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Ingenuos y 'buenistas'

Un neonazi en una concentración xenófoba celebrada el viernes en Barcelona tras los atentados.

Los salvajes atentados de Barcelona y Cambrils han evidenciado, nuevamente, la profunda ingenuidad con que buena parte de la sociedad española y mundial afronta la amenaza del terrorismo islamista. Los dirigentes políticos, periodistas y opinadores que defienden una respuesta simple a este complejo problema, lo hacen por intereses espurios; ellos saben perfectamente que tomar ese camino no solo no conduce a un mundo más seguro, sino que conllevaría la perpetuación del conflicto y, por tanto, la pérdida de miles y miles de vidas. No les importa que la estrategia sea, por tanto, perversa e ineficaz, mientras les permita ganar adeptos para su causa ideológica y/o les reporte otro tipo de beneficios mucho más materiales.

Lo más triste, si cabe, es ver cómo buena parte del pueblo llano se traga ciegamente esas consignas que prometen soluciones rápidas y fáciles para acabar con el yihadismo. Los muros de Facebook, las TL de Twitter y los grupos de Whatsapp se llenan de mensajes nada inocentes y nada espontáneos que aprovechan la ignorancia de los receptores para reclutarlos e incorporarlos a este verdadero ejército de ingenuos.

Porque sí, los machotes y hembrazas (¿se dice así?) que estos días criminalizan a todos los musulmanes, difunden bulos para generar odio y hasta se ofrecen a coger el fusil, apelando a una nueva Reconquista… o bien son unos mentirosos manipuladores o unos ignorantes y unos ingenuos. No me gusta utilizar estos calificativos tan gruesos, pero me veo obligado a ello porque, paradójicamente, a estas personas les han metido en el cerebro la idea de que poseen la varita mágica para acabar con el terrorismo; ellos creen ser los listos y que, los demás, somos los tontos… los ignorantes y los ingenuos; somos los buenistas. Repasemos algunos hechos para ponerles frente al espejo.

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La política y las distintas maneras de sufrir

Concentración contra los atentados en Catalunya con el rey Felipe VI, Mariano Rajoy, Carles Puigdemont, Ada Colau y otros representantes de la política nacional en primera fila.

Han pasado ya varios días desde que los españoles quedamos atenazados ante el espanto y el desconcierto de la tragedia inexplicable, de la maldad sin límites, de los indiscriminados efectos de la locura. Todavía no estamos en tiempos de explicaciones, de racionalidad fría, porque el duelo tiene su tiempo, la emocionalidad se impone y porque nada racional puede sobreponerse a los sentimientos que ahora vivimos en colectivo.

Asistimos a tiempos de incertidumbre y el humor social es un imprescindible factor a valorar para la gestión política de lo público. No hay mejor situación para darle valor a la emoción pública que la que estamos viviendo estos días. Si bien puede ser demasiado pronto para hacerlo, tratemos de sacar conclusiones que la política debería tomar en cuenta por encima de los intereses partidistas coyunturales. Ninguna situación electoral como la que ahora vivimos en España y en Catalunya puede imponerse a la gestión del humor social, como saben todos los que han perdido elecciones precisamente por haberse equivocado en esto.

Por fin ya no se discute de que en la política la gestión de las emociones forma parte de la gestión de lo colectivo. Se trata de sacar lo íntimo a la exhibición pública para compartir el dolor, en este caso. Expresar las emociones nos permite transcurrir por el dolor de manera más consoladora. ¿Cómo es de sobrecogedora esa imagen de una cámara fija en Las Ramblas en la que se puede ver una secuencia de paseantes en gravedad que, serios y decididos, a la llamada desconocida del sentimiento compartido, aplauden con fervor no sé sabe muy bien a qué pero no parece importar, mientras siguen su camino?

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La paradoja mexicana

El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto.

Pocas economías plantean una paradoja tan grande como la de México. Tras surgir de una serie de crisis macroeconómicas a mediados de los años 1990, México sobrellevó audaces reformas que deberían haber encaminado al país hacia un rápido crecimiento económico. Adoptó una prudencia macroeconómica, liberalizó sus políticas económicas, firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), invirtió en educación e implementó políticas innovadoras para combatir la pobreza.

En muchos sentidos, estas reformas rindieron sus frutos. Se alcanzó una estabilidad económica, la inversión doméstica aumentó dos puntos porcentuales del PIB y el logro educativo promedio creció casi tres años. Quizá los beneficios más visibles se puedan ver en el frente externo. Las exportaciones se dispararon del 5% al 30% del PIB y el porcentaje del PIB que corresponde a la inversión extranjera directa en el país se triplicó.

Sin embargo, donde realmente cuenta –que es en el crecimiento económico y de la productividad en general–, la historia es de una desilusión sustancial. Desde 1996, el crecimiento económico per capita ha registrado un promedio muy por debajo del 1,5% y la productividad total de los factores se ha estancado o ha declinado.

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Después de la tragedia

Decenas de personas rinden homenaje a las víctimas de los atentados en La Rambla de Barcelona.

