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¿Por qué la autoridad es masculina?

El poder que se ejerce con más eficacia es el invisible, el que se arraiga en estereotipos y símbolos

Ejecutivos

En el momento actual relativo a la lucha por la igualdad mucha gente piensa que hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades y que por tanto ya no hay discriminación. Se dice  que si no hay más mujeres en política, en cabezas de lista electorales, en órganos colegiados o en determinados foros, es porque no son tan buenas como sus homólogos masculinos. Se afirma que dado el nivel de desarrollo de nuestras sociedades lo que debe importarnos ya “es la persona”, no si ésta es hombre o mujer.

Es así como surge el misterio de la desigualdad de género: cuando todas las personas son formalmente libres e iguales, ¿cómo puede haber dominación masculina? La mayoría de las teorías feministas actuales intentan responder a esta pregunta.  Se piensa que haciendo explícita esta interrogación se pone en cuestión el tema relativo al poder; a quien ostenta el poder de toma de decisiones en nuestras sociedades.

Sabemos por los grandes teóricos del poder como Foucault, que aquel que se ejerce con más eficacia es el invisible, el que se arraiga en estereotipos y símbolos, aquel del que no somos conscientes de su funcionamiento o de que se despliega sobre nosotros. Por eso para Marx el poder se ejercía mediante la ideología, porque una ideología condiciona nuestra mente de manera que adoptamos formas de ver el mundo que no cuestionamos, líneas de razonamiento de las que es complicado salir, preguntas características que nos impiden formular los problemas con otras preguntas. Por eso las ideas funcionan ideológicamente cuando representan el contexto institucional en el que aparecen como algo natural. Como algo que debe ser así, y nos impiden ver que las cosas podrían ser de otra forma.

A estas alturas no hace falta dar mucha evidencia empírica de que a lo largo de la historia, salvo algunas excepciones, han sido los hombres los que han ejercido el poder; los que diseñaban nuestras constituciones, los “founding fathers”, los que establecían los términos de la ciudadanía y quien encajaba en ellos. Los Estados y las instituciones de la vida pública adoptaban los atributos típicos de los varones que históricamente los habían fundado. Las mujeres descubrían que no encajaban en esas normas y ese hecho las colocaba en una posición de desventaja a la hora de competir por ese puesto, o de pretender alcanzarlo. Quizás por eso cuando había una mujer que lo ejercía, era algo llamativo, parecía que se producía un desencaje entre su “ser natural” y el hecho de desempeñar una actividad que no se correspondía con “su naturaleza”.  

Para las mujeres ha sido muy complicado hacer ver que el hecho de que ellas no ocuparan puestos de representación política no obedecía a un azar. Que su responsabilidad en el trabajo doméstico no respondía a las leyes de la naturaleza, sino a una división moral del trabajo que identificaba la masculinidad con la razón y lo público, y la feminidad con los cuidados y lo doméstico. Ha sido costoso darse cuenta que con el desempeño del trabajo doméstico no sólo transfieren poder  a los hombres, sino que disminuyen su poder y sus capacidades en proporción mayor a la del poder transferido, porque con ello, las mujeres sufren privaciones materiales en forma de salarios y de tiempo, o de pérdida del control sobre sus destinos, todo lo cual acaba privándolas de importantes elementos de autoestima y autorrealización. Esta movilización y concienciación política ha abierto a las mujeres la posibilidad de una acción colectiva de resistencia. Porque todo poder implica resistencia, rupturas de la rutina cotidiana, del quebrantamiento de instituciones que han contribuido a eternizar su subordinación.

Sin embargo, en la era del compromiso discursivo con la igualdad las formas de discriminación de género se producen especialmente a través de caminos simbólicos que además de afectar a la autoestima, reproducen desigualdades materiales y perpetúan esa concepción naturalizada de los roles de género. ¿Cuál es la causa de que en el ámbito universitario, por ejemplo, por cada 2 mujeres que dictan una lección inaugural lo hacen 36 hombres? Es indudable que la mayoría de ellos lo merecen. Pero muchas mujeres también. ¿Acaso no hay ya un número suficientemente elevado de mujeres como para que esa ratio no sea tan desproporcionada? Si nos mantenemos en un orden simbólico en el que se sigue asociando la masculinidad con roles tradicionales de autoridad, de prestigio, o de poder, es normal que cualquier acto solemne “pida” la presencia de un hombre antes que el de una mujer. Eso quiere decir que la autoridad sigue siendo masculina.

Esta arbitrariedad cultural se ha naturalizado de tal manera que incluso aunque las cifras canten, la realidad permanece silenciada. Pero estas cifras muestran que siguen existiendo prejuicios sistemáticos de género que posicionan a la mujer en una situación de desventaja sin que sea fácil reparar en ello. No es casualidad que la propia Virginia Woolf denominara a este fenómeno como “el poder hipnótico de la dominación”. Esto lo afirmamos en tiempos en los que afortunadamente es posible objetivar de forma científica y empírica esas operaciones propiamente simbólicas que muestran que la sociedad sigue ordenada de manera androcéntrica. Y lo hace de forma natural tanto en la realidad como en la representación de esa realidad. Es complicado hacer ver, sin embargo, que si las instancias públicas del Estado, de la Escuela, de la Universidad o de otros espacios públicos siguen siendo lugares de reproducción de estos clichés, esos principios de discriminación se practicarán en el interior del más privado de los universos.


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