Trump nos quiere meter miedo
Trump quiere meter miedo a los españoles. Y también dividirlos para debilitarlos. Eso constituye un ataque sin paliativos que, además, no tiene precedentes entre dos países que son socios en varias organizaciones internacionales y, sobre todo, en la OTAN. Ante ese ataque no cabe más que contraatacar. Con la prudencia necesaria para que el contencioso no vaya más allá, pero también con la firmeza que merece una agresión inaudita, más propia de un matón de barrio que del presidente de un gran país.
Con su embestida contra España -en dos etapas, la primera el martes en el despacho oval, la segunda el jueves en una entrevista con el New York Post- Donald Trump ha mostrado su verdadera catadura como dirigente político. La de un tipo intolerante, incapaz de navegar en las procelosas aguas del debate diplomático y que del resto del mundo solo espera sumisión y aceptación acrítica de sus decisiones. Alguien, en definitiva, que no es fiable, de que se puede esperar cualquier extravagancia y cuya jefatura de estado no es sino la confirmación de la profunda crisis que sufren los Estados Unidos.
El presidente ha considerado una afrenta que el gobierno español no haya autorizado la utilización para ataque contra Irán de las dos bases militares, españolas, pero de uso conjunto, que existen en España. Ya de entrada cabe decir que si en el protocolo del acuerdo entre ambos países existe la cláusula que exige la autorización española, no cabe indignación alguna porque la misma no haya sido concedida. Podrá no gustar, y menos a un imperialista, pero esa negativa era una posibilidad prevista por los redactores del texto.
Otro detalle, no precisamente pequeño, de la desproporción de la reacción de Trump ante ese inconveniente -que cualquier gobernante cabal habría encajado de manera mucho más moderada aun fastidiándole mucho- es que en su diatriba, tanto el martes en la Casa Blanca como el jueves en su entrevista, Trump no dirige sus lindezas al gobierno español o a su presidente, sino a “España” y a los “españoles”. Lo cual es un dato que, además de impropio de un gobernante serio, abre la reflexión de que el ataque va contra todo un país y sus habitantes. Lo cual habrá de ser tenido en cuenta a la hora de valorar posibles reacciones y también a la hora de juzgar la actitud de la oposición española frente a la situación. Las que ya se ha expresado y la que puede expresarse.
Más de un analista subraya que la animadversión de Trump hacia nuestro país no es de ahora, no surge del rifirrafe sobre las bases, sino que viene de hace unos cuantos meses, de cuando el gobierno español se negó públicamente a aumentar el gasto militar de nuestro país hasta un 5 % del PIB, tal y como Trump había exigido a todos los miembros de la OTAN, como contrapartida de que Estados Unidos no abandonara la organización atlántica.
A diferencia de España, otros países aceptaron el chantaje pero luego, en la práctica, no han aumentado un euro su gasto militar. Solo Alemania está cumpliendo, a buen ritmo, además, con la imposición norteamericana. El gobierno español jugó limpio, dijo que no podía poner más que una limitada cantidad de ese 5 % que Trump se había sacado de la manga, pero que con la contribución que ya estaba haciendo cumplía sobradamente con sus compromisos militares.
Trump no le perdonó esa muestra de autonomía. Más que el 5 % lo que quería entonces, y ahora, era sumisión, aceptación sin rechistar de las órdenes que impartía el soberano. Y Pedro Sánchez no bajó la cabeza.
¿Qué nos pueden costar a los españoles esos gestos de autonomía y de independencia? Todavía es pronto para saberlo, pero ya hay algunos indicios de la cosa, sin ser despreciable, no va a ser tan terrible como se podría desprender de las amenazas de Trump. Sobre todo, porque las represalias comerciales que el presidente norteamericano anunció son irrealizables en la práctica, no existe espacio jurídico para llevarlas a cabo. Debido a algo tan sencillo que desde hace ya bastantes no es España quien firma los tratados comerciales con terceros países, sino que lo hace la Unión Europea en nombre de todos sus miembros. Cualquier represalia, por tanto, iría contra el conjunto y eso Trump no debería saberlo.
Pero, además, la solidaridad europea en términos generales debería ser una protección adicional frente a ataques como el que ha anunciado Donald Trump. Por muy mal que esté la UE, por muy divididos que estén sus socios en muchas cosas, y también en la actitud a adoptar frente al ataque americano-israelí contra Irán, esa solidaridad ya se ha expresado de diversas formas en las últimas horas y parece que puede terminar funcionando. Entre otras cosas, porque las aguas internas europeas están más revueltas de lo que parece. Han sorprendido las últimas declaraciones de la líder italiana: “No estamos en guerra ni queremos estar en ella” ha dicho Giorgia Meloni. “Si hay petición de uso de las bases conjuntas ítalo-americanas habrá que consultarlo al parlamento”, ha añadido. Puede que Pedro Sánchez no esté tan solo como en principio parece.
El presidente socialista parece muy decidido a mantener sus posiciones. No es de los políticos que se arredran y su postura es seguramente muy popular en la opinión pública. Los primeros en reconocerlo son los intrigantes de la derecha que en las últimas horas han lanzado el bulo de que Sánchez quiere aprovechar la imprevista subida de su popularidad que la crisis internacional ha provocado para adelantar las elecciones. No parece que eso vaya a ocurrir, pero el rumor indica que la derecha no la tiene todas consigo, que la guerra de Aznar de hace dos décadas todavía les sigue haciendo daño, que la mayoría de los españoles está muy lejos de la simpatía hacia Estados Unidos y que los primeros movimientos de acercamiento a Trump y de críticas a Sánchez por parte del PP y de Vox han sentado mal a la mayoría de la opinión.
Por último, la suerte del enfrentamiento entre Trump y “España” depende también del resultado final de la guerra de Irán. Son muchos los analistas que opinan que las cosas en ese frente no están yendo como Washington esperaba, y no son pocos, incluso en los más altos niveles del gobierno norteamericano, los que creen que el intento puede terminar tan mal como el de Irak o el Afganistán.
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