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El periodista que explicaba el mundo con la palabra y el corazón

Kapuściński nos recuerda que si de verdad se quieren ofrecer al lector las claves para comprender el mundo, no se puede pasar de puntillas sobre las tragedias que asolan a la humanidad, no basta con decir qué mala es la guerra, qué terrible es el hambre o qué pena ser pobre

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Ryszard Kapuscinski y la escritora polaca Julia Hartwig

Ryszard Kapuscinski y la escritora polaca Julia Hartwig Mariusz Kubik / Wikimedia Commons

El pasado 23 de enero se cumplieron diez años de la muerte del periodista Ryszard Kapuściński. En estos tiempos de periodismo sitiado entre los 140 caracteres de un tuit y los 10 segundos de intervención en una tertulia televisiva es necesario recordar a los que tanto lucharon para dignificar una profesión.

Nacido en 1932 en Pinsk (hoy Bielorrusia, aunque en su fecha de nacimiento formaba parte de Polonia), durante dos décadas fue corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca (PAP) en países de África, Asia y América Latina. Gracias a él, una agencia estatal sin ánimo de lucro pudo poner a disposición del mundo los mejores reportajes y testimonios de esos años de descolonización y revoluciones. Kapuściński pudo compaginar todo ese trabajo de corresponsal con su actividad literaria, unos 19 libros que nos han quedado como lección de su sexto sentido para encontrar la noticia, de su humildad para escuchar a los más sencillos y de su honestidad para combinar verdad y compromiso.

Frente a unos que confunden periodismo con militancia, y otros con la asepsia de los datos, se levanta un profesional que enseña la interpretación de los acontecimientos. Claro que para ello se necesita un poso intelectual por parte del periodista que incluye conocimiento de historia y geopolítica, extensión para aportar antecedentes y contexto, y tiempo de investigación para recoger la información más escondida y contrastarla. Precisamente todo lo que hoy se está demoliendo en el periodismo.

Periodismo para comprender el mundo

Kapuściński nos recuerda que si de verdad se quieren ofrecer al lector las claves para comprender el mundo, no se puede pasar de puntillas sobre las tragedias que asolan a la humanidad, no basta con decir qué mala es la guerra, qué terrible es el hambre o qué pena ser pobre. Hay que explicar los orígenes, los intereses, los motivos que mueven a los diferentes sectores y grupos humanos a adoptar un determinado comportamiento.

Una idea dominante en el periodismo moderno es que es suficiente con disponer de testigos en los lugares a modo de simples webcam que registran los hechos sin análisis, sin antecedentes y sin contexto. Perseguir los acontecimientos espectaculares no ayuda a entender la realidad observada, es preciso descubrir su mecanismo y acudir a sus causas remotas, abarcar con la imaginación esa vasta región del tiempo y el proceso histórico. Es precisamente lo contrario de lo que hace el periodismo de hoy: espectáculo sin razonamiento. En el caso de las guerras, la necesidad de profundizar se convierte en fundamental. Los medios “deberían comprometerse a conocer profundamente los problemas y las razones de esas situaciones y nunca utilizar el idioma del odio que alimenta el conflicto armado” ( Los cinco sentidos del periodista, México DF, Fondo de Cultura Económica).

El bagaje cultural, personal y humano del periodista debe servir para enriquecer subjetivamente un texto. El reportaje “Por qué mataron a Karl Von Spreti” ( Cristo con un fusil al hombro, Barcelona, Anagrama) es un ejemplo de cómo un acontecimiento periodístico merece presentarse al lector con los suficientes elementos para poder comprenderlo. Trata del secuestro y asesinato en Guatemala por parte de la guerrilla del embajador alemán en 1970. No parece sencillo justificar o al menos explicar las razones por las que se puede secuestrar y asesinar a un diplomático a los pocos meses de llegar a su destino, pero Ryzard Kapuściński lo hace. Eso sí, necesita 70 páginas de su libro Cristo con un fusil al hombro. A lo largo de ellas detalla la historia de golpes de Estado, dictaduras, represión y asesinatos políticos de los diferentes gobiernos de Guatemala. Muestra la responsabilidad y el poder de gobiernos como el de Estados Unidos y el de Alemania. Convence de la imposibilidad de la vía pacífica para oponerse a esos regímenes militares. Explica las motivaciones por las que algunos jóvenes optan por la lucha armada y el coste que eso supone para sus vidas. Relata con precisión cómo se desarrolló el secuestro y que quienes podían haber evitado la muerte del rehén no lo hicieron. Sólo entonces comprenderemos por qué murió  Karl Von Spreti.

Podemos decir, con las palabras de Kapuściński, que el trabajo del periodista consiste en que “el lector pueda entender el mundo que lo rodea, para enseñarle, para educarlo”. ( Los cinco sentidos del periodista, México DF, Fondo de Cultura Económica).

