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El hundimiento

Lo del PP es clavadito a la película sobre la caída de la cúpula del nazismo, El hundimiento. Se hunde Génova como una Torre Gemela, con gente saltando por las ventanas, histerismo, tirones de pelo, aspavientos y mucha polvareda. Para haber ganado las elecciones, hay que ver qué mal lo llevan. Cualquiera diría que han perdido. Lo que están perdiendo son las formas y el orden y cuando la derecha pierde las formas y el orden, que es todo lo que tienen, están perdidos.

Su desmoronamiento parece sacado de aquello que escribió el coronel alemán Ulrich de Maizière cuando visitó a Hitler en el búnker de Berlín en sus últimos días: “Reinaba una atmósfera de desintegración. Uno veía por todos lados ebriedad y abatimiento. La disciplina había dejado de existir”. Tal cual ocurre en el búnker de Génova donde Rajoy ha encerrado a los suyos. Herrera está abatido, Fabra, Bauzá y Rudi rompen la disciplina y se piran y Esperanza se comporta como borracha. El problema del PP es que no sólo su presidente sigue bunkerizado en el plasma, es que ha metido a todo el partido dentro y ha tirado la llave. Ya saben ustedes cómo acaba esta historia: en suicidio.

Las gaviotas abandonan el nido y para lo que les queda en el convento se cagan dentro. Lloran ahora lo que no supieron defender como barones. No se han atrevido a largar hasta que han dicho que se largan. Ha empezado “el vuelo de los faisanes dorados” como llamó el historiador Antony Beevor a la espantada de algunos líderes del nazismo cuando vieron que aquello se iba al garete y Hitler seguía en sus trece convencido de poder ganar la guerra que es como está Rajoy. Génova se desintegra bajo las bombas y el presidente dice que “está lloviendo un poco”. Le ha dicho Herrera que no sea ciego, que se mire en el espejo y se pregunte si debe ser candidato. Pero Rajoy no se ve porque es un vampiro que después de chuparle la sangre al país, se la chupa a su partido. Mariano, o no llegas o no pasas del verano. Si eres candidato será a sepulturero.

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Entre Mr. Chance y Bitelchús

La presidenta del PP de Madrid y candidata a la Alcaldía de la capital, Esperanza Aguirre. / Efe

Estos van a morir matando, salvo excepciones, salvo esa gente que se halla hasta las narices de la torpeza de su líder, cual es el caso de los agobiados del evangelio de los últimos días, que posiblemente se retiran, en directo o en diferido -pero no nos acostumbremos: muy pocos más van a dimitir-, para intrigar en segunda fila y regresar cuando escampe. Los que se quedan, aferrándose al poder con la excusa de su mantra "somos el partido más votado", muestran patéticamente lo que son. Garrapatas que permanecieron incrustadas detrás de nuestras orejas mientras nos duró la catatonia; incapaces de actuar ahora que cae sobre ellos el aceite de sus vacas flacas, destilado por este despertar.

Pero atentos, porque estos van a morir matando.

Todo gobernante aspira a dejar su impronta en la historia de su país, sobre todo los que quieren quedarse para siempre. En su calidad de responsable del último y único Gobierno que podrá liderar, Mariano Rajoy puede estar tranquilo. Nunca le olvidaremos. Si el actual abejorro Aznar nos recuerda, cada vez que cruza la atmósfera con su zumbido, que la boda de su hija fue el claustro en el que se vistieron de tiros largos las patas de la corrupción inherente al Partido Popular, y en donde el Borbón evidenció hasta qué punto era su vasallo, el período marianista deja también una huella indeleble en nuestras espaldas. La huella, o más bien pisada de mamut, del retroceso, no sólo ético y social. También la del retroceso físico: la huída, los pies en polvorosa, la excusa vergonzante de la lluvia, los ojos que no miran ni al interlocutor ni al espejo, y que, desde luego, en ningún momento contemplaron la realidad. Mariano el Huidizo. Que quién habla ahora del paro, se preguntó el prócer. La respuesta la obtuvo el pasado domingo.

