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A por las terceras

El debate de investidura ha servido para algo: cada vez estamos más cerca de las terceras elecciones. Es en lo único en lo que están de acuerdo representantes de todos los partidos. Los del PP, ante la contundencia de Sánchez, apenas ven ya espacio para que el 'no' termine siendo 'sí'; los del PSOE se han quedado anclados en el pasado, en aquello de que Podemos impidió un Gobierno para echar a Rajoy; los de Pablo Iglesias –fuera de las cámaras- admiten que la relación con los socialistas es difícil y que así no se puede avanzar; y Ciudadanos, aunque se mueva más que el Chiquilicuatre (uno, el ‘crusaíto’; dos, el ‘brikindance’), no tiene votos suficientes para dar a luz un gobierno y además, consideran que Sánchez ha roto ya todos los puentes.

Dicho esto, que no es cosa menor (o, como diría Rajoy, es cosa mayor), hay dos aspectos del debate que me han llamado mucho la atención. El primero es la pésima relación personal del candidato del PP y el Secretario General del PSOE. Todos los políticos con las que he hablado en estos días coinciden en que es incluso peor que la que tuvieron en su momento Felipe González y Aznar. Que ya es decir. Es verdad que eso no es determinante, pero es importantísimo para entender el desprecio con el que se tratan. A Rajoy nunca se le ha olvidado lo que ocurrió en aquel debate electoral en el que Sánchez le llamó “indecente” y él le respondió que era “ruiz…ruin”. A partir de ahí, vinieron otros muchos arañazos, como el de “mi reunión con Rajoy ha sido perfectamente prescindible”. Eso aleja más, si cabe, cualquier posibilidad de acuerdo. El líder del PP, para subrayar esas fobias, no duda en tratar con mucho más respeto a Pablo Iglesias. Y viceversa. No tienen nada en común, pero se caen bien. El uno cree que el otro es un bicho raro y, sin embargo, no se subestiman.

El segundo aspecto del debate que me ha sorprendido –y no es la primera vez- es la falta de reflejos de Rajoy para armar una buena respuesta ante la corrupción. Sabe que va a salir. Sabe que la oposición considera que no es la persona adecuada para regenerar la vida política. Y aun así, se limita una y otra vez a anunciar medidas para combatir a los corruptos; medidas que envía al limbo en cuanto pone un pie fuera del hemiciclo. Rajoy cree que ya lo dijo todo cuando admitió haberse equivocado nombrando tesorero a Bárcenas. No termina de ver lo que fuera de su círculo todos ven: que él siempre estuvo ahí. El error del PP es pensar que, como les siguen votando, el estigma no es para tanto. Que no hay blanqueamiento más eficaz que una noche electoral botando en el balcón, mientras hipnotizan al respetable a golpe de himno latino.

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Ya sabemos que Rajoy no será presidente. ¿Qué viene luego?

Un día se presenta Rajoy, como si fuese un día eterno, nuevamente con su sorna, su cinismo, sus mentiras y utilizando a “la unidad de España” y Catalunya como una porra contra el PSOE pero al día siguiente Sánchez dice “no” y ya estamos en una nueva situación: salvo milagro caído del cielo, Rajoy no será nuevamente presidente en esta legislatura. O bien se vuelve a presentar como candidato a unas posibles próximas elecciones y las gana o ya nunca lo será. En ese caso ya nadie querrá acordarse de él y será una lástima porque aquel niño tímido se transformó en un personaje tan perverso como fascinante.

Gallos y gallinas no deben acostarse con el zorro y Rajoy acabó por transformarse al final de su carrera política en un destructor insaciable que traga todo y también a quien se le acerca. Rajoy, ese aparente hombre sensato, abarca todas los matices de la violencia, desde destruir pruebas a martillazos hasta los engaños y las zorrerías sistemáticas. De la mentira y el descaro hizo sus armas habituales, no es extraño que colocase a Pastor, vecina, amiga y compañera de veraneos, al frente del parlamento para seguir con sus triquiñuelas estos meses.

