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De qué hablamos cuando hablamos de ‘consentir’

Foto: enfemenino.com

Un banco es un asiento. Y también una empresa financiera. O un conjunto de peces.

Tirar significa lanzar algo. O desecharlo. Y también acarrear.

La polisemia y la ambigüedad son el pan nuestro de cada día en lengua. De hecho, la mayoría de palabras de un idioma acaparan varios significados. Y tiene sentido: al fin y al cabo, una lengua que asignase un único significado a cada palabra acumularía un repertorio de vocabulario inabarcable. Habitualmente, la polisemia no genera demasiados conflictos a los hablantes porque sabemos discernir sin mucho esfuerzo el significado con el que nuestro interlocutor está usando una palabra polisémica, ya sea a través de las palabras que la acompañan o de la situación que nos rodea. Es improbable que la frase ¡mira ese banco! se refiera a una sucursal financiera si estamos en el acuario mirando peces. Sin embargo, hay algunas palabras en las que la polisemia resulta menos evidente y las palabras se convierten en un terreno minado. El verbo consentir es una de ellas.

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Diana

Diana tiene 35 años y lleva 10 trabajando en la recepción de un hotel. Entre su sueldo y el de Mario, se apañan para vivir ellos y sus dos hijas pequeñas.

A Diana le gusta su trabajo, aunque hace tiempo que le faltan energías. Ella se repite que desde que tuvo a las niñas, pero algo le dice que quizás desde antes. Lo que sí es cierto es que tiene muchas cosas que hacer en el curro y, sobre todo, mucho que hacer fuera de él. 

Mario la ayuda. En los seis años que llevan viviendo juntos la verdad es que no puede quejarse. Mario incluso pone alguna que otra lavadora, esforzándose cada vez, porque no la verdad es que nunca se ha llevado bien con el funcionamiento. También hace cosas de la casa, aunque cuando eso pasa, ella suele rehacerlo todo de nuevo. 

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Del aullido al poder

Concentración en Madrid en apoyo a la víctima de 'La manada' / MB

Un médico forense examina el cuerpo de una mujer que denuncia haber sido víctima de violencia sexual. Durante la exploración, no se sabe si por los nervios o a las cosquillas, a ella se le escapa la risa. El forense decide que ese impulso resta credibilidad a su testimonio, y así lo hace constar durante la exposición de sus conclusiones en el posterior juicio. Finalmente, el juez secunda esa apreciación en la sentencia: por haberse reído, la demandante ya no resulta tan creíble. Este es un caso real documentado en España el año 2014.

Algo ocurrió durante las concentraciones del pasado viernes en varias ciudades españolas. Muchas y muchos lo notamos. Fue una especie de agitación premonitoria, la misma sensación que me empujó a contactar a Patsilí Toledo, doctora en Derecho, experta en feminicidio y profesora de Criminología en la Universidad Pompeu Fabra. 

Ella me habló de la mujer que se rió con el forense, y también de otros casos españoles en los que la víctima parece haber sido la parte juzgada. Toledo me lanzó una advertencia: nos estamos escandalizando ante algo habitual. El tratamiento de la denunciante y de los acusados en el caso de los Sanfermines no es una excepción en nuestro país, sino que es lo común en los casos de violencia sexual. 

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Hermanos, ya no creo

Klaus Kinski

Estaba viendo un documental de Joan Didion. Todo era bello, dolorosísimamente triste, pero hermoso: la vida de esa escritora rota a hachazos de muerte, su soledad en el mundo, su resistencia, sus manos ancianas gesticulando. Cabeceé de sueño -el documental era bueno, pero yo estaba agotada del día- y de pronto, en esos sueños absurdos del duermevela, que sin embargo, por la cercanía a la vigilia, tienen un brillo mucho más realista que cualquier otro sueño, me asaltó el horror. 

Era aquella la noche del día en el que Louis CK -cómico y guionista al que admiro- había salido de la negra despensa del acoso sexual de la que parecían estar saliendo a cuentagotas -o estar siendo arrastrados afuera a la fuerza, más bien- multitud de profesionales. Muchos de ellos fueron/son/habían sido hasta hace dos días lustrosos figurines, imaginería del altar de los ídolos, de la proyección mental de lo que es ser un tío único, chispeante, impecable en su genialidad. 

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El Joker Montoro ataca de nuevo

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Encantado en su papel de malo oficial del gobierno, el Joker Montoro ha perpetrado otro de sus golpes perfectos. Esta vez le ha tocado al ayuntamiento de Madrid por cuestionar una de las normas inviolables de los fetichistas del déficit: la regla de gasto. Como es bien sabido, para este gobierno no existe sobre la faz de la Tierra nada más sagrado que el cumplimiento de la ley; ahí tienen ustedes sin ir más lejos su ejemplar amnistía fiscal, tan aplaudida por un órgano tan manirroto y antisistema como el Tribunal Constitucional.