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No fueron elecciones municipales, fue un referéndum. Y lo perdió

Seguramente hubo algunas personas que acudieron a votar creyendo que únicamente elegían concejales y diputados provinciales pero la mayoría sabía perfectamente que se trataba de un referéndum. Porque Rajoy, aunque no le gustan, acabó teniendo su referéndum. El referéndum al que fue sometido Rajoy por la ciudadanía fue muy completo tenía cuatro preguntas y Rajoy perdió las cuatro.

La primera pregunta era si al electorado le había gustado como habían gobernado y la respuesta mayoritaria fue un "no" rotundo y redondo. La segunda pedía elegir entre izquierda y derecha y el electorado eligió izquierda. La tercera era si quería mayorías absolutas o "el caos" y el electorado, juiciosamente, eligió la locura y el caos. Y la cuarta era decidir si era legal y había derecho a la existencia de partidos nuevos o si los existentes eran únicos y eternos para que no se cayese el techo, y el electorado prefirió que hubiese variedad y novedad y que una nueva generación política se sentase también a la mesa.

Que se trató de un referéndum a toda su política así lo entendió también el propio Rajoy, quien comprendió perfectamente el resultado y no compareció ni en plasma.

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Después del 24M. ¿Y ahora qué?

Hacer un balance post-electoral de este 24M es un ejercicio agridulce. Hemos avanzado, en algunos sitios de forma decisiva, pero no todavía lo suficiente para desalojar a la mafia y a sus maquinarias expropiadoras de la riqueza colectiva. Esa contradicción atravesará todo nuestro análisis y también la pregunta fundamental: ¿Y ahora qué?.

Resumiremos los resultados para fijar el marco de la siguiente forma: la derecha post-franquista representada por el Partido Popular sufre un hundimiento contundente, el PSOE no consigue recuperarse, Podemos se asienta como actor político aunque no consigue ser la fuerza hegemónica de las clases populares, Ciudadanos no cumple las expectativas que habían puesto las finanzas en ellos y en ciudades clave, las Candidaturas de Unidad Popular (CUP) consiguen resultados históricos.

Hay varias constataciones que debemos desatacar, porque forman parte de un análisis que va más allá de lo coyuntural. La primera es el hecho objetivo de que el 15M fue un Acontecimiento, en el sentido que decía Alain Badiou: un Acontecimiento que dejó una nueva normatividad política, con la que los sujetos se relacionan en tensión. Una parte de la población muy significativa ha apostado por el cambio y lo ha venido expresando a través de múltiples formas (manifestaciones, huelgas, la PAH, las Mareas, Podemos), en torno a demandas de más democracia, recuperación de derechos y un cambio radical en las prioridades políticas: las personas y el bienestar público antes de los beneficios privados. La lucha de clases, la lucha entre ruptura y continuidad, la lucha entre los que desde variadas posturas y composiciones ideológicas aspiran a conquistar esas demandas y los que aspiran a que no se puedan hacer realidad, también se ha expresado en estas elecciones. En ese sentido, hay una situación de “empate” (el cambio ha llegado pero no termina de imponerse) dentro de un panorama multiforme, en donde las élites, por desgracia, siguen disponiendo de los poderes fundamentales y de la capacidad efectiva para continuar aplicando sus políticas.

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No se trata de repartir la tarta

La consecución de acuerdos y hasta de complicados pactos de gobierno serán una gran contribución al proceso de regeneración del sistema político que inicia el país. Porque ahora se trata de alcanzar acuerdos entre fuerzas afines o que compartan grandes objetivos y comportamientos a seguir para garantizar la gobernabilidad de las instituciones y hacer frente a la crisis y a la corrupción.

No estamos ante un reparto de la tarta del poder entre unos y otros, ni creo que nadie se lo plantee de ese modo porque iría en grave contradicción con el espíritu de regeneración democrática que debe presidir las nuevas instituciones.

Ante la fragmentación que ha surgido de la batalla electoral, los partidos están obligados a sumar, lo que resta valor al hecho de haber sido el partido más votado. Así, se dará la circunstancia de que tanto PSOE como Podemos harán de la necesidad virtud frente a la posición de un PP que habiendo sido primera fuerza en muchos lugares no le servirá de nada. Ahora, para ganar hay que pactar, si bien las sumas resultarán difíciles más allá de las declaraciones de optimismo que se aprecian estos días en algunos de los próximos gobernantes y que son reflejo de la ansiedad.

