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Una, grande y libre

La conocida como 'foto de Colón' de febrero de 2019.

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Qué bonito es el patriotismo, pero qué raros son los patriotas, no se si se han fijado. Los que creen en una España grande suelen quererla, sin embargo, pequeña: cuando no sugieren el fusilamiento de 26 millones de compatriotas, y dejan fuera de ella a todos aquellos a quienes pretende integrar, ya sean vascos, catalanes, gitanos, mujeres y diversos. A ese paso, su nación será tan grande como una cabina telefónica.

Grande, dicen, aunque haya que hacer patria desde Andorra. Como ocurre con las cuentas corrientes de los honorables que dejaron de serlo, de los deportistas que metieron un gol o un set al fisco o de los youtubers, los predicadores de Internet que explican a los jóvenes cómo querer mucho a los españoles pero no así a su Agencia Tributaria, ese nido de la serpiente bolivariana.

Grande como el pufo de la caja B, con B de Bárcenas y B de Génova. Grande como las deudas contraídas por los partidos a los bancos que salvamos patrióticamente entre todos de caer en la bancarrota. Grande como la soledad de Ciudadanos y la testosterona de Vox. Grande como el número de mujeres muertas y el de sueños aplazados.

Siguen queriendo una España una, como si fuera suficiente una sola palabra para explicarnos, un solo acento o una sola lengua para entendernos; como si los españolitos a los que guarde Dios hubiéramos hecho alguna vez algo unidos, salvo tomar las uvas bajo el reloj de la Puerta del Sol, según supo descubrirnos hace mucho la escuela filosófica de Mecano.

Si es un milagro que sigamos en la misma pandilla después de siglos de persecución, intolerancia, presidio, exilio y tiros pardos en la noche, ¿por qué no lo celebramos en vez de intentar convertirnos en lo que no somos?

¿Para qué querrán una España una, si tenemos muchas, hablan varios idiomas y a falta de una sola bandera que nos junte a toda la tribu, disponemos de un festival de identidades, colores y sueños? Si es un milagro que sigamos en la misma pandilla después de siglos de persecución, fanatismo, intolerancia, presidio, exilio y tiros pardos en la noche, ¿por qué no lo celebramos en vez de intentar convertirnos en lo que no somos, en lo que nunca fuimos de grado sino por fuerza? Si no nos gusta una bandera, tenemos más. Si no nos gusta esta España podemos darle un repelladito entre todos, como si fuéramos una modesta comunidad de propietarios, pero libre de hipotecas o libre de desahucios.

España libre, gritan como otros antes gritaban. ¿Libres de qué? ¿De quienes quieren quitarles la libertad de tomar una caña a las tres de la madrugada o, en otro caso, la de acudir a un centro de salud público a cualquier hora? Miles de españoles firman libremente papeles que no hablan de qué será de nosotros después de la pandemia, de cómo acabar con el atraco de las eléctricas, de cómo seguir diciéndole a nuestros hijos que estudien varios másters para trabajar de camareros en una franquicia.

España, patrióticamente libre para acosar al Gobierno cuando nos hostigue un bicho o un país extranjero. Libre para acallar las voces libres, cuando –anda jaleo, jaleo—no dejen ver lo que escribo porque escriba lo que veo. Libre como un cubata pero no como los fármacos. Libre como el aire que no protegemos del efecto invernadero. Libre como un conspiranoico y como un verso suelto en cualquier coche oficial.

Libre, también, como Andalucía, Iberia y la Humanidad, como la Constitución de Cádiz y la del 78, como el tiempo en que somos nosotros mismos, como el miedo y como un saque. Libre para cantar las verdades del barquero o militar en la mayoría silenciosa. Libre como un taxi o mudo como un mapa.

La España de hoy es la suma de Clara Campoamor y la de Belén Esteban, la de Viriato y la de Almutamid, la de Blas de Lezo y la del Padre Las Casas, la de María Zambrano y la de Maruja Mallo, la de Urtain y la de Vicente del Bosque, la del Comandante Abril y la del Noi del Sucre, la de Emilia Pardo Bazán y la de Benito Pérez Galdós. Somos ramblas y alhambras, ardillas saltando de árbol en árbol y osos encaramándose a un madroño. Entre la Costa de la Muerte y la Costa del Sol, teatros del Paralelo, huevos de Lucio, chirigotas de Cádiz y rockeros de Palencia, aldeas vacías o ciudades atestadas. La del indulto a los golpistas del 23-F y la del indulto a los soberanistas del 1 de octubre, la del 15-M y la de la Plaza de Colón, la de la Expo y la de la Olimpiada, la de La Pantoja y la de Rocío Jurado, la del Sí de las Niñas y la del No a la Guerra.

Hoy por hoy y hasta que esto aguante, España somos todos. Salvo, claro, aquellos que creen que sólo es suya. A veces, eso sí, se reúnen para hacerse una foto. Ojalá sólo quede en eso y podamos seguir adelante en un país que se rompe supuestamente cada diez minutos.

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8 de junio de 2021 - 10:39 h

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