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¿Qué hay de lo nuestro?

Tras cada cambio de gobierno, desde la presidencia del país hasta el último ayuntamiento, resuena el viejo “¿qué hay de lo mío?” de quienes esperan que los suyos les recompensen los servicios prestados, cumplan sus promesas o decidan otro reparto de la tarta. El “qué hay de lo mío” es el lema del clientelismo, y el clásico estribillo de la corrupción.

El último relevo, el del pasado 24M, también tendrá sus “qué hay de lo mío”. Pero por ahora los que más se oyen, en Barcelona y Madrid, no tienen el tono esperanzado del que aspira a ganar algo con el cambio, sino el aire lastimero de quien teme perder lo que tenía, o lo que esperaba seguir ganando y ahora cree truncado.

La llegada a las alcaldías de Ada Colau y Manuela Carmena hace que muchos contratistas exclamen a la vez: “¿qué hay de lo mío?” ¿Y si a las nuevas gobernantes les da por revisar o no renovar los contratos de tantos servicios privatizados, esos que hasta ahora se han repartido entre unas pocas grandes empresas, a menudo con poca transparencia en la adjudicación, cuando no directamente sospechas de corrupción, y que mueven miles de millones al año?

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El final de un personaje

La presidenta del PP de Madrid y candidata a la Alcaldía de la ciudad, Esperanza Aguirre. / Efe

Aunque el PP ha perdido cientos de miles de votos en Madrid por sus políticas, por el hartazgo de la gente y por la emergencia de otras opciones que han sabido ganarse a pulso la confianza de los votantes, la diferencia de votos, inesperada, entre Aguirre y Cifuentes y que han dejado a la primera fuera de la alcaldía, esa se la ha ganado a pulso Esperanza Aguirre en las dos semanas que ha durado la campaña electoral. Poca gente podía predecir cuando la campaña estaba empezando la manera en que ésta iba a terminar para Aguirre. Al fin y al cabo, cuando se presentó, y no siendo precisamente la preferida de Rajoy, lo hizo porque ella misma y su partido la veían como imbatible, como la única que podía conservar el Ayuntamiento para el PP. No sólo no lo ha , sino que ha perdido humillantemente su particular batalla contra Cristina Cifuentes. El caso de Aguirre, o como puede una persona pasar de ser una triunfadora a una caricatura de sí misma en quince días, puede que se convierta en un caso de estudio para el futuro.

Esperanza Aguirre es una mujer rica, privilegiada desde la cuna, que considera que todo le es debido por nacimiento; se relaciona con la gente como se debe relacionar con el servicio (llama a todo el mundo de tú y les trata como si fueran niños), está falta de la más mínima empatía humana, es inculta y lo lleva a gala, autoritaria y no muy inteligente, aunque sí tiene olfato político. Y con estos mimbres se ha creado un personaje que, sorprendentemente, caía bien a mucha gente y que le ha durado muchos años. Podríamos decir que ese personaje, que se ha ido bandeando mejor que bien por lo más proceloso de la política, no ha podido sobrevivir a este momento, en el que se exige una política que de verdad resuelva los problemas de la gente. Cuando la política ha dejado de ser el espectáculo en el que el Partido Popular la ha convertido y se está desgajando a trozos de pura putrefacción, es cuando Esperanza Aguirre aparece claramente como lo que siempre fue, una especie de caricatura, un personaje despreciable.

