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¿Qué política económica nos queda?

Una oficina de empleo en Madrid.

Estos días, además de la deflación, se han sumado nuevos riesgos a nuestra economía, como la desaceleración de nuestros principales mercados, Alemania y Francia, y con ello, otra vez el nerviosismo de los capitales. En mi opinión esto ha dejado de ser una circunstancia coyuntural y ha pasado a ser estructural, un cambio de modelo. Esto es el neoliberalismo, sin más.  

Hace unas semanas estaba releyendo una comunicación de Enrique Casais, “ 25 años de políticas económicas en Latinoamérica: Globalización financiera, inseguridad económica y desigualdad”, en la que se analizaban la liberalización financiera y las continuas desregulaciones laborales en la Latinoamérica neoliberal. Las medidas que se tomaron en aquellos países difieren muy poco de las “auto”-impuestas por nuestro Gobierno. Como este es el camino que se ha marcado Europa, y España, la lógica nos dice que las consecuencias de la aplicación de esas políticas deberían ser las mismas que en Latinoamérica, esto es, inseguridad económica, alta desigualdad y crecimiento bajo.

El giro a la izquierda que se dio en Latinoamérica a finales de los 90 y principios de este siglo no ha sido homogéneo en todo el continente. En Chile, Uruguay, Brasil, el giro ha sido moderado y la socialdemocracia ha tenido algo de cancha para mejorar algunas cosas de la época neoliberal anterior, sin realizar grandes cambios de modelo. Quizás los cambios más significativos hayan sido en Bolivia, Ecuador y Venezuela, donde las políticas de los gobiernos han sido más rompedoras con la época anterior. Es importante destacar que las socialdemocracias antes nombradas poco tienen en común con las que existían en Europa, puesto que las tendencias de ambas son diferentes.

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Ni el PP ni el PSOE van a parar a Podemos

Rajoy aparece más solo e inepto que nunca.

Se diría que la actual estructura del poder político se está derrumbando a un ritmo que se acelera cada día. Empieza a ser inimaginable que quienes hoy mandan vayan a seguir haciéndolo dentro de un año o quién sabe si menos. Hasta desde dentro del PP surgen voces que piden que no sea Rajoy quien encabece la lista de las generales, al tiempo que en el PSOE se consolidan las dudas sobre la solvencia de Pedro Sánchez como candidato. Las encuestas pronostican un cataclismo electoral que, más allá del anunciado éxito de Podemos, podría dar paso a una situación de ingobernabilidad, transitoria o duradera.

El panorama, al que nada apuntaba hace solo seis meses y que se agrava con la crisis catalana, parece, hoy por hoy irreversible. Y por muchas vueltas que se le dé, no se atisba elemento alguno que pudiera modificarlo sustancialmente. Porque sus raíces son muy hondas. Y las triquiñuelas politiqueras o las argucias electoralistas, que ya es lo único que cabe esperar de los grandes partidos, no van a valer frente a eso.

Podemos está en el centro de todos los debates, sobre todo de los que mantienen por su cuenta y riesgo los ciudadanos corrientes. La aparición el partido de Pablo Iglesias en la escena política ha sido el revulsivo que se esperaba desde hacía muchos años y que muchos consideraban ya imposible. En España la gente se interesa hoy por la política como no lo hacía desde los tiempos de la transición. Y seguramente más que entonces. Porque en aquellos años la gran masa de la juventud se mantuvo bastante al margen del proceso, pues estaba sobre todo centrada en ocupar los enormes espacios de libertad que se abrían, casi por sí solos, tras la caída del franquismo. Y hoy, al menos buena parte de ella, protagoniza la corriente de rechazo a la actuación del poder constituido, e incluso a su legitimidad, que expresan las encuestas.

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Los "antisistema" son ellos

La Constitución configura un sistema político basado en principios y pautas muy concretas. Ese sistema debe ser respetado y cumplido por todos: ciudadanos y, especialmente, por los poderes públicos y quienes tienen la responsabilidad desde las instituciones de ejercer sus deberes constitucionales.

Con cierta frecuencia se aplica el calificativo de "antisistema" a aquellas personas muy críticas con la realidad actual y que la quieren cambiar de modo rotundo. También los puntos del modelo de hace 36 años de Constitución se han deteriorado por un tiempo vertiginoso o por erosión de los actores políticos.

