Sobre este blog

ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

La cotidianidad de vender nuestra identidad

Profesor Titular de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla
Bandera de Andalucía a media asta en Sevilla

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No hay nada más cotidiano que un aula: unas personas enseñan y otras aprenden, generación tras generación. En las clases de comunicación, que son las que conozco, enseñamos la importancia de diferenciar entre identidad e imagen. Permítanme un breve apunte: la identidad, introducimos, es lo que alguien o algo es y la imagen lo que el resto considera que es. El problema es que, en ciertas ocasiones, la imagen cobra tanta fuerza que acaba contaminando la identidad, eliminando y arrastrando con ella los rasgos, valga la redundancia, identitarios.

Esta contaminación es lo que ha ocurrido tradicionalmente con la identidad cultural de Andalucía, la cual ha sido resumida por personas que poco o nada conocen de esta tierra en una serie de claves manidas, contribuyendo así a su estereotipación y caricaturismo, como reflexionaran Isidoro Moreno o Manuel Bernal. Estereotipos que llegaban con tal fuerza que acababan por ser asumidos por los andaluces y las andaluzas. En síntesis, la cultura andaluza ha sido vampirizada, relegándola a elementos culturales pintorescos e, incluso, exóticos dentro del territorio español.

Andalucía es la vía de escape, el antídoto para el día a día, como esa campaña que invitaba a vivir el sur para no perder el norte. Parece, por lo tanto, que para Andalucía y sus habitantes no existe la cotidianidad

Al fin y al cabo, Andalucía se convierte en ese “algo por descubrir” que las campañas de promoción turística se empeñan en recordar. Campañas que, por cierto, insisten una y otra vez en remarcar que Andalucía es una tierra eterna y sorprendente, natural y tradicional, donde el sol y la playa se dan la mano con el folklore más llamativo y la atemporalidad monumental. Y, todo ello, acompañado de una sociedad que, según nos presentan, derrochamos una alegría que todo el mundo necesita. Andalucía es la vía de escape, el antídoto para el día a día, como esa campaña que invitaba a vivir el sur para no perder el norte. Parece, por lo tanto, que para Andalucía y sus habitantes no existe la cotidianidad.

Sin embargo, las andaluzas y los andaluces no solo vivimos el sur, sino que somos el sur (o, al menos, un sur). Esta identidad manufacturada por otros parece haber calado hasta cierto punto en la región o, al menos, hasta ahora. Es cierto que en los últimos años se está viendo un (re)nacimiento del sentimiento andaluz, como ha plasmado, entre otros, Jesús Jurado; un movimiento que se ha etiquetado como “nuevo andalucismo" o "neoandalucismo o, con un tinte más político, “tercera ola andalucista. Este nuevo sentir, que también explica la lucha contra la andalufobia (o andaluzofobia), lo vemos plasmado en no pocas iniciativas literarias, musicales o cinematográficas, sin obviar los tan recurrentes y ocurrentes memes, propuestas que buscan recuperar y ensalzar los rasgos y valores identitarios más allá de aquellos que pretenden definir Andalucía desde la otredad.

No obstante, como comunidad debemos preguntarnos dónde se hallan los límites de este movimiento, en el sentido de conocer si sobrepasará las fronteras de lo sociocultural para alcanzar otros objetivos políticos y económicos. Un reflejo de esto son las últimas elecciones autonómicas, donde vimos cómo determinadas organizaciones políticas apostaban por presentarse como radicalmente andalucistas, pero también cómo al final venció, en unos resultados que se han denominado históricos, una visión mucho más moderada, y conservadora, de lo que es ese supuesto nuevo sentir.

El andalucismo está de moda. Las calles se llenan de personas con la bandera verdiblanca en sus muñecas y camisetas donde se resignifican símbolos de la región e iconos de la cultura popular y de la cultura de masas. No obstante, corremos el peligro de caer de nuevo en la explotación de nuestros recursos, un aprovechamiento comercial de nuestra identidad y que, como consecuencia, esto acabe restando fuerza a los que deberían ser nuestros objetivos principales. Sirva de ejemplo la campaña de la famosa marca de cervezas titulada “Con mucho acento”, la cual busca capitalizar las quejas y reclamas andaluzas a partir de un anuncio (después vendrían más) que, precisamente, cuenta con poca factura andaluza más allá de lo que se pueda ver y escuchar en la pantalla.

Es en este contexto en el que debemos reflexionar sobre cuáles son los límites que ponemos desde Andalucía al aprovechamiento de nuestros símbolos, valores y reivindicaciones en beneficio, de nuevo, de seguir alimentando una imagen que poco se aproxima a nuestra identidad.

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ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

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