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Socios y residentes en Moncloa

Cuanto más vamos sabiendo de las negociaciones entre el PP y Ciudadanos más se parecen a un pacto de gobierno o un acuerdo de legislatura. No se trata de pasión de una noche o un verano, no es tan solo amor; estamos hablando de matrimonio y seguramente hijos, un monovolúmen familiar y ampliación de la hipoteca. Si aún se emitiera el mítico concurso televisivo "Un, Dos, Tres, Responda otra vez" la gran Mayra Gómez Kemp podría presentar a Albert Rivera y a Mariano Rajoy no sólo como amigos, sino como socios y residentes en La Moncloa.

No estamos ante un acuerdo de mínimos para permitir que Mariano Rajoy sea investido presidente y arranque la legislatura. Por mucho que intenten disimularlo nos hallamos ante un acuerdo integral para un programa de gobierno que, en lo económico, consolida, profundiza y amplía las políticas de ajuste y sufrimiento masivo implementadas por el PP en el mercado laboral, los servicios públicos o el sistema público de pensiones, mientras emplea la política fiscal para redistribuir hacia arriba y proteger a las rentas más altas y los márgenes de beneficio de las grandes corporaciones. Por mucho que lo nieguen, Populares y Ciudadanos negocian un acuerdo cerrado para un programa de gobierno que, en lo político, reducirá la necesaria reforma política e institucional a un anticuado y obsoleto proceso de recentralización del Estado y corporatización de la democracia.

No se trata de un simple acuerdo puntual para dejar gobernar. Se trata de un pacto para gobernar en toda regla y con todas las consecuencias. A los socialistas no se les pide que permitan investir a Rajoy para desbloquear la situación y dar paso a una legislatura donde no habría una mayoría clara y todo sería negociable y susceptible de acuerdos variables en un Parlamento abierto y libre del control de una mayoría absoluta. Se les exige que consientan.

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El burkini o la complejidad

El debate del burkini no debería haberse producido tal como lo ha hecho por varias razones: creo que una forma muy extendida de racismo, de desprecio por culturas diferentes, es confundir todo lo que nos parece raro: todo es taparse, todo es lo mismo. Y así, lo mismo es el Hiyab (pañuelo o velo) que el burka, todo es "velo". El hiyab no tiene que ver con el el burka, sino que es un pañuelo que cubre la cabeza y con el que se puede hacer una vida completamente normal. Que las mujeres adultas tienen derecho a llevar hiyab, está fuera de dudas.

El derecho a llevar la cabeza cubierta y a ocultar las formas corporales, por más sexista que sea, está protegido por la libertad religiosa y por el derecho a la propia imagen. El burkini es un traje muy parecido a los que viste la gente que hace surf. Exactamente ¿qué derecho o que norma se está vulnerando al vestirse toda entera de neopreno al ir a la playa? La respuesta a esta pregunta creo que es importante.

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¿Por qué las derechas pueden cautivar a buena parte de la clase obrera?

Trump y Clinton se disputan a la clase trabajadora golpeada por la desindustrialización. El electorado industrial, formado por esos blancos sin estudios superiores que votaban a Kennedy o a Johnson, acabó en los ochenta repudiando a los demócratas, según algunos expertos, por haberse convertido en el partido de las élites urbanas, las minorías raciales y el antibelicisimo . Hoy la pelea electoral sigue estando en el mismo sitio, y aunque de momento parece que Clinton gana terreno, es inevitable preguntarse cómo ha logrado Trump llegar tan lejos, qué relación tiene su innegable éxito con el que también están cosechando las derechas y los populismos de corte fascista en toda Europa, y cómo es posible que haya conseguido el apoyo de esa buena parte de las clases populares a la que la socialdemocracia ya no consigue cautivar.

