De los 'gymbros' a Epstein: cómo interactúan el patriarcado, el especismo y el poder
En las últimas décadas, el aumento de la presencia de los discursos feministas ha elicitado una respuesta reaccionaria que ha encontrado, entre los jóvenes varones, un lugar fértil en el que expandirse. Resulta comprensible, en cierta manera, si tenemos en cuenta que uno de los ejes fundamentales de este movimiento ha sido, precisamente, la crítica a la masculinidad tradicional y la necesidad de revisar las relaciones entre los diferentes géneros con el fin de crear contextos más igualitarios. Para los feminismos actuales, resulta urgente redefinir lo que es un hombre y desmantelar aquellos conceptos herméticos y anticuados que se expresan tanto en la esfera pública como en la más íntima y personal. Así, una de las demandas actuales se basa en la redistribución de los cuidados, lo que no solo afectaría a nivel organizativo y económico, sino que tendría un gran impacto en las relaciones sociales, familiares y afectivas. En la misma línea, podríamos decir que las mujeres, que cada vez tienen más conciencia de su opresión e identifican antes las violencias recibidas, anhelan compañeros compasivos y empáticos, que entiendan que revisar sus propias contradicciones es un paso esencial en la construcción de sociedades más justas.
Sin embargo, una parte significativa de la población masculina ha querido interpretar esta tendencia como un ataque político e incluso personal cuyo fin último ya no es solo despojarles de sus privilegios, sino también de sus derechos más elementales. La idea de que ser hombre es un delito ha sido el mantra utilizado por asociaciones, personajes públicos y partidos políticos que ha acabado por permear en gran parte de los adolescentes y jóvenes de nuestro país. En su expresión más radical, muchos están articulando un relato en el que se sitúan como víctimas en un mundo que prácticamente les niega la existencia. Estos posicionamientos se han traducido en la creación de comunidades que tratan de proteger y promover una identidad hipermasculinizada, recuperando discursos profundamente conservadores que buscan reforzar las estructuras jerárquicas de las que ellos se benefician.
Obviamente, existe un componente afectivo en esta crisis de identidad masculina. El sistema de creencias en el que han sido educados muchos de ellos choca con una realidad en la que una parte de la sociedad está avanzando hacia posturas cada vez más progresistas, lo que supone un sentimiento de incomprensión, soledad, inferioridad y miedo para muchos hombres. Y en este sentido, los espacios digitales de la extrema derecha han sabido recoger este malestar para instrumentalizarlo a favor de la defensa de la familia tradicional heterosexual o el ensalzamiento de los valores patrióticos occidentales ante una supuesta amenaza externa. Donde muchos hombres se enfrentaban a un vacío, el fascismo ha sabido ofrecer un lugar en el que reforzar una identidad y una trinchera en la supuesta guerra de sexos a la que nos enfrentamos.
El consumo de animales como trinchera identitaria masculina
La precarización de las vidas, la fractura de las comunidades, el consumo incesante de fake news y una realidad geopolítica devastadora nos ha sumido en un estado de indefensión e incertidumbre ante el futuro que ha creado el contexto perfecto para la expansión de los movimientos de extrema derecha. Ante realidades cada vez más individualistas, el espacio digital se ha erigido como un altavoz para una serie de subculturas misóginas basadas en el culto al cuerpo como expresión de la masculinidad hegemónica. Bajo este paraguas, defienden un concepto aspiracional de salud basado esencialmente en el aspecto físico, y concretamente en el desarrollo de la fuerza, a la vez que funciona como un sistema de exclusión, pues desprecian cualquier tipo de corporalidad que no encaje en este modelo.
Esto incluye, evidentemente, a los cuerpos gordos, discapacitados o enfermos, pero también a las personas transgénero o racializadas y a los hombres débiles o afeminados. Esta idea de desviación de la norma masculina va más allá de orientaciones sexuales concretas, pudiendo abarcar otras representaciones que incluyen, por ejemplo, a hombres afines al feminismo con intereses distintos a los que se presupone socialmente por su condición de género.
