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Escaños extra: la prima electoral del nacionalismo en Cataluña

Cataluña no se ha dotado, hasta hoy, de un sistema electoral propio y neutral, aunque su actual gobierno aspira a construir estructuras de estado

El sistema electoral catalán está sesgado para favorecer a los partidos nacionalistas incluso si no son los más votados

Si compitieran solo dos listas, a modo de plebiscito, y ambas empataran, la independentista obtendría seis o siete escaños más.

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El sistema electoral catalán, como el español, como tantos otros, tiene sesgo de partido: favorece a los partidos nacionalistas, especialmente a CiU y, ahora, a JxS. Sesgo partidista significa que, en condiciones iguales - y, en particular, con igual número de votos- no todos los partidos son tratados de igual forma. El sesgo no siempre se muestra con claridad de cara al público, aunque a veces sí, como en las elecciones de 1999, cuando la lista del PSC y sus aliados, liderada por Pasqual Maragall obtuvo el 38,21% de los votos y la lista de CiU el 38,05%. El PSC, sin embargo, ganó solo 52 escaños (el 38,5%), mientras que CiU sumó 56 (el 41,5%). Estuvieron a punto de empatar, con ventaja de Maragall, pero CiU “ganó” las elecciones contadas en escaños. El antiguamente honorable Jordi Pujol fue investido president, además, por mayoría absoluta, con los votos a favor de los 12 representantes del Partido Popular. Aquello sí que eran tiempos.

En las elecciones del 27 de septiembre el voto nacionalista volvió a recibir un trato de favor en el reparto de escaños, pues lo sucedido en 1999 no fue sino una versión más dramática de una historia corriente. En este último caso no es tan fácil observar el efecto. Para detectarlo son necesarias algunas operaciones, vamos a hacerlas.

Supongamos que se hubieran presentado dos listas, la lista de la Ruptura y la de la Reforma, y que la primera hubiera obtenido los votos de las dos candidaturas explícitamente independentistas (JxS y CUP) y que la segunda hubiera recogido el apoyo de todos los demás partidos. Es mucho suponer, pero se trata de plantear el caso más favorable para la Reforma, a fin de comprobar cómo el sistema privilegia a la opción nacionalista por la Ruptura. En esa hipotético situación, la Ruptura, con el 47,74% de los votos, habría obtenido 68 escaños, la mayoría absoluta, y la lista de la Reforma, con el 52,26% de los votos, 67. La Reforma habría ganado el “plebiscito” encubierto en estas elecciones figuradas, pero la Ruptura dominaría el parlamento catalán. Aunque la victoria en escaños de la Ruptura sería ajustada, en comparación con la observada el 27 de septiembre, se nos muestra el corazón inaceptable del reparto: la mayoría absoluta de escaños es posible incluso si se pierden las elecciones. El independentismo ganaría incluso si la mayoría que forman todos los demás articulara un absurdo frente unido para oponerse.

Para dejarlo más claro, si las dos listas, Ruptura y Reforma, hubieran obtenido el mismo número de votos, el 50% exacto cada una, con una distribución territorial como la que se ha producido e idéntica participación, la coalición independentista detentaría siete escaños más que su competidora: 71 frente a 64. De hecho, como refleja el gráfico que acompaña a este texto, el sistema electoral de Cataluña concede a una lista con la distribución territorial de la Ruptura, en promedio, 6,3 escaños más que los que obtendrían todos los demás, unidos en una lista, si recibiera los mismos votos, en todo el intervalo cercano al empate. Esto es así con dos bloques; si la Reforma se divide más que la Ruptura, como sabemos que sucede, entonces la ventaja es aún mayor (1).

Es importante darse cuenta de que el sesgo partidista no es lo mismo que la falta de proporcionalidad que ocasiona el premio a las mayorías. Lo primero consiste en tratar distinto lo que es igual, apoyar a un partido más que a otro, no porque sea mayor o menor, sino porque es ese partido. Lo segundo consiste en tratar mejor a las mayorías que a las minorías, quienquiera que sean unos u otros. Que un partido mayoritario reciba un premio en escaños por amor de la gobernabilidad puede parecer deseable o indeseable; que un partido reciba un premio por ser de derechas, o por ser de izquierdas, por ser nacionalista, o por dejar de serlo, es algo que se da de golpes contra todo sentido de la equidad. Lo que observamos en las elecciones catalanas es la suma de ambas cosas. La lista JxS resulta premiada por ser la más votada, pero también, y sobre todo, porque el sistema electoral favorece a una lista que tenga el voto distribuido más o menos como esta.

