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El "procés" nos divide, pues claro

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Mariano Rajoy.

Es cierto, el “procés” causa división entre la gente, ahora no puedo conversar tranquilamente con tantas personas como antes. Me incomoda oír a alguien justificando que la Policía le pegue a personas pacíficas que quieren votar, incluso me incomoda que sin justificarlo directamente introduzcan sus “peros”, sus objeciones sobre el comportamiento o las ideas de esas personas agredidas. Me incomoda que se obvie que hay personas presas por sus ideas políticas democráticas y que se le niegue esa condición de presos políticos, como si estuviesen presos por robar a ahorradores o cobrar sobres de dinero negro. Me incomoda que alguien justifique lo que el Estado español le hace a la población catalana, incluso a esa parte de la población que justifica lo que el Estado le hace. 

Me incomoda y me afecta profundamente porque no es una diferencia política sin más que pueda conciliar, creo que la conducta del Estado guiado por el partido de Rajoy y sus dos partidos lacayos tiene la radicalidad que una política inmoral. Es una política franquista, y el franquismo era un régimen inmoral. 

Prohibir, perseguir y atacar con violencia a votantes, encerrar a ciudadanos pacíficos, multar a políticos elegidos democráticamente, volver a decretar estado de excepción, pretender secuestrar policialmente radios y televisiones que no son de su agrado y todo lo demás que puedan hacer es franquismo. Lo reconozco perfectamente, el mismo lenguaje de ese poder y sus esbirros, de la Policía franquista y los gobernadores civiles: “encerrados los promotores de las revueltas separatistas”, “el desafío independentista”, “desmantelado el núcleo duro del referéndum”, “incautadas papeletas”... Y lo repiten casi unánimemente los medios de comunicación llamados “nacionales” y las cadenas de televisión, también llamadas “nacionales”. Ya no hablo de las banderas rojo y gualda, los colores de la rama española de la casa de Borbón.

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Los socialistas y el rey

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Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero saludan a los reyes en la recepción del pasado 12 de octubre en el Palacio Real.

El ultranacionalista español Mariano Rajoy no habría podido dar su golpe de estado en Catalunya si no hubiera contado con el rotundo apoyo del rey Felipe VI y del socialista Pedro Sánchez. Que la Casa Real y el PSOE hayan sido cómplices necesarios del ataque a la democracia perpetrado por el Partido Popular es una buena noticia: al borbón acabará por costarle la corona y a la formación que fue obrera le costará la poca credibilidad que le quedaba. Ganamos todas.

Felipe VI dispuso de la primera gran ocasión para legitimar, de algún modo, su existencia en la jerarquía del Estado. Por decirlo en plebeyo: para haber hecho algo medianamente útil. Podría haber llamado a la calma, al diálogo y a la conciliación, al entendimiento, a la mediación. Aunque viniendo de él fueran palabras huecas, a nadie le habría sorprendido, al corresponderse con la naturaleza de la institución que representa. Y él habría quedado como una autoridad, en cierto modo, respetable en la bondad de los términos. Porque en el relato oficialista de esta monarquía parlamentaria, su padre, Juan Carlos de Borbón, había conseguido vender la moto de garante de la democracia, gracias a aquel turbio 23-F que le dio crédito para dedicarse después a pleno rendimiento a sus disparos, sus corridas de toros, sus juergas, sus devaneos sexuales, sus amigos delincuentes y sus porcentajes en los grandes negocios. Hasta aquella noche en que tuvo un traspiés que le obligó a humillarse ante su plebe, pidiéndole perdón. Felipe heredó el puesto de papá, puesto que para entonces, y gracias a la inestimable ayuda de su hermana Cristina, su cuñado Urdangarín y una esposa del pueblo incapaz de acercarlo al pueblo, ya vivía horas de franca desafección. Y Felipe no había tenido un 23-F que, al menos en el relato oficialista, lo legitimara.

