Feijóo, el gran perdedor
Lo ocurrido esta semana en Extremadura, con su secuela en Aragón, tiene varias interpretaciones, pero un solo perdedor: Alberto Núñez Feijóo. El pacto que su partido y Vox han firmado para hacer presidenta de la región a María Guardiola constituye una derrota política sin muchos precedentes para el PP y, más allá de su contenido xenófobo y ultranacionalista, por lo de la polémica “prioridad nacional”, es un ejemplo poco frecuente de ineptitud política por parte del líder del primer partido de la derecha, que muy probablemente tendrá consecuencias, incluso electorales.
María Guardiola, que tampoco ha dado un ejemplo de perspicacia táctica o estratégica, convocó elecciones hace siete meses en Extremadura con el fin de ganar votos y no tener que depender de Vox para gobernar, como ocurría hasta ese momento. No lo consiguió: los nuevos resultados electorales le obligaban de nuevo a pactar con el partido de Abascal. Y estuvo negociando casi siete meses con ese fin. En varios momentos se dijo que las conversaciones podían romperse, que las exigencias de Vox eran inasumibles para el PP.
Pero el pasado fin de semana el panorama cambió radicalmente. Se reanudaron las conversaciones y en pocas horas se llegó a un acuerdo: Guardiola había recibido instrucciones de Madrid de que firmara a cualquier precio. Feijóo quería Extremadura o, tal vez, lo que quería era evitar que su marcha triunfante de victorias regionales, que la prensa adicta decía que le llevaría dentro de un año a La Moncloa, se interrumpiera nada más empezar.
Y sin reparar en que el pacto con Vox suponía hacer suyo buena parte del ideario ultraderechista, ni en que ese acuerdo implicaba regalarle una gran victoria al partido contra el que lleva peleando arduamente desde hace años, ordenó a María Guardiola que firmara.
Esta lo hizo encantada desdiciéndose una vez más de su compromiso inicial de no pactar nada con un partido no democrático. Lo malo es que al día siguiente apareció a la luz pública el contenido de ese acuerdo y, sobre todo, la cláusula de la “prioridad nacional” que habría de marcar buena parte de la legislación que iría aprobando el nuevo gobierno, así como la práctica cotidiana de su administración.
Fascismo puro y duro. Los inmigrantes de Extremadura -el porcentaje sobre el total de habitantes más bajo de toda España, por cierto- quedaban condenados a ser ciudadanos de segunda, por muy asentada que tuvieran su posición, y con sus derechos supeditados a que los ciudadanos españoles no quisieran ejercerlos con prioridad.
Y mientras Vox manifestaba su alborozo, más de un cuadro del PP se preguntaba cómo Feijóo había podido autorizar ese desatino que arruinaba tal vez para siempre cualquier intento de conquistar al electorado moderado y que daba al PSOE una baza política y electoral con la que seguramente Pedro Sánchez no había soñado. Y eso ocurría justo cuando el Gobierno de izquierdas estaba metido de lleno en algo de signo totalmente contrario: la regularización de más de medio millón de emigrantes.
¿Fue la intención de contrarrestar esa iniciativa socialista -desde hace tiempo que el PP no hace más que contradecir con hechos o palabras cualquier cosa que hagan Pedro Sánchez y los suyos- lo que dio a Feijóo el empujón final para aprobar el pacto con Vox? Si así fuera, el error estratégico sería aún más grave y ridículo.
Pocas horas después de que se anunciara el pacto, exponentes del PP y el propio Feijóo se esforzaban por convencer al mundo de que lo de la “prioridad nacional” tenía que ser leído de otra manera, mientras que algunos de sus más fieles corifeos mediáticos trataban de quitarle hierro a la cosa diciendo que ese principio no podría ser aplicado, que graves impedimentos legales lo hacían imposible.
Pero a Vox esas disquisiciones le daban igual y seguía celebrando su inesperada victoria. Le habían metido un gol de los que hacen época a quien desde hace años es su principal rival, el partido cuyos problemas explican el crecimiento de la ultraderecha en los sondeos.
Vox sigue siendo muy poca cosa. Y sus dirigentes, igual.Soloo los errores del PP, la falta de atractivo de Feijóo y de sus gentes justifican que sean un referente en el escenario político nacional. Pero ahora, en Extremadura y en Aragón, esa extraña criatura de mediocres chillones le ha ganado la partida al padre. Por culpa de los errores impensables de sus líderes. Porque, por mucho que los vientos de derechas soplen ahora más intensamente en el PP, ¿no podría haber negociado Feijóo mejor y desde antes o incluso haber renunciado a Extremadura con tal de evitar el bochorno que se le ha venido encima y que puede tener consecuencias hasta en las futuras elecciones generales?
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