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¿Le pasa algo a la Universidad española?

Vista del aula magna de la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense.

La pregunta es retórica. Obviamente, a la Universidad española le pasan cosas, y muchas merecen atención. La Universidad española adolece de múltiples problemas. Se ha hecho habitual señalar que los más importantes derivan de sus estructuras de gobernanza, que conducen al clientelismo y la endogamia. No seremos nosotros, que alguna vez hemos padecido en carne propia las consecuencias de esas prácticas, quienes quitemos razón a los que lo argumentan.

Pero en el mapa de problemas del sistema universitario español hay muchos otros sobre los que posar la mirada. Hay analistas que apuntan a la falta de recursos para investigar, o para enseñar (grupos-aula demasiado grandes para ofrecer atención personalizada, ausencia de profesores asistentes). Otros observadores destacan la falta de incentivos. La Universidad no atrae talento, claman en algunas banderías. O lo expulsa. O lo quema, asfixiado por la carga de trabajo burocrático. Están los que destacan los graves problemas de dualización laboral de las plantillas, fragmentadas entre profesores estables y bien pagados y otros con carreras laborales precarias. También están los que creen que el problema es la desconexión entre las enseñanzas que los estudiantes reciben en la universidad y las demandas del mercado de trabajo.    

Elijan el relato que quieran, o varios y combínenlos. Elíjanlos todos si quieren, recorten las puntas, salpimenten con anécdotas. Seguro que la radiografía resultante merecerá ser atendida. La Universidad está aquejada de muchos problemas, y son muchas las posibilidades de poner el foco selectivamente en los que más nos perturben o encajen en nuestras premisas ideológicas.

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Elogio de la libre información

Efectivos policiales en el lugar del atentado de La Rambla de Barcelona.

Muchas veces pienso que sería mucho mejor que dejáramos de actuar como si las redes sociales fueran la vida. Ciertamente creo que nos ocupamos demasiado de ellas. A fin de cuentas, de los millones de personas que se han informado en días pasados sobre los trágicos atentados de Catalunya, ¿cuántos lo han hecho a través de redes sociales y cuántos por los medios tradicionales? En Europa estamos lejos aún de las disfunciones que está produciendo en Estados Unidos ese número ingente de votantes cuya fuente principal de información es Facebook. Las consecuencias de este cambio de paradigma están ahí, por lo que no es preciso insistir en que son inquietantes.

No obstante, como yo sí andurreo por las redes sociales, me decido a tratar algunos de los mantras recurrentes y machacones, y no por ello más acertados, que han circulado estos días por ellas. Uno de ellos es el de aceptar que la única información buena y aceptable en unas circunstancias tan dramáticas como las de un atentado es la información oficial. El aviso que los Mossos y otras policías hicieron y hacen sobre la no difusión de bulos y la utilización de fuentes oficiales entiendo que se refiere a los ciudadanos en general. Muchos lo tomaron al pie de la letra y emprendieron una especie de cruzada contra los medios de comunicación y los periodistas a los que llegaron a imprecar por dar informaciones que "aún no eran oficiales" en la cuenta de @mossos.  

La intencionalidad del mensaje policial era clara: evitar que las redes se llenaran de mierda. No obstante, me da miedo que los ciudadanos acepten tan fácilmente, y con el ímpetu de una cruzada, que en caso de atentado grave la única información que debe fluir es la oficial y que los medios de comunicación deben acoplarse a ella y al ritmo que las autoridades policiales marquen. Eso, me van a perdonar, no sería una expresión de ciudadanía sino de un tipo de régimen que difícilmente se compadece con la democracia.

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La culpa es de los asesinos

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Varios personas son atendidas en el lugar del atentado en La Rambla.

Buscar culpables es una forma urgente de tratar de encontrar consuelo cada vez que se produce una situación límite en la que se pierden vidas.

Después de la matanza de Barcelona de este agosto salimos todos, no sólo los periodistas, a dar explicaciones. Una matanza menor en número de asesinados, pero mucho mayor en impacto emocional y mediático que el crimen de Hipercor: 21 asesinados a manos de la banda terrorista ETA, hace justo 30 años, un sábado por la tarde, con un artefacto elaborado con escamas de jabón para que se pegaran a las víctimas y las quemaran aún más.

Hay una presunta explicación, cada vez que ocurre una matanza como esta de La Rambla, que me resulta irritante. Parte de la base de que algo habrán hecho las víctimas, y los valores de libertad y democracia que simbolizan, para ser asesinados física y simbólicamente, como los turistas de La Rambla.

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ISIS, una responsabilidad conjunta

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Miembros del ISIS en Siria, en una imagen de archivo.

Tras cada atentado de ISIS, visiones del mundo en dos ejes. Choques de civilizaciones, revisiones de las cruzadas, relatos simplistas y fáciles de digerir que plantean una relación de efecto-causa sencilla y monolítica. Sin embargo, ISIS no se puede combatir sin comprender que esta ideología no es producto de un sólo factor, sino de una multitud de factores que han contribuido, conjuntamente, a la espiral de violencia que se vive globalmente.