La crisis de Catalunya era la ocasión, y Felipe la desaprovechó. Hasta tal punto que en el futuro podremos identificarla con una crisis de la institución que llegue a suponer (ojalá) su disolución. Puede que pasen muchos años, si la ciudadanía claudica al autoritarismo españolista y a las falacias constitucionalistas, pero es razonable pensar que este sea el principio de su fin. Es lo principal que está pasando en Catalunya, donde la palabra república se está repitiendo tanto que la Corona lo ha interpretado como una cuestión de vida o muerte. Sumándose al estado de excepción sobre una parte del territorio al que dice representar, el borbón (nervioso, inverosímil, con una seriedad agobiada) ha escogido su propia vida frente a la vida democrática del estado del que es jefe. Una jefatura esa deslegitimada desde su cuna franquista, deslegitimada por los abusos de la familia y definitivamente deslegitimada por el craso error ahora cometido. Tiempo al tiempo.

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Excepcionalidad democrática: RTVE y TV3, intervenidas

El 20 de abril de 2012 el Gobierno del Partido Popular aprobaba un Real Decreto-Ley que reformaba la forma de elección del presidente de RTVE. Hasta esa fecha y desde 2006, los dos presidentes de la Corporación, Luis Fernández y Alberto Oliart, habían sido elegidos por el Congreso de los Diputados por consenso, consenso entre el partido del Gobierno, el PSOE y el mayor partido de la oposición, el PP. Desde 2006 todos los presidentes de RTVE, lo han sido con el apoyo del PP, los dos últimos sin el apoyo del PSOE y gracias a la mayoría absoluta del PP. El partido socialista habló de "golpe institucional", "inventándose" el Gobierno un bloqueo que según ellos no existía. Desde entonces, RTVE se encuentra intervenida. El Tribunal Constitucional, más de cinco años después, aún no se ha pronunciado sobre la constitucionalidad de ese Real Decreto Ley. 

El 21 de octubre de 2017, el Gobierno del PP ha decido intervenir en las instituciones catalanas y entre las medidas adoptadas se encuentra poner los medios públicos autonómicos de Catalunya, cuyo buque insignia es TV3, en manos del Gobierno del Estado. Se aduce la excepcionalidad de la situación que vive Catalunya por la declaración suspendida de independencia. 

No voy a entrar a analizar las acciones del Gobierno de España sobre el de Catalunya,  La historia juzgará a unos y otros. Sí quiero, sin embargo, compartir mi rotundo desacuerdo sobre la medida propuesta para TV3 aún cuando no sea todavía efectiva pues tiene que aprobarla el Senado. 

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Por un sano striptease económico

Desde siempre he tenido una curiosidad malsana por saber de qué vive la gente. En España, el país en el que hablamos de lo llamativo, pero nunca de lo verdaderamente importante, esta es una misión titánica, imposible, llena de escollos, eufemismos y esquinazos. Es de mala educación decir cuánto cobras, es terrible preguntar cuánto cobran otros, cuánto se paga de alquiler, cuánto te gastaste en una camisa. Hace años, en una cena de empresa, un colega al que acababan de ascender sólo fue capaz de decirme la nueva cifra de su nómina cuando hubo consumido unas cuantas copas. Era un muchacho realmente noble, adorable, lleno de ganas de ser bueno y no resultar antipático a nadie. Pronunció la cifra tapándose la cara con las manos, atorado por la vergüenza, como si estuviese diciéndome "te quiero", en lugar de "1400 euros". 

En España se lleva decir que eres pobre, que no hay dinero para pagar. Es casi elegante hacerse el humilde de una extraña forma: alzando la cabeza y haciendo ostentación de tu mala economía. Incluso en las conversaciones con pagadores, el dinero es un ente semiprohibido, del que nos vemos obligados a hablar con titubeos, mails crípticos de ida y vuelta, como -de nuevo acudo a los sonrojos del amor- cuando nos perdemos en devaneos avergonzados antes siquiera de besar a alguien a quien queremos besar. 

