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Grecia 2020 (una especulación)

Artículo copiado de Wikipedia el 12 de marzo de 2020

El 5 de julio de 2015, se produjo un referéndum en Grecia con el objeto de decidir su continuidad en Europa. Contra todo pronóstico, la votación se saldó un empate exacto (4.274.832 votos por el sí frente a 4.274.832 favorables al no).

Esa misma noche, los ministros de finanzas europeos se reunieron de urgencia y permanecieron mirándose los unos a los otros sin decir nada durante veinte minutos. Fue el español Luis De Guindos quien rompió el hielo sugiriendo prender fuego a Grecia, propuesta que encontró un apoyo mayoritario pero que finalmente fue desestimada por contravenir el protocolo de Kioto.

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Vientres de alquiler: consecuencias éticas y jurídicas

La maternidad subrogada suscita debate.

En los últimos meses las personas favorables a la, eufemísticamente, denominada  "gestación subrogada" expresaban, a través de los medios de comunicación, que era urgente abrir un debate sobre esta práctica. La campaña "NoSomosVasijas" se ajusta, pues, a ese petición de debate.

Sin embargo, por la reacción que ha suscitado pudiera pensarse que la petición de debate no era tal y que lo que realmente se demandaba era que la sociedad española aceptara, como normal  y sin más, la práctica de alquilar vientres, puesto que para algunas personas es el único modo de acceder a la maternidad/paternidad.

Para los defensores del alquiler de úteros para la gestación de hijos en favor de terceros, el deseo de ser padres, enmarcado en el ámbito de la libertad individual, ha de ser condición suficiente para su regularización, minusvalorando las consecuencias éticas y jurídicas de esa práctica.

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Yo voy con Grecia

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No es la economía, idiota. La crisis griega es una cuestión más política que económica por mucho que traten de convencernos de lo contrario. Todo problema tiene varias soluciones y es una decisión del Eurogrupo intentar imponer a Grecia una única salida: la que dicta la Troika. El rapto de Europa por los mercados. Para ellos nunca hay más alternativa que la suya, así que no hay alternativa. Si dicen que los griegos tienen que tirarse por el Monte Taigeto desde el que los espartanos lanzaban a los delincuentes, a los traidores y a los niños no aptos, los políticos europeos se ofrecen gustosamente a darles el empujón. Y esto es lo que han hecho, ordenar que sean arrojados al pozo de la austeridad como si fueran deshechos, vulgares ladrones, traidores al dios financiero.

Tsipras ha hecho lo que tiene que hacer un presidente de una democracia y lo único que podía hacer para seguir siéndolo: preguntar a su pueblo en un referéndum. Parece una locura en estos tiempos pero era lo más sensato. Fue votado para oponerse a la austeridad, no tiene la legitimidad de una mayoría absoluta para elegir por su cuenta y una decisión tan crucial debe consultarla. Si hubiera aceptado las condiciones de la Troika, habría tenido que dimitir. Si los griegos eligen aceptar el plan europeo, ha insinuado que lo hará para convocar elecciones. Es su manera de presionar a los suyos, claro, pero también un compromiso. La democracia otra vez viene de Grecia. Me das un ultimátum, te doy un referéndum. Es una mezcla de espíritu ateniense y espartano. Espartanos, si tenemos que morir que sea matando. Atenienses, si vamos a pelear que sea con el voto en la mano.

El Eurogrupo ha reaccionado muy deportivamente tirando de la soga mientras empuja con el pie la banqueta. Quiere ver hasta dónde se tensa la cuerda y cuánto resiste el cuello de los griegos. Ha decidido cancelar la ampliación del rescate que tendría que haberse producido hoy si el gobierno de Tsipras hubiera aceptado las cláusulas que querían imponerle. ¡Pero luego dicen que el chantaje lo hacen los griegos! Hay varias perversiones en el discurso de nuestros mandatarios. Primera: te estamos dando dinero, no puedes proponer cómo devolverlo. Entonces no son condiciones, son órdenes. No es un rescate, es un secuestro y ésta es la nota de los secuestradores: “Tenéis dos opciones: os morís para pagarnos u os matamos para que nos paguéis. Vosotros elegís”. Tsipras ha elegido desafiarlos. Hombre, me echas a los leones, te echo encima a los helenos.

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Cuando ya no temes ni al corralito

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Foto: EFE

Ya no nos acordamos, pero hace tres años corrió el rumor de un inminente corralito en España. ¿Lo recuerdan? Al comienzo del verano de 2012, en plena turbulencia bancaria, tras el susto de Bankia y con la prima disparada, echó a rodar la bola del corralito español. Y no fueron conspiranoicos, sino gente con premio Nobel que avisaba de un verano dramático, con Grecia fuera del euro y colas en los cajeros españoles. La mayoría no nos lo tomamos muy en serio, pero conozco a varios que sacaron los ahorros del banco por si acaso.