Estos espacios ofrecen una serie de enemigos comunes, pero también un sentido de pertenencia a individuos profundamente frustrados con sus condiciones de vida. Así es como promueven una sensación de unidad y de lealtad incondicional, construyendo una interpretación de la realidad profundamente belicista. Por tanto, la falta de autoestima vinculada al fracaso que experimentan muchos hombres se combate ensalzando valores como la disciplina o la superación personal, generando, como señala Nuria Alabao en Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (Editorial Escritos Contextatarios, 2025), una sensación de control sobre sus propias vidas basada en el concepto de éxito, tan apreciado en las sociedades neo-liberales actuales. El objetivo es llegar a ser como aquellos hombres a los que admiran, es decir, individuos hipermasculinos con un gran poder adquisitivo y social.
Dentro de la representación de lo que es ser un hombre de valor, existe otro aspecto especialmente relevante que no debería pasarse por alto: la centralidad del concepto de fuerza masculina, entendida en su sentido más amplio, incluye, necesariamente, un cuerpo musculado que necesita alimentarse de proteína animal. Así, la fuerza no se limita a lo físico (el desarrollo de los músculos o los kilos que levanten), sino que va indisolublemente ligada a un comportamiento simbólico vinculado a la dominación y a la agresividad, que necesita consumir los cuerpos de aquellos que considera inferiores para pervivir y expandirse. Esto implica, necesariamente, un uso instrumental de la violencia contra las existencias no humanas, es decir, aquellas que no merecen consideración ni respeto. Carol J. Adams ya explicó, en su ensayo La política sexual de la carne, cómo el proceso de cosificación de las mujeres se rige por el mismo mecanismo por el que los animales son transformados en productos consumibles. Por supuesto, esta deshumanización ha afectado, históricamente, a las personas racializadas y ha servido como pretexto para la eliminación sistemática de comunidades enteras en los procesos imperialistas y coloniales occidentales.
Dentro de los espacios virtuales actuales, la cosificación de las mujeres se expresa de maneras muy diversas. Uno de los ejemplos más recientes son los influencers que comparten consejos sobre seducción, partiendo de descripciones profundamente esencialistas y deshumanizadoras. Así, ideas como la de las “mujeres de alto valor”, promueven creencias conservadoras que apelan al body count, es decir, la falta de experiencia sexual como algo deseable, así como a la sumisión a las normas tradicionales y la aceptación de un rol pasivo. Las técnicas para conseguir pareja o encuentros sexuales, en este caso, están basadas en formas de violencia psicológica como el acoso, la manipulación, el aislamiento, y la destrucción de su autoestima para que sea más vulnerable. La mirada que estos depredadores proyectan sobre sus posibles víctimas no dista demasiado de las que tienen los cazadores humanos hacia sus presas, es decir, sujetos considerados inferiores que existen para satisfacer nuestros deseos e intereses.
Lógicamente, estas comunidades de la ultraderecha desprecian profundamente a aquellos que señalan estos comportamientos como problemáticos. Así, es habitual encontrar ataques con claros tintes homófobos y reaccionarios contra los hombres que expresan empatía hacia mujeres o hacia sujetos de otras especies. En un vídeo especialmente cruel sobre un cerdito que compartía el influencer ancestralista Ahnormal, el primer comentario que se puede leer es “para que los progres convulsionen”. A continuación, un usuario manifiesta que, pese a él no ser vegano, le parece excesivamente sádico el contenido de la publicación. La respuesta son decenas de comentarios en los que se le acusa de ser “demasiado sensible” y de “ser una nena”, o se le trata de humillar cuestionando su heterosexualidad. De la misma manera, adjetivos peyorativos como “calzonazos” o “planchabragas” son lanzados contra aquellos que defienden que las mujeres merecen respeto y condiciones de igualdad. En ambos casos, estos hombres son considerados traidores a su género y se les castiga como tal. Los ínceles, de hecho, tienen un término que conecta ambas posturas: soy boy o en castellano, sojas, hace referencia a aquellos sujetos masculinos que, aparentemente por un exceso de sensibilidad, no desean apoyar el sistema patriarcal ni la explotación del resto de animales.