Trump levanta la bandera de los trabajadores, y a la vez promueve rebajas de impuestos para los más ricos (el impuesto de sucesiones, por ejemplo, que se aplica a partir de los 5,45 millones de dólares), siempre bajo el viejo presupuesto neoliberal, mil veces negado, de que aliviar a los ricos acaba generando crecimiento económico, y de que esa riqueza será justamente distribuida por la acción del libre mercado. Su discurso neoliberal se completa con el del miedo y la seguridad, en ese mejunje exitoso, tan propio de la doctrina del shock, que resulta de añadirle xenofobia, cierre de fronteras, proteccionsimo comercial y nacionalismo identitario ( América será grande otra vez ). Un programa peligrosamente afín, por cierto, al de Vladimir Putin, Le Pen o Farage, que utilizan todas las derechas en Europa, tanto la extrema como la moderada (porque la diferencia entre ambas es solo una cuestión de grado y oportunidad), y que, en alguna medida, representa también en España el Partido Popular .

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La cultura de la violación y la locura

¿Qué es la cultura de la violación?

La nuestra. Una cultura donde la violación, a pesar de ser un problema social, está apoyada por la normalización y la aceptación de la misma sociedad donde se produce. Muchos de los que puedan llegar a leer estas líneas pensarán que ellos no la tienen normalizada, que no forman parte de la sociedad en este sentido y, si les preguntas, negarán rotundamente con la cabeza. NO, no aceptan bajo ningún concepto la violación.

El problema parte de que el concepto que tenemos en la sociedad se reduce a ese acto que provoca un extraño, un "loco" solitario, que actúa en portales aprovechando la oscuridad y la soledad de la víctima. Un loco que ninguno tenemos en nuestro círculo de amigos porque esos "locos" no pueden tener amigos. Son personas inadaptadas socialmente, uno de ésos que con 50 años sigue viviendo en casa de su madre y que cuando no están violando están haciendo otras cosas deleznables. Nadie normalizaría a alguien así ni cualquier acto que se parezca al descrito. 

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El caballero sin espada. Clausura

Las últimas semanas vengo desgranando, a medida que se iban desarrollando las emisiones de sus últimos Juegos Olímpicos, varias ideas que deberían, según mi criterio profesional independiente, asegurar el futuro de RTVE. Durante estos Juegos de Río hemos escuchado, visto y navegado por una RTVE caduca, falta de ideas que tira de talonario pero que no sabe o no puede o no quiere rentabilizar al máximo su inversión.

Exijo como ciudadano de un país supuestamente democrático que los responsables de este dispendio cesen en sus responsabilidades pues no están a la altura del mandato que recibieron. La broma ha costado más de 100 millones de euros y aunque las audiencias de La1 y tdp han mejorado ni tan siquiera han conseguido destronar a Telecinco y Antena3. Quiero recordar que la última ocasión en la que La1 fue líder de audiencia fue precisamente en agosto de 2012 con los Juegos Olímpicos de Londres.

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La falsa promesa económica de la gobernanza global

Foto cedida por Ecologistas Málaga

La gobernanza global es el mantra de la élite moderna. El argumento es que el incremento de flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital e información (derivado de la innovación tecnológica y la liberalización de los mercados) generó demasiada interconexión entre los países del mundo como para que cada uno de ellos por separado pueda resolver sus problemas económicos solo. Necesitamos reglas globales, acuerdos globales, instituciones globales.

Esta afirmación goza de tanta aceptación que cuestionarla puede parecer como sostener que el Sol gira alrededor de la Tierra. Pero lo que puede ser verdad en el caso de problemas realmente globales como el cambio climático o las pandemias no es aplicable a la mayor parte de los problemas económicos. Contra lo que oímos a menudo, la economía mundial no es un bien común global. La gobernanza global ayudará muy poco, y a veces ocasionará un perjuicio.

Lo que hace que, por ejemplo, el cambio climático sea un problema que demanda cooperación internacional es el hecho de que el planeta tiene un único sistema climático. Como da lo mismo dónde se emitan gases de efecto invernadero, imponer restricciones a las emisiones sólo en el nivel nacional generaría escaso o nulo beneficio al país que lo hiciera.

