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No arden las redes, arden los privilegios

Un día antes de mi cumpleaños, el 12 de julio de 2016, un grupo de personas consideró que simular mi subasta era el mejor pasatiempo en Twitter, algo así como buena idea. Unos meses después, en septiembre, no fueron simulaciones, sino amenazas de muerte. Ambos casos estaban unidos por el odio hacia mi color de piel.

Cuando constantemente recibes mensajes de odio en las redes tienes dos opciones que desaparecen cuando suceden en la ‘vida real’: te los crees o piensas que son trolls que no pasarán de los 280 caracteres. Es tu decisión personal acudir a una comisaría o seguir tu vida con un ojo pendiente a si alguien materializa lo que un día tuiteó.

Lo peor de esto es que no son casos aislados. Feministas, periodistas críticos, antirracistas o activistas por los derechos LGTBI han tenido su ración de odio cuando han mostrado sus opiniones y argumentos para cambiar una sociedad menos avanzada de lo que el año en que vivimos parecería indicar. En el caso de las antirracismo ya han pasado por ello Desirée, Miriam o Héctor, pusieran mensajes contra el racismo o no, pero con el punto en común de ser personas racializadas o migrantes y desafiar, ya sea con su mera existencia o sus ideas, al poder.

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¿Victoria o solución?

Un hombre con una careta del expresident de la Generalitat, Carles Puigdemont, en una manifestación frente al Parlament.

De todos los posibles desenlaces que nos acechan en cada esquina del conflicto "catalán" el peor de todos es que alguien pretenda imponer su "victoria". La tentación es grande y se vislumbra en el imprudente comportamiento del Gobierno español y de sus irresponsables jaleadores mediáticos.

Estamos ante un conflicto empantanado por la inhibición política de Rajoy durante años. Hoy, mientras sectores del independentismo continúan apostando por la astucia para burlar al Estado, el Gobierno se parapeta en los Tribunales, a los que ha transferido la responsabilidad y encargado la tarea de derrotar al independentismo.

La solución, si existe, no vendrá de la mano de la "victoria" y mucho menos si va acompañada de humillación –así se sienten muchas personas en Catalunya-. La solución a este tipo de conflictos empantanados es muy compleja, especialmente cuando están implicadas millones de personas y contiene fuertes elementos emocionales. Y solo puede venir de la mano de salidas imperfectas.

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Cifuentes y el feminismo

Cristina Cifuentes entrevistada en La Sexta Noche

“Ellas sabrán”, dijo Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid y presidenta del Partido Popular madrileño,  en la entrevista del sábado en La Sexta Noche. Se refería a la huelga convocada para el próximo 8 marzo y “ellas” eran las mujeres feministas. Es fácil deducir que en esa tercera persona del plural Cifuentes no se incluía: si las feministas son “ellas”, ella no lo es. Resulta coherente, por tanto, que la huelga no le parezca “fundada”. Pero para justificar por qué no secundará la huelga, alegó una monumental chorrada (una palabra muy suya): que trabajará el 8 de marzo porque es el Día de la Mujer Trabajadora. Nivel. Ah, y porque es el cumpleaños de su hija. Nivelón.

Para Cristina Cifuentes la única razón para convocar la huelga del 8 de marzo es “desgastar” al Gobierno. No es cierto, las razones son muchas otras, pero lo cierto es que tampoco estaría de más ese desgaste, teniendo en cuenta la piel dura que tiene el Gobierno de su partido a pesar de su saqueo organizado de las arcas públicas, de los innumerables casos de gravísima corrupción y, por centrarnos en las razones de la huelga feminista, el supino desprecio que demuestra por las problemáticas que afectan a las mujeres. Empezando por esa brecha salarial que a M. Rajoy no solo no le parece un asunto prioritario, sino algo sobre lo que ha dicho: “No nos metamos en eso”. Con “eso” quería decir que no nos metamos en que, a igual trabajo, las mujeres ganamos un 29% menos que los hombres. Con “eso” quería decir que no nos metamos en que las mujeres cobramos un 44% menos que los hombres en complementos salariales. Con “eso” quería decir que no nos metamos en que las mujeres cobran una pensión de jubilación que es un 37% menor de media que la que cobran los hombres. Con “eso” quería decir que no nos metamos en que las mujeres que siguen trabajando superados los 65 años ganan un 50% menos que los hombres de la misma edad. En fin, eso… Lo mínimo que merece un Gobierno con un presidente capaz de actuar así ante esta discriminación es un buen desgaste. Así que ojalá se produzca con la huelga feminista del 8 de marzo ese beneficio colateral.

