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ARAGÓN

Mi carta al mundo, que jamás me ha escrito

"Te recuerdo que la mujer, la igual que el hombre, es un ser humano al que la historia ha tratado con desprecio y con humillación, ignorándola y haciéndole creer que es la dueña de su casa, cuando solo es la prisionera de un reino"

Emily Dickinson. La Ternura del dragón. Tony Morrison. La música del azar. Rosa Chacel. Bomarzo. Natalia Ginzburg. Madame Bovary… Acabo de hacer un ejercicio conciso que a lo largo de los siglos no ha hecho la historia y que consiste en visibilizar el nombre de las mujeres escritoras y tras un título dejar en el anonimato el nombre de los hombres que han escrito esas novelas, para que por un momento ellos sean capaces de imaginar el mundo de soledades en el que han vivido las mujeres. Me dices, y casi lo haces acusándome, que las cosas han cambiado lo suficiente para que la mujer ya no se sienta víctima ni en soledad y yo te digo que solo faltaría que tras décadas de lucha feminista la mujer siguiera sin poder votar, sin tener una cuenta corriente en el banco o sin saber si quiere ser su lado más oscuro y perverso o el lado más inocente de su lado menos femenino.

Te recuerdo que la mujer, la igual que el hombre, es un ser humano al que la historia ha tratado con desprecio y con humillación, ignorándola y haciéndole creer que es la dueña de su casa, cuando solo es la prisionera de un reino que a veces es de cabello de ángel, otras de nata salpicada de gotas de sal y en ocasiones de ron que sabe a infierno tras veladas de gritos que nadie escucha. Y entonces una frase me viene a la cabeza: “Mujer tenía que ser”, como si ser mujer fuera ser algo inferior, algo malo, algo culpable, algo que nadie desea ser. Algo así como una loca en el país de los cuerdos, como un enigma en el país de las respuestas fáciles, como una equilibrista en el país donde se quita la red cuando tú, amiga equilibrista, preparas tu gran salto mortal.

La Dickinson escribió: “Esta es mi carta al mundo/Que jamás me ha escrito”. Ella es otro ejemplo de cómo a lo largo de la historia el nombre de mujeres excepcionales ha sido sometido a un aislamiento tanto sicológico como público y ambos respondían y responden a una única obsesión: la de una parte importante de la sociedad que considera a la mujer un ser inferior, prisionera de sus pasiones, incapaz de soterrar bajo una máscara de hierro cualquier intención que tenga el candor, la pureza, la fuerza o la tibieza de un sentimiento.

En la soledad de todas las mujeres hay una sonrisa que en ocasiones tiene un registro mudo, en otras es ruidoso y guarda el eco de una algarabía bulliciosa de tarde de verbena, porque solo ellas saben que hay otra soledad, la soledad de las mujeres que casi el cincuenta por ciento de la población se muere sin conocer y que tiene que ver con el miedo, la indiferencia y el reto de saltar al vacío sabiendo que no hay red, solo mujeres sobre mujeres que te hacen única y valiente.

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