Las noches tropicales llegan al Pirineo con picos de más de 20º en Canfranc, Boltaña y Lafortunada

Canfranc registró el 19 de junio, todavía en primavera, una temperatura mínima de 23 grados.

Eduardo Bayona


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Las noches tropicales, aquellas en las que el termómetro supera los veinte grados, comienzan a menudear en el Pirineo, o al menos en algunas zonas de la cordillera, y a situarse como un fenómeno de cierta frecuencia en otras del prepirineo como consecuencia del cambio climático y el calentamiento global, según se desprende de los datos del Sistema Automático de Información Hidrológica (SAIH) de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) referentes a los meses de junio y julio.

Los datos del SAIH sitúan la temperatura mínima más elevada de la parte aragonesa del Pirineo en Canfranc, situado a algo más de mil metros de altitud, donde los termómetros marcaron 23 grados la noche del 19 de junio, mes en el que el mercurio llegó en otra ocasión a los 19 para volver a alcanzar esa cota de nuevo en otras dos ocasiones en julio. 

La temperatura media de las noches de esos dos meses en Canfranc, que coincide con la mínima diaria, se quedó en 14,7 grados, más bien elevada para una zona de montaña.

Los otros dos puntos del Pirineo donde se registraron noches tropicales en esos dos meses se encuentran en la cabecera del Cinca: Boltaña alcanzó los 20,6 el 25 de julio y superó los veinte en otras dos ocasiones (junto con otros siete por encima de 19 y seis más entre 18 y 19), mientras Lafortunada, que suma siete noches por encima de 20º, alcanzaba su pico de 21,3 en esa misma fecha.

Las noches tropicales se disparan en el prepirineo

Algunas otras zonas cercanas a las citadas se han acercado a las noches tropicales, aunque sin que llegara a superarse la barrera de los veinte grados nocturnos. Por ejemplo, en la cuenca del Aragón, los termómetros llegaron en dos ocasiones a los 19 grados en Candanchú y una vez en Hecho, mientras las mínimas alcanzaban el 17,8 en Zuriza y no llegaban a los 14 en Ansó.

Los síntomas del calentamiento se manifiestan con mayor intensidad en las zonas situadas inmediatamente al sur de esos dos valles, todas ellas de menor altitud, con ocho noches tropicales en Yesa, donde los termómetros marcaron 23,5º el 19 de junio, y otras diez entre 18º y 20º, o en El Grado, que en dos meses acumula 24 episodios de esa naturaleza en 61 días, con un pico de 24º el 17 de junio y una semana entera, la del 13 al 19 de julio, en esas condiciones meteorológicas. 

Las 23 noches por encima de la veintena de grados registradas en la Sierra Guara, donde el mercurio llegó a los 24,9 grados el 17 y el 18 de junio, apunta en esa misma dirección. De hecho, la frecuencia de las noches tropicales superó tanto en Guara como en la frontera entre el Sobrarbe y el Somontano a la que se da en dos zonas del llano en las que llevan años en aumento: Fraga, que registró 22 episodios con un pico de 23,2, y Alcañiz, que sumó otros 21 con un máximo de 23,4.

El aumento de las temperaturas nocturnas no alcanzó esos niveles en junio y en julio en otros valles del Pirineo como el del Ésera, con mínimas máximas de 14,3º en Cerler y de 19,3 en Las Paúles, o en la del Gállego, con Formigal y Lanuza ligeramente por debajo de los 18 mientras Búbal y Panticosa no pasaban de 16. No obstante, en todos esos casos se trata de registros elevados para esa época del año.

La temperatura avanza a 0,4º por década en el Pirineo

¿Está relacionada la frecuencia de esos episodios con el proceso de “subtropicalización del clima” en la cuenca del Ebro del que habla la documentación de nuevo Plan Hidrológico cuando analiza la evolución de las precipitaciones?

Está por ver, aunque la copiosa documentación en la que se apoya el proyecto del plan da algunas pistas cuando explica que “en el periodo 1950-2006 muestra que se ha producido un incremento significativo en una gran superficie de la cuenca. El 87% de la cuenca ha sufrido aumentos de moderados a altos, con un incremento medio de la temperatura de 0,2 ºC por década” que equivale a unos insostenibles dos grados por siglo.

Esa progresión se está dando de manera específica en la montaña, ya que varios estudios señalan que “la temperatura en los Pirineos entre 1950 y 2010 ha ascendido en 1,2 ºC de media” y que “el calentamiento ha sido más intenso en la parte norte de la cuenca (0,3 ºC/década)”, en un proceso que se ve intensificado durante los veranos, en los que el aumento llega a 0,4 º por década, es decir, cuatro en un siglo.

A eso se le suma que “la temperatura de invierno ha aumentado en las zonas de cabecera” de los río mientras que “en primavera las temperaturas han aumentado de forma muy marcada en el noreste de la cuenca del Ebro y de forma significativa en los Pirineos y en la zona central de la cuenca”.

En resumen, añade, “se constata una tendencia al calentamiento, en particular en el periodo 1970-1995, que se ralentiza en el periodo 1990- 2010, frente al periodo más frío 1940-1970”.

Menos agua en los ríos, más pasto en los prados

Ese aumento de las temperaturas ya está teniendo consecuencias, aunque sin “un patrón espacial en el tipo o magnitud de la tendencia”, en el caudal que circula por los ríos, a lo que se añade otro factor como “la continua expansión forestal”.

Las estimaciones que maneja el organismo de cuenca apuntan a un porcentaje de disminución de la aportación natural de los ríos para el periodo de 2011 a 2040, en relación con el de 1940 a 2005, “del 5% en la demarcación hidrográfica del Ebro”.

Y también está teniendo influencia sobre el régimen de los cultivos en el Pirineo, donde, además de aumentar la necesidad de agua por la mayor evapotranspiración de los cultivos, “por cada aumento de grado de la temperatura media se adelanta la fecha de cosecha para los grandes cultivos entre 6 y 15 días”.

No obstante, también se prevén efectos beneficiosos como “una reducción de número de días favorables para el desarrollo de patógenos de primavera y verano, lo que supondrá un incremento de la producción de determinados cultivos”, aunque al mismo tiempo aumentará el riesgo para los árboles, mientras “los prados de llanuras y los pastos de montañas registrarán un aumento de la producción de biomasa en primavera y en otoño y el periodo de producción se prolongará, lo que supondrá mayor disponibilidad de forraje para el ganado durante las temporadas intermedias”.

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