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Maíllo en el retrato de Dorian Gray: viaje a los orígenes políticos del candidato de Por Andalucía

Antonio Maíllo, en el bar-sede del Partido Comunista de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz.

Daniel Cela

Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) —

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En las paredes de un céntrico bar de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) hay dos fotografías de Antonio Maíllo. En una viste camisa negra y tiene 33 años, aparece en un extremo de la imagen, junto a otras 20 personas: es el que cierra la lista electoral de Izquierda Unida (IU) en las municipales de 1999. La otra foto es un cartel electoral, lleva una camisa blanca, está solo, tiene 59 años y es el candidato de Por Andalucía a la Presidencia de la Junta en las andaluzas del próximo 17 de mayo.

En el ecuador de la campaña, la caravana de Por Andalucía ha hecho una parada en el Barrio Alto, la zona más antigua de Sanlúcar, para que Maíllo se reencuentre con su yo de juventud, como quien se asoma al retrato de Dorian Gray. En este municipio, hoy de 70.000 habitantes, el candidato empezó a dar clases de Latín y fue concejal en el Ayuntamiento hace 37 años.

Llevaba militando en IU desde su fundación, en 1986, pero es aquí, “el barrio de los comunistas”, donde empieza a construir su perfil político. “A Antonio siempre le hemos llamado el niño, porque de jovencito, siendo maestro de aquí, tenía cara de niño, con muy poca barbita”, dice María, una de las señoras que le achucha cuando le ve entrar en la Plaza de la Paz.

Este alto en el camino del candidato no es uno más. Las campañas electorales hoy son emocionales, el estado anímico mueve a la tropa, y el jovencísimo equipo que acompaña a Maíllo -ninguno había nacido cuando él ya impartía clases en Sanlúcar- necesita que el jefe se vea arropado por el cariño de los suyos.

Necesitan que Maíllo se reencuentre con la “alegría revolucionaria” que él mismo reivindicó, hace 13 años, cuando fue nombrado coordinador andaluz de IU, para transformar la imagen arquetípica de una izquierda siempre mosqueada, gris, siempre con el ceño fruncido.

Las dos fotos de Antonio Maíllo están colgadas de las paredes de un bar que es, a la vez, sede de IU y del Partido Comunista, donde militan los de la hoz y el martillo, pero también los simpatizantes del pescaíto frito y la gamba blanca. Aquí el pescado está por encima de la ideología, “puedes ver entrar a un señor con la pulserita de Vox a llevarse un cartucho de puntillitas”, bromea. En las servilletas de papel aparece el logotipo de Izquierda Unida.

Antonio Maíllo muestra a los periodistas una foto que cuelga del bar del PCE, en Sanlúcar de Barrameda, en la que sale él con la candidatura municipal de IU en 1999.

Cuando el candidato se mete en el bar, desde las paredes le observan los retratos de Julio Anguita, Marcelino Camacho, la Pasionaria, el Che Guevara y José Luis Medina Lapieza, primer alcalde de IU en Sanlúcar de Barrameda en democracia. No volvió a haber otro hasta las municipales de 2023, cuando tomó el bastón de mando la actual regidora, Carmen Álvarez, que también fue alumna de Maíllo en el instituto Francisco Pacheco.

En Sanlúcar fue el PP quien ganó las últimas elecciones con nueve concejales (de 25), pero PSOE e IU lograron siete diputados cada uno y pactaron un gobierno de coalición, nombrando alcaldesa a la dirigente comunista que había obtenido más votos que los socialistas. Apenas un año después, la acuerdo saltó por los aires, el PSOE abandonó el Ejecutivo e Izquierda Unida siguió gobernando en minoría.

La estampa es un aviso a navegantes para Maíllo, que acude a los comicios del 17 de mayo con el propósito de cogobernar con el PSOE de María Jesús Montero “si dan los números”. “Yo no me engaño: un gobierno de coalición es un verdadero dolor, un quebradero de cabeza, pero es nuestra responsabilidad, nuestra obligación y nuestro compromiso”, dice. En ese momento, quizá, por su cabeza atraviesan los cortocircuitos que sufre el actual Gobierno PSOE-Sumar -“en Vivienda nos han dejado tirados”- o los que vivió en el primer Gobierno andaluz de coalición PSOE-IU [2012-2015], del que sería expulsado por Susana Díaz.

En una mesa del bar-sede del PCA, hay dos parejas octogenarias comiendo que, al ver entrar al candidato, pegan un respingo y le dan un abrazo. Una de las señoras le zarandea con cariño, luego se gira hacia los periodistas y hace un pronóstico electoral: “Le he dicho a Antonio que lo vamos a conseguir. Y si no es en ésta, será en la siguiente o en la siguiente. Lo importante es que hoy estamos bien. Tengo 83 años y me quiero, porque para que los demás te quieran, primero una tiene que quererse a sí misma”.

La señora, ufana, se despide y sale del bar tanteando con un abanico las mesas y las sillas que tiene por delante. “Los de la ONCE me dicen que me lleve el bastón, porque veo poco, pero yo con el abanico me apaño”, dice antes de marcharse.

