La pulsión atávica
La noticia llama a la puerta de lo contemporáneo desde la memoria prehistórica y ha ocupado algunos titulares de estío: once individuos de Atapuerca fueron descuartizados por otro grupo rival. Resucita un episodio de violencia extrema sucedido en una comunidad del neolítico. Parece que, además de asesinarlos, les cocinaron y se les comieron. Un banquete caníbal de proporciones épicas.
Los expertos dicen que niños, adolescentes y adultos fueron despellejados, descarnados, desarticulados, fracturados, cocinados y consumidos, según las evidencias que han encontrado en los huesos donde se lee la historia. Incluso van más allá. Aventuran que no se los comieron porque tuviesen hambre, que la matanza fue impulsada por otro combustible vital altamente contaminante: el odio. Estiman que el episodio de violencia se produjo en un corto espacio de tiempo posiblemente entre comunidades campesinas en conflicto.
Probablemente habrá un consenso unánime en que aquello fue una carnicería propia de salvajes, de esas comunidades prehistóricas que no estaban civilizados como nosotros, que actuaban con un instinto animal que ya hemos superado.
Ahora que pensamos que hemos llegado tan lejos empezamos a percibir que el progreso y la ciencia no son nada sin un filtro moral que cada vez es más laxo, que se acomoda a nuestros intereses
Pero lo más desasosegante es que ese reflejo atávico sigue presente en nosotros. Solo hay que mirar hacia Gaza. El motivo tampoco es el hambre, es una disputa por la tierra que se siembra de sangre. El animal salvaje que el hombre lleva dentro es capaz de cometer grandes atrocidades que, por efecto del filtro del relativismo ético, podemos entender en el neolítico pero que no podemos reproducir ni tolerar en el siglo XXI.
Lo que sucede en el escenario de guerra de Gaza es un genocidio ejecutado en directo, ante nuestros ojos, con la indiferencia y la complicidad de demasiados actores contemporáneos. Antes, en la historia, una vez Grecia inventó la democracia, la filosofía, las matemáticas. Pero aquella civilización se destruyó y el mundo empezó de nuevo en las sombras de la oscuridad y la ignorancia.
Ahora que pensamos que hemos llegado tan lejos empezamos a percibir que el progreso y la ciencia no son nada sin un filtro moral que cada vez es más laxo, que se acomoda a nuestros intereses. Desde la producción en destierros de fábricas de países sin derechos laborales ni sociales hasta la salvaje y constante agresión al planeta, pasando por las cerraduras en las fronteras del bienestar. Sin ética seguimos siendo neardentales que se comen a sus semejantes en un hábitat sórdido en el que todavía muere demasiada gente de hambre o de odio.