Cristina Cifuentes también declaró en esa entrevista que tiene 3.000 euros en su cuenta corriente. Podríamos hacer muchas bromas y comentarios sarcásticos, como que esta señora gasta mucho (en lo que, por otra parte, yo no me metería: cada cual gasta lo que le viene en gana, si puede). Pero es que no tiene ninguna gracia: que diga algo así teniendo en cuenta que gana 100.000 euros al año, es una tomadura de pelo, por muy rubia que se haga ella. Tomadura de pelo porque muchas no nos creemos su saldo y tomadura de pelo porque lo que gana en España al año una mujer es una media de 6.000 euros menos que un hombre. El doble que el cash de la presidenta. ¿Y no le parece razón fundada para ir a la huelga el 8 de marzo?

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La derecha española contra la escuela pública

El ministro de Educación, Iñigo Méndez de Vigo, en una imagen de archivo.

Como es tradición cuando gobierna la derecha en España, continúa el bullying contra la escuela pública. Tras sobrevivir a los recortes indiscriminados y al bulto, a la pérdida de más de cien mil profesionales, a la precarización de los nuevos docentes y el no reemplazo de cuantos se jubilaron, a una estrategia sostenida de deterioro, descapitalización y desmantelamiento del sistema público y a un ministro ignorante e incompetente como lo fue José Ignacio Wert, hoy felizmente retirado en Paris a su costa y la mía, la escuela pública soporta de nuevo otra oleada de acoso y abuso por parte de la vieja y la nueva derecha; seguramente muy indignadas al constatar que, pese a su empeño, los niños de la pública siguen saliendo bastante mejor formados que en sus carísimos colegios privados.

Tras semanas de poner en duda la calidad y la competencia de nuestros maestros con la milonga del MIR para docentes el ministro Méndez de Vigo, un lamentable ejemplo de las limitaciones de nuestro sistema educativo para conseguir que un alumno se desenvuelva con naturalidad en todas las lenguas oficiales y sepa decir algo tan básico e institucional como “Generalitat” o “Xunta de Galicia”, ha lanzado la enésima disputa sobre la enseñanza en castellano.

El gobierno sabe de sobra que no existe el supuesto derecho de los padres a elegir el idioma en que se escolariza a sus hijos. Igual que no se existe, afortunadamente, el derecho a elegir qué se les enseña en ciencias o en historia; para eso están los profesionales y la administración.  Las leyes y las sentencias solo amparan el derecho a aprender y dominar todas las lenguas oficiales. Por eso el gobierno no toma medida alguna para amparar un derecho que sabe que no existe, porque sabe que no puede. Se limita a usar la lengua para cuestionar por enésima vez el modelo de escuela pública, su calidad y su capacidad; pese a que no existe un solo dato veraz que acredite ni los problemas de los alumnos para manejarse en castellano, ni el supuesto adoctrinamiento que sufren. Al contrario, Catalunya se sitúa claramente por encima de la media en todos los indicadores.

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Políticos burlándose del medio ambiente

Agustín Hernández, portavoz del PP de Santiago de Compostela

Siempre me ha sorprendido por qué, salvo rarísimas y meritorias excepciones, los políticos conservadores son tan poco conservacionistas. Pero lo que no logro comprender de ninguna manera es que la mayoría de ellos se burlen del medio ambiente con tanto alarde, tanta desfachatez y en contra del creciente interés ciudadano por el tema.

El último en exhibir ese desdén ha sido el portavoz del PP de Santiago de Compostela, Agustín Hernández. El ex alcalde de la ciudad y ex consejero de medio ambiente de la Xunta se fue hace unos días a orillas del Sar para denunciar por televisión la basura que se acumula en las orillas del río.

Ya verás -debió pensar el político- se van a enterar estos de las mareas: ¿estás grabando ya? "Queremos denunciar la situación medioambiental del río Sar". El arranque es bueno. Las declaraciones del exconsejero, se cubren con unas imágenes en off en las que aparece desenterrando residuos de la orilla con un palo y mostrándolos a cámara. Ahora una toallita húmeda, ahora una bolsa de plástico. Pero acto seguido, tras mostrarlos como trofeos, acaba echando los residuos al agua mientras la cámara los graba flotando río abajo.

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De qué hablamos cuando hablamos de amor

Tardes atrás, una amiga trajo a cuento en una conversación el recuerdo de un pasaje de la película Amor [1] de Michel Haneke, que narra el invierno de una pareja de franceses interpretada por Emmanuelle Riva, desparecida el año pasado, y Jean- Louis Tritignant, quien, por cierto, no solo está en activo en cine en el umbral de los noventa años, sino que hace apariciones en teatros: hace unos meses París estaba empapelado con carteles que anunciaban un unipersonal suyo con poemas de poetas franceses vivos. (¿Podríamos aquí asistir alguna vez, por ejemplo, por citar dos nombres, a Julia Gutiérrez Caba o a Héctor Alterio recitando a Gamonda, García Valdez, Maillard, Martínez Sarrión, entre otros poetas contemporáneos?)