ISIS (o Daesh, como se conoce al grupo en árabe) se autodenomina el Estado Islámico de Irak y Siria, y es en esta región donde tiene su origen y donde centran sus aspiraciones territoriales. No se puede entender su nacimiento, en primer lugar, sin la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y sus aliados, la desmantelación de las fuerzas armadas y la fragmentación del país que se llevó a cabo con la justificación de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.  

Tampoco se puede pasar por alto hasta qué punto ha contribuido al auge de ISIS, y sigue alimentándolo, la represión desatada por el régimen de Asad y sus aliados contra manifestantes pacíficos en 2011. A estas alturas cualquier analista que trabaje sobre la región sabe que el régimen sirio liberó entonces de prisión a decenas de combatientes extremistas forjados en Afganistán e Irak (mientras continuaban detenidos líderes de manifestaciones pacíficas), para radicalizar las protestas y crear un "nosotros contra ellos" en el que no hubiese más alternativa que Asad o ISIS. 

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Demagogia: enemigo invisible

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El ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, y el presidente de Gobierno, Mariano Rajoy.

Por fin está llegando a la sociedad más información sobre las raíces del terrorismo.  No se puede separar, como si no tuvieran relación, los atentados de quienes financian el fanatismo yihadista que los perpetra. Pero la vida oficial lo hace con absoluto desparpajo. Los trapos sucios y los muertos en el armario no se mencionan en las reuniones de los notables, ni en las crónicas de los eventos. Y, así, de tanto estirar la hipocresía, la sociedad va a terminar estrangulada.

"El rey que visitó la Barcelona atentada por yihadistas es el mismo rey que visitó la Arabia Saudí que los adoctrina y los capta", escribía Ruth Toledano aquí, marcando la gran contradicción que llevan en el cuerpo con porte airoso gran número de líderes occidentales. Desde España a Francia o EEUU: "Las ganancias económicas que genera son ilegítimas y las pérdidas humanas que provoca, irreparables", añadía. Y no se pueden deslindar por más que lo intentan. Iñigo Sáenz de Ugarte explicaba –una vez más– el mecanismo que conduce de pagar para abonar el radicalismo al caldo de cultivo que lo hace cuajar y materializarse en violencia. Porque eldiario.es y sus periodistas abordan desde hace años, junto con otros pocos profesionales y medios, este tema esencial para entender el trágico fenómeno. De 2015 es este texto de Olga Rodríguez, experta sobre el terreno: " Cómo surge el ISIS, cómo se financia, quiénes hacen la vista gorda".

Y ahí tenemos encabezando a Arabia Saudí, con quien los reyes españoles intercambian besos y regalos, lo mismo que presidentes de gobierno y ministros. O a Turquía, país en manos de Erdogan que está practicando una auténtica purga contra los disidentes ideológicos y al que la España de Rajoy ayuda en su razia. Ha detenido a dos escritores y periodistas que ningún otro país quiso encarcelar para mandárselos, en su caso, al presidente turco que ha apresado ya a más de 50.000 personas.

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Los bolardos del ministro

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El ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido.

Resulta de una frivolidad temeraria la actitud del ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, al sumarse al batallón mediático antiColau de guardia, alimentando el surrealista debate sobre los bolardos mientras inoculan en la opinión pública la falsa ilusión de que la amenaza del terrorismo yihadista se espanta con unos maceteros.

Desmontada la mentira de unas declaraciones inventadas para presentar al president Puigdemont como un monstruo insensible que sólo piensa en el procés, incluso ante este atentado tan terrible, han activado el plan B: la culpa es de la alcaldesa Ada Colau por roja buenista, por progre idiota y por no poner bolardos "porque coartan la libertad".

Pedir responsabilidad a los medios de extrema derecha, que existen entre nosotros aunque no los queramos ver, resulta una tarea tan heroica como inútil; basta con comprobar cómo se lanzan al olor de la sangre fresca. Pero al ministro sí cabe exigirle y demandarle sentido de Estado y una mínima responsabilidad.

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Ingenuos y 'buenistas'

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Un neonazi en una concentración xenófoba celebrada el viernes en Barcelona tras los atentados.

Los salvajes atentados de Barcelona y Cambrils han evidenciado, nuevamente, la profunda ingenuidad con que buena parte de la sociedad española y mundial afronta la amenaza del terrorismo islamista. Los dirigentes políticos, periodistas y opinadores que defienden una respuesta simple a este complejo problema, lo hacen por intereses espurios; ellos saben perfectamente que tomar ese camino no solo no conduce a un mundo más seguro, sino que conllevaría la perpetuación del conflicto y, por tanto, la pérdida de miles y miles de vidas. No les importa que la estrategia sea, por tanto, perversa e ineficaz, mientras les permita ganar adeptos para su causa ideológica y/o les reporte otro tipo de beneficios mucho más materiales.

