Opinión y blogs

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¿Y si prohibimos (o sancionamos) la mentira?

Donald Trump, presidente de Estados Unidos.

Parafraseando a Bertolt Brecht, podríamos decir que los grandes medios comenzaron a mentir y engañar, pero no les preocupó porque formaba parte de su negocio y trataban bien a los poderosos. También mentían y engañaban los políticos gobernantes, pero tampoco importaba porque cuando gobernaban garantizaban que todo siguiese igual. Pero llegó un momento en que también comenzaron a engañar con sus mentiras algunos políticos psicópatas e incluso todo el mundo comenzó a sacar adelante sus mentiras en las redes sociales. Y entonces se alarmaron, pero ya era demasiado tarde. La mentira se había apropiado de nuestra información, de nuestro análisis de la actualidad y, lo que es peor, a la población ya le daba igual lo real que lo falso.

El escritor Adolfo Muñoz García nos recordaba que la historia está llena de mentiras que se han ido manteniendo porque interesaba: "Para mentir no es necesario caer en el bulo. Se puede mentir diciendo solo una parte de la verdad. Se destaca una pequeña parte de la verdad, se la ilumina, se la descontextualiza, se la carga de notas sentimentales... y ya tenemos esa pequeña parte de la verdad convertida en una descomunal mentira". Es lo que han estado haciendo los grandes medios desde hace décadas. Como señala Muñoz García, "el buen bulo político triunfa porque tiene las cualidades necesarias para triunfar".

No es lo más frecuente que la realidad supere en espectacularidad a la ficción. Es más fácil triunfar en el periodismo, en las redes y en la política con la mentira atractiva, contundente y bien aderezada que una verdad aburrida, compleja y llena de matices.

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Marine Le Pen se legitima en Líbano

El ministro de Exteriores libanés, Gibran Bassil (i), conversa con la líder de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, durante su reunión en el Ministerio de Exteriores en Beirut (Líbano).

En plena campaña para las elecciones presidenciales francesas, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, dio esta semana en Beirut un paso simbólico en su proyección como candidata al Gobierno. Además del presidente, el cristiano maronita Michel Aoun, a Le Pen la recibieron el primer ministro, Saad Hariri; el ministro de Asuntos Exteriores, Gebran Bassil; el patriarca de la Iglesia maronita Bechara Boutros al-Rahi; el representante de las fuerzas armadas Samir Geagea, y el líder falangista Sami Gemayel. Una representación de las principales fuerzas en el país en la que también estuvo incluido Hezbollah, ya que aunque Le Pen se cuida de que se la vincule con la ideología del partido de Nasrallah, la comunicación entre ambos viene garantizada por el presidente Aoun, con quien firmó un acuerdo político en 2007. Es la primera vez que a la candidata ultraderechista la reciben las máximas autoridades de un país.

Le Pen no ha sido recibida por una organización o un partido ideológicamente cercano al suyo, sino por el propio Estado libanés. Ha roto así el boicot internacional a su figura, y lo ha hecho nada menos que en un país de enorme importancia geoestratégica, implicado activamente en la guerra de Siria y principal receptor de refugiados de la región, junto con Turquía. La visita se produjo pese a las protestas de cientos de personas, que firmaron días antes  una petición y organizaron una manifestación en su contra.

Tanto la candidata ultraderechista, que ha iniciado una ronda por Oriente Medio que busca mejorar su imagen y conseguir financiación, como las autoridades libanesas, han dejado claro con este encuentro oficial la visión compartida en asuntos clave como la postura respecto al régimen sirio liderado por Bashar al-Asad y las políticas relativas a los refugiados.

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La carne que comemos

Hay libros que no son libros, son relámpagos. La carne que comemos, del activista británico en defensa de los animales Philip Lymbery, es uno de esos libros. El año pasado mi editora en Alianza Editorial me propuso participar en la edición en castellano de esta obra que acaba de llegar a las librerías. Recuerdo que cuando recibí el original y empecé a leer sus páginas entendí al instante que aquello me iba a causar problemas de conciencia. Y así fue.

En mi opinión la divulgación ambiental, tanto si se ejerce desde un diario, una radio, un libro o una sala de conferencias no solo debe informar sino que ha de aspirar a cambiar hábitos. Y para cambiar hábitos hay que llegar al corazón de la gente: un lugar al que nunca se accede desde el dato y la estadística. Con eso solo se llega al cerebro.

"Vivo en el sur de Inglaterra -me empezó a pellizcar Lymbery la noche que abrí su libro- donde los pastos, los setos y la naturaleza siguen siendo una parte importante del paisaje". Me instalé mentalmente en cualquier rincón de la España rural: todos conocemos un lugar así. "Pero las cosas están cambiando" señalaba a continuación.

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Mirando el dedo

Mirando el dedo y no la luna que señala. Así, en un gesto tan español, nos hemos quedado. Ruido y manifas e indignaciones de Twitter ante una Justicia que gritan está gripada. No se le ha entregado al pueblo el monigote para el manteo. Motín y coplas de los Borbones. España de siempre y tan dolorosa. Todos mirando el dedo y no la luna.

