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Vicios montañeros (I)

Íñigo Jáuregui Ezquibela

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Las montañas y los montañeros siempre parecen haber estado rodeados de un halo de virtud como si nada malo o malvado pudiera proceder de unas y de otros. Ignoramos a qué se debe este prejuicio, tal vez tenga alguna relación con la idea atávica que establece un fortísimo vínculo, una conexión inquebrantable entre las montañas, la santidad y lo sagrado o divino. Al margen de este tipo de especulaciones, albergamos serias dudas de que, desde el punto de vista moral, los alpinistas sean mejores o más virtuosos que los practicantes de otros deportes. Entre ellos también tiene que haber individuos malos, individuos capaces de cometer cualquier tipo de bajeza.

Los ejemplos de montañeros particularmente malvados son escasos o inexistentes. No porque no los haya habido, sino porque, al parecer, nadie se ha atrevido jamás a evaluar la catadura moral de los grandes nombres del alpinismo y la exploración. De entrada, parece que existe un acuerdo no escrito entre biógrafos y especialistas diseñado para soslayar esta clase de cuestiones. Obviamente se trata de asuntos íntimos, pantanosos o extremadamente personales que, además de pertenecer a la esfera privada, pueden ser objeto de interpretaciones diversas y contradictorias. Al fin y al cabo, ¿qué o quién nos capacita para juzgar el comportamiento de los demás, para emitir juicios, para condenar o absolver a nuestros semejantes?

Con todo, la historia nos revela la existencia de montañeros que han coqueteado con las fuerzas oscuras y las tinieblas a través del esoterismo, la magia negra, las sociedades secretas, la teosofía o el extremismo político. Los protagonistas de este artículo militaron, precisamente, en una o varias de estas categorías. Sus nombres son Aleister Crowley (Royal Leamington Spa, 1875 – Hastings, 1947) y Gulio o Julius Evola (Roma, 1898 – Roma, 1974).

Para que nos hagamos una idea del concepto que sus contemporáneos tenían del primero, basta señalar que la prensa de la época le adjudicó el título de “hombre más malvado del mundo”. Exageración o no, lo cierto es que Crowley se atrevió a transgredir la mayoría de las normas y costumbres dictadas por la estricta sociedad victoriana de aquel entonces. Politoxicómano, bisexual, promiscuo, embaucador, nigromante, narcisista, déspota, violento, maltratador… A pesar de que su vida fue excesiva en todos los sentidos, a diferencia de muchos de sus compatriotas, nunca la ocultó, nunca aparentó ser lo que no era.

Sus mayores logros radican en la fundación o pertenencia a diversos círculos ocultistas (Aurora Dorada o Golden Dawn, Astrum Argentum, Ordo Templi Orientis, Abadía de Thelema) y en la publicación de cerca de un centenar de títulos en los que se sirve de la novela, poesía, ensayo o autobiografía para abordar sus obsesiones alquimistas, sexuales, espirituales, mágicas o cabalísticas.

La segunda faceta o vocación que desarrolló en su vida fue el montañismo, al menos hasta su fallida expedición al Kanchenjunga. Aunque nada se sabe acerca de los orígenes de esta afición, sus primeros éxitos como escalador se remontan a 1893, fecha de la apertura en solitario de una nueva vía en la Napes Needle del Great Gable (Lake District). Tras este primer triunfo, su carrera se intensificó logrando ascensiones tanto o más notables como las que obtuvo en los acantilados de Beachy Head (East Sussex): Devil´s Chimeny, Etheldreda´s Pinnacle y Cuillin Crack o en las estribaciones del Snowdon.

Su ingreso en 1895 en la Universidad de Cambridge marca el inicio de una nueva etapa caracterizada por su ambición y la internacionalización de sus actividades. El primero de los destinos fuera de su país fueron los Alpes. Durante varias temporadas estivales sucesivas logra ascender a algunas de las cimas emblemáticas: Eiger, Wetterhorn, Jungfrau, Mönch, Dent Blanche y Matterhorn. Posteriormente, en 1901, coincidiendo con el cambio de siglo, viaja a México y lo hace en compañía del anglo-alemán Oscar Eckentein con quien no logra ascender al Orizaba ni al Colima, pero sí al Popocatepetl e Ixtaccihuatl.

Muy poco tiempo después, en 1902, Aleister se une a la primera expedición destinada a coronar el K2. Además de Eckenstein, le acompañan Guy Knowles, Jules Jacot-Guillamord, Heinrich Pfannl y Victor Wessely. Después de 68 días de asedio, una meteorología adversa y varios intentos fallidos por la arista NE, los expedicionarios se retiran sin haber pasado de los 6.500 metros. A pesar de la derrota, ni Crowley ni Jacot se dan por vencidos y en 1905 regresan al Himalaya con el fin de ascender al Kangchenjunga desde el glaciar de Yalung. En esta ocasión los acompañan Alexis Pache, Charles-Adolphe Reymond y Alcesti Rigo. Su progresión se frena en seco en el campo V cuando los miembros del grupo se amotinan contra Crowley negándose a seguir las instrucciones. Durante la retirada, una avalancha acaba con la vida de Pache y tres porteadores sin que nuestro protagonista mueva un dedo para socorrerlos. Este y otros comportamientos semejantes hacen que Aleister se convierta en un apestado, en un indeseable a los ojos de los aficionados británicos y que jamás vuelva a embarcarse en proyectos semejantes. A pesar de todo ello, su fama, aunque fuera pésima, le convirtió en una auténtica celebridad, en un personaje que sigue siendo recordado a pesar del tiempo transcurrido.

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