Aguirre, señora bien de toda la vida, condesa consorte que habita en un palacio, se trasmutó en una señora de barrio, castiza y chulapona, que mucha gente sentía cercana;  y hay que reconocer que en eso tuvo éxito. Al fin y al cabo, el personaje de alcurnia que lejos de comportarse de manera estirada se comporta, aparentemente, como el pueblo, tiene una larga tradición entre la monarquía y la nobleza de este país. Recordemos que también es así el rey Juan Carlos, al que le ha pasado exactamente lo mismo que a Aguirre. Si en el Reino Unido, por ejemplo,  la familia real parece que se ha metido un huevo en la boca, aquí por el contrario los borbones se han jactado siempre de hablar y actuar como todo el mundo; si me apuran incluso peor que todo el mundo. Ser muy castiza, en el caso de Aguirre, consiste en ser capaz de bailar chotis, pasear por la verbena, ir a los toros, contar chistes verdes, llamar a todo el mundo de tú, mostrar una (falsa) cercanía con todo tipo de gente, gustar de los huevos fritos más que del caviar, y sobre todo no ser culto ni parecerlo; es importante que se note que se está mucho más a gusto con Norma Duval, por poner un ejemplo,  que con un renombrado filósofo o con una poeta. La cultura, para estos castizos de pacotilla siempre es sospechosa. Se trata de mostrar que se es, no ya como todo el mundo, sino más bien como nos imaginamos que es todo el mundo; y eso a pesar de que se duerma en un palacio y se acumulen los ceros en la cuenta corriente.

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La comunicación del PP

(FICCIÓN)

Despacho del presidente del Partido Popular. 48h después del correctivo electoral del 24 M. Asistentes: Mariano Rajoy, María Dolores de Cospedal,  Carlos Floriano, Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría.

—Se veía venir—dijo Rajoy aparentemente calmado aunque guiñó un ojo repetidas veces—el CIS, nuestras encuestas y hasta Arriola lo decían—añadió sorbiendo una taza de café sin azúcar con un gesto amargo en su semblante.

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Aprender a ganar

En las últimas décadas en la Izquierda, bajo sus diferentes figuras, hemos cometido una y otra vez el error de no aprender de nuestras derrotas. Este déficit de aprendizaje nos ha llevado demasiado a menudo a hacer de necesidad virtud. Esto ha tenido como consecuencia no abrirnos a las experiencias históricas nuevas, a los cambios imprevistos de coyuntura, pero también a plantear sofisticadas coartadas para no hacer política habitando estas tensiones. Al menos, un tipo de política orientada hacia la mayoría social con voluntad hegemónica y partiendo de las condiciones efectivas existentes, por definición siempre demasiado terrenales y desiguales. Girando en círculo, en la Izquierda se ha sacrificado no pocas veces el conocimiento de la realidad a su reconocimiento en ella. Pero mirándose a sí misma en el espejo no ha dejado de hundirse.

Podemos surgió hace más de un año y medio para superar la pinza del bipartidismo, pero también –y esto parecen olvidarlo algunos estos días– para salir de otro bloqueo, no menos importante: el existente entre la lógica de aparato de una IU, cada vez más encerrada en su alicorto posibilismo, y unos movimientos sociales ciertamente vitaminados por el ciclo de movilizaciones abierto por el 15M. Bienvenidos fueron y serán todos aquellos que, viniendo de estas decisivas luchas, se incorporaron a este proyecto, pero hay que recordar que el inédito y exitoso camino recorrido desde el indudable aldabonazo de las elecciones europeas a la consolidación de Podemos en los recientes comicios no puede ser desandado. El riesgo es volver a esa estéril, pero para muchos también confortable zona de bloqueo.

Los resultados electorales son "la hora de la verdad". Aunque lo que está en juego a partir de ahora hasta, probablemente, noviembre será la disputa por el sentido de los datos, estos no pueden ser infinitamente interpretables. Existe una resistencia contumaz de la realidad y una necesidad política a disciplinarse a la vista de los resultados objetivos de la coyuntura y sus volátiles circunstancias. De ahí que tanto el marco "vuelco a la izquierda" como el "vuelco a la unidad popular" parezcan interpretaciones parciales.

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Un escenario pendiente del guión

Estamos, sin duda, ante una situación nueva en la política española. Y tan nueva que podemos decir que, aun siendo esperada, pilla a los actores muy confusos respecto al guión que han de seguir en medio de ella. Ciertamente, las elecciones municipales y autonómicas, incluidas las andaluzas, anteriormente celebradas, nos han traído al escenario que, con su novedad, era previsible: el escenario de una pluralidad de fuerzas políticas en ayuntamientos y parlamentos notablemente incrementada.