A esos "antisistema" se les trata de modo muy despectivo y temeroso como si fueran a comerse niños. Dentro de ellos hay variedad de especies. Desde una escasísima minoría muy visceral y que rechaza absolutamente todo, a quienes más se adecúan al verdadero perfil: radicales en cuanto a planteamientos pero posibilistas y pacíficos que quieren cambiar la degradada realidad y otros sólo desean se cumpla lo exigible hoy.

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No nos cuenten cuentos. Váyanse

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Aznar, Gadafi y 'El Rayo del Líder', el caballo que el líder libio le regaló en su visita a Trípoli en 2003. Foto: Bernardo Rodríguez/EFE.

Ahora salen Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy pidiendo excusas y diciéndose muy avergonzados. Ahora los partidos entran en pánico y se disputan las declaraciones públicas más taxativas y la manera más rápida de dar de baja a sus militantes sospechosos. Todas esas cautelas que guardaban hace dos días, que si la imputación es una garantía para el imputado, que si tiene que haber comenzado el juicio oral, que si tiene que haber condena, que si ésta tiene que ser firme… Todo eso ha desaparecido tragado por el miedo a que la marea suba tanto que termine por ahogarles a ellos. Ahora llegan las prisas y las carreras por ver quién expulsa antes y a más gente. Es el último truco de magia antes de la debacle (de su debacle). Los partidos claman contra la corrupción, pero la corrupción es una de las patas del sistema. Ninguna de las medidas que proponen los dos grandes partidos (grandes hasta ahora, por poco tiempo) puede hacer ni siquiera un rasguño en el magma pringoso de la corrupción. ¡Expulsar a los corruptos! ¡Qué gran castigo! A estas alturas yo les pido que nos ahorren el espectáculo, que no nos cuenten más cuentos. Lo que tienen que hacer es dimitir y marcharse a su casa.

Para empezar, pretender que la corrupción desaparezca es una entelequia porque las políticas de austeridad impuestas a los países del sur de Europa, cuyo objetivo es laminar todo lo público, son un robo en sí mismas. Además, este es un país que apenas ha podido disfrutar de verdaderos valores democráticos, como una buena educación pública igualadora o una ética pública decente. Aquí nos regimos desde siempre por el puro privilegio y la herencia familiar conseguida de la manera que sea. Este es el país de la desigualdad y la incultura. Y en cuanto al sistema político que tenemos es uno que se basa en una carrera enloquecida por transferir a unas pocas manos privadas multitud de servicios y de bienes que son públicos. Es una enorme cantidad de recursos y de bienes, hay mucho dinero en juego y quien reparte ese enorme negocio, los políticos, no van a hacerlo sin llevarse su parte. En la lógica del sistema en el que vivimos los encargados de repartir juego no van a hacerlo gratis. Digamos que cobrar comisiones, directas o indirectas, por transferir dinero o bienes desde lo público a lo privado es uno de los trabajos más codiciados. Es lo que hace o hicieron Aznar, González, Granados, Güemes, muchos alcaldes, muchísimos concejales y consejeros… Una fina línea separa lo que se hace legalmente de lo que es ilegal. Todo es un robo, se trata de repartir el botín entre amiguetes. Ser consejero de Sanidad, por ejemplo, y acabar sin estar imputado por algo parece una entelequia.

Los políticos no pueden luchar de verdad contra la corrupción porque todo el sistema saltaría por los aires. Lo que en realidad tenemos es un sistema pantalla. Un sistema que en apariencia trabaja por el bien público pero que tiene el corazón y las tripas preparadas para la rapiña privada. ¿Cómo se hace compatible una política que es un robo con la salvaguarda del bien público? No se puede. Un funcionamiento de lo público que consiste en conceder prácticamente a dedo grandes negocios, una ley de contratos de la administración que deja el poder de repartir enormes negocios a los empresarios amigos, un funcionamiento de los servicios en los que el único criterio es el económico, unas maquinarias electorales (los partidos) que necesitan mucho más dinero del que tienen, unos sindicatos que son empresas, una ley del suelo que permite que alcaldes y concejales vendan hasta el más mínimo resquicio de terreno… Tenemos un sistema político ideado para que los que dirigen el cotarro se hagan ricos. Y se hacen ricos, algunos traspasando esa delgada línea de la ilegalidad. Y cuando la cosa parece que explota y que la ciudadanía exhausta no puede más, los políticos salen y echan unas lagrimitas. No nos cuenten cuentos ¿Quieren que se cumpla ley? ¿Quieren luchar contra esa corrupción que nos anega? Expulsar del partido a los corruptos es un castigo de broma, las penas a las que se enfrentan son una broma. Que Aguirre diga que no sabía nada o que Rajoy se muestre sorprendido es una broma cuando su propio partido se ha financiado ilegalmente y cuando tanto el gobierno de Aguirre en su momento como el de Rajoy ahora mismo está lleno de gente sospechosa.

