Entre bambalinas de la investigación antártica
Glaciares que retroceden año tras año, fauna que modifica su comportamiento en un entorno cambiante, comunidades bentónicas que persisten bajo el hielo en condiciones extremas. La Antártida es un laboratorio natural único, un lugar donde se estudian algunos de los procesos más críticos del planeta, desde la dinámica del clima y el océano, hasta la vida en sus límites. Un continente extremo reservado para la ciencia. Un sueño para muchas científicas y científicos.
Pero toda esa ciencia, tan épica y tan necesaria, se sostiene sobre una estructura que generalmente es mucho menos visible: una enorme logística de bases y buques, una cooperación internacional tan compleja como fundamental y un personal técnico y de apoyo de todo tipo —tripulación, personal médico, guías de montaña, informáticas, cocineros… cerca de un centenar de profesionales que sostienen el trabajo del personal investigador. Eso es lo que rara vez se cuenta.
Mi caso es el de uno de esos técnicos que viajan a la Antártida para apoyar la investigación. En concreto, como técnico de comunicación, con la misión de acercar a la sociedad la importancia de este laboratorio único: este continente de paz y ciencia, tan remoto y extremo como esencial para comprender nuestro planeta.
Recuerdo pocos días más emocionantes que aquel en que me llamaron para confirmarme que me iba a la Antártida. Era Navidad y estaba de viaje con mi familia. Colgué el teléfono en shock, solté la noticia y se formó un revuelo de gritos y abrazos a mi alrededor. Tras la euforia llegan las preguntas: ¿y ahora qué?
La investigación antártica no empieza cuando llegas al hielo. Empieza mucho antes, con reconocimientos médicos y la incertidumbre de no saber si los superarás, aunque estés sano. Empieza con papeleo, permisos y formaciones donde aprendes que en la Antártida nada es individual ya que cualquier error puede tener consecuencias colectivas. Poco a poco entiendes que no vas solo a hacer ciencia, sino a formar parte de un sistema extremadamente delicado. Solo después llega el viaje.
En el caso de España, el acceso habitual a la Antártida se hace desde el extremo sur de Sudamérica, donde se encuentran dos de los cinco principales puertos de entrada al continente: Ushuaia y Punta Arenas, en Argentina y Chile, respectivamente. Hasta aquí llegan nuestros buques oceanográficos después de cerca de un mes de navegación.
Actualmente tres buques participan en la campaña antártica española: el mítico Hespérides, el Sarmiento de Gamboa y el recién estrenado Odón de Buen, el único con certificación polar. Precisamente, mi primer —y hasta ahora único— viaje a la Antártida fue en la primera campaña de esta flamante embarcación: un viaje de pruebas para poner a punto sus capacidades de muestreo y navegación en aguas polares.
El 2 de marzo de 2025 llegamos en avión a Punta Arenas el personal científico y técnico, donde ya nos esperaba el Odón de Buen junto a su tripulación. Esto es lo habitual, aunque en ocasiones algunas personas vuelan directamente hasta la isla Rey Jorge, donde se encuentra el único aeropuerto de la Península Antártica, un enclave logístico clave para varios países.
Punta Arenas es una ciudad donde ya se respira ambiente antártico. Es frecuente, como nos ocurrió a nosotros, que debido al mal tiempo para cruzar el mar de Hoces haya que esperar aquí varios días. Los buques oceanográficos de medio mundo se acumulan en el puerto. Las calles y los bares se llenan de investigadores, reconocibles por sus chaquetas corporativas.
Es fácil ver la ilusión en las caras de la gente. Aunque esa ilusión creo que nunca desaparece, también permite adivinar cuántas campañas lleva cada uno a sus espaldas. Los novatos tenemos una mezcla de felicidad, nervios, algo de miedo a la travesía y mucha impaciencia.
Esta fue mi primera campaña antártica, aunque no mi primera campaña oceanográfica. Como oceanógrafo, una de las cosas que más impacta y que rápido tienes que entender, es que los buques en la Antártida, además de plataformas de investigación, son plataformas logísticas.
Así, partimos de Punta Arenas, además del personal científico y técnico del Odón de Buen, personal poco acostumbrado a los barcos de investigación, para los que el buque es un simple medio de transporte. Durante varios días, convivimos a bordo con químicos, geólogas, o personal de apoyo que se dirigían a trabajar en las bases. Y no solo hacia nuestras bases. También viajaban compañeros búlgaros, vecinos en la isla Livingston, con quienes —por las casualidades de la proximidad en la Antártida— acabas convirtiéndote en estrecho colaborador. Otra de las singularidades de la Antártida: un lugar que reescribe los mapas.
El temido cruce del mar de Hoces no fue para tanto (en esta ocasión). La meteorología ha mejorado enormemente y hoy se planifican ventanas de navegación mucho más seguras que hace décadas. Sigue siendo un paso mítico y temido, donde el océano te recuerda lo pequeños que eres. Pero pudimos hacer vida más o menos normal. Fueron cuatro días de navegación en los que cada uno gestionaba sus mareos mientras intentaba entretenerse durante la travesía.
Y al fin llega otro momento único: cuando alguien avista tierra y todos corremos a cubierta. No hay palabras para describirlo. Los primeros gigantes de hielo flotando frente a nosotros, fauna por todas partes que enseguida se vuelve cotidiana: pingüinos, ballenas, focas… Ahora sí. Aquí estamos y, sin embargo, el trabajo científico aún tendrá que esperar.
