El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon.
Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.
A comienzos de este nuevo año, con las redes sociales marcando la conversación pública a golpe de consigna breve y de algoritmo, se hace cada vez más visible un fenómeno que no es nuevo, pero sí más ruidoso: el auge del discurso antifeminista, especialmente entre hombres jóvenes. No aparece de la nada ni es un simple “enfado generacional”. Es, más bien, un síntoma cultural que merece ser pensado con rigor, sin caricaturas ni condescendencias, pero también sin renunciar a una mirada feminista sólida y bien anclada en la historia.
El feminismo, conviene recordarlo, no surge para enfrentar a mujeres y hombres, sino para cuestionar un sistema —el patriarcado— que organiza la vida social desde la desigualdad. Sin embargo, en los últimos años, parte del discurso público ha logrado invertir el relato: algunos jóvenes varones se perciben a sí mismos como víctimas de una supuesta “hegemonía feminista” que les habría arrebatado derechos, espacios y reconocimiento. Esta idea, repetida hasta la saciedad en ciertos foros digitales, podcasts y canales de entretenimiento, funciona como un espejo deformante. Como escribió la filósofa Susan Sontag, “la interpretación puede ser una forma de venganza intelectual”; aquí, la distorsión es una forma de defensa identitaria.
Hay que preguntarse por qué este discurso encuentra hoy terreno fértil. Vivimos un tiempo de incertidumbre material y simbólica: precariedad laboral, crisis climática, dificultad de acceso a la vivienda o desdibujamiento de los relatos clásicos de éxito masculino. A muchos jóvenes se les prometió un mundo que ya no existe, y en ese vacío aparecen explicaciones simples para problemas complejos. El antifeminismo ofrece una: si te va mal, si no encajas, si te sientes desplazado, la culpa es del feminismo. No del sistema económico, no de la desigualdad estructural, no de la falta de políticas públicas, sino de las mujeres que “han ido demasiado lejos”.
Esta reacción no es nueva. Cada avance en derechos ha generado su correspondiente contraofensiva. Ocurrió tras el sufragio femenino, tras la incorporación masiva de las mujeres al trabajo asalariado y tras la llamada “segunda ola”. Simone de Beauvoir ya advertía que “todo privilegio se vive como un derecho natural, y toda pérdida de privilegio como una injusticia”. Lo que hoy vemos es, en buena medida, la incomodidad ante la pérdida de una centralidad que durante siglos no necesitó justificarse.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una mera reacción machista sería un error. El antifeminismo contemporáneo se reviste de un lenguaje aparentemente racional, incluso victimista: habla de “igualdad real”, de “denuncias falsas” o de “discriminación inversa”. Se apoya en datos sacados de contexto y en anécdotas elevadas a categoría, mientras ignora sistemáticamente la evidencia empírica sobre violencia de género, brechas salariales o asimétrica distribución de los cuidados. Es un discurso eficaz porque conecta con emociones profundas: miedo, frustración y deseo de pertenencia. Como bien sabía Hannah Arendt, los movimientos reaccionarios no triunfan sólo por lo que dicen, sino por lo que hacen sentir.
Frente a esto, el feminismo no puede limitarse a la denuncia moral ni a la burla fácil. Necesita pedagogía, pero también escucha. Escuchar no significa conceder razón a quien niega derechos, sino comprender los malestares que se canalizan de forma equivocada. Muchos jóvenes varones crecen sin herramientas emocionales, atrapados entre un modelo de masculinidad que ya no sirve y otro que no saben cómo habitar. El antifeminismo les ofrece una identidad clara, aunque sea construida sobre el resentimiento.
Aquí el reto es enorme. El feminismo debe seguir siendo firme en la defensa de la igualdad, pero también capaz de proponer horizontes compartidos. Recordar que la emancipación de las mujeres no empobrece la vida de los hombres, sino que la amplía. Que cuestionar la violencia, la dominación o el mandato de la dureza no es “atacar la identidad masculina”, sino liberarla. Como escribió bell hooks, el feminismo es para todo el mundo porque “imagina una sociedad donde nadie tenga que dominar para existir”.
Tal vez convenga volver a la cultura, a la literatura, al cine, como espacios donde pensar estas tensiones sin la estridencia del tuit. En las novelas de Annie Ernaux, en las películas de Céline Sciamma o en los ensayos de Nuria Varela encontramos relatos que no simplifican, que muestran las contradicciones y los costes personales de los cambios sociales. La igualdad no es un camino recto ni cómodo, pero sí profundamente humano.
El auge del discurso antifeminista no es una moda pasajera, sino una llamada de atención. Nos recuerda que los avances no son irreversibles y que toda transformación social genera resistencias. La respuesta no puede ser el repliegue ni el cansancio. Necesita reflexión, memoria histórica y una apuesta decidida por un feminismo que, sin perder su raíz, sea capaz de hablar de futuro. Un futuro en el que la igualdad no se viva como una amenaza, sino como una posibilidad compartida.
0