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El encuentro, nuevo reto tras el 24M

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Ada Colau celebra la victòria de BComú. / ENRIC CATALÀ

Los distritos más humildes y populares de Barcelona se decantaron en las elecciones del pasado domingo por la agrupación ciudadana Barcelona en Comú, de Ada Colau. En Madrid, donde Manuela Carmena podrá ser alcaldesa con el apoyo del PSOE, aumentó la participación también en las áreas más castigadas por la crisis, y fue en ellas donde Ahora Madrid obtuvo más votos. No hay más que ver el mapa madrileño para darse cuenta de que es el sur de la ciudad el que se ha decantado por el cambio, frente a un norte que ha seguido dando su apoyo al PP.

¿Qué lección se extrae de todo esto? Una que ya estuvo presente durante la campaña, que analizamos con Manuela Carmena en  esta entrevista y que menciona a menudo Ada Colau: Habitualmente son los barrios más humildes y más castigados por esto que se llama crisis los que concentran en ciudades como Barcelona un mayor porcentaje de abstención. En algunas de esas áreas no llega a votar ni el 40% del electorado, mientras que en las zonas más ricas de la ciudad condal la media de participación ronda el 70%.

Por eso a menudo ganan fuerzas políticas dispuestas a gobernar al servicio de los intereses de una elite y en contra del interés general. Para darle la vuelta a estos porcentajes se necesitan agrupaciones capaces de apelar y seducir a ese electorado que no suele votar, pero que sin embargo precisa más que nadie de políticas que garanticen una vida digna para todos.

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Partidos y dinero: la perversión de la política

Sin duda, la mayor fuente de corrupción de los gobernantes es la que genera  la financiación de los partidos políticos. Causa, además, del rechazo ciudadano de quienes ejercen cargos públicos y de la generalizada desconfianza en las instituciones democráticas.

En la Ley de Financiación vigente, de 2007, reformada por la Ley Orgánica (LO) 5/2012, se dice que en el sistema de obtención de ingresos por los mismos se combinen "suficiencia y austeridad", se mejoren los mecanismos de control y la responsabilidad contable de quienes tienen a su cargo el manejo de fondos públicos. Y asegura que dichas medidas son "el mejor antídoto contra la financiación irregular". Nada nuevo y, en todo caso, un cumplimiento solo parcial del Acuerdo del Congreso de Diputados de 27/10/2009, para impulsar un Pacto de Estado contra la Corrupción, sobre la profundización de los "mecanismos de transparencia y control de la conducta de los representantes políticos e institucionales". Pero el estallido masivo de procesos por delitos muy graves de corrupción –particularmente Gürtel, los "papeles de Bárcenas" y otros muchos– han obligado al Gobierno a reaccionar, por más limitadamente que lo haya hecho, para afrontar las consecuencias del  coste moral y económico de la política que desde siempre ha provocado el flujo oculto e ilícito de dinero hacia los partidos. Acuerdos que pretendían "la contención y disminución del gasto electoral" pero que nadie ha cumplido. Y nadie ha respondido, como partido, de su incumplimiento.

Ciertamente, la citada LO de 2012, mejoró en algunos aspectos la regulación anterior. Pero seguía admitiéndose la financiación privada hasta 100.000 euros anuales y, sobre todo, la financiación por las entidades financieras, manteniendo la posibilidad de la condonación de la deuda e intereses por las entidades financieras hasta 100.000 euros, aunque con mayores controles por el Tribunal de Cuentas.

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Bildu, a negro por la gestión

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Ha perdido Bildu, a base de votos, el Ayuntamiento de San Sebastián y la Diputación de Gipuzkoa. Han bastado cuatro años de gobierno para que los electores les hayan mandado a negro, término televisivo que significa que se corta la emisión.

