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Un millón de euros por un pueblo en ruinas: el despoblado oscense de Arués, en el escaparate inmobiliario

Arués

Miguel Barluenga

5 de marzo de 2026 23:08 h

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La pista forestal que parte de las inmediaciones de la localidad de Perarrúa, en Huesca, se adentra en la ladera sin apenas señales. Ocho kilómetros después, el asfalto es un recuerdo y el paisaje se impone. Allí, en una posición dominante sobre el valle, resiste lo que queda de Arués: muros abiertos, vanos sin carpintería, la silueta de la ermita en la parte alta. Nada sugiere movimiento. Y, sin embargo, el despoblado vuelve a estar en venta, envuelto en un lenguaje que promete naturaleza, teletrabajo y turismo rural con encanto.

El anuncio se encuentra en el portal Aldeas Abandonadas (Aldeasabadonadas.com), especializado en la venta de despoblados, y no cita el nombre del núcleo por “confidencialidad”. Pero las imágenes y la descripción, con 400 hectáreas de terreno rústico, suelo urbano en torno a 5.500 metros cuadrados, varias casas a medio reformar, ermita y antiguas escuelas de titularidad municipal, apuntan con claridad a Arués. El precio, cercano a 1,2 millones de euros tras una rebaja sustancial, condensa una historia larga de expectativas frustradas.

Arués fue un pueblo pequeño incluso en su mejor momento. A comienzos del siglo XX llegó a censar algo más de ochenta habitantes y una decena larga de casas abiertas. Compartía parroquia con el también hoy despoblado de El Mon y conservaba, en la parte superior del caserío, la ermita de San Valero, un templo de factura popular del siglo XVI. Como tantos otros enclaves del Pirineo y el Prepirineo, fue perdiendo población a partir de los años 40 y 50 en un proceso marcado por la emigración, la dureza de los accesos y la transformación del modelo agrario. Hacia los años setenta ya estaba vacío.

Durante décadas apenas fue un nombre en los inventarios de despoblados. La vegetación ganó terreno, las cubiertas se hundieron y el núcleo quedó reducido a ruina pintoresca. El giro llegó en 2002, cuando un empresario inmobiliario madrileño adquirió progresivamente la práctica totalidad de las propiedades privadas. Primero compró la mitad del caserío a un único dueño; después fue sumando el resto. La operación se planteó desde el inicio como una rehabilitación integral con vocación residencial y turística.

En 2007 trascendió públicamente la idea: convertir Arués en una “ciudad del descanso”. El concepto combinaba viviendas, apartamentos susceptibles de destinarse a alojamiento, equipamientos en los antiguos edificios públicos y un perfil ligado al bienestar —llegó a mencionarse la posibilidad de una escuela de yoga—. La inversión prevista rondaba los dos millones de euros y el proyecto se articuló a través de la sociedad Arués 2008 S. L.

El Ayuntamiento de Perarrúa redactó un plan especial para ordenar la reconstrucción del núcleo. El documento, que salió a información pública, contemplaba la edificación de 48 viviendas para una población estimada de 150 habitantes, manteniendo la volumetría y el emplazamiento originales de las construcciones. La idea era que casas, apartamentos y habitaciones hoteleras respetaran la morfología tradicional, recuperando el caserío como conjunto coherente.

La operación avanzó en paralelo en el frente de las infraestructuras. Se firmaron convenios para llevar la electricidad hasta el núcleo, en colaboración con el Gobierno de Aragón, y para garantizar el abastecimiento de agua desde depósitos cercanos. También se abordaron los trámites ambientales, con la intervención del Instituto Aragonés de Gestión Ambiental (Inaga). Sobre el papel, el proyecto parecía encarrilado.

Pero el contexto cambió bruscamente con la irrupción de la Operación Púnica, la investigación judicial que destapó una trama de corrupción en la Comunidad de Madrid y que tuvo como principales rostros al exdirigente del PP madrileño Francisco Granados y al empresario David Marjaliza. Algunas de las sociedades vinculadas al promotor de Arués fueron investigadas en el marco de ese entramado. Aunque el propietario defendió públicamente que el proyecto pirenaico no tenía relación con las irregularidades investigadas y que él no estaba imputado, la sombra del caso añadió incertidumbre.

Mientras los expedientes seguían su curso administrativo, el tiempo jugó en contra del pueblo. Las edificaciones que en 2002 aún conservaban cubiertas terminaron por ceder. La falta de intervención efectiva aceleró el deterioro. Donde se proyectaban viviendas rehabilitadas, hoy apenas quedan paredes perimetrales. El presupuesto de dos millones de euros se volvió insuficiente ante el avance de la ruina. Y el plan especial, pese a su aprobación, no se tradujo en obra material.