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Todo por la patria

El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy

Mariano Rajoy ya se agarra a la esperanza de que le apoye el PNV. Y no se apuren, porque la espera va hasta octubre. Lo que son las cosas, pasar los años con el argumentario de que se rompe España y, ahora, los populares ansían que la tabla de salvación para Mariano la lancen los nacionalistas. En Moncloa fían al resultado de las elecciones vascas que Rajoy siga en la presidencia. Esperan que, a finales de septiembre, las urnas dejen a Urkullu con la necesidad de apoyos, por lo que habría intercambio de cromos. Hoy por ti, mañana por mí.

La suma en Madrid se completaría con los nacionalistas canarios y… con Ciudadanos. Ya ven: partidos que han enarbolado la bandera del "españolismo" acabarían pactando con el "nacionalismo" o el "independentismo". Bienvenido sería ese entendimiento si sirve para tender puentes y se hace con justicia y transparencia. Aunque, daría para la reflexión de quienes llevan tiempo levantando muros y banderas, según convenga. Veremos.

Ahora mismo, el PNV rechaza este plan, pero fuentes del PP dicen que les harían una de esas ofertas que no podrían rechazar. Y volveríamos a esos tiempos en los que Aznar se entendía con Arzalluz o hablaba catalán en la intimidad. De hecho, no olvidemos que, ya en esta legislatura, el apoyo de los nacionalistas ha sido decisivo para que Rajoy sacara adelante el control de la Mesa del Congreso.

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La banda latina de la maxifalda

Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

Cada vez que Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, abre la boca, le estalla dentro una bomba fétida y su aliento se hace verbo maloliente. Como de azufre. El de la maxifalda negra va dejando a su paso un rastro hediondo, un rosario de perlas ensangrentadas que ensarta en forma de declaraciones públicas: si un día el presunto célibe arremete contra el divorcio, al otro considera la fecundación in vitro una cosa de brujas y demonios (“aquelarre químico de laboratorio”), suelta que la UNESCO tiene un plan para “hacer que la mitad de la población mundial sea homosexual” o deja claro que “en el hogar” el hombre “representa la autoridad” mientras que las mujeres deben “dar calor, acogida y ternura”. 

Su última pestilencia oral ha sido referirse a la ideología de género como "una bomba atómica que quiere destruir la doctrina católica y la imagen de Dios en el hombre y la imagen de Dios Creador". La frase parece de Charles Manson. Ya me entienden: uno de esos tipos que salen esposados del escenario de un crimen lanzando proclamas sobre la salvación del mundo. Pero Demetrio no es un loco sanguinario sino un señor cuya violencia es subvencionada por los presupuestos generales del Estado español. Pertenece a una banda latina de la que también forman parte Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, y Joaquín Mª López de Andújar y Cánovas del Castillo (¡ahí es nada!), obispo de Getafe. Todos ellos han arremetido contra la Ley de protección integral contra la discriminación por diversidad sexual y de género, que la Asamblea de Madrid aprobó recientemente por unanimidad. Con Antonio Cañizares, obispo de Valencia, son la boca armada del nacionalcatolicismo patrio.

Esta banda homófoba, misógina y sexista sería desmantelada ipso facto si en vez de maxifalda sus miembros llevaran pantalones cagaos, si en vez de solideo carmesí llevaran en la cabeza una gorra con la visera para atrás. Lejos de ello, la banda de la maxifalda está financiada con nuestros impuestos y disfruta de insultantes privilegios fiscales: la Iglesia Católica tiene más de 100.000 inmuebles en España pero está exenta de pago del IBI, por ejemplo. Esta escandalosa injusticia se basa en el acuerdo internacional alcanzado entre el Estado español y el Vaticano en 1953, en plena dictadura franquista. El concordato fue ratificado en 1979. Y hasta hoy: ni los gobiernos del PP ni los del PSOE han derogado ese acuerdo con carácter de ley que es contrario a nuestra Constitución, pues supone una discriminación hacia las personas por razones de credo religioso, así como una violación de la separación de poderes Iglesia-Estado.

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Presidente por agotamiento

Mariano Rajoy y Albert Rivera durante su encuentro el pasado jueves / Foto: PP.