El golpe es maestro en cuanto que resulta asombroso que aún se discuta la finalidad partidista de la intervención de un gobierno central que ha aumentado la deuda pública en casi treinta puntos y ha incumplido sistemáticamente sus objetivos particulares de déficit, salvando el global gracias a Autonomías y Ayuntamientos, frente a un ayuntamiento de Madrid que cierra sus ejercicios con superávit y ha reducido su deuda en más de una tercera parte; tras heredar un problema que suponía la mitad del total de la deuda municipal española.

Confrontado a la realidad de que otros ayuntamientos y comunidades incumplen sistemáticamente una discutible regla de gasto en proceso de revisión y ante un inminente cambio, el Joker Montoro replica con otro golpe maestro y alega la inadmisible actitud de reiteración en el incumplimiento. Un argumento tan económico y de tanta validez legal como quitarle la paga a un hijo porque te contesta mal o no te gusta su tono. Si se trata de cumplir la ley, ésta es igual para todos y no se administra a discreción. Por eso se llama ley, sino se llama abuso.

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Mi violación

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Manada feminista contra el cuestionamiento de la víctima de una violación en grupo en los Sanfermines.

Un tío al que acababa de conocer me violó en su casa. Era un piso en la Ronda de Atocha de Madrid. No recuerdo el número de la calle. El edificio, más o menos: podría ser ese o el de al lado, no he llegado a distinguirlo cuando he pasado después por allí. Ni siquiera recuerdo la cara de él. Y, sin embargo, la cara de él fue lo primero que cambió las cosas aquella mañana.

Conocí a aquel tipo en un bar, de noche, tomando copas. Él era joven, encantador y atractivo. Yo también. Nos gustamos y seguimos juntos por ahí. Después, decidimos irnos a su casa. Yo iba, obviamente, a acostarme con él. Al entrar ya era de día y el salón (uno de esos salones perfectamente impersonales que suelen tener algunos hombres) estaba inundado de luz.

En milésimas de segundo supe que pasaba algo. La cara de él se había transformado por completo. Lo que antes era amable y sonriente se convirtió en duro y amenazante. Yo casi no había tenido tiempo de identificar ese cambio, pero cuando me miró fijamente sentí miedo. Eran la mirada y el gesto de alguien que podía, acaso buscaba, hacerme daño. Se acercó al equipo de música y puso algo muy alto, demasiado alto. Cuando estaba de espaldas vi, de reojo, que había dejado puestas por dentro las llaves de la entrada a la casa. Yo ya había decidido que quería irme. Seguía de pie en medio de ese salón, sin moverme. Aquella música sonaba demasiado alta. Al volverse hacia mí se lo dije. Que me iba a ir. Quizá le dije que estaba cansada o que tenía algo que hacer, no sé. Me miró de tal forma que pensé que podía matarme. Empezó a llamarme puta, cerda, guarra, palabras así.

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Burundanga

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Hoy toca hablar aquí de los periodistas parapoliciales que son aquellos que están más cerca de las fuerzas de represión directa que de la información, olvidando su oficio en beneficio de tapar chanchullos y asuntos internos.

Cuando les da por escribir, la literatura la convierten en un género que bien se podría denominar fascioficción, género que por otro lado tiene sus seguidores pues hemos llegado a un punto en que la gente no compra libros, sino que los libros compran a la gente. Esto último tiene su razón de ser en un grosero aparato mediático que es el que da movimiento mercantil a un libro. La novela de Nacho Abad es tan sólo un ejemplo. No es un caso único y eso es lo peor.

Mira, Nacho Abad: el que avisa, no es traidor (es avisador).
Esto es el antes y el después de tu mierda de tuit de ayer: pic.twitter.com/vn1qcqq8ea

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A qué esperamos para reaccionar

La cumbre de Bonn sobre cambio climático ha pasado sin pena ni gloria para la mayoría de informativos. Por lo que parece aquí seguimos pensando que lo del calentamiento global es algo que les está pasando a los demás y oye tú, ya se apañarán.

Sin embargo me atrevo a hacer desde aquí un pronóstico: a medida que avance -y está avanzando mucho más rápido de lo previsto- el cambio climático y sus consecuencias no solo abrirán portada, sino que tendrán sección propia en todos los informativos. Una información que será la más solicitada, la más trascendente. Al tiempo.

Porque el cambio climático está empezando a cambiarnos la vida y nos la va a cambiar aún más. Por ejemplo, poniendo en riesgo nuestro acceso seguro al agua potable: el agua de beber, de vivir. Aunque nosotros lo atribuyamos a otras causas.

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De manadas y rebaños

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Me entusiasma ver a mujeres jóvenes tomar las calles para defender nuestro derecho inalienable a ser dueñas de nuestra vida y de nuestro cuerpo en la misma medida que lo son los hombres. Acabar con el patriarcado es una pelea que me sigue ocupando y preocupando. Por eso me quedé muy sorprendida al ver el viernes tanta furia femenina, porque creo que estaban en la calle equivocada y dirigían su ira y su indignación hacia una diana errónea.