Una década después de que el proyecto urbanístico estuviera sobre la mesa, Arués ha regresado al punto de partida: el mercado inmobiliario. El anuncio actual destaca la existencia de proyecto aprobado y urbanización lista para comenzar la rehabilitación. Subraya la disponibilidad de luz, agua de manantiales legalizados y cobertura móvil. Presenta el enclave como idóneo para hostelería, turismo rural o uso empresarial vinculado al teletrabajo. La narrativa es la de una oportunidad lista para activarse.

El contraste con la realidad física es evidente para quien asciende por la pista forestal. Arués carece hoy de servicios básicos operativos. El acceso sigue siendo una vía sin asfaltar. No hay red de saneamiento ni equipamientos en funcionamiento. La ermita resiste, pero el conjunto urbano es un esqueleto. La pregunta que sobrevuela el valle es si el nuevo intento de venta será el preludio de una segunda oportunidad real o un capítulo más en la cadena de expectativas incumplidas.

Un planteamiento todavía más ambicioso es el de otra aldea pirenaica que ha salido recientemente al mercado por 3,5 millones de euros. Se trata de una pequeña finca situada a unos 15 kilómetros de Jaca que, según el anuncio publicado por la web inmobiliaria Aldeas Abandonadas, abarca 1.150 hectáreas y cuenta con dos viviendas para rehabilitar con permiso municipal. La oferta subraya su ubicación estratégica, a un cuarto de hora de Jaca y junto a la autovía Mudéjar, y presenta el enclave como una “atalaya” con vistas privilegiadas del Pirineo.

Más que un proyecto residencial al uso, la propuesta pivota sobre el aprovechamiento extensivo del territorio: 554 hectáreas de pinar silvestre, 244 de pastos permanentes y abundante fauna cinegética, desde jabalí y corzo hasta perdiz y liebre. El propio anuncio apunta a la posibilidad de constituir un gran coto de caza mayor y menor o destinar la finca a ganadería vacuna en libertad, e incluso ampliar la superficie adquiriendo parcelas colindantes.

El caso de Arués no se entiende sin situarlo en un fenómeno más amplio: la reutilización de despoblados aragoneses en clave turística o recreativa desde comienzos del siglo XXI. Frente a la despoblación estructural, algunas iniciativas han apostado por reconvertir núcleos abandonados en complejos vacacionales o destinos culturales.

Uno de los ejemplos más consolidados es Morillo de Tou, en la comarca aragonesa de Sobrarbe. También desalojado por la construcción de un embalse, el pueblo fue rehabilitado de forma integral y hoy funciona como centro vacacional con apartamentos, camping y servicios hosteleros, gestionado por Comisiones Obreras. Allí la recuperación fue completa y la actividad económica estable en el tiempo.

Casos con final feliz

En el valle de Tena, Lanuza siguió un itinerario diferente. Expropiado por la construcción de su embalse, quedó vacío durante años hasta que antiguos vecinos comenzaron a reconstruir viviendas. La celebración anual del festival Pirineos Sur reforzó su proyección turística. La recuperación fue progresiva y vinculada al arraigo de quienes habían sido desalojados, no a una operación inmobiliaria de nueva planta.

Más orientado al turismo cultural está Ruesta, junto al embalse de Yesa. El núcleo, también deshabitado tras la construcción de la presa, fue parcialmente rehabilitado para ofrecer albergue y servicios a los peregrinos del Camino de Santiago aragonés. No recuperó una población estable significativa, pero sí una función económica concreta.

En el extremo opuesto se sitúa Belchite. El pueblo viejo, arrasado en la Guerra Civil, nunca se reconstruyó. Desde los años 2000 se consolidó como espacio de memoria y destino de visitas guiadas. Allí la actividad turística no implicó reedificar viviendas ni atraer residentes, sino preservar las ruinas como testimonio histórico.

Comparado con estos casos, Arués representa el modelo que no termina de arrancar: el de la gran operación inmobiliaria proyectada sobre un núcleo vacío, dependiente de una fuerte inversión inicial y de la tramitación administrativa completa antes de colocar la primera piedra. Mientras Morillo de Tou o Lanuza se apoyaron en una gestión continuada o en la iniciativa vecinal, Arués quedó supeditado a un único promotor y a un calendario que nunca se cumplió.

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