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Trump, el aborto, el muro y la conexión entre ambos: la teoría de la substitución

En abstracto pudiera parecer que estas dos cuestiones no están relacionadas. Sin embargo, lo cierto es que hay un número creciente de defensores de Trump que sí ven claramente la conexión entre ambas agendas: preservar la América, no solo cristiana, sino también la blanca

Trump sale airoso del "impeachment" al ser absuelto por el Senado de EE.UU.

EFE

La semana pasada, Trump se convirtió en el primer presidente de los EEUU en participar, entre vítores de monjas y curas, pero también de familias y estudiantes (eso sí, prácticamente todos blancos), en una marcha antiabortista. La así llamada "Marcha por la vida" es una cita anual para expresar rechazo a una de las decisiones más importantes de la historia del constitucionalismo, no sólo estadounidense, sino universal. Se trata de Roe vs. Wade, la sentencia del Tribunal Supremo de los EEUU que en 1973 reconociera por primera vez, no sólo en el país, sino en el mundo entero, el derecho constitucional que las mujeres embarazadas tienen de decidir si desean o no ser madres. En un constitucionalismo hecho por y a la medida de los varones hubo efectivamente que esperar casi dos siglos después de la adopción, en 1971, de la Carta de Derechos de los Estados Unidos, a que llegara esa singular conquista constitucional (no alcanzada aún en la mayoría de los países) que se ve ahora, casi 50 años después, seriamente amenazada.

Que la amenaza va en serio se entiende si tomamos en cuenta las diversas medidas que, desde su asunción del cargo, ha venido adoptando el magnate -quien, por cierto, antes de ocuparlo, se había mostrado favorable al derecho de las mujeres a decidir. Así, sólo cuatro días después de jurar como presidente, firmaba un decreto que prohíbe a las ONG y proveedores sanitarios utilizar fondos del Gobierno estadounidense en el extranjero para programas de planificación familiar que incluyan la posibilidad de abortar. También anuló una ley que obligaba a los empleadores, en el marco de los seguros médicos que tienen que ofrecer a sus trabajadores, a cubrir los métodos anticonceptivos de su elección (en aras de un supuesto derecho a la objeción de conciencia). En su haber cuenta igualmente el bloqueo de parte de los fondos federales a un programa de planificación familiar destinado a mujeres de bajos ingresos.

Pero sobre todo, le debemos a Trump la incorporación -después del bloqueo del intento de Obama por rellenar una de las vacantes- de dos jueces conservadores al Tribunal Supremo: Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh que hacen que la Corte bascule ahora decididamente hacia la derecha; algo que, teniendo en cuenta la edad de los nuevos magistrados, puede condicionar la libertad reproductiva de las mujeres americanas mucho más allá de cuando el propio Trump deje de estar en el Gobierno e independientemente del resultado de las próximas elecciones.

De hecho, animados por una composición que entienden favorable a sus posturas son varios los Estados conservadores (Iowa, Kansas, Oklahoma, Alabama, Arkansas, Kentucky, Mississippi, Texas, West Virginia y Lousiana) que han empezado a aprobar leyes plenamente conscientes de que desbordan los límites que marcara Row v. Wade y Planned Parenthood v. Casey (esta última sentencia, de 1992, que vino solo a matizar la doctrina de Roe); límites en virtud de los cuales a los poderes públicos les está vetado adoptar medidas que “graven indebidamente” (literalmente, que supongan un undue burden a) la libertad de las mujeres de decidir antes del momento de la viabilidad del feto, si desean o no ser madres. Las iniciativas, hasta ahora frenadas por tribunales inferiores respetuosos con el precedente, son las que próximamente darán la ocasión al Tribunal Supremo, compuesto, por cierto, por 6 varones frente a sólo 3 mujeres, de apartarse de su doctrina, restringiendo finalmente la libertad reproductiva de las mujeres en el país.

Mano dura en migración

No fue sin embargo lo único por lo que hizo titulares Mr. Trump la semana pasada. Lo veíamos también apelando nuevamente a una política migratoria de mano dura y arremetiendo contra México, sacando a relucir una vez más su muro y el manido debate acerca de su financiación. Y conviene recordar que, como está sucediendo en materia de aborto, no se trata sólo de retórica.

El presidente está construyendo el muro y, de forma más general, ha venido cumpliendo su promesa electoral de adoptar medidas restrictivas en materia de inmigración. Lo que es más preocupante: lo ha venido haciendo con la connivencia de la Corte Suprema. Así, en 2018 los jueces del alto tribunal sancionaban el tercer intento, después de dos anteriores fallidos, de medidas destinadas a frenar la entrada de nacionales procedentes de países musulmanes, igual que lo haría, en 2019, con respecto a restricciones en materia de asilo y el uso de fondos federales para la construcción del muro. De hecho, también la semana pasada, el 27 de enero, la Corte Suprema aprobaba la posibilidad de un examen de recursos financieros para filtrar a los solicitantes a quienes se concederá la tarjeta de residencia permanente, la famosa green card.

Supremacistas blancos

En abstracto pudiera parecer que estas dos cuestiones -la de la restricción del derecho a abortar y las restricciones migratorias- no están relacionadas. Sin embargo, lo cierto es que hay un número creciente de defensores de Trump -que no se limita al electorado católico y evangelista cuya lealtad el Presidente parece querer asegurarse con sus gestos de "nuevo devoto"- que sí ven claramente la conexión entre ambas agendas. Se trata, en esencia, de aquellos que entienden que la verdadera empresa común es preservar la América, no solo cristiana, sino también la blanca frente a una posible substitución demográfica por la llegada incontrolada o excesiva de inmigrantes y sus efectos contaminantes, así como por la limitada natalidad de la mujeres autóctonas aunque, dicho sea de paso, pocos recaen en que las restricciones del derecho a abortar han tenido siempre una incidencia especial sobre las mujeres afroamericanas que se encuentran sobrerrepresentadas entre las pobres.

No se trata de una mera conjetura. La Administración Trump ha venido tomando pasos concretos para favorecer la fusión conceptual de ambas agendas y alimentar el imaginario preservacionista de los supremacistas blancos. A muchos ya les impactó que el magnate americano defendiera, con su lenguaje equidistante, a los supremacista blancos que en 2017 marcharon en Charlottesville bajo el cántico de "no nos sustituiréis" en protesta contra la remoción de la estatua de Robert. E. Lee, un general del ejército de los Estados Confederados durante la guerra civil. Pero es que hace sólo dos meses, en la Conferencia Internacional sobre Política Familiar, los delegados estadounidenses se deshacían en alabanzas hacia las políticas que, bajo la rúbrica de "procreación en vez de inmigración", ha venido adoptando en Hungría el gobierno de Orbán, políticas que se oponen a la recepción de refugiados e inmigrantes y en cambio defienden la adopción de medidas y subsidios para incentivar que las familias nucleares tradicionales incrementen el número de hijos y logren con ello salvar la civilización cristiana occidental de la amenaza que supuestamente representa la llegada de refugiados e  inmigrantes, sobre todo procedentes de países árabes.

En definitiva, que esta sea la verdadera agenda que une ambas temáticas tampoco puede sorprender a quienes desde el principio hemos visto en la elección de Trump una reacción de parte del electorado americano a la de Obama.

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