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Pedir perdón a golpe de encuesta

Un día son "algunas cosas", como si fueran un puñado de fruslerías sin importancia, y al otro, sin embargo, son motivo suficiente para "pedir disculpas a los españoles" en sede parlamentaria, eso sí, con la boca pequeña. A la ciudadanía, harta de tantos escándalos de corrupción como están apareciendo en los últimos tiempos, le puede parecer desconcertante esa actitud del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. En el caso, claro, de que a los ciudadanos las actuaciones de Rajoy sobre los casos de corrupción que afectan al PP y a sus dirigentes les produzcan algún sentimiento distinto a la irritación, el asco y el hartazgo.

Porque hasta el momento Rajoy no ha hecho otra cosa que escurrir el bulto, hacerse el longuis e intentar demostrar que él no sabía nada. Nada de la Gürtel, en la que están implicados numerosos dirigentes del PP. Nada de Bárcenas, aunque fuera el tesorero que él mismo nombró y sus anotaciones contables hayan provocado la imputación de los otros dos extesoreros y de un ex secretario general, Ángel Acebes. Nada de las tarjetas 'black' de Caja Madrid, aunque fueran dirigentes del PP, como el exvicepresidente del Gobierno Rodrigo Rato, los que las usaban y repartían entre los consejeros de otros partidos y sindicatos mientras la entidad bancaria se iba al garete. Nada pese a que, mientras esas cosas ocurrían, él era presidente del PP.

Salir a pedir disculpas –aunque al día siguiente se le olvide y ponga el ventilador del 'y tú, más' contra el PSOE o eche mano de la humana comprensión del '¿quién no se equivoca alguna vez?'– no responde a nada más que a los consejos de los asesores, que ven peligrar las expectativas electorales del PP, también del PP, ante el gran cabreo ciudadano. Algo así, aunque él no se sometía al veredicto de las urnas, le ocurrió al rey Juan Carlos tras su caída en Botsuana, que fue consciente de que había perdido el respeto ciudadano, y, por eso, pidió perdón y prometió que no volvería a suceder, aunque no le sirvió para mucho.

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Deprimente “regeneración”

Hay algo deprimente en el término “regeneración” (democrática). Lo acuñó Joaquín Costa hace más de un siglo. Lo continuó la Generación del 14. ¿Significa esto que algunos de los problemas de nuestro sistema político vienen de entonces o incluso de antes agravados por lo de después (el franquismo y que la democracia no los ha sabido resolver? ¿Son sempiternos? ¿Están en nuestro ADN? ¿Se han reproducido? ¿Se han, ahora sí, regenerado (“reconstrucción que hace un organismo vivo por sí mismo de sus partes perdidas o dañadas”, en segunda acepción de la RAE)? Es triste comprobar que algunas de las cosas que decían los regeneracionistas de hace más de un siglo, tienen validez hoy. Como el aviso de Ortega y Gasset en su conferencia “Vieja y nueva política”, en 1914, de que "las nuevas generaciones advierten que son extrañas totalmente a los principios, a los usos, a las ideas y hasta al vocabulario de los que hoy rigen los organismos oficiales de la vida española". De nuevo.

Y ello a pesar de que España ha cambiado en profundidad. Es democrática, aunque cada vez más preocupantemente posdemocrática. Pero las oportunidades para la corrupción política se han agigantado. No solo los partidos políticos necesitan cada vez más dinero para sus campañas y para funcionar, sino que la tarta del gasto público ha crecido sobremanera, sin los correspondientes suficientes controles. En 1914, el gasto público representaba en España en torno al 7% del PIB. Un siglo después, en torno a un 45% de un Producto Interior Bruto mucho mayor, y repartido en muchos más niveles. En 1914, había un sistema clientelar, pero, de otra forma, lo hay también en 2014, y cuando hay muchos más cargos, empleos y contratos públicos que repartir a todos los niveles.

