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Grecia contra el capital

Uno de los mitos bíblicos más extendidos en la cultura popular es el de la batalla de David contra Goliat. Como es sabido, el mito describe la valentía de un pequeño hombre que fue capaz de enfrentarse con éxito a un gigante, siendo una de sus moralejas que hay batallas que aunque parezcan imposibles pueden resolverse de forma favorable para el más débil. Un mito para alimentar la ilusión de los pueblos que enfrentan importantes amenazas.

Sin embargo, la historia ha demostrado que lo normal es que ocurra lo contrario. Es decir, que el gigante aplaste al débil. Aunque haya eventos históricos y heroicos en los que los débiles y los justos salen vencedores, lo habitual es que la correlación de fuerzas, sea militar o política, determine por encima de criterios tales como la bondad, la justicia o la verdad. En el libro Los hundidos y los salvados el escritor italiano Primo Levi describió con horror cómo tras su experiencia como superviviente de un campo de concentración nazi aprendió que los salvados no fueron los mejores sino los egoístas, los violentos, los colaboradores. Los mejores, los de las heroicidades, los comunistas y los solidarios acabaron todos muertos. Una dura forma de acabar con el optimismo modernista y su fe en el progreso de la historia, pero también de entender que las estructuras del sistema, sea económico o político, pueden ser impenetrables la mayor parte del tiempo.

En cierta medida la suerte de la reciente batalla política entre el gobierno de Grecia y el Eurogrupo estaba decidida de antemano. No por la menor habilidad de los dirigentes griegos, como algunos análisis de enorme pobreza quieren hacer creer, sino por la situación estructural de sus economías y, por lo tanto, de sus Estados. La explicación última del resultado se encuentra no en las posiciones tácticas a lo juego de tronos sino en las razones estructurales que conforman y determinan los límites del tablero político. Y esas razones estructurales son, desde luego, económicas.

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"La vida es una guerra, amigo"

Sentada frente al mar Mediterráneo, en una playa perdida de la costa almeriense, repaso mentalmente el curso que dejamos atrás y las fases que lo atravesaron, algunas históricas, otras vertiginosas y muchas ya pasajeras y viejas a causa del ritmo frenético que nos marca la política.

No ha sido un curso fácil y sin embargo lo ha cambiado todo. La incógnita es, aún a día de hoy, si la historia reducirá lo ocurrido a una simple válvula de escape por la que pudimos soltar la indignación acumulada o si realmente lo construido se traducirá en una transformación política mayor, tan necesaria.

Dice el catedrático de la Universidad de Berkeley David Card,- reciente Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA - que hay mucha mayor desigualdad de lo que la gente piensa: “No creo que la mayoría sepa realmente lo grande que es la diferencia con los más ricos”. Los ricos, a excepción de algunas estrellas de Hollywood y algún despistado, se prodigan poco en los medios, evitan ser fotografiados y ocultan su ritmo de vida. Si lo conociéramos y viéramos de cerca es probable que algunos sectores que aún se creen clase media se escandalizaran.

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El hundimiento popular

Como todo el mundo sabe, porque es la verdad verdadera, Esperanza Aguirre destapó la trama Gurtel. Sin embargo, al parecer, la trama Púnica escapó al ojo incansable de la Lideresa que todo lo vigilaba, como el ojo de Sauron pero con más fuego y azufre.

Mientras ejercía como presidenta de la Comunidad de Madrid andaba demasiado ocupada denunciando valientemente los abusos de aquellos jubilados que hacían acopio de paracetamol sólo porque les salía gratis, o la vagancia de esos maestros que apenas trabajan veinte horas a la semana o la caradura de esos médicos del sistema público que luego se forran en el privado cuando rematan sus turnos de 24 horas.

Cuando dejó el cargo de presidenta, para dedicarse a las carreras de velocidad en circuitos urbanos, tampoco tuvo un minuto libre para indagar cómo alcaldes y altos cargos de su partido saqueaban las arcas de muchos ayuntamientos de Madrid. Se hallaba absolutamente concentrada en impedir que España acabe convertida en Venezuela mientras rastreaba el TL de la cuenta de Twitter de Zapata y decidía que más vale ser puta que nazi.

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Paco para los amigos

Francisco Granados, Paco para los amigos, era un político peculiar. Simpático y hablador, un jeta, siempre era el último en abandonar los saraos. Una vez fui a la copa de navidad que ofrecía la Comunidad de Madrid a los periodistas; una cita que servía para coincidir con los miembros del Gobierno y hablar de la situación política en un ambiente más distendido del habitual. El último consejero en abandonar el local fue Granados. Al año siguiente no pude ir, pero me contaron que también. Incluso en una ocasión en la que coincidí con él en una comida con otras cinco o seis personas, creo recordar que glosó las posibilidades nocturnas de Valdemoro y nos contó algunas de sus teorías sobre las mujeres, que no voy a desarrollar aquí para no ofender. Desconozco si en aquel momento ya tenía pinchado el teléfono, pero si alguna agente escuchó algo similar, seguro que blasfemó y pensó lo mismo que yo. Siempre oí decir que al exsecretario general del PP de Madrid le gustaba mucho la fiesta. Ahora sabemos que tuvo que ser muy feliz, porque su vida era una juerga perpetua.

