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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Manos que cultivan la tierra

Un espantapájaros colocado en una huerta en el campo.

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Existe un vínculo directo entre la degradación ecológica que históricamente se ha producido en el medio rural y las élites de poder

Marc Badal

Hace unos días se celebraba el Día Internacional de las Mujeres Rurales y se han realizado homenajes y conmemoraciones a lo largo y ancho del Estado. Hay muchos colectivos de mujeres que hacen una labor imprescindible durante todo el año en el medio rural. Sin embargo, tengo la sensación de que, en muchas ocasiones, se siguen alimentando determinado tipo de imaginarios sobre las mujeres rurales para mantener una foto fija que ya no existe y que es muy difícil que regrese. Sobre todo cuando hay que rentabilizar políticamente lo femenino y lo rural. La vida política (la de los políticos), ahora más que nunca, se ha convertido en esa escenificación forzada, en esa necesidad de presencia constante en medios y redes sociales, esa persecución por tener más 'followers' y decir o hacer aquello que más llame la atención, sea o no necesario, esté o no justificado. Una política que, como institución, cada vez está más alejada de las personas y de sus problemas reales.

En mi opinión, creo que se aportaría mucho si se reflexionara sobre algunas cuestiones antes de reproducir discursos y prácticas que no nos llevan a ningún sitio. ¿Quiénes son las mujeres rurales? ¿Las que nacen en los pueblos? ¿Las que viven en los pueblos? ¿Las que tienen un modo de vida campesino? Lo mismo sucede con “lo rural”. En estos momentos, vivimos en un contexto de cambio de paradigmas donde ya no se puede entender lo rural sin hablar de las nuevas ruralidades o nuevas ideas y prácticas de la ruralidad (algunas no tan nuevas ciertamente) en torno a las que hay un debate complejo y a la vez muy interesante en el ámbito cultural, sociológico o ecológico, por citar algunos ejemplos.

Se tiende a mezclar lo rural con lo agrario y, no en menor medida, a las mujeres rurales con mujeres que se dedican exclusivamente al sector primario. Estos imaginarios sobre las mujeres rurales contribuyen a alimentar esa idea preconcebida de un mundo rural exclusivamente agrario y campesino. Nada más alejado de la realidad. Los trabajos en el medio rural en Cantabria están cada vez más diversificados, con muchas personas trabajando en servicios o industria y muchas otras siendo “mixtas”, es decir, personas que tienen un salario más o menos estable de otra actividad y mantienen pequeñas ganaderías para tener unos ingresos extras. Los modos de vida en el medio rural son cada vez más parecidos a los urbanos, las formas de consumir, las formas de relacionarse, las formas de ocupar el espacio público. Mucho más parecidas de lo que la gente cree, incluso en aquello que pudiera aparentar ser más tradicional o propio de lo rural. Si bien es verdad que dentro de la diversidad de escenarios en el medio rural, la falta y reducción de servicios, la despoblación o el aislamiento hacen que los contextos no sean del todo iguales. A la vista está que mucha gente solo se ha acordado del medio rural después de la experiencia de estar confinados en pisos pequeños en ciudades demasiado grandes.

Me gustaría hablar de mujeres que viven del campo, un campo en el que abunda la presencia femenina, como en cualquier otro sector precarizado. También aquí hay brecha de género, pero de esto y de la precariedad del sector primario se suele hablar menos porque “encaja” mejor el relato del emprendimiento, del luchador o de lo que Foucault llamó ser “empresario de sí mismo” donde las lógicas de la economía atraviesan por completo la vida de las personas. Un “emprendedor” que, después de superar adversidades, se autoexplotará como vienen haciendo los campesinos a lo largo de la historia para adaptarse y sobrevivir. A diferencia del campesino, el emprendedor, que ya habrá interiorizado el discurso neoliberal a la perfección, estará orgulloso de sí mismo y hablará de su ejemplo en charlas y conferencias. Incluso alguno se hará “coach” y animará a otros a seguir sus pasos.

Desde que se desarticuló la sociedad tradicional a mediados del siglo pasado ya no existe el campesinado como tal, vivimos en una sociedad posindustrial con un perfil de trabajadores y trabajadoras en el sector primario fundamentalmente “mixto”. Precisamente como estrategia para no poner todos los huevos en la misma cesta y poder seguir viviendo en un mundo en el que es cada vez más difícil resistir. Muchas de estas mujeres que viven del campo tienen que tener, a su vez, otras pequeñas fuentes de ingresos. Hay ejemplos de mujeres que se incorporan a la actividad agraria con propuestas arriesgadas de transformación de los modelos de negocio y no tienen menos problemas para mantener sus proyectos y su forma de vida. Existe una sobrerregulación en el medio rural que es incompatible con la innovación social, queda mucho trabajo por hacer en este sentido.

Las rentas de las tierras son cada vez más caras (por el contrario, los precios de la leche y los terneros continúan bajando), las personas que no tienen la propiedad del terreno necesitan poder acceder a ellos para cultivarlos o para alimentar a sus animales si queremos que sigan produciendo alimentos km 0. Producir con criterios respetuosos con los animales y con el medio ambiente requiere una relación estable con el medio (huertas, praderas, montes, fincas, dehesas), precisamente para facilitar esos servicios ecosistémicos de los que tanto se habla, que contribuirán a fijar carbono en el suelo y no a liberarlo al ambiente como sucede con los modelos intensivos de producción.

