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Buscadores de huesos

Tan sólo reivindicamos el derecho a las lágrimas, un lugar donde cerrar los ojos de nuestros fieles difuntos con las viejas monedas de la justicia

Queremos curar las heridas de hace ochenta años para que algún siglo puedan cicatrizar y dejar de mirarnos unos a otros con cara de Brunete, Convoy de la Victoria, Viva la Muerte, No pasarán, Ya hemos pasao, la voz de Queipo, la desbandada de la muerte, Paracuellos, la legión Cóndor sobre el árbol de Gernika, etcétera, etcétera

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"Buscadores de huesos", nos llama un tipo con vocación de Martínez El Facha; un parlamentario andaluz –pedid tierra y libertad, dice el himno- de ese partido extremo que quiere que los españoles nos parezcamos a Charlton Heston y que guardemos un rifle en lugar de una quiniela, de un librillo de fumar o de la cartilla del paro.

No buscamos el brazo incorrupto de Santa Teresa, las puertas de la Atlántida o el corazón de las tinieblas. Tampoco la quijada del asno que mató a Abel y que los sempiternos caínes nuestros de cada día esgrimen como una perpetua estaca que obligara a Goya a pintar el mismo cuadro mil veces: dos energúmenos enterrados en la arena, golpeándose con el estúpido ahínco de una berrea humana, mientras arde un país o estalla la melancolía.

No son sólo huesos lo que pretendemos quienes no queremos desenterrar los monstruos que produce el sueño de la razón o de su contrario. Queremos que la vanitas del pasado conjure las amenazas del futuro. Deseamos tan sólo mirar cara a cara a la calavera de Hamlet y comprender que nunca más deberá colgar un proyectil de su cráneo.

Vamos a desplegar el mapa de la dignidad sobre el atlas de la barbarie. Queremos conocer los nombres de la tierra, la historia que encierran las tibias que no se arrodillaron, los labios que no delataron, las costillas que aguantaron el peso de la historia y supieron defender las urnas cuando el fascismo y sus cómplices gritaban a las armas.

Tan sólo reivindicamos el derecho a las lágrimas, un lugar donde cerrar los ojos de nuestros fieles difuntos con las viejas monedas de la justicia. ¿Dónde está el peón caminero perdido en el bosque de la mala suerte, la que bordaba banderas y equivocó –musitan- los colores, aquel que enseñaba esperanto en el ateneo libertario, el médico que no preguntaba por las ideas de sus pacientes pero que nunca quiso cobrarle a los sin nada, la madre que se negó a dejar salir a sus hijos hacia un río de sangre y de silencios? ¿Dónde está el poeta del balcón abierto frente a los mascarones totalitarios?

Somos zahoríes de las sombras. Seguimos las huellas de quienes se quisieron libres y cuyos sueños descansan bajo los escombros de la Institución Libre de Enseñanza. Colocamos nuestra oreja sobre el suelo y esperamos que toda la noche volvamos a oír pasar pájaros de nuevo. En los pozos del recuerdo corre agua limpia: una mujer alzada sobre sí misma, un obrero que lee sus primeras palabras, un niño que cree tener derecho a serlo, un anciano que mira con ojos machadianos la España del corazón helado y la juventud futura. No vean tan sólo gorros milicianos, el compás de una logia, un pantalón raído manchado de ceniza. De las fosas, emergen también los abrazos de la despedida, un ramo de siemprevivas, la adolescente que recuerda el momento en que su padre desapareció de su vestíbulo, la oración del ateo, el creyente que reniega de Dios.  

No somos huaqueros, no saqueamos tumbas. Tampoco desenterramos el hacha de la guerra sino la pipa de la paz. Queremos curar las heridas de hace ochenta años para que algún siglo puedan cicatrizar y dejar de mirarnos unos a otros con cara de Brunete, Convoy de la Victoria, Viva la Muerte, No pasarán, Ya hemos pasao, la voz de Queipo, la desbandada de la muerte, Paracuellos, la legión Cóndor sobre el árbol de Gernika, etcétera, etcétera, maldita sea. Con todas nuestras castas. Con todos vuestros muertos. Dejadnos ser Antígona y darles a todos una digna sepultura.

No rastreamos el odio, no buscamos discordia. No estamos enemistados con nadie, salvo con la sinrazón. Quizá quieran promulgar una ley de la concordia en lugar de mejorar la de la memoria, porque quizá necesiten hacer las paces consigo mismos. Y, sobre todo, tal vez les haga falta olvidar y que otros olviden. Un millón de muertos, ya saben. El tiro de gracia, la valla de los cementerios, el aceite de ricino, el maestro sin título, las bodas anuladas, los niños secuestrados, los libros ardiendo, los barcos llenos y las fronteras en llamas.

Nosotros sólo queremos encontrar los huesos de unos –y también de los otros, aunque recibieran honores durante cuarenta años- para reconstruir a duras penas el cadáver exquisito de la esperanza. Pedimos muy poco, no se alarmen: ya hace mucho que sabemos que probablemente nunca haya banquillo de acusados, que no volveremos a cruzar el Ebro y ni siquiera aguardamos el humilde regalo de la palabra "perdón". A estas alturas de la historia, con Pedro Guerra, tan sólo nos conformamos con que los vencedores no vuelvan a vencer a los vencidos.

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