La Justicia está sufriente, nadie lo duda, pero nos arranca gritos cuando quizá sean menos necesarios. Creo haber escrito y dicho en infinidad de ocasiones que la Justicia funciona de forma independiente y profesional -sin medios y hecha una mierda, eso sí- hasta que le mete el dedo en el ojo al poder. En ese momento todo el sistema comienza a chirriar y el poder intenta utilizar todos los mecanismos que ha logrado controlar para minimizar los daños. Lo llevamos denunciando todo este tiempo en que hemos asistido a la lucha por purgar de forma legal la corrupción que ha convertido nuestro país en un lodazal.

En el caso Nóos, España hierve, y es curioso, no por la absolución de la Infanta sino porque no se haya modificado la situación personal de Urdangarin a la espera de que su sentencia sea firme. No se cuestiona al tribunal que absuelve a una, y condena levemente a otros, y que afirma que no hay delito en todos los políticos que entregaron el dinero. Aceptamos pues la independencia del tribunal cuando dicta sentencia y ¡ay! nos indignamos ante el mantenimiento de las cautelares que hasta ahora había. Quizá algo de culpa tenga el fiscal que declaró muy seguro, tal vez en un calentón, que pediría la prisión incondicional, incluso antes de conocerse la sentencia, y luego hizo otra cosa .

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Las peligrosas víctimas de Franco

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Trabajo arqueológico en la fosa de Puerto Real (Cádiz). / JUAN MIGUEL BAQUERO

Tienen mucha razón los que dicen, como Juan Luis Cebrián, el rey Felipe o Mariano Rajoy, que darles coba a las víctimas del franquismo "genera conflictos", "agita viejos rencores" y que "abrir heridas del pasado no conduce a nada". Verdad, justicia, reparación son palabras buenistas inventadas por organismos pijos como la ONU que no han pasado el trance de ver morir a fusil y acero a sus propios hermanos. Desde la distancia todo se ve fácil y, por lo general, borroso.

No entienden que sería extremadamente peligroso para nuestra joven democracia que gente como Ascensión Mendieta llegara a abrazar los huesos de su padre. Pese a sus 90 años, ha demostrado fuerzas y tozudez suficientes como para coger un avión a Argentina y declarar ante la jueza Servini. Qué no podría hacer si se empeña. Bajo esa apariencia dulce, se esconde uno de esos agentes 'abreheridas' que tanto mal harían a nuestra democracia conseguida con lágrimas.

Darle alas a ella y a los que piden cerrar con igualdad este capítulo bien podría agitar rabias que ya considerábamos vacunadas. ¿Volvemos a una guerra civil por un puñado de huesos?  Un nonagenario mosqueado no es cosa menor. Los octogenarios son aún peores porque gozan de mejor salud. 

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La indignación vuelve a la escena política

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Urdangarin, a la salida el jueves de la Audiencia de Palma de Mallorca.

Una ola de indignación recorre España. Y esta vez no es una frase. En cualquier ambiente la gente clama en términos airados contra la decisión de las juezas de Palma que ha permitido a Iñaki Urdangarin regrese sin impedimentos a su residencia ginebrina. No se habla de otra cosa. Ayer en el programa Sálvame, siempre atento a conectar con los humores de las clases populares menos politizadas, todos sus colaboradores –Mila Ximénez, Lidia Lozano, Terelu Campos, Quico Matamoros– expresaron unánimemente su rechazo. "Se ha humillado al pueblo español", "la justicia no es igual para todos", "Urdangarin nunca pisará la cárcel", fueron algunas de las cosas que allí se dijeron.

Las otras noticias clamorosas que han marcado la crónica judicial de los últimos días han tenido un impacto menos masivo. Lo importante es lo de la hermana del Rey y su marido. La monarquía saldría hoy muy mal parada en una encuesta sobre su aceptación popular. A la gente no le gustó que la infanta saliera de rositas en la sentencia, muy pocos se creyeron lo de que ella no sabía nada, pero los más de seis años que le cayeron a su marido calmaron bastante la indignación. Pero que no le hayan pedido un duro por seguir en libertad y, sobre todo, que le hayan permitido seguir viviendo en Suiza –un nombre que en el acerbo popular suena a dinero sucio, a corrupción, a robo– ha desatado la ira. La sentencia tenía trampa, y ésta ha salido a la luz una semana después. Ahora no pocos expertos temen que los recursos liberen definitivamente a Urdangarin de la prisión. Que en los mil folios de la sentencia haya materia, bien disimulada, para conseguirlo.

Es imposible saber a qué conduce este estado de ánimo, cuándo y cómo se pasará la tormenta, pero es un dato político que puede pesar mucho en el futuro político. El sistema, del que la monarquía es la clave de bóveda, ha sufrido un golpe fortísimo que las sonrisas y buena manera del rey Felipe no van a poder paliar por mucho que se esfuerce, por muchos montajes que le preparen. La credibilidad de la institución está bajo mínimos y lo peor es que también lo está la de la justicia, que debía ser el gran contrapeso de los desmanes de los poderosos y que a los ojos de la gente corriente hoy aparece como un instrumento a su servicio.

