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No me hice mayor cuando terminé la carrera, ni cuando empecé a vivir sola, ni siquiera cuando fui madre. Me hice mayor el día en que la enfermedad entró en casa. A veces crecer no tiene que ver con los años, sino con el modo en que la vida se te rompe en las manos.
Antes pensaba que ser adulta consistía en tomar decisiones, en elegir caminos, en tener una vida propia. Pero la madurez, al menos para mí, llegó desde otro lugar: desde la vulnerabilidad, desde ese primer momento en que entendí que quienes parecían invencibles podían caer. Que el cuerpo —ese territorio que creía eterno— tiene fecha de caducidad.
La enfermedad de un familiar te cambia el mapa del mundo. Todo se reduce demasiado. Lo urgente se impone sobre lo importante. Y tú, que hasta ayer te creías joven y libre, te descubres repitiendo los gestos de las mujeres que te precedieron. No lo haces porque te lo pidan, sino porque hay algo ancestral que despierta en ti. Algo que se parece al amor, pero que también es mandato.
Ahí, en ese territorio nuevo del cuidado, entendí por primera vez lo que habían vivido ellas: mi madre, mi abuela, mis tías. Comprendí el cansancio en sus voces, su manera de hacer y deshacer sin que nadie las viera. Yo que había crecido creyendo en la libertad, me encontré dentro de esa herencia: el deber moral del cuidado, la expectativa invisible de estar siempre disponible.
No fue una lección dulce. Nadie te enseña cómo seguir siendo tú cuando la vida de otra persona depende, en parte, de ti. Incluso cuando no sabes cómo cuidar a quien cuida. Ni cómo sostener el cuerpo de alguien sin que el tuyo se quiebre.
Este año he aprendido a fuerza de golpes lo que significa cuidar. No como un gesto bonito, sino como una prueba de resistencia. Que cuidar no es darlo todo, sino intentar no perderse del todo en el intento.
Hubo un día —no sé por qué recuerdo ese día exacto— en que comprendí que ya no era la misma. Que quizás el impar, que ya está en sus estertores finales, termine devolviéndome en el espejo una nueva versión de mí que todavía no sé si me gusta. Si me reconozco en ella. Fue ese día, y no otros más dulces e incluso más amargos, cuando entendí lo que significa la herencia: no la sangre, ni las costumbres, sino los gestos repetidos que se cuelan en ti sin pedir permiso.
A veces me rebelo contra eso. Quiero imaginar un modo diferente de cuidar, más libre, más compartido. Que el cuidado no sea solo una extensión de la feminidad, sino una tarea humana. Que no recaiga siempre en las mismas espaldas. Pero luego la realidad se impone. Y en ella siempre he visto a una mujer haciéndose cargo.
Pienso mucho en las grietas por las que el feminismo se cuela en lo cotidiano. En esa pequeña revolución que consiste en decir “no puedo más” sin sentir culpa. En aprender a pedir ayuda, en entender que no todo el amor tiene que doler. No siempre lo consigo. Hay días en que me descubro queriendo hacerlo todo bien, como si cuidar fuera una forma de redención. Otras veces, me dejo estar.
Quizá eso sea crecer: perder la inocencia de creer que con el amor basta, entender que el cuidado necesita estructuras, redes y tiempo. Que el cariño no sustituye a las políticas, ni la entrega a las instituciones. Pero también descubrir que, a pesar de todo, seguimos eligiendo quedarnos. Que, incluso sabiendo el peso, seguimos tendiendo la mano.
Recuerdo un verso de Anne Carson que dice: “El dolor no tiene medida. Pero sí memoria.” El cuidado también tiene memoria: se hereda, se reinterpreta, se cuestiona. Y yo, que antes quería huir de esa herencia, ahora intento transformarla. Quiero cuidar sin desaparecer. Quiero aprender a amar sin asumirlo todo. Quiero creer que la ternura puede ser una fuerza política si deja de ser silenciosa.
A veces pienso que el feminismo empieza justo ahí: en esa habitación donde una mujer joven sostiene a un familiar enfermo y se promete que esto, en el futuro, será distinto. Que habrá un modo más justo, más humano, más compartido de sostener la fragilidad. Y aunque ahora duela, aunque el cansancio cale, en esa promesa se filtra una forma de esperanza.
No sé si eso significa hacerse mayor. Tal vez sea solo aprender a mirar el mundo sin filtros, con las manos temblando y los ojos abiertos. Entender que el dolor también te construye. Que la memoria de las mujeres de mi familia me enseñó a cuidar, pero yo puedo elegir cómo hacerlo. Que crecer no siempre es un proceso feliz, pero sí profundamente humano.
Y que, en el fondo, hacerse mayor es esto: descubrir que la vida no se trata de resistir sin descanso, sino de aprender —por fin— a cuidar sin perderse.
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