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Juanma Moreno no será presidente… si nos lo creemos

Antonio Maíllo

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Se cumplen tres años desde que celebramos las últimas elecciones andaluzas que dejaron, por primera vez en 37 años, al PSOE en la oposición y al PP en el Gobierno autonómico. Ese día se produjo una combinación –virtuosa para las derechas- que permitió la suma de escaños de tres partidos: El PP, con su peor resultado en 32 años; Ciudadanos, con su mejor resultado; y Vox, que entró por primera vez en un Parlamento

Treinta y seis meses después, en ese trío que posibilitó la investidura de Juanma Moreno, tenemos a un PP relativamente consolidado, a Ciudadanos en caída libre y a Vox, suelto y sin vacunar, en su teorización impugnatoria por la que aspira a una hegemonía cultural de la extrema derecha. 

Tengo para mí que una de las cosas que más daño ha hecho al estado anímico y demoscópico de la gente ha sido el señuelo malditista de “que viene la derecha”, como anunciador apocalíptico de todos los males venideros. De tal suerte que el mero hecho de que todo siga funcionando –no mejor ni de lejos- haya podido generar un espejismo de benevolencia hacia los que gobiernan. “No eran tan malos como nos decían”. Al final, los anuncios prejuiciosos diluyen la gravedad real de tres años de gestión de Juanma Moreno con una hoja de ruta bien marcada que pasa, fundamentalmente, por la disminución de ingresos a través de una fiscalidad aberrante e insostenible que consolidará el adelgazamiento de los servicios públicos cuando no su desmantelamiento. 

Es más, el prejuicio escandalizado si algo ha hecho es permitir que la agenda de la derecha haya entrado desacomplejada, aunque sutil en lo formal, en la gestión de la administración andaluza. Porque la nave de gobierno, como un portaavión, ha virado desde el principio, aunque, también como los portaaviones, no sea percibido por la tripulación, que bastante tiene con su trabajo y quehacer diario.

Tiene su prioridad puesta, de forma casi obsesiva, en un giro estratégico de gestión orientado al beneficio y cuidado de quienes no han visto pasar las crisis por sus vidas, ni por su colchón patrimonial, ni por su acomodada situación económica

Pero la realidad es que el destrozo de la atención primaria en la sanidad pública y la privatización de esta se ha acelerado, mediante la derivación fáctica de funciones esenciales como las intervenciones quirúrgicas en clínicas privadas, las citas médicas o los especialistas. También se ha producido un impulso a la colaboración pública-privada, sin límite ni condicionantes. Esto significa que los andaluces y andaluzas pagamos por grandes obras públicas cuatro veces su coste real. Existe un retraso intencionado en la aplicación de las normas que vienen del Estado, como la Ley de Eutanasia; hay una evidente difuminación en la asunción de cualquier rol conflictivo, como hemos comprobado en el vergonzoso desistimiento de mediación por parte de la Junta en el conflicto del metal de la provincia de Cádiz; y concesiones culturales a la extrema derecha en política educativa y de comunicación, que les sirve para imponer su agenda pública. 

Y no solo eso. A pesar de los discursos oficiales y de los informativos de Canal Sur, la realidad es que Juanma Moreno tiene su prioridad puesta, de forma casi obsesiva, en un giro estratégico de gestión orientado al beneficio y cuidado de quienes no han visto pasar las crisis por sus vidas, ni por su colchón patrimonial, ni por su acomodada situación económica. Para ellos trabaja.

Pese a todo, la construcción de un estado de calamidad que supondría la llegada de la derecha a la Junta de Andalucía ha provocado una sensación de que la cosa no está tan mal. La percepción es de un cambio suave y moderado en las formas. Como si el recorte despiadado del personal sanitario, de derechos sociales, y de prestaciones o ayudas a los sectores más necesitados hubieran de imponerse con griteríos e imposiciones formales más o menos chuscas.

Esto puede estar llevando a la percepción, en el trazo grueso, de que el futuro inevitable y resignado es que siga gobernando el Partido Popular, algo con lo me encuentro profundamente preocupado. Y me explico: 

Hemos asistido a un ruido inmenso sobre un posible adelanto electoral, que seguirá, aunque ya de modo poco relevante, pues el fin de la legislatura está a punto. Ese ruido refleja que ha existido una reflexión en el seno del PP al respecto, dada su tendencia al alza, que se ha saldado con un freno a convocar elecciones precipitadamente, como esperaba Génova, y que, desde mi punto de vista, tiene que ver con tres factores. 

No me rima el clima de resignación que contemplo con el clima de renovación que, sin embargo, ha emprendido el bloque progresista andaluz

El primero son los antecedentes. No es menor resaltar el fracaso de expectativas que tuvo el PSOE de Andalucía cuando Susana Díaz pulsó en dos ocasiones el adelanto electoral. No mejoró los peores resultados hasta entonces obtenidos –en 2015 se quedó con los mismos escaños que obtuvo José Antonio Griñán en 2012- y empeoró hasta perder el cetro en 2018.