Es el pagar y el cobrar una especie de ceremonia de apareamiento llena de plumas de colores, movimientos equívocos, ulular, pero falta total de acción. Una vez, en respuesta a un mail en el que yo, educadamente -siempre educadamente, con pudor- me quejaba de la tardanza de un pago que se me debía, la empresa contratante se disculpó y me respondió "Te iremos contando qué proceso vamos a ir siguiendo para realizar tu pago". Mis frases vacías en las que les animaba tímidamente a que me pagaran habían sido respondidas por esta gran frase igualmente carente de significado. ¿El proceso? ¿Qué proceso? ¿Qué diantres me importaba a mí el proceso que iban a seguir?

Imaginé que en las semanas siguientes me escribirían diciéndome:

"Bien, Sabina. Ya sabemos el proceso que vamos a seguir. Hay un vagabundo pidiendo ahí fuera en la plaza. Hemos decidido que vamos a robarle todo lo que ha reunido hoy en su gorra, y con eso te vamos a pagar. A ver qué tal nos sale este proceso. Te vamos contando".

O bien:

"Ok, Sabina. Ya está decidido el proceso: Voy a ir a casa de mi tita Angelines, que está muy sola y siempre agradece una visita, y le voy a meter mano a su bolso. Te enviaremos tus 300 euros en calderilla dentro de un sobre acolchado. Te lo entregará un enano en la puerta del casino de Torrelodones".

Sentí que se removía dentro el bicho de la desesperación y el descaro. Tuve el impulso de responder algo letal, que rompiese estas urnas de cristal de españolísima evitación de hablar de temas de dinero desde las que yo preguntaba y ellos respondían. Quizás un "PAGAD", un "HOSTIA JODER", un exabrupto sincero cualquiera, en realidad, que rompiese esa ilusión de civismo por una vez. 

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Mi proceso de independencia

La Taula per la Democràcia rechaza el 155 y exige libertad para Sànchez y Cuixart

El proceso de independencia de Cataluña ha acaparado totalmente la palabra ‘proceso’; ahora dices ‘proceso’ y parece que no se pueda estar hablando de alguna otra cosa. Yo siempre he sido (y soy) una gran amante de los procesos: en una sociedad que está obsesionada con los resultados, las metas, o las finalidades, nos olvidamos totalmente y constantemente de los caminos y de los procesos que pasamos para llegar a todas estas metas. El proceso es importante, y la finalidad solamente es un punto situado de forma un poco borrosa al final del camino. En nuestra sociedad la finalidad no es creada con la idea de que pueda cambiar mucho (cambia algunas veces, pero no está pensada ni planteada con la idea de que cambie). Pero cuando te sensibilizas más en los procesos que en las finalidades, éstas últimas acaban siendo maleables, cambiantes, adaptadas a los propios cambios que lleva el proceso o camino en sí mismo. La forma, el camino, es importante, y marca la diferencia ideológica. Creer que el camino no es importante es también una ideología, y va muy ligada al capitalismo y a todas las estructuras que vivimos, porque resulta que cuando no te preocupas por el camino, éste acaba surgiendo como está estipulado por las normas.

Como ya he comentado, yo soy una gran amante de los procesos: yo muy a menudo me defino como un proceso constante. Paralelamente a todo lo que ha estado pasando en Cataluña, yo también he estado pasando por procesos relacionados con una ruptura. Hace tres años más o menos empecé un proceso de ruptura de una relación de maltrato, aunque yo en ese momento no sabía muy bien que estaba iniciando una ruptura, ni de qué tipo, ni tenía muy claro lo que estaba pasando ni donde quería llegar. Cómo he comentado, para mí lo importante son los procesos y sólo sabía que necesitaba atravesar un montón de situaciones de las que quería salir y entender cómo quería empezar a construir relaciones. Me repetí muchas veces ese año que yo quería construir relaciones ‘políticamente conscientes’, un concepto que no tenía muy claro lo que significaba, y que ahora sí entiendo más. Da la casualidad que la finalización de este proceso de entender cómo construir relaciones políticamente conscientes ha acabado en un proceso de independencia/ruptura/autodeterminación/autonomía.