La acumulación de casos de corrupción –ahora más en el PP pero que atañen un gran parte del espectro político, sindical y empresarial- daña no sólo nuestra imagen y nuestra reputación como país, sino también nuestros intereses. Los países del norte de Europa pierden la confianza en España y en otros países del Sur. Como señala un alemán, les caemos bien y les gusta venir aquí, pero no se fían nosotros. Justamente lo contrario de lo que nos pasa con Alemania en estos tiempos: nos fiamos de ella, pero no nos cae bien pues la vemos como responsable de la política de austeridad. Pero cuidado, la corrupción puede favorecer la continuidad de la austeridad si se frena el gasto público europeo en España que se está finalmente diseñando en Bruselas.

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Sin perdón y sin Clint Eastwood

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Ignacio González, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy y el alcalde de Collado Villalba, Agustín Juárez, ahora detenido en la operación Púnica, en la cena de Navidad del PP de Madrid, en diciembre de 2013. / flickr del PP de Madrid

Sólo los gallardos saben pedir disculpas. Hacerlo a tiempo y con honestidad, con arrepentimiento verdadero y firme propósito de enmienda, ya sea en público o en la intimidad, requiere valor de fondo, respeto al otro, gallardía. Hace falta coraje del bueno para aceptar la humillación de ese momento, convertirla en sencillez y desarmarse para que el ofendido te acepte de nuevo. Hasta puede que ese gesto mejore al ofensor ante sus ojos. El cuajo de reconocer los propios errores: he ahí una prueba por la que todo hombre y toda mujer pasamos en algún tramo de nuestras vidas, y de cómo la resolvamos dependen muchos sentimientos, para empezar nuestra autoestima, sin la que a algunos nos resulta tan difícil seguir adelante.

Por el contrario, las excusas suenan a mendrugos mojados en el pico de los gallináceos comprobados. Sí, los 'clocloqueros': esos productos gaseosos que alardean de éxitos, que escapan por las gateras arrastrando la falsa cola de pavo real con que el poder ha coronado sus mediocres existencias, y que sonríen bobamente cuando sus aduladores les aplauden, creyendo que el batir de palmas –otra cosa sería un batir de huevos, pero prudentemente me abstengo de desarrollar esta idea– les convierte en el agujero del queque, el último pozo en el desierto y el asombro de sus contemporáneos.

En realidad, Rajoy, que es el personaje al que me estoy refiriendo, con sutil evidencia, tiene razón en lo último. No sólo los europeos nos contemplan, perplejos y boquiabiertos. El orbe entero no puede creer que hayamos sido capaces de soportarle un retroceso que, en tan pocos años, nos ha situado en el vagón de cola, ha excluido a cientos de miles de ciudadanos de cualquier posibilidad de levantar cabeza, y ha hipotecado el futuro de los jóvenes y abandonado en la miseria a un tercio de nuestros niños.

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Quiebra moral, putrefacción y desesperación

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Si el Reino de España se considerase una empresa y fuese auditada de modo profesional en estos momentos sería declarado en quiebra. Dejo de lado aquí si una sociedad a la que se está retirando la protección social del Estado, pagando el precio los más débiles, no es una sociedad ya arruinada, me refiero aquí a la evidente quiebra política y moral.

España está en quiebra moral. Los poderes establecidos invocan la "razón de Estado" para garantizar la estabilidad, es decir la continuidad. En nombre de la responsabilidad se quiere obviar la evidencia de que estamos gobernados por personas que sabemos que cobraron durante años sobres con dinero negro, del que ignoramos su procedencia. Que el partido que gobierna es, de arriba abajo, una máquina de fabricar corrupción y no sabemos si también extorsión, de la que se alimentan sus dirigentes y su estructura misma. Un partido con la estructura económica de una organización delictiva, con caja A, caja B y ahora sabemos de la caja C. En nombre de la responsabilidad se da por hecho que es normal que estén en el Gobierno y debemos aceptarlo para no ser llamados irresponsables.

El Estado Español ha ilegalizado periódicos y partidos, ¿alguien sabe por qué no se ha abierto alguna causa para investigar si el PP es una organización con carácter delictivo y si procede su ilegalización? Algún motivo que no sea la complicidad, evidentemente.

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Movimientos sociales y la sociedad en movimiento. El papel de la red

La Puerta del Sol en el primer aniversario del 15M.