Pero cuando Sánchez recitó su “no”, desgranando los deméritos del candidato Rajoy, la diputada de Coalición Canaria expresaba en su cara un “tierra trágame” y Rivera mantenía la mirada baja para ocultar sus enormes ojeras de derrota y su mirada vacía que no veía futuro. El trato humillante que le dio a Ciudadanos durante la negociación e incluso el tono displicente con que se dirigió a Rivera sólo es Rajoy limpiándose los dientes con un palillo en plena digestión. A Rivera solo le quedó presentarse como un niño bueno, casi una víctima de un compañero abusón, Rajoy, que le obligó a pactar.

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La momia de Pontevedra

Boris Karloff, candidato a la Presidencia del Gobierno.

La División Acorazada de la Prensa descubrió el martes que está disparando con pólvora mojada. El líder al que propulsan para que España pueda tener Gobierno se reveló como un tipo anodino, mediocre y sin pasión. Tanto tiempo diciendo que este país necesita un Gobierno para afrontar con energía los retos del presente y que deber ser encabezado por Mariano Rajoy, y resulta que su líder carismático demostró la misma energía que un dirigente de la RDA diez minutos antes de que se le cayera encima el Muro de Berlín.

En su escaño, Albert Rivera cerraba por un momento los ojos, adormilado por la insoportable lectura del expediente que estaba escuchando –y nunca antes Rivera ha simbolizado tanto al español que sufre la condena de escuchar a Rajoy– o perplejo por lo que estaba presenciando. El conejito de Duracell se había quedado sin pilas. El tipo nervioso e hiperactivo estaba clavado en el escaño.

La épica defensa que había hecho Rivera del pacto de Ciudadanos con el PP parecía en ese momento una broma de mal gusto. ¿Esa momia rescatada de las catacumbas de Pontevedra va a liderar el mayor esfuerzo regeneracionista que haya visto este país? ¿Va a promover seis, siete, qué digo siete, diez pactos de Estado para sacar a España de la parálisis? 

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El Complemento Salarial de Ciudadanos perpetúa la deflación salarial

Los defensores de la Reforma Laboral del año 2012 en España, básicamente PP, Ciudadanos y la antigua CiU, y por supuesto toda la gran patronal, así como tertulianos de todo pelaje y economistas mediáticos, siguen maquinando cómo defender el hundimiento de los salarios como algo positivo para la sociedad española. Los más estudiados se refieren a que en todas las crisis es lógico que se produzca una reducción del salario agregado, ya que la masa salarial se reduce como consecuencia del aumento del desempleo.

Sin embargo, si uno es medianamente honrado, y se va a las fuentes estadísticas laborales de Hacienda, ya que las del INE son muy malas y provienen mayoritariamente de encuestas, los resultados son concluyentes. El grueso del desplome salarial se ha producido a partir de 2012, justamente cuando entra en vigor la reforma laboral, y no desde 2007 fecha de inicio de la gran crisis. En total, desde 2007 hasta 2014, última cifra de Hacienda, se han perdido en el conjunto de la economía española 38.000 millones de euros en salarios, fruto en parte de la pérdida de 2,4 millones de asalariados. Esta brusca caída de las retribuciones se enmarca dentro de la filosofía que subyacía a la Reforma Laboral: romper y eliminar todo el poder de negociación de los trabajadores, vía destrucción de la negociación colectiva, y así dejar todo el poder de negociación a los empresarios que así elevarían sus beneficios y aumentarían la contratación.

El resultado de esta falacia es contundente. Los salarios apenas crecen, y el empleo lo hace a un ritmo del 3%, sin que se hayan restituido ninguno de los derechos perdidos a raíz de la entrada en vigor de la Reforma Laboral que votaron conjuntamente PP y CiU, y Ciudadanos en el espíritu. Esta reforma estructural garantiza un elemento fundamental al mundo empresarial: la era de la indiciación salarial se ha acabado y ahora el límite inferior es siempre el SMI, congelado a propósito desde hace más de 4 años. Con estas condiciones, el ingreso marginal de los nuevos trabajadores es cada vez más bajo, ya que para el mismo puesto de trabajo, ahora el salario de entrada es más de un 25% más bajo. Esta nueva realidad nos ha llevado al alumbramiento de una nueva categoría de trabajadores: los trabajadores pobres.

