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Un pacto anticorrupción que tranquiliza a los corruptos

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En estos días aún veraniegos de negociación, ruedas de prensa e intentos de investidura se ha hecho público un pacto contra la corrupción. De salida, debe elogiarse cualquier iniciativa que ponga freno a la actuación de las tramas corruptas. Esta forma de delincuencia se encuentra muy peligrosamente integrada en nuestro sistema institucional. Y está distorsionando las reglas del juego democrático. Además, ha causado un daño económico gravísimo a la sociedad, pues los estudios más solventes nos indican que la factura de la corrupción supera a la del rescate bancario.

Sin embargo, la lectura del citado pacto nos lleva a la conclusión de que se centra en diversas cuestiones periféricas, pero no incide en los problemas centrales que permitirían atajar realmente la corrupción. El acuerdo no propugna reformas legales efectivas para acabar con la enorme arbitrariedad con la que las administraciones públicas realizan sus contrataciones, que es lo que facilita el desvío ilegítimo de millones de euros a bolsillos privados a través de mordidas escandalosas. Tampoco aporta medidas concretas que permitan a los juzgados de instrucción llevar adelante sus investigaciones en plazos razonables y con instrumentos adecuados. Ni apuesta por el endurecimiento de las penas para los corruptos, que siguen disfrutando de un tratamiento punitivo bastante benévolo, lo cual contrasta con la enorme severidad con la que se castigan en nuestro país casi todos los delitos.

Por otro lado, parece sorprendente que se haya alterado el concepto de corrupción, claramente a la baja, para excluir delitos tan relevantes como la prevaricación, la malversación, el tráfico de influencias o determinadas formas de cohecho. En cualquier pacto riguroso para la regeneración democrática lo lógico sería incluir con firmeza todo el abanico de conductas que están ensuciando la vida pública. Por ello, resultan poco comprensibles esos esfuerzos negociadores casi a la desesperada para suprimir infracciones penales que forman parte del catálogo de delitos que persigue la Fiscalía Anticorrupción. Y esas exclusiones restan bastante credibilidad al pacto, al proyectar sombras sobre la voluntad real de actuar contra la corrupción y al dar la impresión de que su insuficiente letra final obedece a razones de mera oportunidad política.

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En las playas ya no se habla de política

No sé si les ha pasado, pero en casa este verano hemos hablado muy poco de política. Casi nada. Y lo mismo en la playa, en la piscina, de cañas con amigos o en reuniones familiares. Las pocas veces en que alguien sacaba “el temita”, se producía la típica espantada de fumadores a la terraza y de no fumadores al baño. Y si ponías la tele, cambiabas de canal a poco que asomase un portavoz político.

Qué diferente a los dos veranos anteriores, en los que no sabíamos hablar de otra cosa. No queríamos hablar de otra cosa. No había otra cosa de que hablar.

Verano de 2014: recientes la abdicación del rey y las Europeas en que irrumpió Podemos, recorría el país un aire fresco tras tres asfixiantes años de crisis, recortes y corrupción. La telepolítica ganaba parrilla en todas las cadenas, surgían nuevos protagonistas (Iglesias, Sánchez, Rivera), y en el paseo marítimo hablábamos con soltura del fin de la Transición y la inminencia de un proceso constituyente. ¿Lo recuerdan? Fue antes de ayer, pero ya da hasta nostalgia.

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Una nueva etapa

Albert Rivera y Mariano Rajoy, durante un encuentro en Moncloa.

No hay que irse muy lejos para explicar por qué millones de españoles rechazan que haya que apoyar a Mariano Rajoy para que siga gobernando. Por mucho que sean 150, 200 ó 300 las "medidas" que prometa con Ciudadanos. Presten atención a lo que le decía el propio Albert Rivera a Rajoy hace poco más de un par de meses. Fue en el debate electoral, delante de toda España: "Al margen de las leyes que quiera poner en marcha, ¿usted cree que la gente va a confiar en un nuevo gobierno si existe la sospecha, un juicio abierto y han imputado a su partido? No puede haber un nuevo gobierno en el que su presidente no tenga autoridad moral para liderar la lucha contra la corrupción…". Y Rivera, en ese 13 de junio, también le decía: "Usted miente y cobra sobres y dinero negro de las mordidas; usted recibió 343 mil euros de las cuentas de los papeles de Bárcenas, según información judicial; usted le enviaba al señor Bárcenas mensajes de ‘sé fuerte’ después de saber el dinero que tenía en Suiza y estar imputado. Le estaba diciendo que le iba a proteger. Si no hay autoridad moral, la gente no podrá confiar en un nuevo gobierno…".

