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Nuestra escuela merece un cero en empatía

Los colegios públicos deciden, sin consultar con padres y madres, incluir en sus actividades visitas a zoológicos, donde los animales sufren el estrés y las enfermedades que les provocan la cautividad y las prácticas a las que son obligados en contra de su naturaleza

Regido por el mercantilismo, el de los zoológicos y acuarios es un sector bajo sospecha que acumula denuncias sobre su trato a los animales

¿Es esta la mejor manera de acercar a nuestras hijas e hijos a los animales? ¿Por qué no se valoran actividades con refugios o centros de recuperación de especies? ¿Qué sucede si alguna familia no está de acuerdo con la visita?

Pingüinos cautivos en el zoológico Faunia de Madrid

Pingüinos cautivos en el zoológico Faunia de Madrid Noah Ortega / FILMING FOR LIBERATION

No hay educación. Cada vez que nuestra sociedad se rompe en uno de sus valores como democracia y comunidad, miramos a las escuelas. ¿Violencia con las mujeres? ¿Racismo? ¿Bullying? ¿Homofobia? Hay que enseñar en las escuelas a respetar y comportarse en sociedad. Pero, ¿qué está pasando en las escuelas? Y las familias, ¿no deberían involucrarse o incluso vigilar los valores que se están impartiendo? Veamos el ejemplo de la empatía animal, a raíz de una decisión irrevocable planteada en mi colegio público madrileño.

Como padre de un niño en una escuela primaria pública de Madrid, el inicio del curso no viene casi nunca exento de sobresaltos. Cuando apenas ha empezado el curso en la capital, recién estrenados también los responsables tanto a nivel de Ayuntamiento como de Comunidad, ya tuvimos que elevar preguntas y protestas ante la acción del lobby cárnico industrial para promocionar el consumo de esta alimentación entre el alumnado del centro, como parte de una acción de marketing apoyada por la Dirección General de Bilingüismo y Calidad de la Enseñanza.

Días después, nos enteramos de que se ofrece desde el Ayuntamiento de Madrid una subvención para realizar una visita al complejo Faunia, que se traduce en una actividad del centro con un coste de 15€ por alumno para sufragar el traslado en autobús y la entrada promocionada. Los tutores de los dos grupos afectados han aprobado la actividad por tratarse de contenidos, los animales, vinculados a la materia de Ciencias Naturales (impartida en inglés por tratarse de un centro bilingüe). Como es costumbre, nos enteramos con un papel impreso en el que no queda lugar a discusión: "El próximo viernes 4 de octubre vamos a pasar el día en Faunia".

Como ha sucedido en otras ocasiones, todo aquello que tiene que ver con la programación didáctica de la escuela no necesita aprobación de las familias, ni tan siquiera del Consejo Escolar. Basta con que los profesores responsables del curso estén de acuerdo. Pero surgen infinitas preguntas, y empiezan a circular en conversaciones privadas o los grupos de las familias afectadas. ¿Es esta la mejor manera de acercar a nuestros hijos a los animales? ¿Por qué no se ha valorado alguna actividad con un refugio o un centro de recuperación de especies? ¿Es justificable pagar un precio tan elevado, cuando los niños y jóvenes apenas pisan museos, teatros o cines como actividad escolar? ¿Qué sucede si alguna familia no está de acuerdo con la visita?

Sin entrar a juzgar las decisiones que cada padre o madre tome a la hora de inscribir o apartar a sus hijos de estas actividades, no debemos bajar la vigilancia ante lo que subyace con estas iniciativas, subvencionadas con mano ligera por empresas y sectores bajo sospecha (en ocasiones hasta denunciadas, como sucedió recientemente con el Zoo Aquarium de Madrid por el cuidado de sus delfines). ¿Debe un centro público prestarse a las acciones de mercadotecnia de empresas tecnológicas (proporcionando tabletas en las aulas), alimentarias (promocionando la carne y los lácteos) o incluso de higiene (con presentación y regalos de productos dentales)? ¿Puede una visita cultural realizarse sin el necesario contexto para el alumnado?