Clamaban mis hermanas para exigir que la Justicia le diera un trato justo a la víctima y gritaban: ¡Nosotras somos la manada!. Y ahí es dónde creo que yerra su GPS. No hay en mi opinión nada que reclamarle a la Justicia en este caso. El tribunal está siendo exquisito en la protección de los derechos de la víctima. Y yo también creo a C. No sabemos quién es y ese es un éxito del sistema. Demasiadas veces he visto cómo se filtraban hasta los nombres de los testigos protegidos. El tribunal juzgador ha adoptado medidas férreas que incluían un juicio en el que hasta el sacrosanto principio de publicidad se rendía ante las excepcionales circunstancias. Nada que objetar. Los videos que los agresores grabaron para aumentar la humillación tampoco han podido ser carnaza de amarillismo ni han servido para una doble victimización. Los violadores no los difundieron. De sus teléfonos pasaron a estar bajo custodia. No se han hecho copias. Las partes, incluidas las defensas, sólo han podido visionarlos en sede judicial y bajo supervisión del LAJ (antiguo secretario). No, esa tele que piensan no tiene los videos. No, esos que les dicen que los han visto y que reflejan una relación consentida, tampoco lo han hecho. ¿Por qué mienten? Iremos a ello. Lo único que han podido ver, como he visto yo, han sido unos fotogramas estáticos que figuran en uno de los peritajes del sumario y que si poseen las partes.Nada más. Afortunadamente tienen una pésima visibilidad.

La protección de la víctima ha abocado a un juicio a puerta cerrada -que ahora se abrirá parcialmente por la presión del abogado de tres acusados- y en esa Justicia silenciosa y ayuna de publicidad ha crecido un espacio vacío de información que los ciudadanos quieren llenar. Sólo una parte ha tenido interés en hacerlo y es la que basa su actuación en la negación de la mayor y en la afirmación de que fue sexo consentido. Está en su derecho procesal, pero ha logrado convertir su relato en toda una corriente de opinión. Ahí está el verdadero problema al que nos enfrentamos. Contra esto deberían fluir las iras de mis hermanas como fluyen las mías. Sólo en una sociedad enferma de cultura de la violación habría tanta gente, tantos periodistas, tantos medios, dispuestos a creerse que el sexo consentido acaba con mujeres llorando a las que les han robado el teléfono para que no puedan avisar a nadie. Sólo la cultura de la violación puede defender que las mujeres desean ser salvajemente penetradas por tres hombres mientras otros dos les jalean y las humillan e insultan. Una oleada de mujeres debería dirigirse contra ello,contra los que quieren ganar en una sociedad patriarcal y enferma un pleito que quizá tienen muy difícil ganar en la sala. Hacia ellos las pancartas y los gritos pero hacerlo contra la Justicia, en este caso, es tremendamente injusto. Hay perros pastores malos empeñados en conducir al rebaño hacia el precipicio que desean.

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Seis años de Rajoy. Un balance lamentable

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Colas en una oficina de empleo

El lunes se cumplirán 6 años. Mariano Rajoy lleva ese tiempo mandando en La Moncloa. ¿Para qué? Es imposible encontrar una respuesta tajante a esa pregunta. Porque su mandato no ha producido nada sustancial que marque el devenir de España, como no sean los errores fatídicos que ha cometido en la gestión de la crisis catalana y cuyos efectos determinarán muchas de las cosas que pasarán en los años que vienen. Más allá de eso, que es la prueba más sólida de sus graves limitaciones como gobernante, lo que queda es un país con gravísimos problemas de fondo que la abrumadora propaganda oficial pretende que se ignoren y sin perspectiva alguna de que algún día vayan a abordarse. Rajoy ha gobernado al día, sin proyecto, sin ambiciones, únicamente preocupado por mantenerse en el poder y por atender, para ello, a los intereses de quienes le sostienen. Por eso España está mucho peor de lo que dicen los corifeos oficiales y su futuro es inquietante.

El 20 de noviembre de 2011 el PP ganó las elecciones generales por mayoría absoluta (186 escaños, el 44,63 % de los votos) y un mes después tomó posesión el primer gobierno Rajoy. Su mandato duraría más de los cuatro años previstos, pues estuvo en funciones durante 314 días, con dos elecciones generales de por medio, las del 20 de diciembre de 2015, en las que el PP obtuvo 123 escaños y las del 26 de junio de 2016, en las que logró 137, hasta lograr la investidura en octubre de este último año. Ese ha sido seguramente su mayor éxito político: mantenerse en el poder cuando todo parecía indicar que había llegado el momento de que lo abandonara.

Pero lo cierto es que eso no ocurrió por mérito suyo, sino porque esos 314 días los tres principales partidos de la oposición, PSOE, Unidos-Podemos y Ciudadanos, no lograron un acuerdo para gobernar juntos, a pesar de que echar a Rajoy de La Moncloa era uno de los lemas electorales de todos y cada uno de ellos. Y hoy mismo, la desunión absoluta de la izquierda, una vez que Ciudadanos se ha convertido en aliado del PP, es la gran baza política de Rajoy, lo que le permite gobernar como si dispusiera de mayoría absoluta. Y a menos que un milagro lo remedie, puede que sea también el argumento, tácito o expreso, que le dé un nuevo mandato tras las próximas elecciones.

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