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Quitad vuestras criminales manos de nuestras hermanas de Irán, Líbano y Palestina

Una mujer muestra durante el funeral un retrato de dos de las niñas asesinadas en el bombardeo de la escuela de Minab, en Irán.
6 de marzo de 2026 21:27 h

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La guerra de la tele, la de las fotos, no son la de verdad. Soy periodista y, por ello, o pese a conocer nuestros defectos desde dentro, firme convencida del valor de la profesión para la democracia y la libertad. Veo las noticias del ataque ilegal de Trump y Netanyahu sobre Irán, incendiando Oriente Medio y me estremezco, preocupo, indigno… Pero he necesitado el audio de WhatsApp de una libanesa, compañera mía en el jurado de un festival de derechos humanos, para sentir el frío de la guerra traspasarme, al saberla huyendo, a ella con su familia, bajo las bombas, desde su piso, en Beirut, al campo.

Nos sobran las razones, a las mujeres, a las feministas, este 8 de marzo, para echarnos a las calles a exigir que materialicemos, de una vez, esa sociedad de igualdad con los hombres que no solo no hemos logrado, ni 8 años después de la exitosa huelga de 2018 con la que paramos el mundo, sino que el neofascismo global busca impedir.  

Pero un 8M bajo los estruendos de bombardeos que quieren empezar la Tercera Guerra Mundial es un 8M que nos reta a levantarnos con más unidad, firmeza y determinación que nunca frente al proyecto del rancio patriarcado supremacista blanco de instaurar una era de violencia. Lo que siempre nos golpea a nosotras, las mujeres, las niñas, las madres, las abuelas, las cuidadoras… con más fuerza que a nadie.

¿Qué justifica matar a chiquillas?

Es intolerable el mensaje de Feijóo y el PP, de Aznar y FAES, de que por importante que sea la legalidad internacional más lo son los derechos humanos y, por tanto, según ellos, no hay que ser ingenuos, blandengues, sino usar la fuerza para garantizarlos. Saben y callan, con cinismo, que el uso arbitrario, unilateral y ajeno a leyes, de la fuerza, desencadena las peores violaciones de derechos humanos, empezando por las personas más indefensas.

Este 8 de marzo nos sobran las razones a las mujeres, a las feministas, para exigir la igualdad real, de una vez ya. Pero debe ser prioritario parar la guerra y esa lógica neofascista de la fuerza con la que el machismo ya machaca a tantas niñas y mujeres de Oriente Medio, mientras avanza hacia todas nosotras.

Trump, Netanyahu y Pete Hegseth -ese excomentarista de la Fox que presume de ser ministro de la Guerra, no de Defensa- deciden, por videollamada o WhatsApp, atacar Irán y lo primero es bombardear una escuela de niñas al sur del país, asesinando a 168 personas, de las que ya conocemos los nombres y caras de 61 chiquillas, y algún chiquillo, de entre 7 y 12 años. ¿Van a fingir que, pese a su industria bélica de precisión, confundieron el cole con un objetivo militar? Lo cierto es que las guerras de nueva generación, con sus drones y bombardeos, han dejado atrás el enfrentamiento entre ejércitos para actuar como el terrorismo, “socializando el dolor”, golpeando a los civiles, a la gente.

Trump, Netanyahu y Hegseth, (con el vasallaje de Mark Rutte, al frente de la OTAN; con la vergonzosa tibieza de la UE; con la cobardía inicial de potencias europeas, que parece ir virando gracia a ¡qué orgullo! el aldabonazo de dignidad y valor del gobierno de España y Pedro Sánchez), los tres representantes del poder más siniestro, se empeñan en seguir bombardeando Irán, una vez exterminada la cúpula de los ayatolás.

Y, en consecuencia, las mujeres que tanto han sufrido el machismo del régimen ultrarreligioso, ellas que lideraban las protestas para derrocarlo, ya no pueden ir a al colegio, instituto, las universidades, ni manifestarse, ni salir a por pan siquiera, porque es a ellas a quienes bombardean. Hasta la familia de la Nobel de la Paz, encarcelada opositora iraní, Narges Mohammadi, denuncia que EEUU e Israel están reforzando al régimen y atacando las prisiones, poniendo en riesgo, así, a las y los presos políticos.

Ni el proyecto colonialista de ampliar Israel robando tierras a países vecinos, ni el pulso por el dominio mundial de EEUU a China, nada justifica que la ultraderecha de Trump y Netanyahu, con la complicidad de PP y Vox, usen la excusa de defender a las iraníes de los ayatolás mientras las matan, hieren y obligan a huir, con sus familias, bajo las bombas.

La libanesa Firuzeh Seraj ha contado, a través de Reuters: “Mi hija de 10 años está en diálisis y tengo miedo de llevarla al hospital. ¿Y si lo bombardean? Nos están matando. Mundo, escucha nuestra voz”, ruega desde Teherán. Su compatriota Hussein Ayash dijo a la prensa libanesa, según refiere El País: “No he podido convencer a mi madre, de 73 años, de dejar su casa y abandonar conmigo Beirut. Dice que no quiere terminar en la calle”. Otra madre anónima, citada en esa crónica, cuenta: “A mis hijos sólo les comenté que nos teníamos que ir. Pero en la carretera lo entendieron todo y se pusieron a llorar”.

No repitamos la historia, hagamos otra

Esta película, bélica, de terror, la conocemos. Ya la hemos vivido antes. En mi caso, tras clamar “¡No a la guerra!”, junto a la mayoría de españolas y españoles, cuando el ataque ilegal de Irak por Bush, Blair y Aznar, en 2003, yo, en marzo de 2016, vi, en la isla griega de Lesbos, de madrugada, desembarcar, de pateras con las que cruzaron el Egeo, a familias iraquíes huyendo de ese Irak que los Occidentales controlamos por la fuerza, convertimos en Estado fallido y abandonamos. Igual que hicimos en Afganistán, igual que en Libia…

En esas playas griegas conocí, como mostramos en el documental Contramarea y escribí en la novela de no ficción El granado de Lesbos, a Ayad Toman y sus hijos Mustafá, de 15 años, Mariam, de 11, y Ali, de 6. A su hijo Muse lo perdió en Bagdad. Venían a reunificarse con Hanan Hasan Hessian, la esposa y madre, que meses antes logró llegar a Alemania. No pudieron. Europa los deportó a Chipre y, tras años separados, Hanan, desesperada por ver crecer a sus hijos, a través de la pantalla del móvil, en la distancia, también dejó Alemania para reunirse con ellos en ese Chipre que ahora parece preocupar tanto a los mandatarios de la UE. Ahí donde echamos a los rechazados por la Europa continental. ¿Dónde echaremos a las víctimas iraníes y libanesas que vengan huyendo del infierno causado por Israel y EEUU?

La sociedad en su conjunto, pero, sin duda, liderada por nosotras las mujeres, las feministas, tenemos que dar un giro de guion a esta historia de destrucción y barbarie en la que nosotras somos las más aplastadas. Agrupémonos todas en la construcción final de un orden mundial de diálogo, justicia e igualdad. Podemos hacerlo y para conseguirlo necesitamos tejer la red que nos una, y que sea sólido cimiento del nuevo mundo.

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