¿Por qué espera Albert Rivera que confiemos ahora? ¿Ha cambiado algo? Rajoy sigue siendo el mismo: el del partido imputado, el del apoyo al tesorero con dinero en Suiza, el que aparece en la contabilidad del dinero sucio, el que ha protegido a Rita Barberá y a tantos otros. En otros países, no sería presidente ya. Seguro que Rivera entenderá que hay gente que, por principios, lógica y moral, continúa pensando que a un político así no se le puede apoyar.

¿Saben cuál fue la respuesta de Mariano Rajoy cuando le echaron en cara todo esto? Quejarse de que le persiguen "como la Inquisición" y negar que su partido esté imputado. Ante toda España. Victimismo y ocultar la realidad. Algo parecido a lo que vivimos ahora, cuando lamenta que no le apoyan y cuando evita referirse, permanentemente, a las razones por las que le dicen que no le quieren apoyar.

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'Purple washing' o acordarse del feminismo cuando interesa

Durante las últimas semanas, a raíz del debate que se ha producido en Francia sobre la prohibición del burkini, ha pasado algo impensable; no se lo van a creer, pero sí: un montón de hombres se han puesto a opinar sobre qué deben vestir las mujeres. Quién lo iba a decir. Y menos mal, porque tanto las mujeres de Occidente como las de Oriente lo necesitábamos. Miedo me da imaginar qué sería de nosotras, hoy día, si no hubiéramos tenido siempre a hombres desde todos los púlpitos diciéndonos qué hacer, decir, opinar y vestir. Sinceramente, creo que hay muchas probabilidades de que anduviéramos comiendo dátiles enganchadas a las ramas de los árboles.

Éstos que arremeten contra el velo o el burkini son los mismos que jamás han escrito antes una sola línea (ni escribirán en el futuro) de lo que supone la depilación en Occidente, como tampoco lo harán nunca en favor de cualquier tema que implique la liberación de las mujeres.

El último caso lo tenemos en un artículo de El Mundo llamado La mora y la pijaflauta, firmado por un señor llamado Jorge Bustos. Ya se pueden imaginar el nivel del texto sólo leyendo el título, pero les copio mi parte favorita: "Flaco favor les hace la empanada mental y la desvergüenza ética con que aquí la misma pijaflauta que atribuye por la mañana al heteropatriarcado cristiano la paliza de un infecto machista a su ex, niega por la tarde la condición estructural del machismo coránico, que al parecer no rige para la morita que baja a la playa tapada como si tuviera la lepra. Ocurre que la feminista de progreso ha encontrado en el burkini la penúltima excusa para liberar su histeria penitencial por pertenecer al hemisferio de las libres y prósperas, al que desearían pertenecer tantas hijas del Profeta". 

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Rajoy y el drama de preparar su investidura fallida

El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, en la tribuna de oradores del Congreso. /EFE

Rajoy es un político que no está acostumbrado a perder, que tiene especial rechazo a situaciones de conflicto y suele eludirlas con sus habituales silencios, delegando los problemas a sus colaboradores más fieles o esperando.

Desde  el pasado 18 de agosto y obligado por las presiones de Ciudadanos para dar una fecha para la investidura, su frustración ha ido aumentando, su tradicional paciencia se va quebrando y es consciente que no podrá dar rienda suelta a su enfado ni siquiera en el debate de investidura. Las últimas comparecencias ante la prensa han sido duras, broncas y algo desagradables, con tono áspero y un rostro desencajado que refleja un malestar evidente.

Rajoy se ha visto acorralado por la situación, y ahora sus mejores cualidades como líder político de repente ya no sirven, al no poder esperar el error del adversario. Además, tampoco tiene mucho más tiempo para poder convencer a quien, como muy bien sabe, no va a cambiar de idea para hacer de su debate de investidura un triunfo. Rajoy se ha visto forzado a presentarse sin los apoyos suficientes y pese a su hermetismo y falta de comunicación, es evidente que vive el momento con especial dramatismo y cierta resignación. Al fin y al cabo todos sabemos que llegó a declinar la propuesta del rey de presentarse como candidato tras el 20-D para evitar el fracaso y la vergüenza de una derrota sin precedentes.

