En manos de un dios menor
A mi padre la vida le ha ido dibujando llaves inglesas en las manos. No me refiero a tatuajes, ni siquiera a cicatrices o marcas. No. Quiero decir que sus manos, con los años, con el uso, han terminado pareciendo llaves inglesas. Una forma de hablar, claro, pero así es. Grandes, con un pulgar y un índice enormes que parecen poder sacar tornillos. Ojo, capaces de sostener un libro, de estrechar con delicadeza cuando hace falta, de dibujar bosquejos grisáceos y exactos de la realidad con un lapicero. Pero semejan llaves inglesas, o al menos a mí me da la impresión. De tanto usarlas, se les ha pegado el aspecto.
Es curioso cómo a las personas se les van poniendo manos que recuerdan a sus trabajos. Fíjense, fíjense, no falla. Los dedos se transforman, se vuelven ganchos, herramientas, aperos. Las palmas se hacen más ásperas, se llenan de callos en el albañil y parecen más bien juntas de ladrillos. Hasta el pulpejo se contrae y se dilata dependiendo de su dueño y, mirando de reojo, se unen las falanges en los faenadores del mar, en los perceberos, en quienes vuelven cada mañana antes de que el día sea día de zambullirse en un azul que a esas horas semeja negro.
Dicen que ya el mismo Robert Schumann acabó por romperse los dedos de su mano derecha para así poder tocar el piano con más velocidad. Que lo hizo cuando contrajo una enfermedad llamada distonía focal, un trastorno que bloquea la movilidad en ciertas partes del cuerpo y que al bueno de Robert le afectó precisamente en los dedos. Que cuando vio que no podía moverlos ideó un aparato de poleas que lo hacía de forma violenta, y con él se obligaba a practicar durante horas y horas. Que sabía estar lastimándose, pero no le importó. Y así a Schumann se le puso su mano derecha con forma de piano de cola, totalmente deformada y casi insensible.
Pero no hay que irse a casos tan extremos. Pueden observarlo en su día a día. Ver cómo, por ejemplo, a los marineros les acaban nudosas las manos, con tacto de jarcias y artejos que parecen poleas. O las rederas que tienen dedos de agujas, tan grandes, tan diferentes de los afilados, casi metálicos, de las modistas. Y así con todo. Al ganadero le pezuñean las extremidades, acostumbrado al rumiar sereno, pausado, de las vacas. A los agricultores les salen azadas al final de los antebrazos y algunos, los más coquetos, se han plantado flores en las uñas. E incluso las libreras guapas consiguen que índices y pulgares dibujen líneas con forma de best-sellers, muchos, y libros hermosos, de esos menos. Así es.
Por eso merece la pena observar por la calle, cuando uno va caminando de vuelta del bar o dirigiéndose a él, las manos de los demás. Y capturar, en los pinceles a medio deshilachar de aquel barbudo, la mirada feliz y tierna del pintor; la palma enorme y redondeada en el conductor o la tiza blanquecina del maestro de escuela, sobre todo los de esos sitios donde aun pueden verse árboles más allá de las ventanas.
¿Y los escritores? Pues con esos hay que tener cuidado, afinar el ojo y no dejarse engañar. Porque a algunos, a los buenos, se les ponen letritas en las yemas de los dedos, como si estuvieran calcadas de tanto haberle dado a la tecla. Y los hay que tienen allí dibujado el recuerdo emborronado de un lápiz, el olor untuoso de la tinta o cuatro manchas como las que les salen a los niños cuando juegan con juguetes sucios. Pero eso son los buenos. A los otros… a los otros tan solo les surgen formas de libro en las manos. Sin más, ni magia, ni sueño, ni paisaje. Nada. Si acaso el masticar de palabras que se pierden, y que no vuelven. Cuidado con ellos.
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