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Primero elecciones, luego 'gran coalición'

La repetición de las elecciones creará una situación nueva y muy distinta de la que se ha vivido en los tres últimos mes

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Salvo un cambio radical del escenario poco o nada probable, y en todo caso imposible de prever, habrá nuevas elecciones el 26 de junio. Los expertos de todos los colores son unánimes al respecto y el optimismo en sentido contrario que manifiestan algunos líderes sólo se explica en clave electoralista. Y se inscribe en el mismo tipo de retórica que las declaraciones de que van a ganar las elecciones que casi todos ellos hacen durante las campañas, aun sabiendo que los sondeos niegan tajantemente esa posibilidad. Conviene pues pensar ya en lo que puede ocurrir a partir del 27 de junio.

Más allá de que no haya que dar por sentado que, mucho que los sondeos digan que el panorama electoral que surgirá de los nuevos comicios se parecerá mucho al que se conoció la noche del 20-D, tal y como dicen los sondeos que se conocen, cabe pensar que la dinámica política que generará la repetición de las elecciones creará una situación nueva y muy distinta de la que se ha vivido en los tres últimos meses. En el contexto general y en el interior de los distintos partidos.

Si se repiten las elecciones en la mesa quedaría una solución: la de una coalición entre el PP y el PSOE, con o sin la participación de Ciudadanos

La urgencia de contar con un gobierno aparecerá entonces como una realidad incontestable, cuando hasta ahora ha sido en buena medida un argumento utilizado por los poderes fácticos para presionar a favor de una coalición entre el PP y el PSOE que aleje los riesgos de cambios políticos, particularmente en el terreno económico y fiscal. Se habrá acabado el tiempo de las ocurrencias destinadas únicamente a quedar bien en los medios de comunicación y la realidad, que hoy no es precisamente maravillosa y que tiende a empeorar, exigirá actuar de verdad.

La ausencia de cualquier tipo de movilización social digna de tal nombre y la estabilidad de la situación económica española, con todos sus graves problemas incluidos en ella, han permitido el espectáculo de inanidad política que se ha vivido desde el 20-D. Pero ya se ha llegado al límite temporal de esos comportamientos. No porque haya desastres esperando a la vuelta de la esquina, aunque tampoco cabría descartar agravamientos en algunos frentes, sino porque la situación actual de interinidad no puede prolongarse.

No hace falta recurrir al tópico de que los empresarios no van a invertir mientras no conozcan la política económica y fiscal que aplicará el nuevo gobierno, lo cual ya ocurre, por cierto, aunque nadie sabe en qué medida. España no puede estar sin gobierno en el caso de que los británicos decidan salirse de la UE, o en el de que una nueva tormenta financiera se abata sobre los mercados, o en el de que la crisis política brasileña termine en desastre, o en el que Libia se convierta en una nueva Siria, mucho más cerca de España. Todas esas cosas, y unas cuantas más, pueden perfectamente ocurrir en los próximos meses. Por no hablar del problemón que para nuestro país van a suponer las exigencias que Bruselas planteará para contrarrestar el desvío el déficit público en el que el PP ha incurrido por sus mentiras y sus intereses electoralistas.

Por todo lo anterior, la presión para que los partidos se coaliguen para formar gobierno va a ser insoportable para los que pueden hacerlo. Más allá de cuales sean los resultados electorales del 26-J, el panorama al respecto estará entonces algo más claro que hace tres meses. Porque a menos de que se produzca una sorpresa formidable en las tres próximas semanas, la hipótesis del gobierno de izquierdas 'a la valenciana' que propone Podemos no figurará entre las posibilidades. Porque si no se ha conseguido hasta ahora no hay motivos para pensar que pueda ser posible más adelante. La misma consideración valdría para descartar un gobierno PSOE-Ciudadanos que contara con la abstención de Podemos y de una no pequeña lista de otros partidos.

Sobre la mesa quedaría por tanto sólo una solución: la de una coalición entre el PP y el PSOE, con o sin la participación de Ciudadanos. Para que ésta pueda producirse se requieren dos condiciones imprescindibles que hoy no se dan. Una, que la dirección del PSOE esté por la labor. Dos, que Mariano Rajoy deje de ser la cabeza del PP.

Pasada la prueba electoral, incluso aunque los resultados sean un desastre para ese partido, el PSOE podría estar dispuesto a cambiar de actitud respecto de la 'gran coalición' en el caso de que Rajoy desaparezca de escena. Sobre todo si Ciudadanos le acompaña en el acuerdo con el PP. La insistencia de Pedro Sánchez en caminar de la mano del partido de Albert Rivera, aunque ésta le haya cerrado la puerta a un entendimiento con Podemos, también podría explicarse en esa perspectiva. O simplemente esa sería la principal razón de esa actitud, más allá de que le haya servido para no hacer el ridículo en las sesiones de investidura de primeros de marzo.

Por último, es altamente probable que Rajoy dimita después del 26 de junio. Las argumentaciones serán distintas en el caso de que el PP crezca en votos respecto del 20-D que en el de que sufra un nuevo revés. Veremos en qué consisten pero en estos momentos la prioridad del presidente del gobierno en funciones es la de ser el mejor líder electoral posible de su partido. Después carecerá de terreno político que pisar y su salida de escena podría ser considerada muy digna por sus seguidores y recibida con gran alivio por el establishment que tiene desde hace tiempo claro que esa es la solución. Y sin Rajoy, la 'gran coalición' llegará por sí sola.

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