En el año 2025 se publica un estudio, titulado Macho Meals? A mixed methods study on traditional masculine norms and animal product consumption in the UK (Journal of Environmental Psychology), en el que se trata de profundizar en la relación entre la masculinidad tradicional y el consumo de animales. Los resultados, obtenidos en una muestra de más de 1000 hombres, revelaron que aquellos que tenían creencias más conservadoras respecto al género eran los que consumían más carne y lácteos. Las conclusiones de la investigación muestran lo que ya era un secreto a voces: la masculinidad hegemónica se basa, además de en la asociación del consumo de carne con la virilidad, en aspectos como la evitación de la feminidad, la emocionalidad restrictiva, la agresividad, el estatus de logro o la autosuficiencia. El perfil de estos individuos también incluía una valoración positiva del hecho de no compartir ni mostrar emociones, así como la consideración del vegetarianismo como una amenaza cultural para sus estilos de vida.
Como ya sucedió con el feminismo décadas antes, el veganismo vendría a visibilizar un sistema de opresión que, de derrumbarse, obligaría a muchos a renunciar a una serie de privilegios que hoy en día parecen incuestionables. Y quizás no sea una realidad tan lejana. Diversos estudios sobre el cambio climático llevan años señalando la ganadería (tanto la industrial como la extensiva) como uno de los principales desencadenantes del aumento de las temperaturas, y apuntan hacia medidas restrictivas en un futuro. En nuestro país, la respuesta de la ultraderecha ha sido la difusión de teorías conspiracionistas y la adopción de posturas negacionistas, así como la defensa acérrima de prácticas extremadamente crueles como la tauromaquia y la caza. La exaltación de la violencia tiene, en este sentido, una importancia instrumental en los proyectos fascistas, pues gracias a ella se consolidó un sistema supremacista y patriarcal a través del terror. Fomentarla no forma solo parte de las guerras culturales, sino que tiene un propósito de control y aleccionamiento muy específico que ha servido para reforzar el statu quo y el poder de las élites actuales.
¿Quién disfruta ejerciendo crueldad?
A principios de enero del año 2026, un perro callejero llamado Orelha fue salvajemente torturado hasta la muerte por un grupo de jóvenes en una playa de Brasil. La sociedad respondió con una serie de multitudinarias manifestaciones en las que expresaron su conmoción y su enfado ante un acto tan brutal, que incluía la violación del animal con un objeto. Muchos asistentes señalaban, además, que los asesinos procedían de familias adineradas, y que habían sobornado a algunos testigos para que no declarasen contra ellos. Podríamos pensar que estos casos de maltrato son anecdóticos y que tienen que ver con personalidades patológicas. Sin embargo, es la expresión más extrema del mismo sistema que considera deseable la falta de empatía en los hombres. Obtener placer ejerciendo violencia (especialmente de índole sexual) sobre aquellos que consideramos inferiores es la consecuencia lógica de una sociedad patriarcal que desprecia a sus miembros más vulnerables y que exacerba estas conductas cuando quienes las perpetran son individuos de clase alta o de las élites políticas, es decir, con mayor impunidad en el sistema penal.
En nuestro país, los casos mediáticos de maltrato hacia perros y gatos también suelen desencadenar un rechazo social generalizado. Hace unos años, en un pueblo de Murcia se declaró un día de luto oficial tras el asesinato de una perra y el responsable tuvo que mudarse de esta localidad debido a las continuas amenazas de los vecinos. Sin embargo, se da también una paradoja inquietante: nuestras fiestas se basan, en un gran porcentaje, en torturar (a veces hasta la muerte) a otros animales, lo que es una forma ya no de normalización de la violencia, sino de integrar la idea de que provocar dolor y miedo a un ser indefenso puede resultar divertido o proporcionar placer. Quizás la tauromaquia sea el ejemplo arquetípico, pero rituales masculinizadores como la caza y la pesca también cumplen un propósito similar.
