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First we take Manhattan
Ya lo profetizó el viejo Leonard Cohen: “First we take Manhattan, then we take Berlin”, que traducido al trumpismo resulta, ya hemos tomado Estados Unidos, ahora vamos a por la Unión Europea, por dos motivos habituales en las películas de asesinos en serie: porque estorba y porque puede.
Nada nuevo bajo el sol, salvo que ahora Washington ya no guarda las apariencias. Antes, el Capitán América decía exportar la democracia, pero ahora se ve más que nunca sobre su escudo el signo del dólar que le mangaron al escudo de Hércules con las columnas. La doctrina del multimillonario pelirrojo está en vigor desde 1823: es la doctrina Monroe 3.0. América para los americanos, pero mucho más. “Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor”, les desenmascaró hace más de un siglo Rubén Darío. Trump y su consejo de administración no dejan de ser la herencia remasterizada del intervencionismo benevolente del presidente Wilson o del maquiavélico de Henry Kissinger, que sí que ganó incomprensiblemente un Premio Nobel de la Paz y, por ello, Jean Paul Sartre renunció al suyo de Literatura. Lo de Venezuela es un remake quirúrgico de Panamá y Granada, en el que se habla mucho del secuestro de Nicolás Maduro, el que hablaba con los pajaritos, encarcelaba opositores y tocaba el cajón flamenco, pero poco se dice del centenar de muertos que ha costado esta última superproducción, a medio camino entre el thriller de acción y las telenovelas. Tras hacerse con la franquicia de Caracas, ahora pretenden hacerse con las destilerías del ron cubano sin que haga falta probablemente otro desembarco en Bahía de Cochinos.
Menudo palmarés el de las barras y estrellas. Más de 300 intervenciones en todo el mundo y en varios continentes, bajo diversas administraciones, desde la América morena al Sudeste Asiático, desde Africa del Norte a Afganistán, por no hablar de las guerras indias o de Richard Nixon: “América no fue construida sobre el miedo. América fue construida sobre el coraje, la imaginación y una determinación invencible para hacer el trabajo que se presenta”. Su trabajo es el dinero y la conquista. De ahí que su artillería financiera, política y mediática suela preceder a sus bombarderos y a sus negocios.
Ahora, acabamos de asistir perplejos a la genuflexión del químico y ex eurodiputado Josu Jon Imaz a Trump junto a los próceres de Repsol, halagando sus oídos antes de que se fuera a inspeccionar las obras de su nuevo Salón de Baile --“Gracias, Señor Presidente, gracias por tenernos aquí y gracias por abrir la puerta a una Venezuela mejor”--: a cualquiera que haya leído a Manuel Vázquez Montalbán se le vendrá a la memoria la figura de Jesus de Galíndez, aquel profesor y dirigente del PNV, que terminó espiando a fascistas y a comunistas, en la República Dominicana, para el FBI.
Ya lo hemos visto antes y desde hace mucho: no hay que olvidar El Alamo, a pesar de David Crocket, ni la explosión del Maine, que dio la puntilla al imperio español, con la toma de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Todavía están buscando por Irak las armas de destrucción masiva. La CIA financió a la contra nicaragüense hasta que le resultó más rentable financiar a los restos del sandinismo y a Daniel Ortega y familia. Ahora, cuando depongan a la tiranía de los ayatollahs en Irán, si es que lo hacen, convertirán a Teherán en un mercado persa con la dinastía del Sha, que encarcelaba y ejecutaba casi tanto como los clérigos de Jomeini.
Ya hay republicanos que se niegan a aceptar los malos modales de niño mimado de Donald Trump, ya hay ciudades enteras que se rebelan contra los matones del ICE. Ojalá ellos puedan torcerle el pulso en futuras elecciones, si es que se convocan. Para que los Estados Unidos vuelvan a hacer lo de siempre, pero sin que se les note tanto
Han sido Rambo y John Wayne, en diferentes momentos de la historia. La única diferencia es que, en otros tiempos, los inquilinos de la Casa Blanca guardaban las formas: “Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos” (Speak softly and carry a big stick, you will go far), recomendaba Theodore Roosevelt.
Ahora, gritan, lanzan exabruptos, hacen muecas, imitan a Macron y humillan a Zelenski. En la campaña electoral, Trump llegó a calificar como “basura” a los portorriqueños, pero ahora quiere convertir a Canadá en un nuevo Puerto Rico y comprar Groenlandia como sus predecesores hicieron con La Luisiana. El siguiente paso, no nos equivoquemos, es Europa. Formamos parte de su hemisferio y en el reparto de la tarta del mundo, van a quedarse con dicha porción. Que Rusia y China se queden con la suya. Adiós al multilateralismo: a la ONU le están provocando la muerte a pellizcos y el sin par Marcos Rubio se pasea por las praderas globales como un caballo loco, anunciando la muerte de la cooperación internacional. En los últimos días, se han cargado más de 60 líneas de patrocinio a ONGs y organismos oficiales partidarios de enseñar a pescar antes de dar la limosna de un cucurucho de pescaíto frito. A la UE quieren liquidarla como un saldo en las rebajas de enero, porque no les interesa, como también fastidia el viejo continente al Kremlin: más temprano que tarde, emparedados entre unos y otros, seremos el mejor sándwich club para paladares exquisitos.
El problema, ayer como ahora, no estriba en lo que quieran, sino en lo que los europeos les permitamos querer. Potenciarán patrióticos partidos que preferirán un protectorado gringo a la independencia de los 27. O amenazarán con usar su fuerza militar si no nos avenimos a razones: la OTAN lleva demasiados años siendo un sin sentido, pero sin la OTAN, Vladimir Putin nos castraría como en la más escalofriante secuencia del Imperio de los Sentidos. Sin tecnología propia, el oasis europeo no tendrá una defensa genuina y otra vez volverán a raptarnos, como en el mito griego que Rembrandt y Tiziano convirtieron en obras maestras.
¿Quién podrá librarnos de enterrar nuestro corazón en Rodilla Herida? Dudo que lo haga Mark Rutte, Ursula von del Leyen, una batería de directivas o la comisión de peticiones de la Eurocámara. Ni el estado de ánimo de un continente que le teme más a los inmigrantes que a los imperialistas. La única posibilidad, por remota que parezca, es que despierte el leñador estadounidense, como pretendía Pablo Neruda. O los herederos del capitán, oh mi capitán, Walt Whitman. Ya lo han hecho en la alcaldía de Nueva York, ya hay republicanos que se niegan a aceptar los malos modales de niño mimado de Donald Trump, ya hay ciudades enteras que se rebelan contra los matones del ICE. Ojalá ellos puedan torcerle el pulso en futuras elecciones, si es que se convocan. Para que los Estados Unidos vuelvan a hacer lo de siempre, pero sin que se les note tanto.
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