Lo que merece memoria cada día: “Al nacer sacamos el destino”
El patrimonio no está solo en lo monumental ni en lo heroico, sino también en esas formas de sostener la existencia que históricamente hicieron las mujeres: criar, alimentar, coser, cuidar, acompañar, organizar, aconsejar, trabajar dentro y fuera de casa, tejer vecindad, saber distinguir el amor del sometimiento, y seguir.
María Jesús del Hoyo Gutiérrez (1920–2024, Bores, Vega de Liébana) tenía 101 años cuando la escuchamos en 2021. “¿Mi infancia? Que yo no tuve infancia. Recuerdo que en cuanto empecé a valer, con cinco o seis años, ya tenía que ir con los animales. Salir con los cerdos o con las vacas, o eso. A la escuela fui muy poco”. Y, sin embargo, sostuvo con su marido una tienda de ultramarinos, atravesó la posguerra de cerca y sacó adelante a nueve hijos e hijas.
Aquel año, Legado Cantabria comenzó escuchando a muchas mujeres que habían sostenido la vida —como niñas primero, como mujeres después— en distintas etapas y durante décadas sin haber sido leídas nunca como archivo. Ellas fueron las primeras y permanecen.
Nos dejaron enseñanzas que no estaban en los libros ni en los cargos, sino en la experiencia misma de vivir y sostener. En muchos sentidos, ellas fueron infraestructura humana del siglo XX.
Pero lo decisivo no era visible —¿hoy lo es?—. Lo importante no aparecía en los cargos, ni en los libros, ni en las fotografías oficiales. Aparecía en otra parte: en el pan hecho de madrugada, en la ropa cosida, en la vecina que ayudaba a criar, en la mujer que no se casó porque supo leer a tiempo lo que no quería para sí, en la que sostuvo una casa casi sola, en la que hizo de madre antes de tiempo, en la que convirtió un bar en economía familiar, en la que enseñó cariño como forma de educación.
Detrás de esas formas de sostener la vida hay nombres propios. Hemos querido rendir homenaje a las primeras voces del archivo de Legado en 2021 y 2022 y también a las más longevas: mujeres nacidas entre 1918 y finales de los años veinte que sostuvieron silenciosamente el día a día del siglo XX.
María Jesusa de la Vega Ruiz (1919, Saja), a quien la guerra y el exilio le arrebataron la vida que conocía y la obligaron a rehacerla. Martina López Martínez (1918, Tierzo), a quien la guerra sorprendió lejos de su pueblo y los suyos y que atravesó más de un siglo de vida con una idea sencilla: “Vivir sin abusar de nada, andando mucho y siendo buena persona”.
Lo que las une no es solo la guerra, la posguerra o la edad. Lo que las une es haber vivido en un régimen político y social donde mucho de lo indispensable no tenía prestigio ni nombre. Su valor estaba en hacer, no en figurar: cuidar, sostener la comunidad, el saber doméstico.
No lo nombraban con teorías sobre el patriarcado, pero sí con una conciencia muy nítida de que la vida venía marcada. “Al nacer sacamos el destino”, dijo Carmen Bustillo Montes. Y es que durante buena parte del siglo XX, el mundo les asignaba de antemano una posición, una carga y una forma de renuncia. Nacida en 1925 en Viérnoles, Carmen atravesó la guerra, el trabajo doméstico y la crianza de cuatro hijos. Con los años llegó a una conclusión sencilla: “Este mundo no hay quien lo entienda”.
Lo notable es que, incluso dentro de ese destino impuesto, construyeron margen, criterio, comunidad, cariño y resistencia. Como Consolación Covadonga Vejo Pérez (1927, Caloca, Pesaguero), vecina de Lebeña, en Liébana, criada entre ganado, trabajo doméstico y una fuerte vocación por aprender, vio pronto truncadas sus posibilidades de estudio. Pero nunca dejó de cultivarse. Años después empezó a escribir poemas a la sombra del tejo de la iglesia de Santa María de Lebeña, donde fue guía voluntaria durante décadas, convirtiéndose en una voz singular de la memoria cultural y del patrimonio religioso de la comarca y dejando herencia. María Concepción Colorado del Val (1928, Matamorosa), criada entre Bilbao y Campoo, formada desde niña en la costura, y cuya vida unió emigración, familia y una activa participación cultural en su comunidad. Dolores Castillo González (1922, Laredo), que trabajó desde niña en el muelle como redera, aguja de madera en mano, y que sostuvo una convicción muy clara: toda mujer debía ser independiente económicamente.
Si el sociólogo Zygmunt Bauman habló la fragilidad contemporánea de la sociedad líquida, estas mujeres recuerdan otra cosa: ellas eran la estructura que permitía resistir día a día y, en especial, cuando todo faltaba. No lo decimos como una idealización del pasado, sino como una constatación antropológica: en contextos de escasez, las comunidades se sostenían sobre saberes femeninos invisibilizados. Lo que hoy llamaríamos cuidados, economía moral, reproducción social o apoyo mutuo, en ellas era simplemente el día. También sororidad real. También comunidad vecinal.