No es casualidad, por tanto, que las políticas conservadoras traten de incluir a niños cada vez más jóvenes en estas actividades, proponiéndolas incluso como asignaturas extraescolares en algunos colegios. El hecho de que la educación infantil promueva la crueldad en lugar de la empatía, facilita el contexto para la aparición de conductas abusivas contra otros niños, contra personas de procedencias diversas o de la comunidad LGTBIQ+, y por supuesto, contra las mujeres. De hecho, gran parte de la violencia sexual tiene su origen en la erotización del sufrimiento de mujeres, niñas y niños, pues el patriarcado encuentra placer en reafirmar el propio poder a través del terror y la sumisión de otros.
Esta dinámica es fácilmente observable en contextos bélicos, en los que las violaciones son utilizadas como un arma de guerra contra las comunidades y, concretamente, contra sus mujeres. Pero también trasciende los aspectos puramente sexuales, y se ha podido comprobar en acciones tan moralmente inaceptables como el escándalo de las cacerías humanas en Sarajevo durante la Guerra de los Balcanes. En ellas, individuos procedentes de las élites económicas europeas pagaban altas sumas de dinero para dar muerte a civiles, siendo los niños o las mujeres embarazadas las víctimas más cotizadas.
Por increíble que resulte, podemos empezar a intuir que los mecanismos psicológicos (como los circuitos de recompensa) que subyacen a estas prácticas pueden ser similares a aquellos que participan en cacerías de animales no humanos. De hecho, y volviendo a un contexto más inmediato, sabemos, desde hace décadas, que ejercer violencia contra los animales es un potente predictor de conductas violentas futuras contra niños y mujeres.
El poder
Vivimos en un sistema económico y social en el que ciertos individuos pueden concentrar capital y poder ilimitado, lo que les otorga una impunidad legal casi absoluta. Tanto las monarquías europeas como los herederos del fascismo, así como los grandes empresarios o ciertas figuras públicas, disfrutan de una serie de privilegios gracias a los cuales pueden cometer cualquier acto delictivo o inmoral sin enfrentar apenas consecuencias. Lo vemos habitualmente en los casos de violencia sexual cometidos por famosos futbolistas, actores, directores o cantantes, así como en las consiguientes resoluciones judiciales. Y siempre hay una cuestión que me inquieta cuando alguno de estos sucesos sale a la luz. Y es que estamos hablando de hombres para los que el sexo consentido es completamente accesible; entonces, ¿por qué abusar y causar dolor a mujeres? Evidentemente, no existe una respuesta única, sino que las posibles explicaciones vendrán dadas por un análisis complejo que tenga en cuenta tanto la construcción del deseo patriarcal, como la corrupción moral que puede generar sentirse en una posición de dominio absoluto. Por ello, las descripciones basadas únicamente en el género me parecen extremadamente limitadas.
El poder (o aquellos que lo ejercen) no existe históricamente gracias a una serie de decisiones democráticas. Al contrario, solo ha podido darse gracias a un ejercicio de violencia brutal sobre las clases explotadas. Así queda reflejado en los genocidios actuales en Sudán, en Palestina o en la República Democrática del Congo, así como en la limpieza étnica que está llevando a cabo el gobierno de Trump en territorio estadounidense contra la población migrante. Pero también podemos verlo en los abusos perpetrados por celebridades que hacen uso de su poder contra cuerpos de personas empleadas por ellos, pobres y racializadas. Todos estos actos tienen algo en común, y es que para que puedan darse, las víctimas deben haber sido previamente deshumanizadas. Y para que esta deshumanización sea efectiva, antes se tiene que haber normalizado la crueldad contra aquellos que ocupan la posición más baja en nuestra jerarquía social: los animales no humanos.
A esto se suma que, en los últimos años, estamos siendo testigos a diario de sucesos hiperviolentos de manera incesante. El terror como elemento cotidiano nos ha sobrepasado, por lo que estamos perdiendo la capacidad de procesarlo de manera afectiva y, por tanto, de responder políticamente. Sin embargo, ha habido una noticia en concreto que sí ha causado un gran impacto mediático debido a una serie de características especialmente perturbadoras.