A Maíllo vienen parándole y abrazándole por las calles de Sanlúcar desde la Cofradía de Pescadores, en el barrio de Bonanza, donde por la mañana se ha reunido con los trabajadores para escuchar que la subida del precio del carburante, como consecuencia de la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, les tiene fritos. “La liberación de los precios es un fraude. Las compañías especulan con el precio del petróleo, se ponen de acuerdo, y vosotros no lo notáis”, les cuenta a los pescadores.

El coordinador federal de IU nació en Lucena (Córdoba), aprobó las oposiciones de profesor de Latín y obtuvo su primera plaza en expectativa de destino definitivo en el instituto Francisco Pacheco, el más antiguo de Sanlúcar. En el autobús electoral, Maíllo recuerda que era un centro de enseñanza “con mucha solera, muy involucrado con la gente del pueblo”, y al alcaldesa, le dice que aún lo es, que el instituto expone en el municipio las obras del alumnado del Bachillerato de Artes.

“Entonces yo tenía 23 años, un sueldazo para esa edad, pagaba un alquiler de 21.000 pesetas [120 euros], y salía a divertirme por las noches con mis alumnos, que tenían 18 años”, recuerda. Con dos de sus alumnos volvería a reencontrarse como contrincantes políticos: la expresidenta de la Diputación de Cádiz y diputada del PSOE en esta legislatura, Irene García; y el anterior alcalde del municipio, Víctor Mora. “En Sánlúcar estuvo sólo seis años, hasta que le dieron plaza definitiva en Aracena (Huelva), pero aquí dejó huella. Yo le recuerdo siempre sonriendo”, dice Javier Franco, jefe de prensa de la alcaldesa, que también fue su alumno.

Maíllo entra en el bar del PCE en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, el pasado viernes.

Maíllo se marchó de Sanlúcar, pero siguió manteniendo el contacto. Volvería en el 99 para cerrar simbólicamente la lista electoral de IU, como atestigua aquella foto descolorida de grupo que cuelga de la pared del bar del PCE. Luego siguió impartiendo clases de Latín durante 13 años en Aracena (Huelva), donde tiene su plaza y su casa, donde presentó dos veces como candidato a Alcalde, en 2003 y en 2007.

En el verano de 2013, con 47 años, Maíllo abrió un nuevo tiempo en la vetusta Izquierda Unida de Andalucía, con un lema que sonó a toda una declaración de principios: “La alegría es revolucionaria. Hay que defender la alegría como una trinchera”, dijo, citando un poema de Benedetti, en aquella asamblea andaluza, donde sustituyó al veterano Diego Valderas, donde sonó -como siempre- el himno de la clase trabajadora, La Internacional, y luego se escuchó -como nunca- la canción Always look on the bright side of the life [Busca siempre el lado bueno de la vida], de los Monty Python.

Han pasado 13 años, varios ciclos electorales, varias coaliciones fallidas en la izquierda, un cáncer de estómago superado, los indignados del 15M, la irrupción de partidos emergentes, el declive de partidos emergentes, la derrota del PSOE andaluz tras 37 años de gobiernos, la hegemonía de la derecha en Andalucía, la eclosión de la ultraderecha, la polarización, la pandemia, la desafección política, la crisis del asociacionismo que nutre de activismo a las izquierdas, la rabia en el Congreso, la guerra...

El adiós de Antonio Maíllo en 2019 -“la política tiene que ser compatible con la vida”-; el regreso de Antonio Maíllo, que anunció su candidatura para liderar la coalición Por Andalucía el año pasado: “No puedo quedarme parado viendo cómo la derecha desmantela los servicios públicos en Andalucía”.

Y aquí nos dejó la riada, en Sanlúcar de Barrameda, donde desemboca el río Guadalquivir. Donde empezó todo. A Maíllo se le ha congelado aquella sonrisa con los años. En su primera campaña como candidato de IU, en las autonómicas de 2015, se enfrentó al fantasma del sorpasso de un volcán político como Podemos, liderado entonces por Teresa Rodríguez. Tenían 12 diputados y habían sido socios del PSOE de Susana Díaz en el primer Gobierno de coalición de socialistas y comunistas. Logró salvar los cinco escaños necesarios para tener grupo parlamentario propio.

El candidato de Por Andalucía, Antonio Maíllo, saluda a un vecino de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

Ahora, las encuestas le son tan adversas para él como para el resto de las izquierdas. La marca Juanma Moreno, por encima de las siglas del PP, roza la mayoría absoluta, y el auge de Vox le garantiza un colchón holgado para que continúen gobernando las derechas. Pero en el breve tiempo en el que la caravana de Por Andalucía ha estado en Sanlúcar de Barrameda, el candidato parece haber rejuvenecido 30 años y está convencido de estar donde ahora le toca estar.

Maíllo está sentado en una mesa del bar del Partido Comunista, dejándose observar por su yo del pasado y, con la mirada perdida, de repente le baja el ritmo cardíaco acelerado de la campaña, se da cuenta de una cosa y lo verbaliza: “Ahora mismo soy feliz”.

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