre. Arrizabalaga se concede una segunda oportunidad precisamente al concedérsela a los que asesinaron a su padre y a otros padres… si se muestran dispuestos a reconocer su atrocidad, su culpa, si están también por quitarse del odio y de su justificación. Por esa vía consigue a la par su segunda oportunidad vital, alejado del comprensible odio a los criminales de su padre y de otros padres. Rekarte accede a ella desenganchándose de la tribu, desprogramando su cabeza y asumiendo el frío de pensar y sentir por cuenta propia, sin el calor de la manada.

Arrizabalaga parece caminar de la cultura a la naturaleza, desde una formación intelectual sólida que le hace capaz de valorar el humanitarismo tanto como gesto como estrategia. Rekarte hace el camino al contrario y desde la naturalidad criminal de un “bala perdida” recobra la esencia de nuestra cultura moderna reclamando y recuperando su autonomía personal, su individualidad a la hora de juzgar sus actos pasados y futuros. También en él es gesto y estrategia al tiempo, porque eso le permitirá responder mejor al mismo reto que tiene su antagonista: entre otros, explicar a sus hijos lo que les pasó cuando tenían 19 años.

El combate pacífico discurre de buena forma porque los contendientes han intercambiado los papeles. La víctima desgrana con gran conocimiento y experiencia las bases de la justicia restaurativa, la que se mueve en el territorio de la ética y no de la política, la que transita hacia el reencuentro y la reconciliación de las personas. El victimario silabea con dificultad las verdades del barquero del relato, de la banda terrorista, de lo que le llevó a ella. Es la dimensión política, pero el previo también que permite o no esa justicia restaurativa, esa segunda oportunidad. Solo si se reconoce con y como Rekarte que el crimen fue sobre todo crimen se está en condiciones tanto éticas como políticas de acceder personal y socialmente a esa segunda oportunidad. Si se atranca uno en la ortodoxia de Hasier Arraiz de considerar que estuvo bien la vía que eligió la izquierda abertzale hace 35 años –básicamente, matar al que piensa diferente e impedir así la construcción de la democracia, la misma ni más ni menos que hoy les ha vuelto a recibir-, no hay posibilidad ni ética ni política para la justicia restaurativa. No se puede estar en misa y en la procesión. Pero esa mañana, los dos Iñakis, al cruzarse sus papeles y discursos, escenifican a la perfección cómo puede producirse o impedirse esa segunda oportunidad. Lección de libro.

Arrizabalaga y Rekarte son dos vidas y dos personalidades antagónicas, pero acaban hablando de lo mismo: de la segunda oportunidad, de la posibilidad y voluntad de recomponer la vida tras el hecho fatal que la marcó y condicionó para siempre


En el combate son determinantes las formas. Arrizabalaga es un profesor universitario que desgrana con orden y buena dicción un discurso racional, reflexionado en abundancia, complejo en sus términos y semántica. Rekarte no es hombre de palabras ni de pensamientos complicados. Se metió en la banda sin saber mucho más que él era vasco y así… Habla como Peter Sellers en ‘Bienvenido Mr. Chance’: no se sabe si le cuesta más pensar o decir. Por eso habla despacio y dice cosas de Pero Grullo. Pero eso –y su excepcional condición de victimario; todos los días no se escucha a uno tan de cerca y sin peligro- genera un estado de expectación, de silencio atento. No se oye una mosca. Solo se le oye a él cada cierto tiempo decir cosas que en otra boca, otra persona y otro escenario serían de suprema banalidad, casi estúpidas. Claro que, trastocadas excepcionalmente las circunstancias, encierran la semántica del gran sabio. Dijo muchas de ésas. Me quedé con una. El periodista moderador le preguntó por los jóvenes vascos airados de hoy. Contestó que no hay peligro porque hoy no está ETA. Mr. Chance desveló el secreto de estos cuarenta años: un conflicto social, el que sea, toma una salida criminal si hay una organización criminal que le facilita esa forma. De lo contrario, se desenvuelve como en otros lugares: por conciliación costosa, por mediación, por resignación… El problema vasco no ha sido el conflicto; el problema ha sido ETA. Hasier Arraiz lo sabe igual que Iñaki Rekarte. El primero quiere seguir viviendo con esa mentira; el segundo solo tiene oportunidad si la niega. Tan simple como eso. Una mañana aleccionadora.

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