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Investidura fallida y escenarios para el análisis

La sesión de investidura de Mariano Rajoy concluirá el viernes sin éxito. Será entonces cuando nuestra democracia parlamentaria se enfrente a una situación absolutamente inédita. ¿Qué hacer entonces? A nuestro juicio cabe proponer para el análisis, al menos, cuatro escenarios posibles. No todos son igualmente probables, ni tampoco recomendables. Analicemos, brevemente, cada uno de ellos para concluir finalmente con el escenario que encontramos más aconsejable, aunque todavía no se perciba como una opción viable.

Se trata de un escenario que rechazan mayoritariamente los ciudadanos. También se pronuncian en contra todos los líderes políticos en activo conscientes del fracaso personal que implica la celebración de las terceras elecciones. De hecho una nueva cita electoral pone de manifiesto cierta incapacidad de los representantes políticos en la exigente tarea de consensuar acuerdos y aparcar diferencias. Tampoco se pueden ignorar los cálculos que los propios partidos políticos están haciendo en torno a la incertidumbre sobre los resultados que arrojarían unas elecciones celebradas el 25 de diciembre en un ambiente de profundo hartazgo y desinterés cuando no creciente malestar. Por todo lo expuesto y por tantas otras razones vinculadas con la reputación institucional como país creemos, francamente, que se trata de un escenario que no resulta realista considerar como probable a pesar de las apariencias.

Tras las elecciones del 26-J, Mariano Rajoy aceptó el encargo del rey sin más convencimiento que el que aporta la necesidad de blindar su condición de candidato impidiendo así abrir el debate sobre la viabilidad de su condición de presidenciable. Aunque Rajoy ha afirmado que lo importante no es hacer un debate, sino formar un gobierno estable, la consecuencia de asumir el encargo de Felipe VI le ha obligado a afrontar, con nulo entusiasmo, una sesión de investidura sin contar con apoyos suficientes para convertirse en presidente. No se puede ignorar que Mariano Rajoy dispone hoy de 170 diputados dispuestos a votar a favor de su candidatura: 137 del Partido Popular, 32 de Ciudadanos y 1 de Coalición Canaria. Son más que los que logró en la noche del 26-J pero siguen siendo insuficientes para permitirle formar gobierno. Las preguntas que cabe formularse en el momento en que el viernes se materialice el fracaso de Rajoy parecen obvias: ¿otorgará el rey nuevamente el encargo de formar gobierno a Mariano Rajoy? ¿puede aceptar Rajoy el encargo si no amplía el acuerdo existente hasta ahora entre el PP y Ciudadanos? ¿hasta cuándo mantendrá Ciudadanos el acuerdo con el PP de Mariano Rajoy? El escenario descrito está siendo valorado como probable por el PP pero no parece que pueda dar resultados en un tiempo razonable, salvo que el PSOE modifique su actual posición.

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La única verdad de Rajoy

El candidato propuesto por el rey se presentó ante el Congreso argumentando tres razones para haber aceptado el encargo. Dos no son verdad, pero una sí es cierta; seguramente supuso la única verdad incontestable contenida en un discurso de investidura que más pareció un ejercicio de oposición leído por un opositor con gripe o con resaca. Si algo ha demostrado el primer día de la investidura es que conceder tiempo ilimitado al aspirante constituye un error que pagamos muy caro y no deberíamos volver a cometer.

Sostuvo Rajoy que comparecía debido a la necesidad urgente e imperiosa de tener un gobierno. No parece del todo cierto. A no ser que fueran igualmente tanta urgencia y necesidad de tener un gobierno lo que le obligara a pasarse el mes de julio en standby, tomarse el puente de agosto, tardar una semana en reunir a su club de fans de la directiva Popular o seguir con pasión las olimpiadas.

