Unidad en el silencio: Encuentro por la Paz en Sevilla
El pasado 11 de abril más de 250 personas de diferentes corrientes espirituales y también agnósticas participamos en el II Encuentro de Meditación Compartida, bajo la coordinación de Lola Montes. Durante toda la mañana se realizaron meditaciones en silencio y, al finalizar, se leyeron diferentes textos de distintas tradiciones que unen el silencio con la paz, y de los que me hago eco en esta columna, para intentar comunicar una ínfima parte de lo que “sentivivimos” esa mañana.
La meditación en el silencio es una vía para “darte cuenta” de tu interioridad, parecida a la sensación que uno tiene cuando te has cruzado con alguien y de repente lo reconoces, aunque en este caso con quien te cruzas es contigo. Entonces “la paz comienza cuando las fronteras interiores se suavizan, cuando nos desarmamos interiormente. Desarmar al ego es el único combate posible y factible. Y no es un combate violento ni cruento, sino que es un combate por aceptación, por integración de nuestras sombras y por rendición interna a la Vida, a lo que es” (Juan Manuel Palma, Eljain, El jardín interior).
Todo lo externo es cambiante, sin embargo, en el silencio descubres tu esencia, lo que permanece, lo que te permite descansar, pues “simplemente el detenerse es una forma de dejar de crear sufrimiento para uno mismo y para los demás” (T.M. Deshimaru, Mokusho Senku, Dojo Zen de Sevilla). En la quietud “intenta dirigirte a un estado, reflexionando sobre quién eres, un ser de luz, un ser de paz contemplando el alma pacífica que eres en esencia” (Brahma Baba, Brahma Kumaris). Desde ese silencio, se genera una calma que no es “dejar de sentir”, por el contrario te permite ver en el presente todo un regalo de la vida, o de Dios, si eres creyente.
“La paz es posible, pero es importante creerlo y es importante primero gestarla en nosotros, empezar en nuestros corazones. (...) Si no hubiera ni una guerra dentro, lo más probable es que tampoco la habría fuera, (...) qué hacer ante la sombra: no ignorarla, no escapar de ella, no intentar simplemente explicarla o simplemente resolverla, sino abrazarla para atravesarla y redimirla. Y eso mismo es a lo que estamos llamados a hacer con nuestra ”guerra interior“. Ese es el camino” (Pablo Dor's, Amigos del Desierto).
Los místicos de todas las tradiciones nos recuerdan algo esencial: la guerra no empieza solo en los campos de batalla. Empieza antes, en una conciencia que se vive separada, amenazada, frente a los demás
La práctica del silencio también te abre un camino de libertad, porque tu anclaje está en tu interioridad y no en el deseo de poseer lo de los demás. Por ese mismo motivo es el camino de la paz externa. “Sería maravilloso que contribuyéramos al movimiento por la Paz, que aportemos Atención Plena, una forma despierta de ver las cosas que disminuya la agresión y el odio. Ante todo, el trabajo por la Paz significa SER PAZ” (Thich Nhat Hanh. La Barca de Buda. La Shanga de Sevilla).
“Desde la sabiduría compartida, la paz se vuelve posible. Los místicos de todas las tradiciones nos recuerdan algo esencial: la guerra no empieza solo en los campos de batalla. Empieza antes, en una conciencia que se vive separada, amenazada, frente a los demás. Es la ilusión de la separación: creer que yo termino donde empieza el otro; que mi bien y el suyo son distintos; que el dolor ajeno no me concierne. Lo que se siente separado tiene miedo. Y lo que tiene miedo, tarde o temprano, ataca. Por eso los acuerdos de paz son necesarios, pero no bastan si no cambia la mente que percibe al otro como amenaza” (Carmelo Ecuménico Interreligioso. Santa Teresa de Jesús).
Así, “la paz comienza cuando dejamos de defendernos y nos atrevemos a habitar lo que somos. En ese espacio descubrimos que la vida no está realmente dividida: lo que parecía distancia se vuelve relación; lo que parecía amenaza, posibilidad. No se trata de conquistar la paz, sino de permitirla. (...) Al conectar con ese fondo común, reconocemos en cada persona una misma raíz. Entonces, ya no hay lucha, sino acogida mutua. Solo quien está enraizado en sí mismo puede abrirse sin miedo. Así nace una convivencia que no elimina diferencias, sino que las integra” (Javier Melloni, Camino de Contemplación).
Si aceptas la crítica sin defenderte, si sabes dar un poco de tu amor y de tu tiempo, si sabes escuchar siendo silencio, la paz vendrá
Cuando meditas en silencio, comprendes que por encima de las diferencias existe una humanidad compartida, y que los demás son parte de ti. “La ética surge en la persona, no de buenos propósitos, sino de la experiencia de la unidad. Esto trae consigo una transformación de la conciencia y de la visión del mundo, que supera el estrecho círculo del yo. (…) Y de ahí nace la motivación para nuestro comportamiento social. No nace de ningún mandamiento, sino de la experiencia del amor ilimitado” (Padre Navarrete, grupo de meditación contemplativa).
“Para que la humanidad pueda crear una sociedad de verdadera paz y felicidad, tiene que haber un fundamento común (...) del precepto ”trata a los demás como te gustaría que hicieran contigo“, dando a entender que no hay diferencia entre uno mismo y los otros y que uno debería considerar el destino de la humanidad como uno” (Ana María Schlüter, Zendo Betania).
Por eso, “si crees que el perdón va más allá que la venganza, si cuando otros sufren los sabes acompañar, si danzas su fiesta y cantas la alegría de los demás. Si aceptas la crítica sin defenderte, si sabes dar un poco de tu amor y de tu tiempo, si sabes escuchar siendo silencio, la paz vendrá” (Padre Moratiel, Escuela de Silencio).
Todos los textos leídos nos hablaron del silencio, de la paz interior y exterior y del amor. Y aunque «hubo un tiempo en el que rechazaba a mi prójimo si su fe no era la mía, ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas. (…) Porque mi religión es el amor. Da igual a dónde vaya la caravana del amor, su camino es la senda de mi fe» (poema de Ibn Arabi, Místico sufí y andalusí del siglo XII). La mañana finalizó cantando “paz, shalom, shanti”.