La pluralización de la realidad política española es, pues, el hecho fundamental, al que se añade, por la derecha, la pérdida de poder institucional sufrida por el PP y, por la izquierda, las distintas situaciones que se presentan según el PSOE haya conseguido mantener la primacía o, por el contrario, ésta haya pasado a manos de otras fuerzas, como es el caso de Ahora Madrid, con Manuela Carmena como candidata revelación que puede estar al frente del gobierno municipal de la capital de España, o de Ada Colau con Barcelona en Comú dispuesta a gobernar la capital catalana. El Partido Socialista, mediando determinados acuerdos, se ve gobernando, además de en la comunidad andaluza, en Extremadura, Castilla-La Mancha, Asturias, País Valenciano y, quizá, Comunidad de Madrid. Pero si en algunos de esos casos tal posibilidad es muy factible, en otros no se presenta fácil de realizar. Aparte circunstancias concretas de cada ámbito, como las que pueden darse también en ciertas ciudades, como Sevilla o Córdoba, por señalar algunas descollantes, el caso es que ante panorama tan complejo podemos observar ciertos elementos comunes que son, al fin y al cabo, causas en buena parte de una incertidumbre que parece difícil de disipar.

Habiendo sido muchas las voces que, concretamente desde la izquierda, hemos insistido en la necesidad de haber ido preparando las propuestas políticas ante un escenario como el descrito, en el sentido de haber ido anticipando las condiciones para lograr pactos que permitan no sólo hacer que el PP pierda gobiernos, sino configurar alianzas de izquierda para conformar ejecutivos y dar estabilidad a mayorías parlamentarias, nos encontramos hoy pudiendo verificar que la preparación para esta necesidad, actualmente sobre la mesa, no se ha dado como hubiera sido de desear. En estrategias de alianzas y cultura de pactos, que para el PSOE y otros partidos, han de ser por la izquierda, no se ha llegado a este momento con los deberes hechos. Las indiscriminadas descalificaciones mutuas de las que tanto se ha abusado, como es la acusación de "populismo" hacia Podemos o la descalificación sumaria del PSOE como partido de la "casta", obstaculizan ponerse a trabajar con agilidad y eficacia en la búsqueda de los necesarios acuerdos para dar forma a las alternativas de izquierda que buena parte de la ciudadanía espera para poder hacer frente de verdad a la derecha y sus políticas injustas. Y si ahondamos un poco más, las pretensiones tan enfáticamente formuladas por unos y otros de alcanzar cada cual una posición hegemónica, con lo que supone de pretensión monopólica en el espacio de la izquierda y de retórica grandilocuente muy ayuna de reconocimiento del otro, no ponen fácil el mismo ponerse a trabajar en busca de la confluencia necesaria sobre lo que se tiene en común.

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Rajoy se presentará, ganará y no gobernará

No es un vaticinio, aunque la afirmación se basa también en el análisis, sino lo que se piensa en algunos ámbitos del PP, pese a un movimiento de fondo en contra de Rajoy, e incluso del PSOE. Mucho ha pasado en la política y la sociedad españolas, sacudidas por un movimiento tectónico de gran alcance, que empezó ya en 2010 y que sólo empezamos a entrever. Aunque queda y mucho puede pasar de aquí a las elecciones generales a celebrar entre noviembre y febrero.

El propio presidente del Gobierno, que asumió el grueso de la campaña electoral para el 24 M, ha indicado su intención de presentarse de nuevo encabezando el cartel del PP a las generales. Sería además un error táctico para el PP, como lo fue para el PSOE la renuncia de Zapatero en favor de Rubalcaba en 2011, cambiar de jinete a pocos metros de la meta. No sólo no ganarían nada los populares, sino que perderían al mandar la imagen de fracaso por la gestión de estos años. Hay, sin embargo, movimientos en el PP y en otros entornos en contra de esta opción. En ausencia de primarias y de democracia interna, en este partido su presidente -y más aún si lo es también del Gobierno-, tiene mucho mando, todo el mando. Ahora bien, la pérdida de poder regional y municipal, y muchas diputaciones,  puede desbaratar las redes clientelares del Partido Popular generando graves problemas en su organización y capacidad de movilización de cara a los comicios nacionales.

