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‘Póntelo, Pónselo’: anticonceptivos y desigualdad

Gran diversidad en los métodos anticonceptivos más usados: métodos poco seguros en países del Este, métodos seguros y reversibles en Europa Norte y Central, y métodos irreversibles en EEUU y Australia.

En España predominio del preservativo junto a otros métodos seguros y reversibles, y poca incidencia de la esterilización femenina y masculina

Esterilización femenina claramente asociada a desventaja educativa

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Hace apenas una semana tuve la suerte de asistir a la conferencia del Consorcio Europeo de Investigación Sociológica, que celebraba en esta ocasión su 30 aniversario. En una de las lecciones magistrales seleccionadas para la celebración, Megan Sweeney de la Universidad de Los Ángeles trató un tema del que nunca había leído una palabra: los métodos contraceptivos y su diferente uso en función del estatus socio-económico de los individuos, tanto hombres como mujeres. Su exposición reveló datos que me resultaron sorprendentes y de gran interés, tanto por las preguntas que plantean como por el significado y las consecuencias para las personas, en especial de las mujeres. En este post pretendo simplemente compartir con ustedes lo que allí escuché y lo que he leído al respecto desde entonces.

En el gráfico 1 pueden ver cuáles son los métodos anticonceptivos usados en 10 países de baja fecundidad, a los que he añadido los datos de España adaptando y completando los ya publicados aquí y aquí.

Lo primero que salta a la vista son las notables diferencias entre países. Salvo en Bulgaria y Georgia, donde los métodos poco seguros como el día del mes, la prueba del moco cervical o la temperatura, todavía son de uso frecuente (entre el 30 y el 40% de la población que usa algún método), el recurso a algún método seguro, reversible o no, es lo más habitual. Sin embargo, más allá de esa opción por lo seguro, se detectan dos patrones de comportamiento bien distintos. En Francia (80%) y a poca distancia también en Bélgica y Alemania (70%) predomina claramente el uso de métodos muy efectivos y reversibles como la píldora o el DIU. En el extremo opuesto encontramos los casos de EEUU y Australia, donde los métodos preferidos en la Europa central son usados por apenas un tercio de la población, mientras que el recurso a la esterilización, de ellas o de sus parejas, es utilizado por más del 50 y el 40% respectivamente.

De acuerdo con las cifras publicadas por Naciones Unidas en 2013, más de un tercio de las mujeres casadas o en cohabitación del planeta recurren a la esterilización (suya o de sus parejas) como método anticonceptivo, lo que lo convierte en el método más usado a nivel mundial. Sin embargo, la incidencia de la esterilización como método de control reproductivo varía mucho por países.

Como puede apreciarse en el gráfico 1, en el resto de países que no son ni EEUU ni Australia el porcentaje de entrevistadas que declararon haber recurrido a la esterilización, de ellas o de su pareja, como método está siempre por debajo del 20%, y en la mayoría de casos por debajo del 10%.

Gráfico 1. Método anticonceptivo utilizado por la población femenina de 20 a 44 años que convive en pareja heterosexual (casada o no) y usa algún método, 2005-2010 (según país).

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Fuentes: Para EEUU la National Survey of Family Growth (2006-10) y para el resto de países la Gender and Generations Survey (2004-2010), salvo para España que se basa en los datos de la Encuesta de Fecundidad y Valores (2006).

La esterilización como método anticonceptivo es sin duda muy efectivo pero resulta, en especial en el caso de las mujeres (ligadura de trompas), irreversible; no así en el de los hombres (vasectomía).

La irreversibilidad de la esterilización femenina constituye un aspecto particularmente importante ya que el deseo de tener hijos puede cambiar a lo largo del curso de vida, y sobre todo si se produce un cambio de pareja. Teniendo en cuenta que la estilización femenina no tiene vuelta atrás, pero sí la masculina, cabría esperar una mayor incidencia de esta última en previsión de un posible cambio de preferencias reproductivas en el futuro de la pareja, o de cualquiera de sus integrantes por separado. De hecho, en EEUU aproximadamente un 25% de las mujeres que había recurrido a la ligadura de trompas se manifestaban arrepentidas de su decisión. Además, la trascendencia de la operación quirúrgica que implica una vasectomía es menor que la de la esterilización femenina.

Pese a todo ello, como puede observarse en el Gráfico 2, de los 11 países estudiados solo en 2, Australia y España, la esterilización femenina representa menos de la mitad del total de esterilizaciones practicadas en la población estudiada. En Austria y Bélgica están casi al 50%. En EEUU, el país con mayor incidencia de esterilización, la femenina está en niveles cercanos al 70%. Y en el resto, donde su incidencia es muy minoritaria como vimos antes, la estilización masculina es completamente residual.

Gráfico 2. Incidencia de la esterilización como método anticonceptivo sobre el total de los que usan algún método, e incidencia de la esterilización femenina sobre el total de esterilizaciones en la población femenina de 20 a 44 años que convive en pareja heterosexual (casada o no), 2005-2010 (según país).

