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La decisión de Maíllo

El nuevo coordinador de IU, Antonio Maíllo, durante su discurso en la asamblea federal de la formación.

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Casualidades, como las que atesoran los personajes de Paul Auster, han hecho coincidir la proclamación de Antonio Maíllo como líder nacional de Izquierda Unida y la cumbre de la ultraderecha mundial en Madrid este domingo 19 de mayo. Me temo que mucho se hablará en el futuro del cónclave de adalides xenófobos, homófobos, antifeministas, negacionistas…, y serradores de las leyes del bienestar social y derechos humanos para planificar el asalto a las instituciones de Europa y descuajaringarlas; quizás menos de la vuelta de Maíllo a la política activa. David contra Goliat.

He preguntado qué le ha hecho al profesor Maíllo, con una vida tranquila tras vivirlo casi todo en la primera línea, regresar para zambullirse en el berenjenal de la política nacional. Una vez más, como hizo con IU Andalucía en 2015 distanciándose del PSOE de Susana Díaz con quien cogobernaba, y luego en los pactos con Podemos en 2018, está intentando que su amada formación no desaparezca de los parlamentos.

Las federaciones de Andalucía y de Asturias, las de mayor peso en Izquierda Unida, y andaluces dirigentes del PCE han tenido mucho que ver a la hora de convencer a Maíllo para que su sentido de responsabilidad con las siglas pesara más que su deseo de seguir tranquilito en Sevilla como profesor de Latín en un instituto. La primera misión de Maíllo es el rescate de IU, abocada a la insignificancia tras el mareo de particiones del segmento a la izquierda del PSOE y eclipsada en la amalgama de siglas de confluencias. “IU vuelve a ocupar foco, espacio…”, se oye con ilusión en sus filas.

Las expectativas sobre Maíllo en su organización es que la rearme, la insufle de ánimo y cohesión en todos los territorios, algo que hará a partir de que entregue las notas a sus alumnos y pasen las europeas. También que consiga que IU tenga una voz propia y de liderazgo en el tinglado de la izquierda, sin bajarse de la plataforma de Sumar. Aquí hay otra clave de su proyecto ganador en las primarias, la de contribuir con su experiencia y perfil intelectual a tejer alianzas en esa izquierda descoyuntada, la unidad invocada tantas veces.

Lejos del gallinero de Madrid esto ya está siendo posible en parte en Extremadura y Andalucía. El grupo parlamentario Por Andalucía lo conforman diputados de IU, Podemos y Más País. Es verdad que son pocos, cinco diputados, pero trabajan juntos. Maíllo, que seguirá viviendo en Sevilla, cuenta con el aliciente de la federación de mayor peso a su lado: 840 concejales, 11 diputados provinciales, 62 alcaldías; 25 cogobiernos locales, cinco diputados autonómicos y cinco entidades locales. Unas cifras a tener en cuenta cuando haya que sentarse junto a Compromís, En Común, Más País en la plataforma de Yolanda Díaz. 

Cómo se habrá sentido concernido por el panorama horripilante para echarle valor y en la etapa de disfrutar del tiempo perdido en lecturas -ya habrá terminado los tomos de Marcel Proust que empezó a leer tras la retirada a Aracena primero y Sevilla después -, decida arrimarse a la hoguera de la política de bulos e insultos que ha convertido en tóxico el ambiente político en Madrid

También en la decisión de Maíllo influye su buena relación con Yolanda Díaz. Ambos están encantados el uno con la otra. “Hablan mucho y largo”. Maíllo, además de espolear a Izquierda Unida en los territorios, podría convertirse en la nueva voz autorizada de Sumar fuera del Gobierno. Una voz reflexiva, pausada, sensata, culta y ajena a las frases de aquí te pillo y aquí te mato de las redes sociales. Cómo se va a fraguar esa posibilidad no está decidido, probablemente hasta después del verano no se concrete, pero cuenta con el principal incentivo, la sintonía con Yolanda Díaz.  

En el paso dado del nuevo coordinador de IU hay cabida para algo más personal, el sentir y la intuición de Maíllo. Para mí, más decisiva que todas las demás. Como otros izquierdistas veteranos, observaba impotente desde el rincón de jubilados de la política cómo la extrema derecha se extiende como una mancha de aceite por el mundo, despendola a la derecha sensata y reduce la influencia de la socialdemocracia. Siempre vio venir las cosas. Cuando se apartó de la política pensé que, además de su enfermedad luego superada y de la ruptura interna de Podemos en Andalucía, la entrada del primer grupo de extrema derecha en un parlamento en España le había descorazonado hasta tal punto de que tiraba la toalla.

Cómo se habrá sentido concernido por el panorama horripilante para echarle valor y en la etapa de disfrutar del tiempo perdido en lecturas -ya habrá terminado los tomos de Marcel Proust que empezó a leer tras la retirada a Aracena primero y Sevilla después -, decida arrimarse a la hoguera de la política de bulos e insultos que ha convertido en tóxico el ambiente político en Madrid.

Antonio Maíllo no busca a estas alturas hacer carrera política, tampoco un boquete laboral. Simplemente no se perdonaría “escurrir el bulto en estas circunstancias de avance del fascismo”. El hecho de que su ratificación como nuevo líder de Izquierda Unida en Madrid coincidiera con la cumbre de dirigentes de la ultra derecha impregna de simbolismo su regreso. Y le da el sentido sobre el que tanto he preguntado en las últimas semanas.

 

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