El caso Epstein ha revelado una red organizada de tráfico sexual de mujeres y niños, cuyos miembros pertenecían a las élites políticas y económicas mundiales. Sin entrar a describir detalles escabrosos, cabe mencionar que las víctimas procedían de familias humildes y desestructuradas. Algunas de ellas ya habían sufrido episodios de violencia en sus entornos, lo que las hacía especialmente vulnerables y propensas a ser captadas por el magnate. Uno de los nombres que aparece citado con frecuencia en los archivos desclasificados es el del presidente Trump, una figura que ha causado una gran controversia en los últimos años no solo por sus políticas de extrema derecha, sino por sus antecedentes de abuso sexual. Este personaje encarna, como tantos otros, la expresión del dominio patriarcal, colonial y especista a través de la violencia. Su lenguaje, especialmente agresivo y provocador con mujeres o sujetos de la oposición política, ha conectado con una parte de la población estadounidense, promoviendo posicionamientos supremacistas que han derivado en persecuciones racistas y asesinatos violentos por parte del ICE.
Entre otras medidas, el presidente republicano también ha legislado fervientemente a favor de la caza de trofeos tanto en América como en otros continentes, siendo sus hijos algunos de los referentes mundiales en este ámbito por haber conseguido abatir un gran número de individuos de otras especies, muchas de ellas protegidas, como el elefante africano o el argalí asiático. Los trophy hunters también son una expresión del dominio colonial por parte de las élites, como así denuncian las poblaciones nativas de los territorios afectados.
Considero, por tanto, que los actos brutales que aparecen descritos en estos documentos no pueden analizarse de manera aislada. La violencia es un continuo, una herramienta que estructura la sociedad y de la que el poder se ha nutrido durante milenios hasta configurar las sociedades actuales. Resulta necesario, como apuntan otras autoras, recordar que la misma historia del país norteamericano se ha articulado sobre la violación sistemática de mujeres y niñas indígenas y africanas, y que nunca hubo un reconocimiento ni una reparación. Así, no podemos hablar simplemente, como están haciendo muchos periodistas en diferentes medios, de pedófilos con dinero. Es una manera muy burda de aislar al monstruo, de definirnos por oposición a él. Y posiblemente, de proteger nuestros propios intereses, ya sean de raza, de género, de clase o de especie, pues la verdad incómoda detrás de todo esto es que todos participamos en cierta manera en un sistema inherentemente violento. Y lo que resulta más preocupante: muchos individuos defienden con uñas y dientes la jerarquía social y económica que ha posibilitado que actos tan brutales puedan darse, pues aspiran a formar parte de esa élite exclusiva. Es el caso, de hecho, de los movimientos de extrema derecha actuales vinculados al antifeminismo.
Quiero acabar mencionando un testimonio de uno de los supervivientes de la red de Epstein, Sasha Riley. El joven afirma que Donald Trump supuestamente asesinó unos cachorros delante de él para hacer más traumática su experiencia. De ser cierto se demostraría, de nuevo, que los intereses de los agresores nunca fueron únicamente sexuales, sino que buscaban de manera deliberada y sádica provocar dolor físico y psicológico como una forma de expresar su dominio. Además, la existencia de víctimas no humanas y su uso instrumental nos habla de maneras extremas de reafirmación de una jerarquía en la que la mayoría de individuos (humanos y no humanos) ocupamos los estamentos inferiores, y en la que el terror actuaría como una herramienta de control. Por tanto, aquellos que hemos sido testigos de estos relatos con espanto, aquellos que despreciamos la existencia de un sistema desigual que permite que estos actos se den, deberíamos empezar a trabajar por dinamitar estas estructuras desde lo más inmediato y quizás, doloroso: las relaciones de poder de las que nos beneficiamos. Quizás así podamos recuperar la esperanza que nos impulse a construir sociedades mejores, así como la fuerza necesaria para derrocar a los tiranos.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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