Las familias no siempre pueden elegir libremente. Apartar a un niño o una niña de una actividad en la que el resto del grupo participa puede abrir notas diferenciales que tendrían un efecto negativo en ellos, incluso burlas. La conciliación imposible de las familias con sus horarios de trabajo bloquean casi en todos los supuestos la opción de que un alumno se quede en casa. No es extraño que prácticamente no hayamos tenido iniciativas en los centros escolares para participar de forma consensuada en la Huelga por el Clima de este 27 de septiembre.

Así, ante una visita cultural que enfrenta a un grupo de estudiantes a la crueldad extrema de los zoológicos han surgido comentarios que dicen, "en casa estamos en contra de los zoos, acuarios y faunias pero no queremos sacar a nuestro hijo de la actividad". La máxima de nuestros padres y abuelos forjada en el franquismo sobrevive en la España del siglo XXI: "Sobre todo, no destaques". Todo ello apuntalado por el individualismo solidario: que cada familia decida por su cuenta, "no es algo que debamos decidir conjuntamente”, como ha sido expresado por algún padre y alguna madre.

La escuela, ¿es de todos?

Educar en valores. Esta es otra frase comodín y grandilocuente que a menudo se manosea convenientemente para no hacer nada en la práctica. ¿Quién puede estar en contra de educar valores en los colegios? De hecho, en la Comunidad de Madrid se modificó y ajustó en este año el contenido curricular de la Educación Primaria incorporando tres nuevas asignaturas "para fomentar la convivencia, el respeto y la tolerancia y para promover la creatividad y el emprendimiento entre los alumnos". Los contenidos vienen distribuidos en siete bloques: Valores, Inteligencia Emocional y Habilidades Sociales, Convivencia, Derechos Humanos fundamentales, Comunicación, Respeto y Tolerancia en el juego, y Violencia y Acoso escolar.

¿Dónde queda la empatía animal en ese ambicioso programa? Bastaría escarbar un poco en esos contenidos para entender que la inteligencia emocional de nuestros niños y futuros jóvenes, así como la violencia, están hiperconectadas a su conocimiento y desarrollo en la empatía animal. Bastaría asomarse a algunas de las series de moda protagonizadas por psicópatas y violadores para encontrar referencias directas a su iniciación con animales de compañía y animales salvajes. Recuerden además los ejemplos recientes en nuestro país de manadas violadoras en el contexto de fiestas populares de maltrato y muerte animal.

A menudo se esgrime que no podemos explicar ni mostrar determinadas cosas a la infancia y la juventud. Nuestra sobreprotección y adultocentrismo nos lleva cada vez más a una educación que escatima y miente sobre los asuntos esenciales para el desarrollo en una sociedad democrática y avanzada. Así, resulta imposible organizar sesiones informativas en las escuelas que expliquen con honestidad el camino completo de los animales que aman (por instinto) y comen (por obligación y desinformación); resulta implanteable abordar las cuestiones de identidad sexual justo en los años en que más lo necesitan; se manipula el círculo completo de la formación en reciclaje al no subrayar que reducir nuestro estilo de vida hiperconsumista y nuestros transportes son esenciales; o se les niega su participación y representación en las decisiones de la escuela. Por nombrar solo unas pocas deficiencias.

En resumidas cuentas, nuestra escuela merece un cero en empatía y no solamente animal, porque no se trabaja adecuadamente y con las familias en todos sus aspectos. Dejamos a nuestros hijos cada mañana en una educación aparcaniños, que nos pide confianza ciega en todo lo que sucede y se enseña de puertas adentro, y que además fomenta nuestra culpabilidad e individualismo por unas vidas de jornadas laborables sin fin, cada vez más insuficientes en los salarios, y unos estilos de vida que si no ponemos remedio alimentan más y más la sociedad de los privilegios y las soluciones personales.

A menudo escucho, a pie de calle, entre columpio y columpio del parque, que la vida es muy complicada y no podemos actuar de manera responsable y justa. Supongo que solamente nos queda obedecer, bajar la cabeza, y no destacar. Hay que ser resilientes pero nunca rebeldes. El cambio lo harán los demás. Sin embargo, la única manera de cerrar definitivamente las jaulas y cárceles de Faunia y de todos los zoos es no ser jamás cómplices de su negocio. Y si no lo explican en clase, lo tendremos que explicar en casa.

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