Francisco Granados, Paco para Esperanza Aguirre, perteneció a un gobierno en el que se espiaban unos a otros. Fue precisamente en su casa donde se grabó aquella conversación en la que comentaban que los guardias civiles que habían negado los hechos antes el juez se merecían “un volquete de putas”. Desconozco si Granados fue también receptor de algún volquete y de qué era, pero en uno de sus cumpleaños había “2.500 euros en canapés y otras cosas que se le llevaron”. Fueran lo que fueran esas “cosas”, no las pagó él. Según se recoge en el sumario de la ‘Operación Púnica’, las fiestas en su casa de campo las pagaba un empresario, que luego se presentaba a los concursos públicos y los ganaba. Todos estarían deseando que Granados cumpliera muchos más…

El sumario judicial es un auténtico escándalo, grotesco, vergonzoso, indignante. Pero no es menos grotesco recurrir a la hemeroteca para ver con qué ímpetu se presentaba Granados en las televisiones como un hombre de trayectoria intachable, profundamente molesto con la corrupción del PP. Es alucinante recordar la vehemencia con la que negaba sus cuentas en el extranjero. “Tenía una cuenta en Suiza –admitió–, pero la cerré antes de entrar en política”. Un sábado, en ‘La Sexta Noche’, Granados se mostró molesto porque por culpa de Bárcenas, estaban metiendo en el mismo saco a todos los dirigentes del PP. Con un par. Ahora, nos dicen desde Génova que están “abochornados e indignados” por este caso de corrupción. Seguramente, han aprendido y por eso ahora han reaccionado con contundencia y celeridad. Pero más abochornados e indignados estamos nosotros, los ciudadanos, que no ascendimos a Granados a secretario general del PP de Madrid ni a la Consejería más poderosa del gobierno regional. Nos dicen que Granados ya tiene “cara de talego”. Pero no es suficiente. Hay también responsabilidades políticas. Algo tendrán que decir los cazatalentos, los que –aunque ahora lo nieguen– le llamaron Paco hasta el último suspiro.

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Los corruptos son del PP, pero dicen que se están quitando

Francisco Granados, Esperanza Aguirre e Ignacio González, en una imagen de archivo.

Resulta casi enternecedor ver cómo le crecen las ojeras a Pablo Casado cada vez que tiene que salir a enjaretar mentiras con la penúltima entrega de la corrupción del PP.

Antes de darse un baño en las aguas del Jordán patrio, Rajoy nombró una flota de tertulianos jóvenes –por este orden–, para que fueran a las teles; pero a esta nueva efebocracia sin corbata le están saliendo, en tiempo récord, patas de gallo, Púnica tras Púnica, trola tras trola.

Ni los mariachis del PP son capaces de defender a un Granados ("volquete de putas"), a un José Miguel Moreno ("tocándome los cojones, que para eso me hice diputado"); siendo Granados hombre de máxima confianza de Esperanza Aguirre durante años y Moreno diputado en la Asamblea de Madrid cuando controladora Esperanza estaba en el cénit.

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Guía para esquivar la Ley Mordaza

Es posible que sienta usted el irrefrenable deseo de ejercer su libertad de expresión pero ande un poco justo de dinero. Si es así, debe tener en cuenta que, mediante la aplicación de la Ley Mordaza, expresar sus ideas podría desbaratar su presupuesto estival. Pensando en usted, esta sencilla guía le ayudará a sortear las trampas legales de tan restrictiva norma.

Si, por ejemplo, desea usted denunciar la flagrante manipulación del Telediario, le recomendamos fórmulas tales como: “¡Hay que ver cómo ha mejorado la ficción española en pocos años!”

Si lo que le hierve a usted la sangre es que, según numerosos indicios genealógicos, el partido en el Gobierno sea un spin-off de la cuadrilla tardofranquista, alabe usted su capacidad de reinvención constante. Clame: “¡qué innovadores los fachos, que tras matar a mi abuelo ahora me bajan el IRPF! ¡Ojalá todas las empresas españolas fuesen tan creativas!”

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Esto se ha hecho toda la vida

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Foto: EFE

El déjà vu de la corrupción. Ahora la Púnica, como un mal remake de todas las tramas anteriores. Esos pinchazos telefónicos ya los hemos oído en la Gürtel. Ese compadreo, esas bromas chabacanas, las vimos en el caso Brugal. Los registros que sacan obras de arte, dinero en metálico y piezas de caza ya estaban en la Malaya. Esa querencia por los puticlubs recuerda al caso de los ERE. Cuentas en Suiza, Bárcenas. Financiación de partidos, un clásico. Las fiestas de cumpleaños con castillos hinchables, homenaje a las que disfrutó Ana Mato. El tal Marjaliza es un conseguidor que parece salido de la misma escuela de pillos que Correa, el Bigotes, Millet, los Pujol junior o el ex sindicalista Juan Lanzas. Y los alcaldes de pueblo que amañan concursos continúan una larga estirpe de corruptos locales.