Cada cual asimila las tragedias a su manera. Hay quien se limita a repetir los lugares comunes: no hay derecho, no somos nadie, se van los mejores. Hay quien no puede evitar hacer chistes y ser cínico y vulgar. Así matan algunos los nervios, dicen los psicólogos, así subliman el dolor, riendo solos entre lágrimas ajenas.

Hay quien se indigna con la naturaleza humana, con la naturaleza en general, porque la muerte no es justa ni pertinente, y hay también quien se entretiene en el funeral buscando ausencias en los bancos, codazo a su acompañante, mira quién no ha venido, qué vergüenza, faltar un día como este.

Hay quien aprovecha el sepelio para indignarse por lo que sea. Personas que, extrañamente alteradas por la tragedia, se vuelven expertas en autopsias, en fases del duelo, en etiqueta funeraria: vaya corona de flores, qué pena de féretro, qué misa tan larga, tan fría, tan impersonal.

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Familias diferentes en verano

Imagen de archivo de la playa de La Concha de San Sebastián.

Si ser familia numerosa es algo extraño que hace que las fórmulas para veranear queden reducidas a unas pocas opciones, imaginaos si vuestra familia, además, fuese reconstituida. Estando como estamos bajo el reinado de la familia nuclear con 1,33 hijos por mujer, presentarse en la playa con una tropa de cuatro churumbeles, de distintas madres y padres, da lugar a una entropía desorbitada en cualquier situación.

El ser muchos no significa que tengamos más tolerancia al hacinamiento que el resto de los mortales, aunque en muchos lugares se empeñen en que una casa con 4 camas es adecuada para alojar a 6 personas. Uno siempre puede dormir en el sofá, y otro, quizás los más pequeños (aunque ya pase de las dos cifras) pueden dormir juntos en la misma cama. Al final, puede ser que te terminen sugiriendo que no viajes con tanta gente, que es mejor hacerlo en grupos reducidos y así tendrás comodidad asegurada.

Pero no. Al final, en algún momento del verano, siempre somos seis y necesitamos un lugar en el que pasar unos días juntos, alejados del mundanal ruido y bañándonos en la playa o en la piscina. Aunque tengamos que explicar una y otra vez los vínculos biológicos que nos unen y que nos separan. Sí, esto sucede bastante a menudo. Nuestros hijos tienen que explicar varias veces al año el grado de hermandad que les vincula y negar enérgicamente la horrorosa expresión que les imponen algunas personas biempensantes: medio hermanos.

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Felipe VI, en misa y repicando

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El rey Felipe VI saludando

El rey Felipe VI visitó en los hospitales a los heridos en el atentado de Barcelona y asistió al homenaje a las víctimas que se celebró en las Ramblas. Le acompañó la reina Letizia.

Ocho meses antes, el rey Felipe VI visitó en Arabia Saudí al rey Salman, con el objetivo de afianzar las relaciones que su padre Juan Carlos estrechó con el padre de aquel, el rey Abdulá, y ejercer de intermediario diplomático de las empresas españolas que se enriquecerán con la construcción del AVE del Desierto entre Medina y La Meca y con la construcción del metro de Riad. Le acompañaron dos ministros: el de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, y el de Fomento, Íñigo de la Serna; y tres secretarios de Estado: la de Comercio, María Luisa Poncela, el de Infraestructuras, Julio Gómez-Pomar, y el de Defensa, Agustín Conde.

Con su visita a Arabia Saudí, el rey Felipe VI y los enviados del Gobierno de Rajoy esperaban que la petrodictadura comprara a España cinco buques de guerra de Navantia por 2.000 millones, el mayor negocio de la industria militar de la historia española. España ya había vendido una enorme cantidad de munición y proyectiles de artillería a Arabia Saudí, armamento que ha utilizado contra Yemen, el país más pobre de Oriente Medio y al que el Gobierno saudí impuso un bloqueo naval que ha impedido la llegada de alimentos y medicinas a una región donde los niños sufren desnutrición severa.

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Trabajar para el enemigo

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Hogar Social Granada despliega una pancarta a las puertas de la mezquita

Ocho de cada diez victimas del terrorismo yihadista son creyentes musulmanes. De cada diez atentados que perpetran, nueve se producen en países de mayoría musulmana. Los atentados, el terror, la muerte y la tragedia, todo lo que se acaba de vivir en Catalunya, constituyen el día a día de millones de creyentes musulmanes victimas del mismo odio y el mismo fanatismo.

No los matan por ser europeos o defender los valores de las democracias occidentales. Los matan porque en su camino hacia la victoria y la gloria prometida los terroristas asesinan indiscriminadamente a todo aquel que no comparta su idea del islam y del mundo. No es una guerra, es una matanza de ciudadanos inocentes.

Todos aquellos que pretenden entender o analizar sus crímenes desde la lógica de la respuesta a años de dictaduras y guerras, evidentemente patrocinadas por un occidente codicioso del petróleo o el gas, deberían preguntarse cómo encaja en ese razonamiento la evidencia de que asesinan sobre todo e indiscriminadamente a quienes afirman querer liberar.