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El no de Sánchez

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Parecía que Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, no tendría el fuelle suficiente como para enfrentarse a la caverna de su partido, cuya representante máxima es una Susana Díaz escoltada por viejos barones territoriales. Parecía que Sánchez tendría que rendirse a los intereses espurios de esa buena parte de su partido que prefiere mantener a Rajoy en el gobierno para conservar su oposición bipartidista. La dignidad política y los intereses generales del país parecían secundarios.

Sin embargo, parece ahora que Pedro Sánchez podría sacar unas fuerzas de flaqueza que lo engrandecerían: decir no a la investidura de Rajoy no le garantiza en absoluto mejorar sus propios resultados en unas terceras elecciones, pero dota de una cierta altura a un partido que ya ha avergonzado bastante a muchos de sus tradicionales votantes. Sánchez demostraría con el no una valentía que hace tiempo abandonó el PSOE, acobardado por el natural nacimiento de fuerzas políticas alternativas, es decir, de Podemos y las formaciones confluyentes. El PSOE ha dado en los últimos meses (como poco) un triste espectáculo: el de considerar prioritario su rédito político frente a las necesidades de los ciudadanos, sean o no sus votantes. En esa huida hacia atrás, se ha ido dejando en el camino los presuntos principios socialistas, que habrían de estar siempre por encima de la eventualidad del poder. De hecho, ese abandono de los valores, ese desprecio por la ideología le está pasando su mayor factura.

El no de Sánchez a la investidura de Rajoy supone responsabilidad de Estado y permitirá al PSOE recuperar un poco de su maltrecha credibilidad. Más aún, abre la posibilidad de un pacto de izquierdas que debiera haberse logrado hace mucho tiempo. Un pacto imprescindible para evitar que siga gobernando el PP, partido que está imputado, algo que resulta inconcebible en cualquier democracia desarrollada. Si el PSOE permite que vuelva a gobernar Rajoy, legitimará la política de recortes del PP, la corrupción generalizada, la reforma laboral, la reforma educativa y leyes como la Mordaza. Si ese llega a ser el mensaje que el PSOE lance a los españoles, será al tiempo la nota de su propio suicidio.

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Desactivando a Rajoy

El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy

El éxito de la estrategia marianista depende críticamente de que la política española se mantenga polarizada entre investir a Mariano Rajoy o terceras elecciones. Todos los movimientos del aspirante se basan sobre la misma certeza que ya los inspiró en diciembre: no hay alternativa ni la va a haber. Mientras esa variable se mantenga inalterada queda poco que hacer, salvo dar ruedas de prensa, quejarse de la presión, dirimir disputas domésticas y meterse en berenjenales por bocazas.

Sólo existe una manera de detener la secuencia inexorable que ha arrancado esta semana con el definitivo triunfo del amor entre el PP y Ciudadanos y que, tras la investidura fallida, conducirá al aspirante o a ser investido pasadas las convocatorias gallega y vasca o a competir en unas terceras elecciones donde saca varios cuerpos de ventaja a sus rivales en una carrera donde todo indica que la derecha acudirá a votar más y mejor y la izquierda se dividirá entre el cainismo, la desorientación y el cansancio. Únicamente la irrupción de una alternativa creíble puede desactivar a Rajoy y activar un desenlace diferente.

Aunque todos parezcan convencidos que el problema lo sufre Rajoy y tienen al presidente en funciones donde querían, lo cierto es que el problema lo tienen todos los demás. Albert Rivera no puede permitirse acudir a unos comicios que supondrían su ruina, los nacionalistas no pueden permitirse instalarse en la irrelevancia y el combate por acabar segundo ya es historia. La izquierda necesita un plan B y lo necesita urgentemente. Si creen que la legislatura va a resultar corta e inestable se equivocan otra vez. Existe programa de gobierno y dispondrán de mayoría suficiente para sacarlo adelante.

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Iñaki Williams y la goleada del racismo al fútbol

No tuvo que esperar mucho el racismo para volver a la primera división española. Como ese fichaje de verano que espera con impaciencia el debut, la discriminación se hizo notar en la primera jornada para recordar que nunca se fue, que siempre ha estado ahí y que le espera una larga carrera en el mundo del fútbol.

Lo vivió en su piel Iñaki Williams, delantero del Athletic Club de Bilbao para unos, y negro pariente cercano al mono para otros, en el partido ante el Sporting de Gijón. El racismo ahí anotó su primer gol.