Producir alimentos con criterios respetuosos (también con las personas) requiere políticas que incentiven unas condiciones de trabajo dignas, una fiscalidad flexible y el apoyo a las formas de vida agrarias y no solo turísticas. También una sociedad dispuesta a consumir productos de cercanía agroecológicos y sostener a largo plazo a los pequeños productores a través de cooperativas, redes de consumo y mercados locales. Es cada vez menos viable vivir del campo en un mundo pensado para los intermediarios, donde muchas pequeñas explotaciones familiares tienen que competir con la gran industria de la leche y de la carne y su especulación. Y lo mismo sucede con las huertas, los árboles frutales, las colmenas…

Afianzar redes de productores estables requiere apoyo desde la base, facilitar el acceso a tierras para uso agrario a precios justos y hacerlo favoreciendo los modelos productivos que generen menos huella de carbono e hídrica. Una buena gestión de los terrenos comunales es fundamental para ello, atendiendo las necesidades de vecinos y vecinas del pueblo de forma equitativa y priorizando a los agricultores a título principal. La gentrificación rural ya está llegando con los modelos de turistificación actuales y los que vendrán ¡ojo con la liberalización de suelo rústico!

También al hablar de mujeres rurales, se suele recurrir a la imagen de la mujer rural joven y emprendedora, que apuesta por las nuevas tecnologías sin las que ya no podrá atender adecuadamente a los animales, ahora se necesita tenerlos controlados con cámaras, dispositivos GPS en los collares de las vacas y avisadores de partos en los rabos que nos enviarán mensajes cuando la vaca tenga contracciones. Muchos conoceréis ganaderías con robots de ordeño donde los animales no salen nunca a pacer y a desarrollar sus instintos naturales porque están en un circuito cerrado donde entran “a voluntad” al ordeño. Este es el welfare animal, camas de paja sobre hormigón y nuevas tecnologías. El discurso de las nuevas tecnologías como solución a muchos de los problemas de los ganaderos, también responden a un modelo de producción de todo lo smart.

Últimamente tengo contacto habitual con muchas mujeres rurales, pero mayores. Hace unos días hablaba con una de ellas sobre la necesidad de salir de casa, me comentaba que “se le caía el techo encima” ahora que se habían suspendido las actividades en el centro social al que suele acudir. Tenía miedo por el Covid, pero más miedo tenía a morirse de la pena ahora que en el otoño se acortan los días y anochece antes. Veía cómo el teleclub del pueblo seguía abierto, cómo los hombres (en su mayoría) seguían acudiendo a diario para echar la partida y, sin embargo, las asociaciones de mujeres locales y centros sociales no estaban realizando actividades por prudencia a la hora de frenar la transmisión del Covid.

Tenemos que defender que la vida cultural no se estigmatice y con vida cultural no me refiero solo al cine, al teatro, las exposiciones o los conciertos, sino también a la vida cultural que promueven muchas pequeñas asociaciones locales. Ahí también hay brecha de género, y no solo de género, sino edadista ya que estos espacios son frecuentados en su mayoría por mujeres mayores. Deberían ser escuchadas sus demandas y estar entre las prioridades de los ayuntamientos, mujeres mayores que piden poder disfrutar de un tiempo y espacio para la sociabilidad y la cultura con las condiciones sanitarias adecuadas. Han sido invisibilizadas en esta crisis sanitaria, relegadas a un segundo plano en muchas ocasiones, infantilizadas y tratadas con paternalismo en muchas otras.

Volviendo al mundo campesino, todavía hoy sigue habiendo un poso de todo ello en el patrimonio inmaterial, pero ese mundo ya no existe, apenas queda su reflejo. Bien es verdad que hay formas de hacer campesinas que se pueden aprender y recuperar, Jaime Izquierdo lo llama “innovación retroprogresiva radical” traer al presente ese “saber hacer” campesino, sobre todo el que está en sintonía con las necesidades que nos impone la crisis climática actual.

En estos días, y no digo nada nuevo, los medios rurales son contextos atravesados (al igual que los urbanos) por el capitalismo neoliberal: las casas, las cuadras, las tierras, los alimentos, los montes y también las personas. No hay un mundo romántico idílico por aquí, eso es cosa de las escapadas de fin de semana. Tampoco “pureza” cultural, la invención de la tradición es un proceso sociocultural vivo, cambiante y cada vez más mestizo (afortunadamente). Lo mismo sucede con lo natural, precisamente eso que llamamos naturaleza es uno de los espacios donde más se ve el impacto de nuestra cultura, por eso habitamos paisajes culturales, ya no tenemos otros. La comunidad practicada no tiene nada que ver con la imaginada, basta con vivir en un pueblo para darse cuenta.

La vida (rural, urbana) son tensiones y procesos que se escapan a nuestros intentos de categorizar y encerrar bajo conceptos e identidades rígidas lo que sucede. Es necesario aterrizar esos procesos y contextualizarlos para poder vivir una vida en común, donde se tenga en cuenta a las otras y a los otros, donde se integre el conflicto, la complejidad y diversidad de las formas de habitar lo rural. Nada que no se pueda aprender junto a pastores trashumantes o leyendo un buen libro de antropología: itinerancias necesarias para la vida, cambios de perspectiva, hibridación cultural, resistencia comunitaria. Hacen falta más manos dispuestas a cultivar la tierra y también el pensamiento emancipado. 

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19 de octubre de 2020 - 06:30 h

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