Muchas lo hicieron desde decisiones personales que exigían una forma poco visible de valentía. Una de nuestras primeras entrevistadas: Lucrecia Diego García (1920, Selaya) decidió no casarse. Había visto demasiado de cerca la violencia y la dureza que muchas mujeres soportaban en el silencio de sus casas. Ganadera y labradora, trabajó toda su vida y también acompañó a otras mujeres del pueblo, ayudándolas en momentos difíciles e incluso aportando dinero de su propio trabajo cuando no tenían otra forma de salir adelante. Su enseñanza era sencilla y profunda: saber distinguir el amor de aquello que no lo es y, como ella decía, “llevarse bien con los otros”.
Araceli García Ruiz (1926, Campo de Ebro), que con solo 17 años asumió el cuidado de sus hermanos tras quedar huérfanos, pasando —como ella dice— “directamente de la infancia a la adultez”. Consuelo Sainz Quijano (1922, Vioño de Piélagos), criada en una familia ganadera numerosa, aprendió a leer gracias a un tío capuchino y dedicó gran parte de su vida al cuidado de otros, también acompañando a personas con diversidad funcional. Marina Ortiz Velasco (1925, Llanos de Penagos), criada entre el trabajo doméstico y la ganadería, sostuvo junto a su marido una economía familiar basada en el ganado, la venta de lana y corderos en el mercado, todo ello entrelazado con crianza de sus hijos.
Emilia Arroyo Alonso (1925, Vega de Pas), criada entre Vega de Pas y Zaragoza, donde se formó en la escuela y en la costura, y que más tarde sostuvo su hogar entre la crianza de sus hijos y el cuidado de su madre enferma, haciendo posible el futuro de los suyos. Josefa Boo Camus (1920, Cueto), criada entre el trabajo doméstico, la costura de zapatillas y los servicios en casas de familias acomodadas de Santander, donde desde muy joven sostuvo la economía familiar y el cuidado de los suyos.
O Victoria Jimeno Sesma (1922, Logroño), cuya enseñanza quedó en los gestos cotidianos de cuidado y afecto, que hoy son herencia; Ana Carmen Crespo Viadero, Carmina (1928, Galizano), que “tiró de todo” y conocía bien esas redes informales que hacían posible la vida y la crianza, una verdadera arquitectura comunitaria entre mujeres; María Luisa Riego Pérez, Manolita (1924, Solares), cuya generosidad fue estructural en su familia desde muy temprana edad; Concepción Herrera Fiñaga (1929, Santander), que muy pronto se convirtió en el apoyo de su madre y en una segunda madre para sus hermanos; Fronilda Sedano Ruiz, Flori (1925, Terán), que levantó un negocio mientras sostenía la crianza y la casa, ejemplo de esas economías familiares donde el trabajo femenino lo atravesaba todo.
Irene Cabrera Lanza (1928, Herrera de Camargo), criada entre distintos pueblos del norte durante los años de guerra, formada en la costura y dedicada después a sostener la economía familiar —ganadería primero, pequeño comercio después— mientras criaba a sus hijos y cuidaba de sus mayores. María Pacheco Pérez (1919, Las Presillas, Puente Viesgo), criada en una familia dedicada al campo y a la ganadería lechera, cuyo esfuerzo cotidiano permitió mantener el oficio familiar que después continuaron su hijo y su nieto. Antonia Sagrario Monasterio Setién (1928, Güemes), cuya vida atravesó crianza, campo, mercado y fábrica, sosteniendo mucho a la vez, como tantas mujeres.
Gracias a que muchas de estas mujeres vivieron tanto, hemos podido escucharlas todavía en primera persona. Su longevidad fue y sigue siendo una oportunidad histórica de transmisión. Escucharlas no es un gesto de nostalgia, sino una forma de discernimiento: preguntarnos qué merece permanecer y qué necesita cambiar. Cambian las generaciones, pero no del todo las emociones ni ciertos errores humanos. Por eso sus experiencias siguen siendo una fuente de aprendizaje.
Como recuerda la escritora Chimamanda Ngozi Adichie al hablar del poder de las historias, cuando escuchamos otras vidas ampliamos nuestra comprensión del mundo y también de lo que somos capaces de imaginar. Es, en el fondo, una forma de ver y de ser vistos después.
En ese sentido, Legado Cantabria no solo conserva voces —ya 200 de mujeres y hombres—: ayuda a mirar de otra manera aquello que merece ser recordado. E invita a reconsiderar qué vidas y qué experiencias forman parte de nuestra memoria colectiva.
Sobre este blog
Legado Cantabria es un proceso de construcción de la memoria oral a través de las historias de vida de las personas mayores. Tiene como objetivo poner en valor las experiencias, el éxito de la longevidad y el arraigo en el territorio. Participan personas mayores de 70 años que relatan su experiencia vital para ponerla a disposición de las generaciones actuales y venideras.
Este blog recoge en elDiario.es los testimonios audiovisuales que integran el Proyecto Legado Cantabria, impulsado por el Patronato Europeo de Mayores (PEM) y UNATE, La Universidad Permanente.
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