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Barbijaputa es el seudónimo de la articulista que encontrarás bajo estas líneas. Si decides seguir leyendo darás con artículos y podcasts sobre el único feminismo sensato que existe: el radical.

¡¿Encontrada viva?!

Barbijaputa

La estudiante de Erasmus española, Natalia Sánchez, que desapareció en París el día 1 de mayo, ha aparecido. Más allá de las incógnitas alrededor de esta desaparición, que ya se irán resolviendo, lo importante es que está viva.

Después de más de una semana desaparecida, en la mente de cualquiera se pueden barajar muchas alternativas, pero desde luego la que pierde fuerza es la de que sea encontrada viva y en “buen estado”. ¿Por qué? Porque Natalia es una mujer. Y las mujeres que desaparecen sin dejar huellas, o peor aún, dejando todas sus pertenencias, suelen ser víctimas de hombres. Por muy machista que uno sea, esta concepción de “mujer desaparecida una semana” se une rápidamente a “asesinada”. Y antes de asesinada, “violada”.

Que Natalia haya aparecido con vida es un alivio, y también una sorpresa inesperada. Por eso ahora es una incógnita qué ha pasado, dónde ha estado, y los medios seguirán vertiendo hipótesis y excavando en sus redes sociales a pesar de que la familia ha pedido respeto y tranquilidad.

Creo que la reflexión que toca hacer es por qué es una sorpresa mayúscula que una chica joven que desaparece sea hallada con vida. Por qué sorprende que ningún hombre la haya matado. Deberíamos problematizar, como sociedad, que damos por hecho, y con razón, que los hombres matan a las mujeres, y usan sus cuerpos como objetos; pero a la vez, compramos el discurso de comunicadores, medios y partidos políticos que lloriquean porque “el feminismo es crear una guerra de sexos”.

La guerra de sexos existe, no la ha creado el feminismo. La guerra de sexos es que una chica desaparezca una semana y en la mente de todos surge el peor de los escenarios. Esa es la guerra de sexo en la que vivimos, una guerra que sólo tiene víctimas de un lado: las mujeres, y victimarios del otro: los hombres.

El “no todos los hombres somos violadores” se mira al espejo de “cualquier mujer puede ser violada”, y debería partirse en ese mismo instante, sin embargo continua intacto. El grito herido de “no son hombres, son monstruos” rebota en una pared formada por las miles de denuncias anuales por violación, donde la mayoría de agresores son hombres del entorno de la víctima, ningún monstruo o extraterrestre.

No se puede pensar que si una chica desaparece seguro que un hombre la ha matado y a la vez quejarse porque “no todos los hombres” o “no son hombres, son monstruos”. Son hombres, sin más. Y todos forman esta sociedad: tanto los que matan, como los que se encogen de hombros, como los que ríen las gracias a los machistas, como los que hacen activismo contra la única ley que intenta proteger a las mujeres, los que callan ante actitudes discriminatorias... Son todos, de alguna forma, colaboradores necesarios para que en tu cabeza surja la idea espontánea y estadísticamente cierta de que si una mujer desparece, ha sido víctima de un hombre.

Es una lacra y no una anécdota. Es un conflicto de género y no “de personas”. Es una realidad evitable y no “cosas que pasan”. Y el feminismo no va a dejar de repetirlo, porque su misión es que las mujeres seamos libres. Que si desapareces, todos piensen que te has caído en una zanja, que has tenido un accidente y no te encuentran, o que te has hartado de tu vida y quieres empezar una nueva. Es decir, que la sociedad imagine de ti exactamente lo mismo que imagina cuando un hombre desaparece.

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