Cuando Clara aún no era Campoamor
El 12 de febrero de 1888 nació Clara Campoamor, y con ella –aunque todavía no lo supiéramos– nació una pieza imprescindible de la democracia española. No una pieza decorativa, ni simbólica, sino estructural. Campoamor no añadió un adorno al edificio democrático: terminó de construirlo. Porque sin el sufragio femenino la democracia era, en el mejor de los casos, una promesa incompleta; en el peor, una contradicción en voz alta.
Hay algo profundamente pedagógico en volver a Clara cada febrero. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de lectura del presente. Clara no fue una figura cómoda. No lo fue para sus adversarios políticos, pero tampoco para buena parte de los suyos. Defendió el voto de las mujeres cuando hacerlo suponía desafiar el consenso, el cálculo electoral y la idea –tan persistentemente patriarcal– de que la igualdad puede esperar a un momento “más oportuno”. Clara nos enseñó que los derechos no se conceden cuando conviene: se reconocen cuando son justos.
Que hoy quiera escribir sobre ello en un medio con implantación aragonesa no es casual. El primer destino profesional de Clara Campoamor como miembro del Cuerpo Auxiliar de Telégrafos fue Zaragoza. Antes de ser diputada, antes de ser la voz que atravesó el Congreso con una claridad que todavía hoy conmueve, fue una mujer joven que llegó sola a una ciudad para trabajar, aprender y sostenerse. Hay en ese dato una verdad silenciosa: el feminismo también se ha construido desde las periferias, desde los trayectos laborales, desde la vida concreta de mujeres que hicieron lo que pudieron con lo que tenían.
De aquella etapa se conserva un retrato suyo en la revista 'Estampa', hoy custodiado por la Biblioteca Nacional de España. Mirar ese rostro es un ejercicio revelador. No hay en él grandilocuencia ni épica impostada. Hay determinación, inteligencia y una serenidad que no nace de la ausencia de conflicto, sino de haberlo pensado todo. Clara sabía que estaba sola en muchos momentos. Y aun así habló. Quizá por eso su legado nos interpela tanto en este presente ruidoso, donde se confunde a menudo la firmeza con el grito y la pedagogía con la debilidad.
El contexto español actual en materia de igualdad es complejo y contradictorio. Hemos avanzado en marcos normativos, en políticas públicas y en reconocimiento institucional. Y, al mismo tiempo, asistimos a una ofensiva reaccionaria que niega, trivializa o caricaturiza el feminismo. No es casual. Cada avance en derechos provoca una reacción. Lo nuevo incomoda, y la igualdad, cuando es real, siempre incomoda a alguien. Aragón no es ajena a esta tensión: conviven aquí experiencias valiosas de trabajo por la igualdad con discursos que presentan el feminismo como un exceso, una amenaza o una moda ideológica.
Volver a Clara Campoamor en este contexto no es refugiarse en una figura incuestionable, sino asumir una herencia exigente. Clara no pidió consenso para defender la igualdad; pidió coherencia democrática. No habló desde la identidad, sino desde el principio. No desde el agravio, sino desde el derecho. Y quizá ahí esté una de las claves que hoy necesitamos recuperar: la capacidad de explicar, de argumentar, de hacer pedagogía sin renunciar a la firmeza.
El feminismo no es un bloque monolítico ni una consigna cerrada. Es una tradición crítica que se ha ido construyendo con pensamiento, con conflicto y con mucha incomodidad. En Aragón, como en el resto del país, el reto no es sólo defender lo conquistado, sino profundizarlo: llevar la igualdad a los territorios rurales, a las condiciones laborales, a los cuidados, a la vida cotidiana de mujeres muy distintas entre sí. Hacerlo sin simplificaciones, sin convertir la igualdad en un eslogan vacío o en un arma arrojadiza.
Clara Campoamor nos recuerda que la democracia no se completa una vez y para siempre. Se completa cada día, cada vez que decidimos si ampliamos derechos o los recortamos, si incluimos o excluimos, si explicamos o caricaturizamos. Quizá por eso sigue siendo tan actual. Porque su pregunta sigue en el aire: ¿qué democracia queremos ser? Una que se conforme con lo ya dicho o una que tenga el coraje de decir lo que todavía falta.
Recordar a Clara desde Zaragoza, desde Aragón, desde este presente convulso, no es un acto ceremonial. Es una invitación. A pensar mejor. A discutir con más rigor. A defender la igualdad no como trinchera, sino como horizonte compartido. Porque, como ella demostró, la democracia sólo está completa cuando lo está para el conjunto de la sociedad.
0