Un gobierno eficaz añadió luego, seguramente porque hasta él mismo se dio cuenta que la única prisa que le hemos visto durante dos meses la hemos encontrado en sus caminatas. Tampoco responde a la verdad. A no ser que entendamos por eficaz un gobierno que eleva la deuda al total del PIB, se funde la mitad de las hucha de las pensiones o se muestra incapaz de cumplir sus propios objetivos de déficit y tiene que prometer ser bueno y no volver a hacerlo para que Europa no nos castigue más fuerte.

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Un pacto anticorrupción que tranquiliza a los corruptos

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En estos días aún veraniegos de negociación, ruedas de prensa e intentos de investidura se ha hecho público un pacto contra la corrupción. De salida, debe elogiarse cualquier iniciativa que ponga freno a la actuación de las tramas corruptas. Esta forma de delincuencia se encuentra muy peligrosamente integrada en nuestro sistema institucional. Y está distorsionando las reglas del juego democrático. Además, ha causado un daño económico gravísimo a la sociedad, pues los estudios más solventes nos indican que la factura de la corrupción supera a la del rescate bancario.

Sin embargo, la lectura del citado pacto nos lleva a la conclusión de que se centra en diversas cuestiones periféricas, pero no incide en los problemas centrales que permitirían atajar realmente la corrupción. El acuerdo no propugna reformas legales efectivas para acabar con la enorme arbitrariedad con la que las administraciones públicas realizan sus contrataciones, que es lo que facilita el desvío ilegítimo de millones de euros a bolsillos privados a través de mordidas escandalosas. Tampoco aporta medidas concretas que permitan a los juzgados de instrucción llevar adelante sus investigaciones en plazos razonables y con instrumentos adecuados. Ni apuesta por el endurecimiento de las penas para los corruptos, que siguen disfrutando de un tratamiento punitivo bastante benévolo, lo cual contrasta con la enorme severidad con la que se castigan en nuestro país casi todos los delitos.

Por otro lado, parece sorprendente que se haya alterado el concepto de corrupción, claramente a la baja, para excluir delitos tan relevantes como la prevaricación, la malversación, el tráfico de influencias o determinadas formas de cohecho. En cualquier pacto riguroso para la regeneración democrática lo lógico sería incluir con firmeza todo el abanico de conductas que están ensuciando la vida pública. Por ello, resultan poco comprensibles esos esfuerzos negociadores casi a la desesperada para suprimir infracciones penales que forman parte del catálogo de delitos que persigue la Fiscalía Anticorrupción. Y esas exclusiones restan bastante credibilidad al pacto, al proyectar sombras sobre la voluntad real de actuar contra la corrupción y al dar la impresión de que su insuficiente letra final obedece a razones de mera oportunidad política.

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En las playas ya no se habla de política

No sé si les ha pasado, pero en casa este verano hemos hablado muy poco de política. Casi nada. Y lo mismo en la playa, en la piscina, de cañas con amigos o en reuniones familiares. Las pocas veces en que alguien sacaba “el temita”, se producía la típica espantada de fumadores a la terraza y de no fumadores al baño. Y si ponías la tele, cambiabas de canal a poco que asomase un portavoz político.

Qué diferente a los dos veranos anteriores, en los que no sabíamos hablar de otra cosa. No queríamos hablar de otra cosa. No había otra cosa de que hablar.

Verano de 2014: recientes la abdicación del rey y las Europeas en que irrumpió Podemos, recorría el país un aire fresco tras tres asfixiantes años de crisis, recortes y corrupción. La telepolítica ganaba parrilla en todas las cadenas, surgían nuevos protagonistas (Iglesias, Sánchez, Rivera), y en el paseo marítimo hablábamos con soltura del fin de la Transición y la inminencia de un proceso constituyente. ¿Lo recuerdan? Fue antes de ayer, pero ya da hasta nostalgia.