Clos Gómez, árbitro del encuentro, decidió hacer su trabajo  ante los gritos que imitaban a un mono dirigidos a Williams. Su trabajo, ni más ni menos. Sorprende que tras los incidentes muchos hayan aplaudido su gesto de parar el partido por los incidentes en la grada. Con un listón tan bajo, jalear al cartero cada vez que entrega correspondencia o abrazar al notario cada vez que estampe una firma no debería descartarse.

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En nombre del Miedo

"En el nombre del Miedo, el inmisericorde, el implacable...” Quizá con esta anti oración deberían de haberse encabezado los edictos de los alcaldes de la costa francesa que durante este mes han prohibido el uso del llamado burkini en sus playas. Afortunadamente, una resolución del Consejo de Estado ha anulado “En nombre del pueblo francés” todas esas resoluciones administrativas. Una digresión: que diferencia encabezar una sentencia con un “En nombre del pueblo...” que con un “En nombre de Su Majestad el Rey....” como sigue sucediendo, no entiendo por qué, en España.

La resolución del Consejo de Estado es un ejemplo de claridad. De esa claridad que está empezando a faltar en el debate europeo. Tener claros los conceptos, los principios, los derechos y las libertades que dan sentido a nuestra civilización y a nuestro estilo de vida es lo que nos salvará. Hacernos un lío con eso, como le ha pasado a los alcaldes y a muchos franceses y españoles, sólo significará darles un triunfo más a los terroristas.

Siento invadir competencias de Barbijaputa pero creo que el razonamiento de los constitucionalistas franceses es tan claro que merece ser reseñado. Los alcaldes están encargados de asegurar el buen orden, la seguridad y la salubridad pública en las playas pero, aseveran, esto debe hacerse con el respeto de las libertades garantizadas por las leyes. Parece una obviedad pero creo que en nombre del miedo que sienten, muchos la obvian. Las medidas que se adopten deben ser proporcionales y adaptadas al objeto que buscan. Esto es lo que no sucedía con las resoluciones de los alcaldes. No olvidemos que prohibían, literalmente, todas aquellas vestimentas que atentaran contra las buenas costumbres y el principio de laicidad. Dejando aparte que confundían la laicidad -que se predica en Francia del uso de símbolos religiosos en espacios institucionales- con el derecho a portar símbolos religiosos, prohibir vestimentas que atenten a las “buenas costumbres” les metía en un berenjenal en el que no sabemos si la policía tiene que ir vistiendo a unas y desnudando a otras. Lo escribo en femenino porque, como siempre, parece que nadie se planteaba ir cubriendo o descubriendo hombres. Esto es importante. Lo es porque, como siempre, las mujeres salen perdiendo. Actuar en nombre de nuestro miedo no las libera sino que, muy por el contrario, las obliga a abandonar actividades normales y libres como ir a la playa. Todo es más complejo de lo que parece.

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El problema de Francia no es la ropa de baño de las mujeres

Policías franceses patrullan por la playa de Cannes.

Las playas de Francia parecen haberse convertido en el lugar en el que afirmar lo que allí llaman los "valores republicanos", a veces llamados "valores franceses". El objetivo fue hace unos días una mujer de 34 años con sus hijos, tumbada sobre la arena de la playa de Niza y con la cabeza y las piernas cubiertas. Allá fueron cuatro policías armados para comprobar qué llevaba debajo e imponerle una multa.

Mucha gente sintió vergüenza y perplejidad, sobre todo fuera de Francia, al ver esas imágenes, producto de la decisión del Ayuntamiento de Niza de multar a aquellas mujeres musulmanas que no fueran con un traje de baño convencional. Desde el principio –por ejemplo cuando el alcalde de Cannes dijo que “el burkini es el uniforme del islamismo extremista, no de la religión musulmana”–, ya se vio que esta prohibición tenía mucho que ver con los prejuicios contra la principal minoría del país, además de por la tensión creada por los atentados ocurridos en Francia en el último año. ¿Pero en qué medida la vestimenta de las mujeres tiene que ver con la seguridad?

La relación no existe, según el Consejo de Estado francés, máximo tribunal administrativo del país. En una decisión relacionada con la prohibición dictada por otro ayuntamiento, el Consejo ha aceptado el viernes el recurso presentado por una organización de derechos humanos. El veto al burkini no es legal:  "Ningún elemento permite interpretar que se hayan producido riesgos de problemas de orden público en las playas de la localidad de Villeneuve-Loub et. Ante la ausencia de esos riesgos, la emoción y la inquietud resultantes de los atentados terroristas, especialmente del cometido en Niza el 14 de julio pasado, no son suficientes para justificar legalmente la medida de prohibición".

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