No es objeto de este trabajo hacer arqueología en la historia de los movimientos sociales. Ni siquiera estimo necesario dar una definición inicial, algo poco útil teniendo en cuenta las numerosas definiciones ya existentes y el arraigo cultural que el concepto «abstracto » de movimiento social tiene en nuestras sociedades. Tómese, si se quiere, cualquiera de las definiciones hechas por Tarrow, Della Porta y Diani, Touraine o Castells. Todos o casi todos ellos dan una gran importancia al elemento identitario, algo que no voy a discutir pero, dada la ingente producción teórica en la dimensión identitaria de los movimientos sociales, prefiero ahondar más en la vertiente práctica. Más aún cuando el objeto de este trabajo es analizar cómo ha afectado la masificación del acceso y el uso de las tecnologías de la comunicación, en especial Internet, en las prácticas de estos movimientos.

Señalo, por tanto, una línea temporal difusa de separación entre todos los movimientos anteriores a la revolución comunicativa de las redes y aquellos que las consideran un elemento fundamental para su creación, organización y acción. Por supuesto, no estamos fijando esta línea temporal en la aparición de Internet, ni siquiera en su socialización, sino en el momento en que ha sido aprehendido, utilizado o considerado como una herramienta esencial del activismo político de los movimientos.

La diferencia con movimientos sociales de otras generaciones, por tanto, no la voy a referir a los contenidos de sus propuestas, a sus exigencias o a su dimensión territorial, sino al uso generalizado de Internet en su seno y a cómo afecta en factores organizativos, comunicacionales u operativos. En este sentido, es posible agrupar diferentes experiencias internacionales que comparten la importancia que ha tenido la comunicación en las redes en su aparición y desarrollo, condensándose en poco tiempo y reconociéndose, además, como aliados fraternales en una revolución global. Dentro de este conjunto podemos destacar experiencias como la llamada Primavera Árabe (con Egipto a la cabeza), el 15M español, Occupy en EE UU, YoSoy132 en México o el reciente PasseLivre en Brasil.

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Disuélvanse y entreguen las armas

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En este país no te acostarás sin conocer un caso de corrupción más. No salimos de uno y ya estamos en otro. Cuando aún no nos habíamos recuperado de las tarjetas negras y la imputación del exministro Acebes, la policía detiene a 51 personas, casi todos políticos del PP o el PSOE, por el cobro de comisiones ilegales por la concesión de contratos públicos. Entre ellos, Francisco Granados, ex mano derecha de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. Al bipartidismo no les cabe más corrupción dentro y por eso le sale toda fuera. A borbotones. Dicen que no se puede generalizar pero la corrupción está generalizada en los dos grandes partidos.

Si será grave el asunto que hasta Rajoy se ha dignado enviar un mensaje al pueblo llano. ¡Y sin plasma! Tampoco es que haya comparecido, no nos volvamos locos. Ha aprovechado una pregunta en el Senado para pedir perdón a todos los españoles por haber dado puestos de confianza a quien la ha traicionado. Pero ha vuelto a exculpar a los partidos políticos. Discrepo radicalmente y creo que ahí radica el problema. Los partidos políticos son responsables de sus casos de corrupción, no sólo por permitir que se les metan los ladrones en casa, sino por tolerarlos durante años. Si fueran casos aislados, podría excusarse pero, cuando son tantos, es evidente que ha habido tolerancia, complicidad o, lo que es peor, participación en los hechos. No cabe otra. Basta con ver la falta de contundencia con la que han actuado cuando los casos salían a la luz como para imaginar la tibieza con la que permitían la corrupción cuando estaba en la sombra.

Un ejemplo claro de esta tolerancia es Esperanza Aguirre. Ahora dice que “está alucinando en colores” con la operación Púnica. Más nos alucina a nosotros que siga siendo la presidenta del PP de Madrid la señora que ganó las elecciones gracias a un amaño, dio contratos a la Gürtel, escribía correos a Blesa para pedirle favores, tuvo de segundo al evasor Francisco Granados y ahora tiene a un porrón de ediles en el calabozo por chorizos. Alucinamos en colores porque después de esto aún tiene la desfachatez de decir que asumirá su responsabilidad. ¿Cuál, dimitir? Hará como ha hecho siempre: pisar el acelerador y salir pitando del lugar de los hechos. Estaba rodeada de delincuentes y era la única en no enterarse. Como tonta no es, sólo queda pensar que se lo hace.

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sobre este blog

Zona Crítica es el canal de opinión política de eldiario.es. Un espacio colectivo de reflexión, análisis y testimonio directo.

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