La suma de las dos listas que defendían en Cataluña una declaración de independencia como colofón del denominado procés obtuvieron, entre ambas, el 47,74% de los votos y el 53,3% de los escaños (72 de 135). De los 9 escaños por los que el independentismo aventaja al resto, que suman 63, henos comprobado que entre 6 y 7 pueden atribuirse al sesgo partidista del sistema, pues el independentismo los obtendría como prima incluso si solo hubiera solo dos bloques y los dos recibieran el mismo número de votos. Solo dos o tres de los escaños pueden atribuirse al normal funcionamiento de la fórmula D’Hondt y su premio a la lista mayor (2).

El sesgo partidista del sistema electoral funciona esencialmente a través de tres mecanismos complementarios: la existencia de distritos electorales con un número variable de escaños, por lo que la prima a la mayoría de la fórmula D’Hondt funciona más en unos distritos que en otros (en particular, se puede decir que es inexistente en Barcelona); un prorrateo de escaños que no es proporcional a la población y que hace que los votos de Barcelona pesen mucho menos que el resto, pues hay un escaño por cada 36000 censados (aproximadamente) mientras que hay uno por cada 22.000 o 23.000 en Girona y Tarragona, y uno por cada 15.000 en Lleida; una tendencia a la menor participación en algunas circunscripciones que en otras, lo que puede exacerbar el anterior efecto cuando se trata de Barcelona. Solo el tercer mecanismo se ha visto amortiguado, esta vez, por la excepcional movilización. Entre todos crean un sesgo de localización del voto, premiando con una bonificación a los partidos con mayor apoyo en Lleida, Girona y Tarragona.

De hecho, es posible descomponer cuánto contribuyen estos factores en el sesgo total, de modo aproximado al menos, aunque el procedimiento es un poco técnico y sería incómodo explicarlo aquí (puede consultarse esto). Si ciframos la prima del sistema en 6,3 escaños para el bloque nacionalista-rupturista (su promedio en el entorno del empate) el potencial de sesgo debido a la desigual representación de la población se encuentraría cerca de los 4,6 escaños, manteniendo la participación constante. Pero como la participación no ha sido uniforme, y la movilización en Barcelona ha sido, esta vez, alta, esto ha atemperado el sesgo, de modo que la prima debida al desigual número de votantes (censados y participantes) en las provincias es de unos 3,3 escaño. A esto hay que añadir que la lista de JxS ha obtenido más votos, en proporción, donde más rinden, cualquiera que sea el prorrateo o la participación (por ejemplo, en Lleida una ventaja de 44 puntos electorales sobre el segundo partido, se transforma en una ventaja de 53 puntos en el reparto). Se puede estimar en unos 3 escaños la ventaja de JxS con respecto a la hipotética situación en la que fueran igualmente fuertes en todas las provincias (manteniendo constantes la participación y el prorrateo).

El sistema electoral catalán, como se sabe, es el mismo que el de España. Cataluña ha sido la única Comunidad Autónoma que no ha legislado sobre esto, por lo que se aplica de forma vicaria la ley que regula las Elecciones Generales en España. El sistema electoral español contiene un premio de localización del voto que favorece al Partido Popular (o, en general, hasta ahora, a opciones conservadoras). Ese mismo premio, traducido en Cataluña, ha favorecido siempre a CiU, y, en este momento, a JxS.

Es llamativo que los políticos catalanes hayan sido incapaces de ponerse de acuerdo sobre una institución tan importante como el sistema electoral, favoreciendo unas reglas injustas y heredadas. Es llamativo, sobre todo, porque las reglas electorales son reglas de reparto entre partidos catalanes (o entre sus ciudadanos, si se prefiere) sin interferencia de nadie. No quisiera ofender con una simpleza, pero se puede señalar que es más difícil acordar reglas de reparto que acordar reglas que suponen el logro de más autogobierno o de más recursos. Poco de bueno para el futuro de sus instituciones parece que promete la historia de esta importante regla constitucional en Cataluña, por cómo funciona, por quién se beneficia, por su hasta ahora imposible reforma. Lo mismo, lo mismo por desgracia, que se puede decir de España.

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(1) La simulación se realiza con un trasvase uniforme y gradual de votos en cada una de las cuatro circunscripciones electorales.

(2) La fórmula de D’Hondt para distribución de escaños facilita la obtención de una prima de escaños a la lista mayoritaria y, en general, a las fusiones contra las fisiones de partidos. La lista de Junts pel Sí está sobrerrepresentada (un 46% de los escaños con el 39,5% de los votos) mientras que la lista de las CUP está moderadamente penalizada (7,4% de los escaños con el 8,2% de los votos). Las listas minoritarias pierden siempre alguna representación con respecto a la proporcionalidad. La lista de Ciudadanos se escapa por la mínima del castigo con 25 escaños, pues “le corresponden” proporcionalmente 24,2, el resto pierden.

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