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¿Posverdad o posneoliberalismo?

Posverdad será la palabra del 2016, pero, ciertamente, es muy antigua.

El diccionario Oxford destacó como palabra más usada del 2016 el concepto posverdad. La definición viene a decir que es el hecho o circunstancia en que la verdad objetiva tiene menor peso en la formación de la opinión pública que las llamadas a las emociones o creencias personales i. Pues será la palabra del 2016, pero, ciertamente, es muy antigua. No sé si recuerdan momentos tales como:

Lean un artículo de José Antonio Griñán en El País, 26/01/1994, justificando la Reforma Laboral del 1994.

Los García y el euro, la moneda que nos iba a beneficiar a todos, 01/01/2002. Vídeo.

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La Justicia es igual para todos los que se la puedan permitir

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Urdangarin, a la salida el jueves de la Audiencia de Palma de Mallorca.

Pocas veces las declaraciones públicas de los jueces son carne de titular, por aquello de que no deberían poner en peligro su imagen de imparcialidad si cuentan lo que saben. Pero un día el presidente del Tribunal Supremo se animó a dejar más desnuda que una actriz porno a la célebre imagen de la Justicia como una mujer con la balanza en una mano, la espada en la otra y los ojos tapados.

Fue en octubre de 2014 cuando dejó claros cuáles son las prioridades de la Justicia española: "Tenemos un modelo de organización criminal que está pensado para el robagallinas pero no para el gran defraudador, no para los casos como los que estamos viendo ahora donde hay tanta corrupción", dijo Carlos Lesmes. 

Esa es la frase que aparece en el teletipo de EFE, aunque supongo que hay un error de transcripción. Lesmes está hablando del sistema de justicia penal. No está pensando en que la Justicia sea una "organización criminal". La cosa está mal, pero no tanto.

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El 23F de la justicia española

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Iñaki Urdangarin, a su salida de la Audiencia de Palma este miércoles 23 de febrero.

Mientras algunos mirábamos al cielo soñando con Trappist-1 y las posibilidades de que en otra galaxia a 40 años luz haya algo parecido a lo que aquí llamamos vida inteligente, en este ibérico rincón de nuestro planeta Tierra siguen pasando cosas increíbles, indignantes y verdaderamente tristes.

Este jueves, 23F, le ha tocado el turno a la justicia. Consumado el golpe de mano del ministro Catalá para poner firmes a los fiscales, nos enteramos a través de una entrevista de Pepa Bueno en la Ser que el recién relevado fiscal superior de Murcia, Manuel López Bernal, vive desde hace meses rodeado de amenazas y presiones, a él y a su familia. Y que las ha denunciado. Y que no solo no le han hecho caso, sino que se lo han quitado de encima. Quizá ser el fiscal responsable de la investigación que afecta a Pedro Antonio Sánchez, presidente del PP de la Región de Murcia, pueda tener algo que ver con ambas cosas: las amenazas y la destitución.

No sabemos cómo olerán los exoplanetas recién descubiertos, pero nuestra Tierra y en concreto parte de nuestro sistema judicial empieza a desprender un aroma inquietante. El de la sospecha.

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Quienes más incitan al odio, enaltecen el terrorismo y humillan a las víctimas

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Desde hace algún tiempo tengo la sospecha de que se están cometiendo delitos de incitación al odio, enaltecimiento del terrorismo y humillación a las víctimas, pero no sé dónde denunciarlos. Creo que son flagrantes y encajan al pie de la letra con la definición que el Código Penal hace de esos delitos, pero no sé a qué juzgado acudir. A ver si hay algún abogado en la sala que me pueda ayudar.

Si fuesen chistes, títeres, canciones o tuits sería facilísimo: no tendría ni que denunciar, pues fiscales y policías no necesitan que nadie se lo pida para descargar todo el peso de la ley sobre tuiteros, chistosos, raperos, titiriteros o concejales. Yo ya he perdido la cuenta de los detenidos, denunciados, juzgados y condenados, siempre por los mismos delitos: odio, enaltecimiento, humillación. El último, esta misma semana, un chaval mallorquín al que un puñado de versos antimonárquicos le costarán tres años y medio de cárcel.

Pero no, no hablo de raperos ni tuiteros: quienes con más insistencia incitan al odio, enaltecen el terrorismo y humillan a las víctimas son algunos fiscales, jueces y responsables policiales, con la ayuda del Gobierno y de un código penal que permite esos disparates. La sentencia del Supremo que condenó a César Strawberry decía que sus mensajes "alimentan el discurso del odio, legitiman el terrorismo y obligan a la víctima al recuerdo de la lacerante vivencia…". ¡Pero si es exactamente lo mismo que hace la maquinaria policial-judicial con sus acciones desproporcionadas! Déjenme que lo explique.

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