Parece que en este mundo no manda nadie
La suerte de Donald Trump está cambiando. Bastante rápidamente, además. Sigue dominando la escena, sin duda, mientras su gran rival potencial, China, el único país que podría frenar en seco a Estados Unidos, se mantiene en un segundo plano, no sin renunciar a sus objetivos y estrategias. Trump marca la pauta. Pero a base de incertidumbre e inestabilidad y, lo que es peor para su país, cada vez más a sus expensas, con costes crecientes para EEUU.
Esta semana el Financial Times lo advertía sin ambages: “Trump se ha divertido jugando con los aranceles. Ahora ha llegado la hora de pagar”. Y ese diario añadía que, al menos en una primera fase, la deuda que comporta la sentencia del Tribunal Supremo de EEUU, el más duro varapalo recibido hasta ahora por el presidente, asciende nada menos que a 160.000 millones de dólares. Y aunque con miles de impugnaciones y de litigios en los tribunales, esa cantidad se terminará pagando, en opinión de los expertos. Con las consecuencias, graves, que ello supondrá para las cuentas públicas norteamericanas.
Es difícil saber el coste económico, que lo tiene, de otro de los grandes fracasos de Trump: el de su política de represión masiva y cruel de la inmigración. Tras una resistencia activa y militante de una buena parte de la población de Minneapolis —en donde esa represión se había mostrado particularmente cruel y asesina— Trump tuvo retirar de la ciudad a buena parte del tristemente famoso cuerpo de ICE y reconocer, sin decirlo, claro está, que su política ha fracasado.
Ahora solo falta ver si ese error clamoroso, que toda la población estadounidense ha seguido al detalle, tendrá consecuencias en noviembre, en las cruciales elecciones de medio mandato. En estos momentos los sondeos no le son favorables, pero las diferencias a favor de su rival, el Partido Demócrata, son demasiado pequeñas como para que nadie se atreva a hacer pronósticos.
El único capítulo de su nutrido repertorio de grandes iniciativas, sobre todo en el ámbito internacional, en el que no le ha ido mal ha sido el del ataque contra Nicolás Maduro. En una acción de la que Trump está muy orgulloso, y que ha sido valorada muy positivamente por su brillantez por expertos militares, los norteamericanos secuestraron al presidente venezolano y lo mandaron a Estados Unidos. Y allí espera una fuerte condena o un indulto. Pero su régimen, todos sus subordinados, empezando por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, siguen siendo los que mandan en Venezuela, a cambio de entregar la llave del petróleo a las empresas norteamericanas, coordinadas por Trump. En definitiva, nada de política internacional y todo de negocio puro y duro.
Cuba no tiene petróleo. Es más, lleva mendigándolo por todo el mundo desde que hace mes y medio dejó de llegarle el venezolano. Pero tiene una capacidad de resistencia histórica a que EEUU colonice de una u otra manera la isla. Marco Rubio, ministro de Exteriores de Trump e hijo de cubanos, lo ha debido comprender y ha conseguido alejar de la Casa Blanca la tentación de hacerse con el poder en Cuba aprovechando la extrema debilidad en que las dificultades económicas lo han colocado.
“Cuba necesita cambiar, pero no tiene que cambiar de golpe”, ha dicho, en efecto Marco Rubio, según recoge el New York Times. “No tiene que cambiar de la noche a la mañana. Aquí todos son maduros y realistas”. Esperemos a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, pero esas palabras son alentadoras. Sin embargo, hay que añadir que las soluciones que sean tendrán que llegar pronto. Porque en la isla empieza a haber hambre.
El otro asunto de esta semana —así como de la anterior, y de la anterior— es la posibilidad de un ataque norteamericano a Irán. Los especialistas dicen y se contradicen sobre la posibilidad, o no, de que este se produzca finalmente. La cosa va por días y humores. Hay quien subraya que el despliegue militar estadounidense en la región es el mayor desde el de la primera guerra de Irak. Por el contrario, otros ponen el acento en que las delegaciones de ambos países siguen negociando la reducción del programa nuclear iraní y subrayan que esas conversaciones van bastante bien. De momento, EEUU ha recomendado a sus ciudadanos en Israel que salgan del país y China ha hecho lo mismo con los que están en Irán.
Al tiempo se consolida la impresión de que el régimen de los ayatolás prefiere soportar los costes de una invasión, que ellos creen que no conseguiría echarlos del poder, por brutal que fuera, que hacer concesiones humillantes a Estados Unidos e Israel. Y esta es la opinión de una articulista del Financial Times: “La incógnita de todo esto sigue siendo la propia mente de Trump. A menos que se le asegure un éxito rápido que no ponga en riesgo vidas estadounidenses ni aumente los precios de la gasolina, aún podría conformarse con mucho menos que el acuerdo nuclear de 2015. Con una redacción creativa, podría declarar triunfalmente que Teherán capituló bajo la presión de la armada que envió a Oriente Medio”.
Está claro que a Trump se le empieza a perder hasta el respeto. Y si se habla de Ucrania, aún más. Porque allí la guerra que Trump dijo que arreglaría en dos días sigue enquistada y sus derivadas amenazan no solo la estabilidad de toda la zona, sino hasta los equilibrios europeos. “Putin quiere la guerra. Trump no se sabe lo que quiere”, dicen esta semana varios periódicos de nuestro continente.
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