Tanto los resultados del 24 M como las últimas encuestas indican que el Partido Popular será el más votado y con más escaños en el próximo Congreso de los Diputados, aunque la distancia con el PSOE de Pedro Sánchez (un político al que, de momento, acompaña la suerte) ha disminuido mucho. Ambos han perdido votos. No es tan claro que haya habido un corrimiento general del electorado hacia la izquierda, sino una recomposición del voto en el seno de la derecha y de la izquierda, sin grandes transferencias de votos entre una y otra, salvo por antiguos abstencionistas. Sí ha habido un corrimiento hacia lo nuevo que no tiene por qué detenerse ante unas elecciones generales, aunque serán diferentes. 

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El hundimiento

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Lo del PP es clavadito a la película sobre la caída de la cúpula del nazismo, El hundimiento. Se hunde Génova como una Torre Gemela, con gente saltando por las ventanas, histerismo, tirones de pelo, aspavientos y mucha polvareda. Para haber ganado las elecciones, hay que ver qué mal lo llevan. Cualquiera diría que han perdido. Lo que están perdiendo son las formas y el orden y cuando la derecha pierde las formas y el orden, que es todo lo que tienen, están perdidos.

Su desmoronamiento parece sacado de aquello que escribió el coronel alemán Ulrich de Maizière cuando visitó a Hitler en el búnker de Berlín en sus últimos días: “Reinaba una atmósfera de desintegración. Uno veía por todos lados ebriedad y abatimiento. La disciplina había dejado de existir”. Tal cual ocurre en el búnker de Génova donde Rajoy ha encerrado a los suyos. Herrera está abatido, Fabra, Bauzá y Rudi rompen la disciplina y se piran y Esperanza se comporta como borracha. El problema del PP es que no sólo su presidente sigue bunkerizado en el plasma, es que ha metido a todo el partido dentro y ha tirado la llave. Ya saben ustedes cómo acaba esta historia: en suicidio.

Las gaviotas abandonan el nido y para lo que les queda en el convento se cagan dentro. Lloran ahora lo que no supieron defender como barones. No se han atrevido a largar hasta que han dicho que se largan. Ha empezado “el vuelo de los faisanes dorados” como llamó el historiador Antony Beevor a la espantada de algunos líderes del nazismo cuando vieron que aquello se iba al garete y Hitler seguía en sus trece convencido de poder ganar la guerra que es como está Rajoy. Génova se desintegra bajo las bombas y el presidente dice que “está lloviendo un poco”. Le ha dicho Herrera que no sea ciego, que se mire en el espejo y se pregunte si debe ser candidato. Pero Rajoy no se ve porque es un vampiro que después de chuparle la sangre al país, se la chupa a su partido. Mariano, o no llegas o no pasas del verano. Si eres candidato será a sepulturero.

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Entre Mr. Chance y Bitelchús

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La presidenta del PP de Madrid y candidata a la Alcaldía de la capital, Esperanza Aguirre. / Efe

Estos van a morir matando, salvo excepciones, salvo esa gente que se halla hasta las narices de la torpeza de su líder, cual es el caso de los agobiados del evangelio de los últimos días, que posiblemente se retiran, en directo o en diferido -pero no nos acostumbremos: muy pocos más van a dimitir-, para intrigar en segunda fila y regresar cuando escampe. Los que se quedan, aferrándose al poder con la excusa de su mantra "somos el partido más votado", muestran patéticamente lo que son. Garrapatas que permanecieron incrustadas detrás de nuestras orejas mientras nos duró la catatonia; incapaces de actuar ahora que cae sobre ellos el aceite de sus vacas flacas, destilado por este despertar.

Pero atentos, porque estos van a morir matando.