El segundo factor es el desmoronamiento de Ciudadanos. Entiendo que debe de ser muy complejo gobernar de tú a tú con un grupo parlamentario que prácticamente iguala al PP ahora mismo pero que está roto y desmoronado. Mirarse en el espejo de Madrid, donde el PP absorbió a su otrora aliado en el cogobierno, podría ser una opción si no fuera porque Andalucía no es Madrid, ni el votante de Ciudadanos en Andalucía viene exclusivamente del espacio de la derecha-derecha.

El tercer elemento que a mi juicio pesa es que a Juanma Moreno no le salen las cuentas. Unas elecciones se adelantan para ganar y gobernar en mejores condiciones de las que antes se tenían y en un contexto que garantice que ese marco deseable va a tener lugar. Por mucho que se cocinen las encuestas que se han publicado –con mayor o menor condimento, pero cocina hay- en ninguna se garantiza una mayoría absoluta que pivote en torno al Partido Popular con claridad. Todo es un resultado demasiado raspado para dar por hecho que está consolidada la mayoría de las derechas en Andalucía.

Con estos tres elementos – que nos dicen que el PP no tiene la Junta amarrada ni de lejos- propongo una reflexión sosegada. ¿Puede que el principal aliado de Juanma Moreno hoy sea el desistimiento o resignación que puede haberse instalado en amplias capas populares progresistas o de izquierdas sobre lo inevitable de una repetición de este gobierno? O lo que sería peor ¿Han asumido esto como inevitable los círculos de las propias organizaciones progresistas y de la izquierda política, social, económica y cultural de Andalucía?

Las respuestas a estas preguntas deben llevar a plantearnos si estamos a las puertas del año cuarto de la era conservadora en Andalucía o si, por el contrario, estamos ya entrando en el año menos uno para venidera expresión en Andalucía de un gobierno progresista de nuevo cuño. 

Y no me rima el clima de resignación que contemplo con el clima de renovación que, sin embargo, ha emprendido el bloque progresista andaluz, una vez amortizadas Susana Díaz y Teresa Rodríguez –por dos veces candidatas a la Presidencia de la Junta - aunque ambas, ya sin liderazgo, sigan adheridas a cargos públicos de representación. 

Juan Espadas, como cualquier nuevo dirigente, es el resutlado de una decisión que no ha sido un error por el cambio de liderazgo, pero que aún no se sabe si ha sido un acierto

De un lado, el PSOE de Andalucía, que es una organización con gran capacidad de análisis de la realidad social de nuestra Comunidad, ha movido ficha y ha leído la necesidad de reflejar el nuevo tiempo con nuevos referentes. Juan Espadas, como cualquier nuevo dirigente, es el resultado de una decisión que no ha sido un error por el cambio de liderazgo, pero que aún no se sabe si ha sido un acierto. En cualquier caso, su perfil responde a una lectura del PSOE de querer ganar el centro para volver a gobernar Andalucía y disputar los despojos de Ciudadanos con el Partido Popular, con el doble objetivo de recuperar apoyo electoral y limitar el que pudiera ganar el PP.

En Unidas Podemos el proceso ha sido más traumático, pero el resultado clarifica en perspectiva que la definición, ya sin matices, es la de un proyecto de profunda raíz andalucista y cimentado en un proyecto federal, como ha sido IUCA siempre. La renovación de IU y Podemos en Andalucía, con Toni Valero y Martina Velarde al frente, ha supuesto volver a tomar el pulso y ambos dirigentes proyectan ya la frescura que se necesita para confirmar que hay un proyecto de gobierno creíble y serio para Andalucía.

Pero hay un elemento no menor y es que urge resolver ya el liderazgo del espacio de Unidas Podemos. Se hace perentorio dar forma y voz a quien sea la referencia electoral de este proyecto, ampliado como sería deseable, pues hay sectores de la izquierda andaluza con proyecto de país y voluntad de gobierno con quienes deberíamos encontrarnos en acuerdos programáticos como en otras Comunidades Autónomas.

Ya el actual presidente de la Junta de Andalucía ha definido los espacios en los que pueden celebrarse las elecciones. Toca ponerse a desmentir y liberarse de la resignación a la que hacía referencia al principio de este artículo. También enarbolar una bandera de reversión de estos años de privatización, de giro reaccionario y de conservadurismo integrista.

Ardua la tarea y, por ello, no podemos esperar a que el calendario andaluz encaje en otros calendarios aún por definir, porque lo que está en juego son los intereses de las capas populares de Andalucía. 

No estamos mal en el campo de la izquierda. Si lo hacemos bien, Juanma Moreno no será presidente otra vez, pero hay que creérselo.

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