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Fuentes: Para EEUU la National Survey of Family Growth (2006-10) y para el resto de países la Gender and Generations Survey (2004-2010), salvo para España que se basa en los datos de la Encuesta de Fecundidad y Valores (2006). Nota: En el caso español las mujeres que no conviven con su pareja también están incluidas.

 

Entre los factores que podrían explicar esta diversidad están no solo las preferencias reproductivas de las mujeres y sus parejas, sino obviamente otros factores económicos, sociales y culturales que incluyen la accesibilidad y aceptación social de diferentes métodos anticonceptivos, que varían en el tiempo y en el espacio.

El nivel de estudios es sin duda el primer candidato en cualquier análisis que pretenda ayudar a entender esta diversidad en la incidencia de la esterilización, femenina y masculina, entre países. En los Gráficos 3 y 4 hemos representado cómo varía el recurso a la esterilización femenina y masculina por nivel educativo de la mujer, y se observan diferencias muy llamativas. En primer lugar, la estirilización femenina (Gráfico 3) está claramente asociada con niveles de estudios bajos en todos los países estudiados salvo en Rumanía. En cambio, en el caso de la esterilización masculina (Gráfico 4) la relación es mucho menos clara y más variada por países: en Australia, Francia y Georgia, su uso aumenta también entre mujeres con niveles de estudios más bajos; en cambio, en otros países no hay una asociación clara con nivel educativo, y en EEUU que aparece en esto como ‘el bicho raro’, la vasectomía está claramente asociada a parejas en las que la mujer tiene estudios superiores, justo a la inversa de lo que ocurre cuando las que se esterilizan son ellas.

Gráfico 3. Proporción de mujeres que utilizaban la esterilización femenina como método anticonceptivo dentro de cada nivel de estudios, 2005-2010 (según país).

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Fuentes: Para EEUU la National Survey of Family Growth (2006-10) y para el resto de países la Gender and Generations Survey (2004-2010), salvo para España que se basa en los datos de la Encuesta de Fecundidad y Valores (2006).

 

Gráfico 4. Proporción de mujeres que utilizaban la esterilización de su pareja (masculina) como método anticonceptivo dentro de cada nivel de estudios, 2005-2010 (según país).

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Fuentes: Para EEUU la National Survey of Family Growth (2006-10) y para el resto de países la Gender and Generations Survey (2004-2010), salvo para España que se basa en los datos de la Encuesta de Fecundidad y Valores (2006).

 

En general, las diferencias descritas desaparecen una vez que se tiene en cuenta la diferente composición de las poblaciones estudiadas en aspectos socio-demográficos básicos como la edad al primer hijo y el número de hijos. Sin embargo, las diferencias por educación en el recurso a la esterilización masculina o femenina permanecen en EEUU y Bélgica. Ello apunta en ambos casos a la responsabilidad de factores explicativos de más amplio alcance, y complejidad, en especial las políticas sociales y de salud reproductiva, que resultan claves a la hora de reforzar o relajar las barreras de acceso a todo el rango de métodos anticonceptivos existentes para las mujeres de cada país.

España sigue el patrón de la mayoría de países analizados con respecto a la esterilización femenina claramente asociada a un menor nivel de estudios de la mujer en edad reproductiva (Gráfico 3). En cambio, la esterilización masculina no está desde luego asociada a mujeres con estudios superiores como en el caso norteamericano, pero tampoco a los niveles de estudios más bajos pues, como se puede observar en el Gráfico 4, la proporción de mujeres cuya pareja se había practicado la vasectomía en el grupo de mujeres con menos de educación secundaria era idéntica a la proporción entre mujeres con secundaria.

Para poner estos resultados en contexto, en el Gráfico 5 hemos plasmado el porcentaje de mujeres en edad reproductiva que dentro de cada nivel de estudios usa cada tipo de método anticonceptivo en España. Como puede observarse frente al gradiente educativo negativo que es evidente en la esterilización femenina, y en menor medida en la masculina, el uso de métodos también muy efectivos pero reversibles como la píldora o el DIU no refleja diferencias significativas por nivel de estudios. En cambio, el preservativo es un método cuyo uso es más frecuente entre las mujeres con mayor nivel de estudios, aunque este resultado en parte refleja la edad media más joven de quienes lo usan.

Gráfico 5. Proporción de mujeres de 20 a 44 años que utilizan cada método anticonceptivo dentro de cada nivel de estudios en España, 2006.

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Fuente: Encuesta de Fecundidad y Valores (2006). Elaboración propia.

 

Las implicaciones de estos diferentes patrones de control reproductivo son múltiples tanto en términos de igualdad de género como de estratificación social, y la mejor comprensión de los factores que determinan la elección última por uno u otro resultan clave a la hora de planificar políticas sanitarias y de educación sexual orientadas a garantizar la igualdad.

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