Todo gobernante aspira a dejar su impronta en la historia de su país, sobre todo los que quieren quedarse para siempre. En su calidad de responsable del último y único Gobierno que podrá liderar, Mariano Rajoy puede estar tranquilo. Nunca le olvidaremos. Si el actual abejorro Aznar nos recuerda, cada vez que cruza la atmósfera con su zumbido, que la boda de su hija fue el claustro en el que se vistieron de tiros largos las patas de la corrupción inherente al Partido Popular, y en donde el Borbón evidenció hasta qué punto era su vasallo, el período marianista deja también una huella indeleble en nuestras espaldas. La huella, o más bien pisada de mamut, del retroceso, no sólo ético y social. También la del retroceso físico: la huída, los pies en polvorosa, la excusa vergonzante de la lluvia, los ojos que no miran ni al interlocutor ni al espejo, y que, desde luego, en ningún momento contemplaron la realidad. Mariano el Huidizo. Que quién habla ahora del paro, se preguntó el prócer. La respuesta la obtuvo el pasado domingo.

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No fueron elecciones municipales, fue un referéndum. Y lo perdió

Seguramente hubo algunas personas que acudieron a votar creyendo que únicamente elegían concejales y diputados provinciales pero la mayoría sabía perfectamente que se trataba de un referéndum. Porque Rajoy, aunque no le gustan, acabó teniendo su referéndum. El referéndum al que fue sometido Rajoy por la ciudadanía fue muy completo tenía cuatro preguntas y Rajoy perdió las cuatro.

La primera pregunta era si al electorado le había gustado como habían gobernado y la respuesta mayoritaria fue un "no" rotundo y redondo. La segunda pedía elegir entre izquierda y derecha y el electorado eligió izquierda. La tercera era si quería mayorías absolutas o "el caos" y el electorado, juiciosamente, eligió la locura y el caos. Y la cuarta era decidir si era legal y había derecho a la existencia de partidos nuevos o si los existentes eran únicos y eternos para que no se cayese el techo, y el electorado prefirió que hubiese variedad y novedad y que una nueva generación política se sentase también a la mesa.

Que se trató de un referéndum a toda su política así lo entendió también el propio Rajoy, quien comprendió perfectamente el resultado y no compareció ni en plasma.

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Después del 24M. ¿Y ahora qué?

Hacer un balance post-electoral de este 24M es un ejercicio agridulce. Hemos avanzado, en algunos sitios de forma decisiva, pero no todavía lo suficiente para desalojar a la mafia y a sus maquinarias expropiadoras de la riqueza colectiva. Esa contradicción atravesará todo nuestro análisis y también la pregunta fundamental: ¿Y ahora qué?.

Resumiremos los resultados para fijar el marco de la siguiente forma: la derecha post-franquista representada por el Partido Popular sufre un hundimiento contundente, el PSOE no consigue recuperarse, Podemos se asienta como actor político aunque no consigue ser la fuerza hegemónica de las clases populares, Ciudadanos no cumple las expectativas que habían puesto las finanzas en ellos y en ciudades clave, las Candidaturas de Unidad Popular (CUP) consiguen resultados históricos.

Hay varias constataciones que debemos desatacar, porque forman parte de un análisis que va más allá de lo coyuntural. La primera es el hecho objetivo de que el 15M fue un Acontecimiento, en el sentido que decía Alain Badiou: un Acontecimiento que dejó una nueva normatividad política, con la que los sujetos se relacionan en tensión. Una parte de la población muy significativa ha apostado por el cambio y lo ha venido expresando a través de múltiples formas (manifestaciones, huelgas, la PAH, las Mareas, Podemos), en torno a demandas de más democracia, recuperación de derechos y un cambio radical en las prioridades políticas: las personas y el bienestar público antes de los beneficios privados. La lucha de clases, la lucha entre ruptura y continuidad, la lucha entre los que desde variadas posturas y composiciones ideológicas aspiran a conquistar esas demandas y los que aspiran a que no se puedan hacer realidad, también se ha expresado en estas elecciones. En ese sentido, hay una situación de “empate” (el cambio ha llegado pero no termina de imponerse) dentro de un panorama multiforme, en donde las élites, por desgracia, siguen disponiendo de los poderes fundamentales y de la capacidad efectiva para continuar aplicando sus políticas.

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eldiario.es dedica su nueva revista monográfica a los modelos de ciudad ante unas elecciones, las del 24 de mayo, que definirán el alcance de nuevos espacios políticos antes de las generales.

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