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Miedo al mundo que se adivina

Es incuestionable que España está empezando a recuperarse de una manera asombrosa, creciendo nuestra economía como desde hacía tiempo que no lo hacía, pero, ¿quiénes están sacando provecho de esta espectacular bonanza?

A veces, alarma observar cómo hay tantas personas que se ilusionan cuando los políticos, a través de los medios de comunicación, anuncian lo mucho que sube el Producto Interior Bruto (PIB), por lo que ello significa de aumento de la riqueza en nuestro país (o región, según la perspectiva), entendiendo que tal situación conduce al tan celebrado Estado de Bienestar del que disfrutamos todos los que aquí vivimos. 

Pero, tristemente, eso no deja de ser una quimera, pues la realidad es que en España existe una tremenda desigualdad que nos sitúa en los altísimos niveles de pobreza que actualmente padecemos, y que en febrero de este año reveló el Informe España 2017, presentado por la Comisión Europea, el cual advertía a nuestro país de que esos adversos niveles que mantenemos están entre los más elevados de la Unión Europea, emitiendo unos mensajes más que preocupantes, como es el que 13,1 millones de españoles (el 28 por ciento) estén en riesgo de exclusión social, y alrededor del 13 por ciento de los trabajadores de nuestro país, en riesgo de pobreza (unos 2,4 millones de los cerca de 19 millones que actualmente trabajan).  

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Casa de apaños

La RAE es institución de hegemonía financiada con dinero público pero, según parece, como a los de la RAE no les llega con el reparto del presupuesto, se la dejan privatizar. De tal manera, las entidades bancarias y los trapis con el sector editorial hacen de la Real Academia de la Lengua poco menos que una sociedad anónima.

Publicada en el @boegob la convocatoria para la silla «J» de la RAE. La votación será el 30 de noviembre. https://t.co/zKIYXxdO5p pic.twitter.com/Tzl4f5pqu2

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Necesitamos más guardabosques y mejor equipados

Asistentes al 4º Congreso Estatal de Agentes Forestales en Viella.

Son los agentes forestales y medioambientales, nuestra policía medioambiental, pero desde el afecto y el respeto yo prefiero llamarles guardabosques, porque eso es lo que hacen: guardarnos la naturaleza. Y lo llevan a cabo desde la vocación más absoluta y la mayor lealtad a su compromiso con la sociedad: velar por el cuidado y la protección del medio ambiente.

Esta semana han celebrado su 4º Congreso Estatal en Viella, la capital del Valle de Arán, y he tenido la suerte y el privilegio de poder acompañarles. Como siempre que intento compartir aquí mis emociones, la pantalla se me queda corta: demasiado fría, demasiado artificial para intentar transmitir lo que he vivido en aquel maravilloso valle de los Pirineos junto a esta noble gente.

Su amor por la naturaleza se traduce en amor por la vida, y muy especialmente por la vida de sus compañeros. Me gustaría ser capaz de traducir en palabras el sonido de sus abrazos, de sus besos, de sus aplausos encendidos a los que hicieron el esfuerzo de venir desde Galicia, toda la noche conduciendo para, con los uniformes tiznados por la ceniza de los incendios, abrazarse con sus compañeros de Canarias, de Aragón, de la Comunidad Valenciana, de Andalucía y del resto de las comunidades y compartir sus pesares.

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La Semana Larga

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Manifestación por la libertad de Cuixart y Sànchez en Barcelona

Pudiera ser que los libros de Historia hablaran en el futuro de La Semana Larga y, si no lo hicieran, nosotros sí sentimos el vértigo de comenzar a vivirla. Finalmente, el Gobierno apoyado por una mayoría parlamentaria clara ha puesto en marcha la ultima ratio regis, "el artículo más explosivo de la Constitución", el que contiene "la decisión política de más trascendencia de las contenidas en la misma", al decir de Cruz Villalón.