Recordé entonces, volviendo a la conversación con mi amiga, algunas impresiones que me había sugerido la película y que incorporé en un libro [2] sobre la vida cotidiana de estos años de posteconomía, nuevas tecnologías y crisis perenne. En aquel texto rescataba  una crítica de la película de Haneke que había desarrollado en su columna política el escritor y periodista Gregorio Morán, por entonces en La Vanguardia, antes de que sus editores lo desterraran de sus páginas. No es curioso que lo hiciera Morán ya que también la crítica cinematográfica ha sido desplazada por textos publicitarios y está aislada en medios especializados o cuasi marginales. El hecho de que Morán y no un crítico escribiera en profundidad sobre Amor podría llevar a valorar la idea de que la defensa y el alcance del amor es, hoy por hoy, por qué no, una cuestión política.

En aquel texto sostenía Morán que Amor plantea el hecho de aceptar servir hasta el último momento a la persona que amas, sin la que no te cabe en la cabeza poder vivir sin compartir su música, en el caso de la protagonista del filme, la música de Schubert, pero también se refiería Morán a la música existencial del Otro, esa que necesitamos escuchar para sentirnos habitando un espacio moral. Y esto está claro, además de amor, es política. Preguntaba Morán en su artículo: “¿Qué se hace cuando a la persona que amas la contemplas en su deterioro absoluto y cruzas esa barrera humana, muy humana, de pensar si merece la pena seguir viviendo para sufrir, o dejar de sufrir para seguir viviendo en tu memoria?”. La respuesta, obviamente, también es política. Porque la política es el compromiso con una idea con la cual se organiza el mundo y el amor es el compromiso con el otro con el cual se organiza la vida de ambos. El argumento de Amor es muy simple. Una pareja de ancianos en París. Ella maestra de piano, formadora de grandes talentos; él, jubilado de alguna profesión liberal. Ella sufre un ataque y queda hemipléjica. Aquello que parecía simple se complica y comienza un deterioro irreversible. La mujer le pide al hombre, después de una experiencia traumática en el hospital, que, pase lo que pase, no permita que la vuelvan a llevar a allí. Él cumple la palabra a rajatabla. Asistimos entonces a la expresión alta del amor en la relación de esos dos personajes, mientras el deterioro de ella avanza. Pero como Michael Haneke no plantea una película inocente, sino con una alta carga política, aparece una hija, la única hija del matrimonio. En su primera incursión habla con el padre y le cuenta que su marido va y viene como siempre, se enamora de alguien, se aburre y vuelve. «Con los años me acostumbré», dice. El padre le pregunta: «Le quieres». Silencio. Al fin dice: «Sí, creo que sí». En otro momento, siempre en diálogo con su padre, le confiesa: «Quizás, te moleste que te lo diga pero al entrar, recordé que de pequeña os escuchaba hacer el amor. Me tranquilizaba: sentía que os amabais y que siempre estaríamos juntos». Es la expresión viva de un paraíso perdido: se fabrica el mito con aquello que no se alcanza.

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Conjuros

Irene Montero en una imagen de archivo

El feminismo es corriente profunda que ha conseguido que la ideología eche raíces en terreno fértil. Si no fuera por el feminismo, todavía la izquierda se andaría por las ramas.

Reconocer los derechos de la mujer y con ello estructurar un lenguaje no discriminatorio, es tarea ardua. Porque a lo largo del tiempo, la mujer ha protagonizado su papel en la sombra. Mientras que el hombre producía con sus manos, la mujer reproducía con su vientre. Hay que admitir que la vileza machista ha significado una provocación de siglos, una pregunta cuya respuesta nos revela el daño recibido cada vez que una mujer intenta destruir el edificio de un lenguaje que discrimina al género femenino.

Sin ir más lejos, el otro día, Irene Montero lo intentó frente a un micrófono cuando soltó lo de “portavoces y portavozas”. Con tal movimiento gramatical, se montó una bronca que lleva a la siguiente reflexión. 

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Paraules d’amor

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No sé si les he contado alguna vez que mi madre me dormía cantándome extrañas y dulces canciones en una lengua que luego supe llamar euskera, ni si les he dicho que la primera vez que sentí que ya no era una niña, estaban susurrándomelo al oído en gallego muy cerca de Riveira. Confieso que mi primer beso me lo dio un vasco pero que mi amor de instituto fue el de un catalán cuya familia me acogió de tal manera que consiguió que entendiera la lengua de aquella casa para siempre. Saben que estuve casada con un malagueño pero también con un riojano e ignoran que vivo con un vasco. Aún me llena de ternura recordar los cuentos en francés que me leía a la orilla de la cama mi Renée y sé que quise con todas mis fuerzas aprender esa lengua para que los secretos que mi padre traía en el doble fondo de la maleta desde París dejaran de serlo. He contado que decidí mi profesión básicamente para poder regodearme en la lengua que amo y que adoro Madrid como al oasis de libertad que nunca nos debemos dejar arrebatar. El problema reside en mi falta de empatía con lo anglosajón y, tras pasar por el British, sigo siendo modesta en su lengua como timorata es mi pasión por su cultura. Quizá me faltó un inglés... o un australiano.