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Cine de verano (2)

Fotograma de 'A través de los olivos', de Abbas Kiarostami.

En sus films A través de los olivos y Copia Certificada, Abbas Kiarostami abordó el amor. En la primera, en una pequeña población del campo iraní, un equipo de filmación escoge a dos jóvenes, un chico y una chica, para participar en el rodaje. El chico está perdidamente enamorado de la chica pero el padre de ella no autoriza la boda porque el joven carece de una propiedad. Debido a que en la zona un terremoto ha devastado los poblados, el joven especula con el hecho de que como nadie conserva su casa todos están en su misma condición. El problema de clase que obstaculizaba su relación ha sido solventado gracias al apoyo espontáneo de la naturaleza. En una sociedad rural, aferrada a normas ancestrales pero con una concepción del amor que llega de extramuros, los dos jóvenes son reclutados para actuar en la película como pareja, dándole al chico una posición de ventaja para alcanzar su fin sentimental.

Durante un descanso en el rodaje, luego de filmar la escena en la que le recrimina a la chica, de malas formas y alzando la voz, su incapacidad para las labores de la casa, el chico le dice: "Quiero dejar claro que de casarnos esto no sería así. No soy yo quien reclama, este es el personaje que debo interpretar. Pero quiero que estés segura, nunca sería tan irresponsable. Yo haría todo en casa y tú estudiarías". Está claro que esta visión viene de occidente a través de quienes filtran su existencia en los medios locales y que junto con esta equiparación de los sexos también aparece una concepción platónica del amor.

Kiarostami, que entiende la globalización no como un mero mercado único sino como un destino común donde convergen miradas distintas, múltiples interpretaciones del ejercicio de vivir, vuelve a abordar el amor en Copia Certificada pero desde una perspectiva inesperada. Sus personajes son europeos y el escenario donde transcurre su historia es un pueblo de la Toscana. Durante una hora y media, la actriz Juliette Binoche y el barítono William Shimell dialogan a través de dos personajes que cruzan una jornada completa, entre dos pueblos toscanos, para dar cuenta del estado de los sentimientos de una pareja de edad intermedia en el escenario europeo actual.

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El amor, la Vespa y la UVA de Vallecas

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, junto a la concejala Marta Higueras. Foto de archivo

Ese ¡hola, pareja! siempre me sonaba a música celestial. A reconocimiento público de una realidad que mi yo enamorado disfrutaba desde hacía unas semanas. ¡Hola, pareja!, nos decían cuando llegábamos en enero de 1977 a los barracones de la parroquia de la UVA de Vallecas, uno de los poblados más deprimidos y necesitados de Madrid.

Viajábamos a bordo de mi vieja Vespa, una 125S de 1960, que probablemente había rendido sus mejores servicios en manos de algún cartero, pero que ahora, con su inconfundible sonido y ya bastante achacosa, aún tenía fuerzas para llevarnos a María Jesús, mi novia, y a mí, a los confines de la capital cargados de libros, lapiceros y cuadernos.

Las UVA (Unidades Vecinales de Absorción) nacieron en 1963 –había siete– para dar cobijo a los inmigrantes, sobre todo de Andalucía y Extremadura, que por cientos de miles estaban llegando a Madrid. Eran construcciones muy básicas, que estaban pensadas para no sobrevivir más allá de cinco años, soluciones provisionales para alojar con rapidez a las familias más necesitadas. En el caso de la de Vallecas, más de 1.200. Pero esos cinco años iniciales se fueron alargando. En Vallecas se tardaron más de 20 años en cambiar los barracones por viviendas con hechuras de ser consideradas como tales. Y en todo ese tiempo a la precariedad económica, educativa y de salud, se añadió la de los barracones, que a pesar de los cuidados de sus inquilinos, eran cada vez más endebles e insalubres.

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Barcelona, la ciudad del agua

La fuente de canaletas, convertida en un punto de homenaje a las víctimas del atentado en La Rambla de Barcelona.

Soy de Barcelona, una de las ciudades más guapas del mundo. Nací en mi calle. Mi madre quiso parirme en casa: un pequeño piso del barrio obrero del Congrés, en el distrito de Sant Andreu. Aquí me casé, nacieron mis hijos y están enterrados mis padres. Y quiero librarme del dolor, de la áspera pena que me aflige, hablándoles de un aspecto poco reseñado de mi amada ciudad: su íntima relación con el agua.

Me hice naturalista mirando por la ventana, espiando a la colonia de gorriones del barrio, siguiendo el ritmo de las estaciones en los plátanos y viendo florecer las acacias de la plaza. Pero uno de los recuerdos que conservo con mayor nitidez es el de las tardes de tormenta: cuando los truenos retumbaban en el patio de vecinos, el barrio se quedaba a oscuras y mi calle, que da a una riera, la Riera d’Horta, se convertía en un arroyo de montaña.

Y es que Barcelona es, por encima de todo, agua. Bañada por el mar, la ciudad se eleva bajo una inmensa placenta que son sus acuíferos y está flanqueada por dos de las arterias fluviales más importantes de Catalunya: el Llobregat y el Besós.

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