Y es que el corralito, aunque tiene nombre de canción de Georgie Dann, es una de nuestras peores pesadillas contemporáneas. Estamos acostumbrados a consumir ficciones apocalípticas pobladas por zombies, guerras nucleares e invasiones extraterrestres, cuando en realidad el fin del mundo más terrorífico no necesita más que un cajero en la esquina, una enorme cola de gente desesperada, y falta de efectivo.

El corralito es el Terror con mayúsculas, ese con el que nos han asustado varias veces desde el comienzo de la crisis: “Pórtate bien o vendrá el corralito”. “Hacemos recortes y contrarreformas para evitar el corralito”. “Si gobiernan los populistas, acabaremos en el corralito”.

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Cómo ser mujer en verano

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Mujer, un año más, ha llegado el verano. Por un lado, genial: calorcito, playa y cervecitas en terrazas. Por otro lado, mal: con la ropa de verano se te ve la celulitis de los muslos, en la playa haces reflejo porque estás más blanca que la luz al final del túnel y la cerveza te la has quitado con la operación bikini.

No pasa nada, aquí te enseñamos cómo poder disfrutar del verano sin morir en el intento:

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No es que Grecia no quiera pagar, es que no puede

Alexis Tsipras durante el discurso que ha pronunciado tras finalizar la reunión del Consejo de Ministros el domingo.

El anuncio del referéndum sobre las negociaciones de la deuda pública griega ha provocado un terremoto político cuyas consecuencias, en este momento, todavía son difíciles de evaluar. Uno quiere pensar que la situación aún es reconducible, pero quizás estemos dejando de ver Europa como la conocíamos hasta ahora.

No cabe duda de que la abrupta convocatoria, en medio de una ronda de negociaciones, es una derrota política en toda regla para el Eurogrupo. Y no porque no se pueda consultar a los ciudadanos griegos sobre el devenir de su país en el proyecto europeo, sino porque pone de manifiesto que muchas cosas no se han hecho bien durante demasiado tiempo. Las magníficas crónicas de corresponsales en Bruselas como Pablo Rodríguez o Claudi Pérez (El Mundo y El País, respectivamente), nos han transmitido casi en tiempo real lo que ha venido sucediendo. Nadie podrá decir que hemos llegado a este punto por sorpresa.

Queda la sensación de que en el Eurogrupo no se ha hablado seriamente de economía y que los aspectos ideológicos, junto con diferencias personales, han prevalecido sobre el interés general. La arrogancia y el despecho no deberían tener sitio en unas negociaciones de cuyo resultado depende el bienestar de millones de griegos y el futuro de un proyecto común de transcendencia histórica. Una generación de políticos ha quedado retratada para la posteridad.

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La libertad es algo que un día te llega

Lo dice una voz sugerente y candorosa, tipo sombra de Grey, en un anuncio de Loterías y Apuestas del Estado. Y vuela la imaginación paladeando esa grandiosa palabra, libertad, que da sentido al ser humano. Pero enseguida un hombre, con tono prepotente, casi fanfarrón, aclara: "No tenemos sueños baratos". Y ahí sí lo entendemos todo: la libertad y los sueños –para el PP, que gestiona esa empresa, aún con mayoría pública– son el dinero.

Forma parte de un concepto de la vida basado en la riqueza material que prende en numerosas capas de una sociedad sin valores. El dios calvinista ya situó, recién nacido, al dinero entre las virtudes que llevan al cielo, parece que ahora, en la práctica, también el católico. El que abraza ese poder híbrido, ultraliberal, intervenciionista y extremadamente conservador, que nos atenaza. El que lleva todo el día la libertad en la boca y fulmina a quienes la utilizan.

Es cierto que hay pocas cosas más terribles que carecer de los medios para acceder a las necesidades básicas.  Y que, con estas políticas, cada vez más personas caen en esa bolsa de impotencia. El dinero ayuda al bienestar pero es preciso algo más que dinero para lograrlo. Lo más grave es situarlo como eje y razón de la existencia. 

