Cuando la democracia descarrila
A veces, veo muertos. Y me impiden oír los discursos, atender a los tertulianos sabelotodo o ponderar los memes o las memeces de la redes sociales, aunque nunca dejo de sorprenderme con la prestancia con que nuestros representantes públicos lucen en cada crisis el chaleco de emergencias.
De un tiempo a esta parte, cuando sobreviene una tragedia, el alma española no se limita a estremecerse por el horror de sus muertes, el escalofrío de habernos podido sentir todos y cada uno a bordo de un tren hecho añicos o en un barranco anegado por una Dana sino que hemos aprendido a temer los daños colaterales: el sobrevuelo de los buitres, husmeando la carnaza política o mediática que mastica el luto como un manjar de votos o de audiencias con los que saciar su cuenta de resultados.
Claro que es tan imperioso como legítimo indagar las competencias autonómicas o las incompetencias generales que hayan podido provocar o agravar cualquiera de esas masacres que de tarde en tarde nos demuestran que no sólo somos vulnerables sino que, más a menudo de la cuenta, somos imbéciles a la hora de depositar nuestra confianza en quien no la merece. Bienvenidas sean las investigaciones que vengan a exigir responsabilidades en el hecho de que no se enviara una alerta a su debido tiempo, que se siga construyendo en zonas inundables de ríos o de mares, que falten cortafuegos o bomberos o que convivan, en nuestro manifiestamente mejorable trazado ferroviario, railes de 1989 con los de 2023. Si cualquiera de esas circunstancias fueron determinantes para multiplicar las listas de bajas, que caiga todo el peso de la ley sobre los mamarrachos que lo permitieron, sean consejeros, presidentes o ministros. Y ahí ayuda tanto el papel que, a la hora de averiguarlo, corresponda a los técnicos de cada Gobierno o a los juzgados de guardia como a la oposición, a los sindicatos y a los medios de comunicación que cumplan legítimamente con su oficio.
Las dimisiones ayudan, aunque la de Carlos Mazón fuese un parto lento y con fórceps. La de Oscar Puente, si es que se demuestra alguna suerte de torpeza o tropelía por su parte, o la de quienes tengan la llave política de las rodalíes y sus controvertidos presupuestos
Las horas que siguieron al accidente de Adamuz, en el que muchos hemos perdido gente más o menos cercana, el Estado parecía funcionar como antaño creíamos que debían funcionar los Estados democráticos. Todos a una, con una poderosa imagen que propagaba un mensaje probablemente falso pero que transmitía consuelo, eso de papá y mamá están aquí, todo va a salir bien, lo sentimos mucho, no vamos a repetir los errores de otras veces.
El espejismo apenas duró una semana y ya estamos de nuevo en el guirigay, en las secuencias habituales de la guerra de los Rose, en el y tu más de los poderes públicos, ante el común estupor de la ciudadanía, aunque parte de la sociedad, ni en estas fatales circunstancias, sea capaz de arriar su espíritu de hooligan futbolístico con cada bandería política de turno.
Día tras día, hemos ido sabiendo de otras incidencias, a veces fatales, de maquinistas aterrados y viajeros atrapados en el laberinto de las cercanías catalanas o en las comunicaciones semi interrumpidas entre Madrid y Andalucía.
Las dimisiones ayudan, aunque la de Carlos Mazón fuese un parto lento y con fórceps. La de Oscar Puente, si es que se demuestra alguna suerte de torpeza o tropelía por su parte, o la de quienes tengan la llave política de las rodalíes y sus controvertidos presupuestos. Por los incendios de León no entregó su acta ni el Tato.
Los buitres del populismo vuelven a estar al acecho. Eso sí, desconfíen si algún satélite de Vox, vaya usted a saber, empieza a recaudar fondos para las víctimas de Adamuz o para el maquinista sevillano fallecido en Barcelona. Ya trincaron lo suyo cuando las inundaciones de Valencia y se lo metieron en la buchaca
En plena sucesión de percances férreos, apenas se ha prestado atención, por cierto, al hecho de que la Audiencia Provincial de A Coruña haya decidido absolver, en estos días, al exdirector de Seguridad en la Circulación de Adif en la causa por el accidente de Angrois, que dimitió de dicho cargo ¡cinco años después! cuando fue imputado. El siniestro dejó ochenta muertos y 144 heridos y se ha confirmado por unanimidad la pena de dos años y seis meses de cárcel por homicidio, lesiones e imprudencia grave al maquinista del tren Alvia que descarriló en la fatídica curva de A Grandeira el 24 de julio de 2013. Ojalá la condena le sirva para pagar a la sociedad y aliviar su conciencia, de manera que ello le permita dimitir de las pesadillas.
Que la justicia haga su trabajo siempre que sea justicia y la que es tardía no suele serlo. Otrosí, digo: si tanto preocupan supuestamente los muertos, ¿por qué no hemos aprendido todavía a organizar funerales de Estado contando principalmente con el beneplácito de los familiares de las víctimas? Si nos partimos el pecho intentando empatizar con los damnificados, ¿por qué las ayudas demoran tanto en llegar?
A veces, desde Minneapolis a Caracas, desde Moscú a Teherán, veo otra muerta ilustre: la democracia, que ya lleva cierto tiempo descarrilando. También aquí, empieza estar en coma. Por eso, los buitres del populismo vuelven a estar al acecho. Eso sí, desconfíen si algún satélite de Vox, vaya usted a saber, empieza a recaudar fondos para las víctimas de Adamuz o para el maquinista sevillano fallecido en Barcelona. Ya trincaron lo suyo cuando las inundaciones de Valencia y se lo metieron en la buchaca. Semejantes plañideras, ahora y en el futuro, van a resultarnos muy caras.
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