Se han acabado las Olimpiadas. Lo más parecido al atletismo que vamos a ver a partir de ahora se reduce a las caminatas de Mariano Rajoy y el marido de Ana Pastor a toda mecha, como si no estuvieran seguros de haber cerrado el coche y les urgiese comprobarlo. Río ya es un recuerdo y las vacaciones se desvanecen. La Liga acaba de empezar, pero estos primeros partidos siempre parecen de calentamiento; además, mientras no haya Champions apenas da para entretenerse los fines de semana. Ahora sí que se vuelve urgente formar gobierno. No como antes, que lo decían para asustar.

Hay algo que no ha cambiado y parece que no se irá con el verano. El principal y único argumento para investir a Mariano Rajoy continúa siendo el agotamiento. Una y otra vez se nos repite que se le debe hacer presidente porque los españoles estamos agotados tras más de doscientos días de interinidad y ruedas de prensa, porque a la opinión pública se le ha agotado la paciencia, porque en Europa se nos agota el crédito y porque en general se nos ha agotado el tiempo. Al final va a resultar que Rajoy lo que sabe gestionar de verdad es el agotamiento de los demás.

Ahora se trata de agotar al PSOE y a Pedro Sánchez hasta la rendición incondicional. Todo lo demás es ruido. El pacto anticorrupción entre el PP y Ciudadanos va tan en serio que su primera gran medida ha consistido en censurar el nombre de Bárcenas en el texto del acuerdo. Ni falta que hacía mencionarlo. Ciudadanos solo quería una coartada para poder pactar con un Partido Popular devorado por la corrupción y sentarse con un Mariano Rajoy que ha hecho todo cuanto estaba en su mano para encubrirla. El PP ya tiene lo que buscaba: una excusa que poner a partir de ahora para sacarse de encima el rosario de juicios y escándalos que le perseguirá toda la legislatura.

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España, agosto de 2016: el fin del teatro de lo absurdo

El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy

Desde la calma de agosto he pensado en los meses que hemos vivido de política y falsa-política, de elecciones repetidas, negociaciones frustradas o nunca empezadas, y de repente he visto la situación española como el reflejo más claro del teatro de lo absurdo. En las obras de Beckett y Ionescu los personajes cambian de sexo, personalidad o estatus; la trama es a menudo circular y muchas veces no lleva a ninguna parte. Utilizan un lenguaje sin sentido que lleva a malentendidos entre los propios personajes y los diálogos evasivos crean un efecto cómico, ridículo y demuestran los límites del lenguaje y la comunicación. Las obras tienen en común la presentación de una realidad grotesca y una falta de división clara entre fantasía y realidad. ¿No os suena esto a lo vivido en los últimos meses en España?

Por fin este jueves, tras consultarlo con su almohada, con la pesadilla de su "amor de verano" (como yo lo defino) o "comienzo de un gran amor" - Hernando dixit- y quizás con alguien más, Mariano Rajoy nos ha dado lo que todos pedíamos: una fecha para la sesión de investidura. Todos la auguran fallida para el 30 de agosto y que posteriormente será votada el 31 en primera instancia y el 2 de septiembre en segunda. Tras habernos asegurado el pasado miércoles que en su Comité Ejecutivo no se había hablado de las condiciones impuestas por Ciudadanos, al día siguiente, el presidente en funciones dio por fin la fecha; "date nobis", que dirían los latinos. ¡El cinismo de Rajoy no tiene límites! Maquiavelo y Andreotti se quedan cortos frente al tacticismo diabólico y al manejo de los tiempos del pontevedrés.

¿Pedro Sanchez quería una fecha? Pues bien, ya la tiene. ¡Y vaya fecha! No solo sabe cuando tendrá que reiterar sus 'no es no', sabe también que unas hipotéticas nuevas elecciones se celebrarían el día de Navidad. Un gran regalo que Rajoy nos hace proclamando a los cuatro vientos que Pedro Sánchez sería el Papá Noel de 36 millones de españoles llamados a las urnas. Ni la mala malísima de 'Dinastía', Alexis Carrington, hubiera podido ser tan retorcida como para poner al líder del PSOE ante semejante reto.

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