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El día que Méndez de Vigo se burló de mí

En España siempre hemos tenido un problema esencial: siempre hemos sido más papistas que el Papa. Ya no me refiero a la defensa de la Fe Romana, la Contrarreforma y la lucha contra los herejes, sino más bien al europeísmo y a ir plus ultra antes que los demás. Precisamente en Roma, en octubre de 2004, los jefes de Gobierno de los estados miembros de la Unión Europea firmaban un tratado por el que se establecía una Constitución para Europa. Nuestro presidente de aquel entonces, Rodríguez Zapatero, decidió convocar un referéndum, deprisa y corriendo, para conocer la opinión de los españoles acerca de esta materia. La fecha que se fijó fue para el 20 de febrero de 2005 y con una participación irrisoria del 42%, los españoles por amplia mayoría del 76% ratificaron el acuerdo que pocos meses el Gobierno había aprobado. ¿Qué recordamos de aquel tratado? Pues prácticamente nada. Se repartieron en los coles ejemplares de la nueva Constitución, se nos dijo que íbamos a ser más felices y que íbamos a comer más perdices y que tarde o temprano, terminaríamos convergiendo en derechos, salarios y libertades con los países del Norte de Europa. Ya claro, cacahué.

No recordamos nada porque el Tratado de la Constitución se desechó tras los referéndums en Francia y en los Países Bajos en ese mismo mayo de 2005, cuando con un 54% y un 61% de los votos nuestros vecinos de arriba rechazaron este acuerdo. Sin embargo no nos adelantemos a los acontecimientos a los que el título de este artículo se refiere.

Corría el mes de abril de 2005, en plena campaña del Referéndum sobre la Constitución Europea en Francia, cuando yo mismo, entonces un joven maño imberbe con trenza jedi y alumno de Políticas de la Complu, cuna de grandes líderes y próceres irradiadores, me encontraba en Estrasburgo, en el salón de actos del IEP de Sciespo. Allí rodeado por decenas de alumnos, terminé escuchando al actual ministro de Educación y Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, entonces (y desde 1992 hasta esta semana) europarlamentario del Partido Popular y miembro de la Convención encargada de elaborar la Carta de Derechos Fundamentales, que alababa las virtudes y bondades de la Constitución y de la Unión Europea y pedía a los jóvenes gabachos que votasen por el OUI, d’accord?.

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¿Es tan difícil ser un periodista decente?

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Llevamos años hablando de la corrupción de los políticos. De su falta de transparencia. De cómo una vez llegan al poder, muchos se olvidan de sus compromisos con los ciudadanos que les han elegido y parece que solo se dedican a trabajar para conservarlo. Y de cómo una vez que lo pierden, casi siempre salen más ricos de lo que llegaron o colocados a dedo en grandes empresas “casualmente” relacionadas con los puestos que ocuparon.

Pero hablamos muy poco de lo nuestro, de periodismo, de la esencia verdadera del oficio, de la necesidad de que esté al servicio del público, de lo importante que es la decencia en todo el proceso informativo.

Sí, ser un periodista decente se está convirtiendo en algo cada vez más complicado. “¡Cualquiera se mete hoy en un despacho para protestar por algo!”, me decía ayer mismo desconsolada una periodista de raza sobre la situación en su medio, uno de los grandes.

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Dejen que Grecia vote en paz

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Quien pretenda entender la situación de Grecia exclusivamente desde la economía se encontrará con que no puede entender casi nada: varios planes de rescate y miles de millones de euros inyectados desde que comenzó la crisis; el gobierno político de la economía intervenido desde que se implantaron esos planes de rescate; las condiciones de vida de la población en una espiral de deterioro sin freno ni suelo sobre el que aterrizar; la Eurozona hablando de prevenir riesgos de contagio, como si en Grecia hubiera una epidemia de ébola, en lugar de preocuparse de sanar de una vez por todas una economía a la que ha aplicado coactivamente una medicina que está terminando con el enfermo.

Nada de esto puede explicarse desde la economía porque lo que cualquier economista que no introdujera sesgos políticos o juicios morales en su análisis está obligado a reconocer es que la deuda pública griega es impagable y que, por lo tanto, necesitará tarde o temprano de una reestructuración; y que, además, no ha existido en la historia ningún caso de acumulación de superávits primarios tan grande y prolongada en el tiempo como para poder enjugar la deuda pública griega y llevarla a los niveles que exige el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Y si todo lo anterior lo sabe cualquier economista la cuestión que hay que dilucidar es cómo el Fondo Monetario Internacional, es decir, la misma institución que reconoció que había sobreestimado el efecto contractivo de la austeridad en Grecia, ha sido capaz de forzar la ruptura del acuerdo al que prácticamente se había llegado en la última reunión del Eurogrupo. Una ruptura provocada porque le seguían pareciendo insuficientes las medidas de austeridad ofertadas por el gobierno griego y que sí parecían suficientes al resto.

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