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La transparencia sanguinaria

Donald Trump y la primera dama Melania Trump en el momento en que se escuchan disparos en el hotel donde se celebraba la gala de los corresponsales de la Casa Blanca.
26 de abril de 2026 22:59 h

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Esta semana leí la noticia sobre cómo Trump quería reinstaurar los pelotones de fusilamiento en las ejecuciones federales: resultó que justo estaba cenando con varias personas, escritores, una de ellas estadounidense, y cuando lo dije alguien respondió que bueno, lo iba a intentar, pero no iba a poder. 

Quizá sea esta la frase que más se haya repetido a propósito de cualquiera de los aprendices de dictador de los últimos tiempos: lo va a intentar, pero no va a poder. Quizá fuera también la frase que más se repitió en el pasado. En cualquier caso, hay muchas cosas que ya ha podido hacer, como matar con una fuerza paramilitar (ICE) a una ciudadana a plena luz del día o hacer desaparecer a personas.

Siempre he pensado que los pelotones de fusilamiento eran algo reservado para el comienzo de una novela de García Márquez, los cuadros de Goya o las historias de horror de países ensangrentados o autoritarios. El error es mío, claro. Pero me perturba, mucho, lo que vemos del presente y lo que se veía en el pasado. En su epílogo a La zona de interés, Martín Amis cuenta las fuentes con las que se inspiró y documentó para escribir esa novela a propósito del horror más inconmensurable. A ver si no resulta un poco perturbadora esta lista que revela cómo describen algunos historiadores la Alemania del auge del nazismo: un pueblo con ganas de fatalismo, que se regodea en la petulancia y la perversidad, con ignorancia resentida y ardiente disposición al odio, que se negaba a la moderación pero también al consuelo, con una ética del todo o nada, preparados para abrazar lo irracional e histérico. Si ajustas el foco, somos nosotros, o podríamos serlo.

De camino al aeropuerto, la misma mujer estadounidense que estaba en la cena unos días antes me contó que le preocupaba estar volviéndose paranoica, o parecer una seguidora de las teorías de la conspiración: no lograba creerse ninguno de los intentos de asesinato contra Donald Trump. Tampoco el último, el que parece un atentado de falsa bandera para justificar la existencia de su salón de bailes, o sea, el que sería el atentado de falsa bandera más ridículo de todos los tiempos. Le dije que, a ver, alguno sí que tendría que ser real, pero a ella ni el que le rozó la oreja le convencía; yo estaba mucho más dispuesta a creer en la fatalidad y a la vez en la contingencia, en lo fulminante y en el caos. Ella quería, en el fondo, hallarle una explicación racional al mundo.

Creo que lo insoportable en todo esto, lo que nos hace perseguir otra explicación, es su transparencia sanguinaria. Es lo contrario a la opacidad sanguinaria con la cual Martin Amis describía, en última instancia, la memoria del Holocausto. En 2026, lo sanguinario, lo ridículo y lo absurdo son absolutamente transparentes y mediatizados; puedes ver todos los muertos que quieras y te apetezcan, cuando quieras y donde quieras. Se reinstaura el pelotón de fusilamiento y menos mal que nadie le ha sugerido aún a Trump que lo retransmita en directo por Truth Social e Instagram Live. Cuando asesinaron a Charlie Kirk, el video y la sangre brotando de su cuello circulaban libres y virales por todas las redes. 

La transparencia sanguinaria contradice la explicación racional y por eso la buscamos más que nunca, pero no es racional; lo único que nos queda preguntarnos es si es humana. Martin Amis se quedaba con lo que escribía Primo Levi: no hay racionalidad en el odio nazi, es un odio que no está en nosotros; está fuera de lo humano. ¿Pero sigue siendo válida esa respuesta? ¿Está fuera de lo humano la transparencia sanguinaria? Es una pregunta perturbadora. Intento hallar una respuesta, pero creo que no voy a poder.

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