Dar la voz a los pobres

Y mientras hoy el rico y el famoso ocupa las primeras páginas Kapuściński sigue recordando que, como cualquier profesional decente, desde un médico a un fontanero, debemos pensar en prestar nuestra capacidad a los más desfavorecidos. “Mi tema principal es la vida de los pobres” ( Lapidarium, Anagrama, Barcelona), “La mayoría de los habitantes del mundo vive en condiciones muy duras y terribles, y si no las compartimos no tenemos derecho -según mi moral y mi filosofía, al menos- a escribir. ( Los cinco sentidos del periodista, México DF, Fondo de Cultura Económica). Porque uno de los grandes dramas de la pobreza es la forma en que se le da la espalda desde los países del Norte en una absoluta connivencia entre los ciudadanos y el sistema mediático.

Periodismo con valores

Uno de los principios en los que se inspira Kapuściński es que el periodismo no sólo se mueve a través de la responsabilidad profesional, “sino también [de la responsabilidad] ciudadana que nos hace preguntarnos si lo que hacemos es bueno para nuestra comunidad, para nuestra nación” ( Los cinco sentidos del periodista, México DF, Fondo de Cultura Económica). Toda la vida de Kapuściński fue un combate contra la neutralidad, y su obsesión será ir al encuentro de las historias que reflejen la esperanza y la lucha por un mundo mejor, no los lugares más mediáticos o con más atractivo para la agenda dominante, sino los que desarrollaban más intensamente los esfuerzos para la liberación. Esa era su forma de participar en la transformación del mundo, para ello fue a África en los momentos en que se escribía la historia de su lucha por la emancipación tras el colonialismo o a América Latina cuando se gestaban proyectos de liberación.

El maestro de periodistas nunca negó que el objetivo de su periodismo y de su obsesión por explicar el mundo era influir: “Porque sólo es posible moverse de manera racional en un mundo definible y definido, y así entenderlo e influir en su forma y su orden” ( Lapidarium VI, Barcelona, Anagrama). Tampoco perdió la esperanza de que, mediante la influencia en los lectores, se pudiera mejorar el mundo. “¿Puede la escritura cambiar algo? Sí. Lo creo de todo corazón. Sin esa fe no sabría escribir, no podría hacerlo”, dijo dos años antes de su muerte.

Kapuściński aplica intencionalidad hasta en los comentarios de sus fotografías, que le sirven para mostrar el contraste entre el mundo rico y el mundo pobre:

"Las revistas europeas de moda, en la parte dedicada a “¿Qué nos ponemos en la cabeza?”, enseñan diferentes modelos de sombreros, gorras y pañuelos. En África, la respuesta a esa pregunta será diferente: en la cabeza llevamos todas nuestras pertenencias, todo lo que portamos para ir al mercado y lo que traemos de vuelta, todo lo que cogemos cuando huimos del hambre, la guerra o las epidemias" ( Desde África, Altari).


Contra el silencio

Kapuscinski expresó su indignación por el silencio informativo ante tantas injusticias en el mundo. :

"(…) Sería interesante que alguien investigara en qué medida los sistemas de comunicación de masas trabajan al servicio de la información y hasta qué punto al servicio del silencio. ¿Qué abunda más: lo que se dice o lo que se calla? Se puede calcular el número de personas que trabajan en publicidad. ¿Y si se calculase el número de personas que trabajan para que las cosas se mantengan en silencio? ¿Cuál de los dos sería mayor?"

El tiempo ha demostrado cuánta razón tenía. Desde su muerte los gabinetes de comunicación, departamentos de imagen, responsables de relaciones públicas, portavoces de prensa se han multiplicado. Pero, paradójicamente, su objetivo no es informar, sino dirigir la información conforme a sus intereses, desviar, desenfocar e incluso silenciar.  

Sin duda, la evolución del periodismo y de las condiciones en que los periodistas deben desarrollar su profesión, si bien en lo tecnológico han mejorado, en cuanto a las dinámicas laborales han retrocedido de manera que cada vez es más difícil desarrollar un periodismo profundo, riguroso, serio. Kapuściński explica que para hacer sus reportajes en Polonia por termino medio pasaba tres semanas sobre el terreno y una más en la redacción. Cualquier periodista de hoy podría decirnos que esos plazos en la actualidad son intolerables para una empresa informativa. Por otra parte, una de las cuestiones que duele a Kapuściński es cómo la información se ha convertido en un mero espectáculo que no provoca ninguna reacción en las audiencias por mucho que existan razones para la indignación.

En el año 2005 su nombre se barajó como probable Premio Nobel de Literatura, ante ello afirmó: “muchos más famosos que yo merecían el Nobel y nunca lo recibieron. Y la mayoría de los que han sido galardonados después no han escrito nada significativo. No tenían tiempo”. Cuando supo que  finalmente el ganador fue el turco Orhan Pamuk le dijo a un amigo: “¡Qué alivio! Ahora puedo seguir escribiendo”.

Pascual Serrano es autor del libro “Contra la neutralidad. Tras los pasos de John Reed, Ryszard Kapuściński, Rodolfo Walsh, Edgar Snow y Robert Capa”. Península. 2011

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