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Una nueva etapa

Albert Rivera y Mariano Rajoy, durante un encuentro en Moncloa.

No hay que irse muy lejos para explicar por qué millones de españoles rechazan que haya que apoyar a Mariano Rajoy para que siga gobernando. Por mucho que sean 150, 200 ó 300 las "medidas" que prometa con Ciudadanos. Presten atención a lo que le decía el propio Albert Rivera a Rajoy hace poco más de un par de meses. Fue en el debate electoral, delante de toda España: "Al margen de las leyes que quiera poner en marcha, ¿usted cree que la gente va a confiar en un nuevo gobierno si existe la sospecha, un juicio abierto y han imputado a su partido? No puede haber un nuevo gobierno en el que su presidente no tenga autoridad moral para liderar la lucha contra la corrupción…". Y Rivera, en ese 13 de junio, también le decía: "Usted miente y cobra sobres y dinero negro de las mordidas; usted recibió 343 mil euros de las cuentas de los papeles de Bárcenas, según información judicial; usted le enviaba al señor Bárcenas mensajes de ‘sé fuerte’ después de saber el dinero que tenía en Suiza y estar imputado. Le estaba diciendo que le iba a proteger. Si no hay autoridad moral, la gente no podrá confiar en un nuevo gobierno…".

¿Por qué espera Albert Rivera que confiemos ahora? ¿Ha cambiado algo? Rajoy sigue siendo el mismo: el del partido imputado, el del apoyo al tesorero con dinero en Suiza, el que aparece en la contabilidad del dinero sucio, el que ha protegido a Rita Barberá y a tantos otros. En otros países, no sería presidente ya. Seguro que Rivera entenderá que hay gente que, por principios, lógica y moral, continúa pensando que a un político así no se le puede apoyar.

¿Saben cuál fue la respuesta de Mariano Rajoy cuando le echaron en cara todo esto? Quejarse de que le persiguen "como la Inquisición" y negar que su partido esté imputado. Ante toda España. Victimismo y ocultar la realidad. Algo parecido a lo que vivimos ahora, cuando lamenta que no le apoyan y cuando evita referirse, permanentemente, a las razones por las que le dicen que no le quieren apoyar.

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'Purple washing' o acordarse del feminismo cuando interesa

Durante las últimas semanas, a raíz del debate que se ha producido en Francia sobre la prohibición del burkini, ha pasado algo impensable; no se lo van a creer, pero sí: un montón de hombres se han puesto a opinar sobre qué deben vestir las mujeres. Quién lo iba a decir. Y menos mal, porque tanto las mujeres de Occidente como las de Oriente lo necesitábamos. Miedo me da imaginar qué sería de nosotras, hoy día, si no hubiéramos tenido siempre a hombres desde todos los púlpitos diciéndonos qué hacer, decir, opinar y vestir. Sinceramente, creo que hay muchas probabilidades de que anduviéramos comiendo dátiles enganchadas a las ramas de los árboles.

Éstos que arremeten contra el velo o el burkini son los mismos que jamás han escrito antes una sola línea (ni escribirán en el futuro) de lo que supone la depilación en Occidente, como tampoco lo harán nunca en favor de cualquier tema que implique la liberación de las mujeres.

El último caso lo tenemos en un artículo de El Mundo llamado La mora y la pijaflauta, firmado por un señor llamado Jorge Bustos. Ya se pueden imaginar el nivel del texto sólo leyendo el título, pero les copio mi parte favorita: "Flaco favor les hace la empanada mental y la desvergüenza ética con que aquí la misma pijaflauta que atribuye por la mañana al heteropatriarcado cristiano la paliza de un infecto machista a su ex, niega por la tarde la condición estructural del machismo coránico, que al parecer no rige para la morita que baja a la playa tapada como si tuviera la lepra. Ocurre que la feminista de progreso ha encontrado en el burkini la penúltima excusa para liberar su histeria penitencial por pertenecer al hemisferio de las libres y prósperas, al que desearían pertenecer tantas hijas del Profeta". 

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