Y solo comparo con casos recientes, de la última década. Si retrocedemos unos cuantos años, más de lo mismo. Te coges cualquier caso de corrupción de los noventa, cuando el PSOE era el eje del saqueo como hoy lo es el PP, y parece que hablamos de ayer mismo: conseguidores, amaños, regalos, pinchazos telefónicos grotescos, cuentas suizas, financiación ilegal, cacerías y volquetes de putas.

Seguimos tirando hacia atrás del hilo de la corrupción, y llegamos al Franquismo. Entonces no había operaciones de la Guardia Civil ni jueces de la Audiencia Nacional, ni investigación periodística; pero lo que conocemos no es muy diferente. El gran Sazatornil intentando vender telefonillos en una montería, tal como lo retrató Berlanga, no desentonaría nada si lo hubiesen pillado ayer mismo en la Púnica. Y no seguiremos el paseo histórico, pero el caciquismo y clientelismo de la Restauración también tuvo sus Granados y Marjalizas.

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Trabajando para que nada cambie

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El paquete incluye elementos altamente tóxicos, pero todo vale cuando se persigue un fin deseado, como definía Maquiavelo. Estamos inmersos en un tórrido verano electoral donde cualquier trampa vale para conseguir el objetivo. Algunos se están dejando en el empeño hasta el prestigio. La meta –buscada o sobrevenida- es que nada cambie en esta España récord en desigualdad y despropósitos que, sin embargo, tanto gusta a lo que llaman “el dinero”.

La trama Púnica del PP nos demuestra que no se cortaron ni un ápice con las macrocausas de corrupción previas como la Gürtel: ese mismo fangal está acreditado hasta las recientes elecciones municipales, y se sospecha llega hasta hoy mismo.

En resumen, han entrado en las arcas públicas a saco, llenando sus bolsillos de todo lo que fuera susceptible de ser afanado. Bolsillos, cuentas corrientes, zulos y maletas para Suiza. Andan de por medio jueces, empresas públicas, medios. Han mentido, extorsionado, robado y quién sabe qué más. Presuntamente. Las manzanas podridas del PP, nos dicen sus portavoces, dejan impoluto el cesto y les llenan de bochorno (no tanto como a nosotros). Pero, sin duda, harían caer gobiernos y partidos en cualquier país serio, con una sociedad decente. Aquí, Salvador Victoria, alto cargo del PP de Madrid, sentencia la frase definitiva: “ Esto se ha hecho toda la vida y nunca ha pasado nada”. Y no le falta razón. Esto es España.

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Cómo se seduce a una feminista

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Desde que escribo en este diario sobre feminismo, he recibido muchos mails de hombres con dudas sobre la seducción con preguntas como “Si no podemos acercarnos, ¿cómo hacemos para seducir a una mujer sin caer en el machismo?”, “Si hablar con una mujer es ya tachado de machista, ¿cómo vamos a tener relaciones? Nos extinguiríamos”. Incluso en una entrevista me hicieron la misma pregunta. Algunos lo preguntan algo molestos, otros con verdaderas ganas de obtener una respuesta que les solucione la papeleta.

Lo cierto, es que las personas que se involucran en la lucha feminista, no tienen necesariamente que tener un manual con pautas que solucionen los problemas de seducción de los hombres, o de algunos hombres, ya que estoy segura de que a muchos otros estas preguntas a las que hago referencia les chirriarán tanto como a mí.

Pero no hace falta tal manual para contestar estas cuestiones, aunque sospecho que, en el mejor de los casos, es lo que muchos de ellos esperan al escribirme. O intentar plantear un falso dilema para que quede demostrado que si el feminismo imperara, nos extinguiríamos, echando por tierra el argumentario contra el patriarcado.

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El Tribunal Constitucional quitará nombres de sus sentencias

En pleno auge del llamado " derecho al olvido", el Tribunal Constitucional ha publicado en el Boletín Oficial del Estado los criterios que tendrá en cuenta para excluir de sus sentencias la publicación de nombres y apellidos, situaciones personales, así como cualquier referencia que pudiera identificar a una persona concreta.

El Tribunal asume, de oficio, la obligación de preservar en sus sentencias el anonimato de los "menores y personas que requieran un especial deber de tutela, de las víctimas de delitos de cuya difusión se deriven especiales perjuicios", y el de personas que no sean parte del procedimiento.

También se permite que quien sea parte de un proceso que se esté tramitando ante el Tribunal Constitucional solicite con antelación y de forma justificada que no se haga público su nombre y situación personal. El Tribunal accederá a ello (por la petición que se le haga o incluso de oficio), cuando se justifique que la exclusión está justificada "por resultar prevalente el derecho a la intimidad u otros intereses constitucionales".

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