Lo más triste, si cabe, es ver cómo buena parte del pueblo llano se traga ciegamente esas consignas que prometen soluciones rápidas y fáciles para acabar con el yihadismo. Los muros de Facebook, las TL de Twitter y los grupos de Whatsapp se llenan de mensajes nada inocentes y nada espontáneos que aprovechan la ignorancia de los receptores para reclutarlos e incorporarlos a este verdadero ejército de ingenuos.

Porque sí, los machotes y hembrazas (¿se dice así?) que estos días criminalizan a todos los musulmanes, difunden bulos para generar odio y hasta se ofrecen a coger el fusil, apelando a una nueva Reconquista… o bien son unos mentirosos manipuladores o unos ignorantes y unos ingenuos. No me gusta utilizar estos calificativos tan gruesos, pero me veo obligado a ello porque, paradójicamente, a estas personas les han metido en el cerebro la idea de que poseen la varita mágica para acabar con el terrorismo; ellos creen ser los listos y que, los demás, somos los tontos… los ignorantes y los ingenuos; somos los buenistas. Repasemos algunos hechos para ponerles frente al espejo.

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La política y las distintas maneras de sufrir

Concentración contra los atentados en Catalunya con el rey Felipe VI, Mariano Rajoy, Carles Puigdemont, Ada Colau y otros representantes de la política nacional en primera fila.

Han pasado ya varios días desde que los españoles quedamos atenazados ante el espanto y el desconcierto de la tragedia inexplicable, de la maldad sin límites, de los indiscriminados efectos de la locura. Todavía no estamos en tiempos de explicaciones, de racionalidad fría, porque el duelo tiene su tiempo, la emocionalidad se impone y porque nada racional puede sobreponerse a los sentimientos que ahora vivimos en colectivo.

Asistimos a tiempos de incertidumbre y el humor social es un imprescindible factor a valorar para la gestión política de lo público. No hay mejor situación para darle valor a la emoción pública que la que estamos viviendo estos días. Si bien puede ser demasiado pronto para hacerlo, tratemos de sacar conclusiones que la política debería tomar en cuenta por encima de los intereses partidistas coyunturales. Ninguna situación electoral como la que ahora vivimos en España y en Catalunya puede imponerse a la gestión del humor social, como saben todos los que han perdido elecciones precisamente por haberse equivocado en esto.

Por fin ya no se discute de que en la política la gestión de las emociones forma parte de la gestión de lo colectivo. Se trata de sacar lo íntimo a la exhibición pública para compartir el dolor, en este caso. Expresar las emociones nos permite transcurrir por el dolor de manera más consoladora. ¿Cómo es de sobrecogedora esa imagen de una cámara fija en Las Ramblas en la que se puede ver una secuencia de paseantes en gravedad que, serios y decididos, a la llamada desconocida del sentimiento compartido, aplauden con fervor no sé sabe muy bien a qué pero no parece importar, mientras siguen su camino?

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La paradoja mexicana

El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto.

Pocas economías plantean una paradoja tan grande como la de México. Tras surgir de una serie de crisis macroeconómicas a mediados de los años 1990, México sobrellevó audaces reformas que deberían haber encaminado al país hacia un rápido crecimiento económico. Adoptó una prudencia macroeconómica, liberalizó sus políticas económicas, firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), invirtió en educación e implementó políticas innovadoras para combatir la pobreza.

En muchos sentidos, estas reformas rindieron sus frutos. Se alcanzó una estabilidad económica, la inversión doméstica aumentó dos puntos porcentuales del PIB y el logro educativo promedio creció casi tres años. Quizá los beneficios más visibles se puedan ver en el frente externo. Las exportaciones se dispararon del 5% al 30% del PIB y el porcentaje del PIB que corresponde a la inversión extranjera directa en el país se triplicó.

Sin embargo, donde realmente cuenta –que es en el crecimiento económico y de la productividad en general–, la historia es de una desilusión sustancial. Desde 1996, el crecimiento económico per capita ha registrado un promedio muy por debajo del 1,5% y la productividad total de los factores se ha estancado o ha declinado.

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Después de la tragedia

Decenas de personas rinden homenaje a las víctimas de los atentados en La Rambla de Barcelona.

Cada cual asimila las tragedias a su manera. Hay quien se limita a repetir los lugares comunes: no hay derecho, no somos nadie, se van los mejores. Hay quien no puede evitar hacer chistes y ser cínico y vulgar. Así matan algunos los nervios, dicen los psicólogos, así subliman el dolor, riendo solos entre lágrimas ajenas.

Hay quien se indigna con la naturaleza humana, con la naturaleza en general, porque la muerte no es justa ni pertinente, y hay también quien se entretiene en el funeral buscando ausencias en los bancos, codazo a su acompañante, mira quién no ha venido, qué vergüenza, faltar un día como este.

Hay quien aprovecha el sepelio para indignarse por lo que sea. Personas que, extrañamente alteradas por la tragedia, se vuelven expertas en autopsias, en fases del duelo, en etiqueta funeraria: vaya corona de flores, qué pena de féretro, qué misa tan larga, tan fría, tan impersonal.

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