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La brisa ya no refresca como antes en Andalucía

Multitud de personas disfrutan del primer sábado de agosto en la playa de San Cristóbal, en Almuñécar.

Álvaro López

Granada —
8 de agosto de 2026 21:16 h

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La costa andaluza está perdiendo uno de sus principales escudos naturales contra el calor. Las brisas marinas que cada verano alivian las altas temperaturas en provincias como Almería, Granada o Málaga soplan cada vez con menos fuerza y, según una investigación científica basada en 41 años de datos meteorológicos, el debilitamiento ya alcanza el 21% en las estaciones andaluzas analizadas, un porcentaje superior al registrado en el conjunto del litoral mediterráneo. Los investigadores advierten de que este fenómeno puede agravar los episodios de calor extremo precisamente en una de las zonas más vulnerables al cambio climático.

“La brisa es un aire acondicionado natural”, explica la oceanógrafa Shalenys Bedoya-Valestt, una de las autoras del estudio publicado en Scientific Reports. Ese alivio, sin embargo, está perdiendo eficacia. El trabajo sentencia que las olas de calor están debilitando el mismo mecanismo que tradicionalmente ayudaba a rebajar la temperatura en la costa mediterránea. “El mismo mecanismo que debería aliviar las olas de calor está haciendo que las brisas sean más débiles”, explica la investigadora a elDiario.es Andalucía.

Además, según la investigación, los datos desmontan una de las ideas clásicas de la meteorología costera. Hasta ahora se asumía que cuanto mayor era el contraste de temperatura entre la tierra y el mar, más intensa sería la brisa. Sin embargo, el análisis de cuatro décadas de observaciones apunta justo a lo contrario: el calentamiento del Mediterráneo favorece que la brisa aparezca más veces, pero también que llegue con menos fuerza. Para los investigadores, esa paradoja es una de las principales evidencias de que el cambio climático está alterando el funcionamiento de este mecanismo natural.

Un problema mayor en Andalucía

Aunque el estudio analiza toda la cuenca occidental del Mediterráneo, Andalucía destaca por encima de la media. Mientras que el debilitamiento medio de la brisa alcanza el 10% en el conjunto del Mediterráneo y el 17% en la España peninsular, las estaciones de los aeropuertos de Almería y Málaga -empleadas por el equipo como representativas del litoral mediterráneo andaluz- registran una pérdida de intensidad del 21%. Para Bedoya-Valestt, es razonable pensar que el comportamiento de otros tramos de la costa mediterránea andaluza, como la Costa Tropical granadina, sea similar, aunque reconoce que no existen series históricas suficientemente largas para demostrarlo con el mismo nivel de evidencia.

Ese dato preocupa porque Andalucía se encuentra entre los territorios españoles más expuestos al aumento de las temperaturas y a la prolongación de las olas de calor. Si la brisa pierde fuerza, disminuye también uno de los pocos mecanismos naturales capaces de amortiguar los picos de calor en las ciudades costeras. Los investigadores esperaban encontrar el efecto contrario. En teoría, cuanto mayor es la diferencia de temperatura entre la tierra y el mar, más intensa debería ser la brisa. Sin embargo, las observaciones muestran que el calentamiento global está alterando ese equilibrio.

La explicación, señala Bedoya-Valestt, está en las masas de aire extremadamente cálidas procedentes del norte de África, cada vez más frecuentes durante los episodios anticiclónicos. Ese aire forma una especie de “tapadera” sobre las capas bajas de la atmósfera que impide ascender al aire caliente acumulado sobre la superficie. Sin ese movimiento vertical, la brisa pierde el impulso que la hace avanzar desde el mar hacia tierra. “La circulación queda aplanada y la brisa sopla con menos fuerza”, dice.

Cuando más falta hace, menos funciona

La paradoja es que el fenómeno se intensifica precisamente durante las olas de calor. El equipo comparó las brisas registradas durante episodios extremos con las de días normales y comprobó que, en España, son todavía más débiles cuando se disparan las temperaturas. Es decir, el sistema natural que durante décadas ha ayudado a refrescar las tardes de verano pierde eficacia justo cuando resulta más necesario.

La investigadora recuerda que durante una reciente ola de calor en la Comunitat Valenciana observaron que la brisa llegó mucho más tarde de lo habitual y prácticamente sin humedad, lo que redujo casi por completo su capacidad para refrescar el ambiente. Cree que ese comportamiento podría repetirse cada vez con mayor frecuencia si continúa aumentando la temperatura del mar Mediterráneo.

Las consecuencias no se limitan al confort térmico. La brisa también actúa como un sistema de ventilación natural que dispersa contaminantes y transporta humedad hacia el interior. Cuando pierde intensidad, explica Bedoya-Valestt, los contaminantes permanecen más tiempo sobre las ciudades costeras y disminuye uno de los mecanismos que favorecen la formación de tormentas estivales. En una comunidad como Andalucía, con una población muy concentrada en el litoral y episodios de calor extremo cada vez más frecuentes, el debilitamiento de las brisas puede convertirse en un nuevo efecto del cambio climático con repercusiones directas sobre la salud y la calidad de vida.

La oceanógrafa asume que el escenario ha cambiado. “Estamos en un punto que no es reversible; estamos en un punto de mitigación y adaptación”, afirma, citando las conclusiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). A su juicio, reducir las emisiones sigue siendo imprescindible, pero también será necesario replantear la planificación urbana para facilitar que las brisas puedan seguir penetrando en las ciudades costeras y no encuentren nuevos obstáculos en su recorrido.

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