No, no ha sido la cursilada esa de San Valentín la que ha desatado mis recuerdos. Ha sido la pugna voraz y antropófaga entre Rajoy y Rivera para llevarse una tajada electoral a costa de usar las lenguas como espadas y no como sogas húmedas. Hace ya unos meses que me contaron, en un castellano muy mesetario, que el futuro venía con recentralización, recogida de competencias y bocado a las lenguas autóctonas que, según dicen, adoctrinan y son culpables del crecimiento del independentismo. Ya ven. Aún recuerdo la sombra siniestra y negra que tendieron sobre las ikastolas, que querían hacer aparecer como campos de entrenamiento más que como centros educativos y hoy, que sus alumnos forman tejido productivo, los índices de independentistas activos en Euskadi son más bajos que nunca.

A Ciudadanos le funciona el nacionalismo español como bucle de su origen puramente catalán. Rajoy sabe que le están cavando bajo su suelo electoral y emprende iniciativas incendiarias para mantener en alto el envido. Sólo así puede entenderse esta idea peregrina, que es como una tea lanzada con desgana sobre las llamas de un problema al que no sólo prendieron fuego, sino que regaron con gasolina durante años. Veo a Rajoy tañendo el arpa. Creo que está dispuesto a inmolarlo todo con tal de sobrevivirse y ese todo incluye a su propio partido. Eso o alguno de sus estrategas, reeditando sus consejos demostrados cruelmente fallidos, le ha dicho que lo de la casilla de la lengua puede terminar de sacar de sus casillas a la sociedad catalana y forzar a los que pueden mover ficha a apartar a los malditos para poder poner fin a la anomalía constitucional en la que viven. Quizá cree que este órdago va a embarrancar a Puigdemont de una vez por todas para detener el 155. O tal vez sólo esté haciendo lo de siempre: nada.

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Prisión para un tuitero machista

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Protesta contra la violencia machista.

El Tribunal Supremo acaba de condenar a un joven de 22 años a la pena de 2 años y 6 meses por escribir los siguientes tuits en la red social Twitter, según los hechos probados de la sentencia:

- "53 asesinadas por violencia de género machista en lo que va de año, pocas me parecen con la de putas que hay sueltas."

- "Y 2015 finalizará con 56 asesinadas, no es una buena marca pero se hizo lo que se pudo, a ver si en 2016 doblamos esa cifra, gracias"

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La inmersión en la escuela, el símbolo de la lucha por la igualdad

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Portada de la revista Cavall Fort publicada en 1970

Este es un artículo a favor de la inmersión lingüística. A favor de un modelo pensado para cohesionar y no para dividir, que a diferencia de otros sistemas evita separar a los alumnos en función de la lengua, y cuyo mejor aval son los resultados en las pruebas de competencia lingüística, que demuestran que el conocimiento de catalán y castellano es el mismo durante toda la trayectoria escolar.

Este es un modelo fruto de un esfuerzo colectivo, empezando por el de pedagogos como la socialista  Marta Mata que en la Transición lucharon para evitar la segregación en las aulas. La inmersión es el esfuerzo de miles de padres y madres que no nacieron en Catalunya pero pelearon para que sus hijos fuesen bilingües. La primera aplicación de esta fórmula se realizó en 19 escuelas de Santa Coloma de Gramenet. Era el curso 1983-1984 y la prueba se hizo en unos centros donde la mayoría de los alumnos eran castellanoparlantes. Fue posible gracias al empeño de un grupo de padres que querían que sus hijos aprendiesen la otra lengua que se hablaba en Catalunya. Esos padres y sus hijos simbolizan la lucha por la igualdad. Eso es la inmersión.

La escuela catalana es también (o sobre todo) el esfuerzo de varias generaciones de maestros cuya contribución al progreso individual de muchos catalanes y al del país en su conjunto no siempre ha sido reconocido como se merece. Son esos profesores que se han indignado contra los recortes en la educación pública y que ahora defienden las aulas de acogida para evitar que haya alumnos de primera y de segunda en función de su lugar de nacimiento. La inmersión también va de la dignidad de un colectivo que, a diferencia de muchos políticos, piensa en el futuro de los hijos y no en el voto de sus padres. 

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