Creo que por primera vez se ha votado a este partido por su gestión, por las cosas concretas que ha hecho o ha dejado de hacer, al margen de cuáles eran sus antecedentes, más o menos penales, su posición respecto de los asesinatos organizados –abominados con conocimiento de causa por el exetarra Rekalde, en La Sexta–, por su posición respecto a los presos terroristas, encarcelados por asesinar sistemáticamente; por su historia, su tradición o su mística. Esta vez se ha votado en libertad y se ha hecho por gestión, por pura gestión.

Este tipo de veredicto parece una forma empírica de normalización: hemos juzgado su actuación y no nos gusta; parece que han dicho los electores guipuzcoanos, y entre ellos incluyo a los votantes de Bildu, que han dejado de votar a esta opción al margen de que simpatizaran previamente o no con ella.

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¡Qué hostia!

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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. / Efe

Rita Barberá se vio sin Ferrari la noche electoral y, en otro derroche (esta vez de clarividencia), le dijo al oído a uno de sus colaboradores: "¡Qué hostia! ¡Qué hostia!" A la misma hora, comparecía Carlos Floriano ante los españoles para sentenciar que el PP había ganado las elecciones y que sus resultados eran envidiables para los rivales. Esto nos demuestra, por enésima vez, que en este partido hay un problema de comunicación, incluso interna, pero también de comprensión, de lectura de la realidad.

Es evidente que se comunican mal. De hecho, el Presidente del Gobierno se apareció el lunes en Génova, en la sala de prensa reformada con dinero negro, después de tres años ausente. Venía de dirigirse en campaña a "las personas normales", que obviamente son "muy españoles y mucho españoles". Rajoy lidera el Gobierno del "ya tal", el que niega que los salarios bajan, el Gobierno incapaz de admitir el rescate bancario o la amnistía fiscal, incapaz de entender que la gente sí habla del paro y que existe una honda preocupación por la desigualdad social, por los dirigentes que no conocen la empatía. Antes al contrario, proponen echar a los mendigos de la calle, porque ahuyentan a los turistas.

Rajoy preside el Gobierno del "sé fuerte", el de "hacemos lo que podemos", el Gobierno incapaz de reaccionar con agilidad y contundencia ante los casos de corrupción, incapaz de echar sin contemplaciones a los políticos que roban. Preside el partido que borra discos duros, el que le indemniza en diferido, el que no puede explicar su presunta financiación ilegal y el que nunca sabe nada, a pesar de que lo tiene todo.  

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Más complejidad, por favor

Tras la campaña más vacía, frívola y simple que uno es capaz de recordar, la gente contestó votando el 24M por la complejidad, la sutileza y los matices. Frente a las propuestas para dummies sobre escoger entre conmigo o contra mí, o viejos o nuevos, o casta o plebe, o corruptos o puros, o rojos o azules, o Venezuela o Dinamarca, los votantes se decantaron por enseñarles a todos los candidatos y todas las fuerzas que la política debe practicarse igual que se conforma la realidad: diversa, poliédrica y a veces contradictoria.

Parece como si cuánto más se empeñasen los partidos en reducirlo todo a marketing y publicidad, tratando a los ciudadanos como consumidores que solo saben digerir productos rápidos y baratos de usar y tirar, más se esmerasen esos mismos ciudadanos en obligarles a elevar el nivel, viajar, leer, visitar museos, ver mundo y conocer gente. Frente a quienes se angustian y pronostican el advenimiento de una lóbrega era de inestabilidad, promiscuidad y regreso de la música disco y los pantalones de campana, conviene transmitir un poco de fe y esperanza.

Nos habíamos acostumbrado a la facilidad y la comodidad mental que aseguraba el bipartidismo y ahora todo lo que no sea elegir entre papá y mamá nos produce pereza o pánico. Todo cuanto pasa de dos opciones nos parece demasiado complicado e inestable. La complejidad se ha convertido en un problema y la única solución que parece servir pasa por volver a meter esa realidad tan incómoda en una práctica cajita que solo disponga de dos opciones: abrir o cerrar.

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'Qué ciudad queremos': revista monográfica sobre las elecciones municipales

eldiario.es dedica su nueva revista monográfica a los modelos de ciudad ante unas elecciones, las del 24 de mayo, que definirán el alcance de nuevos espacios políticos antes de las generales.

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