La primera parada fue logística. Nos dirigimos a la Base Antártica Española Juan Carlos I, en la isla Livingston, para llevar víveres y desembarcar personal. También dejamos a los dos investigadores búlgaros en su base vecina y trasladamos material al campamento Byers, un pequeño campamento que España mantiene en la misma isla. Allí se quedó un joven químico que pasaría dos meses viviendo en una pequeña tienda de campaña, desde donde realizaría excursiones a distintos lagos y glaciares para estudiar la presencia de contaminación atmosférica transportada desde miles de kilómetros de distancia. Y es que no todos los que venimos a la Antártida lo hacemos con el mismo confort.
España mantiene dos bases en las islas Shetland del Sur: la ya citada Juan Carlos I, de carácter civil y gestionada por la Unidad de Tecnología Marina del CSIC, y la Base Antártica Española Gabriel de Castilla, de gestión militar, situada en la isla Decepción. Diferentes en su estructura, idénticas en su finalidad: sostener la ciencia. Por ambas bases pasan cada año, durante los cuatro meses que dura la campaña antártica, cerca de 200 científicas y científicos que desarrollan una veintena de proyectos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación. Proyectos muy diversos: desde el estudio de la evolución de los glaciares hasta el comportamiento de los pingüinos, pasando por la presencia de contaminantes o fármacos en el agua.
Otra parte del personal que llega a la Antártida —tanto técnico como investigador— ni siquiera pisa el continente. Una gran parte de la investigación que se realiza aquí tiene que ver con el estudio del océano: su dinámica, sus hábitats o su geología. Para ello, los buques dejan momentáneamente su función logística y se convierten en plataformas científicas: laboratorios flotantes —y hogar—en el océano Austral.
Tras varios días de espera comenzamos por fin el trabajo científico. Había que poner a prueba el Odón de Buen y testar todas sus capacidades en aguas polares. Como todos los buques oceanográficos, estas embarcaciones son instalaciones científicas multipropósito, capaces de estudiar desde la columna de agua hasta el subsuelo marino, pasando por la fauna y la flora que habitan en el fondo. Durante varios días se tomaron muestras de agua, se realizaron pescas experimentales, se pusieron a punto las ecosondas científicas del buque y se probaron sistemas de adquisición de imagen submarina.
El Odón de Buen es el único buque de la flota española con certificación polar CP7, lo que significa que está diseñado para navegar en aguas con presencia de hielo estacional o disperso. Una capacidad que también había que poner a prueba. Así pusimos rumbo al mar de Weddell en busca de banquisa (la capa de hielo flotante que se forma en las regiones polares). Los primeros impactos contra el hielo no dejaron a nadie indiferente. Pero, una vez superada la sorpresa inicial y, sobre todo, gracias a la confianza que transmite la tripulación, navegar sobre un océano de hielo se convirtió en una experiencia inolvidable.
Las pruebas fueron un éxito. Lo que no habíamos previsto es que esas capacidades recién testadas tendrían que ponerse a prueba en una situación real. Desde una pequeña base uruguaya situada en la bahía Esperanza, en el extremo de la península antártica, solicitaron ayuda para evacuar la instalación. Guiado por el espíritu de cooperación que define el trabajo en la Antártida, el Odón de Buen navegó cerca de diez horas hasta ese impresionante enclave.
Tras varios viajes en zodiac subió a bordo todo el personal junto a sus equipos y muestras recogidas durante meses de trabajo. Fue una operación contrarreloj: anochecía, y la bahía —debido al viento— comenzaba a cubrirse de hielo. Los días son muy cortos en esta época del año. Finalmente nos quedamos sin luz y encerrados en un mar de hielo. Salir de allí se convirtió en la verdadera prueba de fuego —o de hielo.
Esa noche sí pasamos verdadero miedo, pese a la pericia de la tripulación y el control que mantuvieron en todo momento, que el resto solo valoramos al día siguiente. Tras navegar durante horas entre banquisas de varios metros de espesor, alcanzamos mar abierto y pusimos rumbo a la isla Rey Jorge para desembarcar a los colegas uruguayos. El Odón de Buen aprobó con nota. Como dice Jordi Sorribas, director de la UTM, “este barco permite sacarte de marrones en los que antes ni siquiera podíamos meternos”.
Tras el contratiempo logístico —que duró varios días, lo que suelen durar los contratiempos en el otro extremo del mundo— retomamos el trabajo científico: rosetas, dragas, redes, ecosondas, vehículos submarinos… todo ello en uno de los lugares más prístinos del planeta.
Un lugar mágico, fascinante, un sueño para cualquier persona interesada en la naturaleza. Pero también un lugar profundamente inhóspito, que te hace sentir pequeño, vulnerable. Y te recuerda que solo una organización enorme —que involucra a personal técnico muy diverso— y una cooperación real y pacífica entre países permiten sostener una ciencia imprescindible para entender el planeta.
Sobre este blog
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 24 institutos o centros de investigación -propios o mixtos con otras instituciones- tres centros nacionales adscritos al organismo (IEO, INIA e IGME) y un centro de divulgación, el Museo Casa de la Ciencia de Sevilla. En este espacio divulgativo, las opiniones de los/as autores/as son de exclusiva responsabilidad suya.
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