No puedo coincidir con el discurso de los independentistas y de alguna parte de la izquierda respecto a que se trate de un golpe a la democracia o una decisión totalitaria o fascista. Lejos de ello se trata de una disposición de una Constitución democrática -que existe en otros cinco países de la UE- respaldada por una amplia mayoría parlamentaria y que será ampliamente aprobada en una cámara democrática. No, no es un golpe a la democracia pero sí es el golpe más grande que desde la democracia se puede dar en respuesta a las patadas, empujones y escupitajos que desde las instituciones catalanas se han venido produciendo. Es una hostia en toda regla. Es triste y es preocupante. Quien esto escribe lo hace con un ánimo sombrío, inquieto y sembrado de pesadumbre. El guantazo no es plato de gusto para nadie pero eran muchos los constitucionalistas que anunciaban que este guante de resorte custodiado por la Constitución sólo podía accionarse con toda su dureza.

Creo percibir que en la puesta en marcha de tal electroshock los negociadores del gobierno y del PSOE se han ceñido a la poca doctrina expresada por los constitucionalistas respecto a este asunto que consideraban que todas las medidas cabían excepto la supresión de las instituciones de autogobierno. No en vano el concepto jurídico que recoge el artículo se denomina técnicamente "coacción estatal". Las fuerzas democráticas mayoritarias han acordado pues una intervención de los órganos autonómicos, pero no una suspensión, ya que ningún teórico pensaba que cupiera en España una figura parecida a la Direct Rule británica. De hecho, cuando la antigua Alianza Popular intentó introducir en el debate constituyente de este artículo la especificación de la posibilidad de disolución del Parlamento de la comunidad afectada, fue ampliamente derrotada en el voto. Por estos motivos, creo, el Parlament es la institución que resulta a salvo de la intervención aunque sí se le inspeccionará en cuanto al cumplimiento de la legalidad constitucional y del Estatut. No es fácil de digerir. Es duro, muy duro, pero si soy sincera me parece legalmente menos contestable que la activación de ciertas medidas bajo manga o la utilización del Derecho Penal para emboscar la respuesta del Estado. Con el 155 se entra en un terreno ignoto y de arenas movedizas pero, al menos, es el terreno previsto expresamente por el constituyente como última respuesta sin necesidad de forzar o sobar la Justicia o las instituciones.

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Un estado de excepción para Cataluña

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Mariano Rajoy, presidente del Gobierno y virrey de Cataluña.

En los últimos años, en la izquierda se ha extendido la idea de que el sistema político que comenzó con la Constitución de 1978 presenta un estado agonizante. Este sábado 21 de octubre, la derecha ha decidido sumar argumentos a esa idea por la vía de los hechos. El Gobierno de Mariano Rajoy ha suspendido la autonomía catalana con la aplicación del artículo 155, el cese del presidente de la Generalitat y de su Gobierno y la asunción por el Gobierno central de todas las competencias que el Estatut da a las instituciones catalanas.

No es sólo el Govern el que es decapitado por una medida que será ratificada por el Senado, donde el PP cuenta con mayoría absoluta. Hasta su disolución, el Parlament se quedará sin las competencias que tienen los legislativos en un sistema democrático. No podrá nombrar a un nuevo Govern y no podrá realizar las labores tradicionales de control del poder ejecutivo. El Gobierno central gobernará Cataluña y sólo el Congreso y el Senado pueden controlar sus acciones.

El 155 es un síntoma del fracaso del sistema político en esta crisis. Supone acabar con la autonomía catalana durante el tiempo en que esté en vigor el 155, y por tanto clausurar el pacto constitucional que se puso en marcha en 1978. Es cierto que los independentistas catalanes han dado sobradas muestras de que pretenden romper ese pacto y obtener la secesión de Cataluña. No es menos cierto que el 155 supone en la práctica un estado de excepción que cancela el reparto de poder territorial que hizo posible la actual Constitución. 

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