ENTREVISTA Fundadora de Femme for Freedom

Shirin Musa, activista por los derechos de las mujeres: “Menos políticas de integración y más de emancipación”

La organización de Shirin Musa trabaja para asistir a las mujeres que son víctimas de cautiverio marital.

Shirin Musa nació en Pakistán y desde los seis meses de edad vive en Países Bajos. Es neerlandesa, es europea. “Pero me suelen preguntar que por qué habló tan bien neerlandés”. Por eso cuando esta activista por los derechos de las mujeres de “antecedentes migrantes” explica por qué cuesta tanto sensibilizar sobre las conocidas como “violencias de honor”, en Europa suele llegar más pronto que tarde al racismo. Y al vocabulario que nos construye.

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De hecho, insiste en que lo que parece lo mismo desde cierta laxitud semántica no debería ser equivalente. Nada tiene que ver el relativismo cultural con la sensibilidad cultural; el adjetivo inmigrante debería desvanecerse cuando se nace en el mismo lugar en el que se reside; el verbo integrar no debería aplicarse para quienes tienen por delante solo la ingente tarea de emanciparse; ser europeo no debería tener nada que ver con el color de la piel o la religión que se profesa. Sin embargo, hay un término que no debería permitir ambivalencias: los derechos humanos son unos y no cabe interpretación para su ejercicio.

Con esa meticulosidad procede Shirin Musa, la fundadora y lideresa de Femme for Freedom, la organización que fundó en diciembre de 2011 después de lograr en los tribunales neerlandeses lo que su marido le negaba: el divorcio. Ella era víctima de “cautiverio marital”, que no siempre empieza en matrimonio forzado pero sí supone violencia contra las mujeres que lo viven. La “violencia de honor” y violaciones de los derechos humanos de las mujeres como el matrimonio forzado, el cautiverio marital, la poligamia, el asesinato por honor y el abandono forzado de mujeres durante una visita familiar al extranjero aún no están en la primera línea de los debates sobre violencia sexista y, por ello, Shirin Musa insiste en que se trata de una defensa feminista de aquellas mujeres que viven en países con tolerancia hacia estas violencias, pero también de miles de europeas que lo sufren.

“Este problema no es de las musulmanas o de las inmigrantes, es un problema neerlandés, español, europeo, porque aquí afecta a mujeres europeas”. Musa recuerda que parte del problema es que Europa no considera a mujeres como ella realmente como europeas. “Personas de tercera o cuarta generación desde que llegaron sus antecesores a Europa, siguen siendo consideradas extranjeras y las políticas que hay para ellas insisten en la 'integración', en lugar de ayudar a la 'emancipación'”. La activista neerlandesa cree que lo necesario es ejercer derechos, tener autonomía económica, lograr una participación efectiva en la vida económica, política y social.

Queremos ejercer nuestros derechos humanos de forma plena, decidir sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros afectos, sobre nuestro dinero. Es decir, se trata de emanciparse

“Queremos ejercer nuestros derechos humanos de forma plena, decidir sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros afectos, sobre nuestro dinero. Es decir, se trata de emanciparse, no de hacer cursos de idiomas o de inserción laboral. Nosotras nacimos, estudiamos y vivimos aquí. Somos europeas”. Aunque Musa habla con calma su gesto se tuerce cuando relata las exclusiones racistas: el terrible anecdotario de quien aun siendo europea no es vista como tal por muchos de sus conciudadanos. “A veces me dicen: 'Pero tú no pareces musulmana, eres buena'. Y todo eso tiene que ver con una mirada de las personas nativas europeas que siguen obsesionadas con la primera generación de inmigrantes”.

Musa explica que “la primera generación [de inmigrantes] nunca se acabará porque siempre estará llegando, pero nosotras no tenemos que integrarnos a Europa, lo que necesitamos es emanciparnos”. Y esa emancipación “no es solo de los hombres de nuestras comunidades que quieren controlarnos, sino también de las nativas europeas que se permiten decirnos qué es ser feminista para una musulmana”. “Nosotras tenemos que romper muchos muros y techos de cristal. Muros internos en nuestras comunidades y techos de cristal que se nos ponen en Europa”, reflexiona Musa cuando describe la soledad de la lucha de las mujeres racializadas en Europa. “No he visto marchas masivas de mujeres nativas europeas –prefiero ese término al de blancas para no caer en lo mismo que nos hacen a nosotras– en solidaridad con las mujeres de Irán o de Afganistán”.

Shirin Musa ha llegado a España justo cuando se conoció el asesinato de las hermanas Arooj y Anessa Abbas en Pakistán en un “crimen de honor”. “Nuestro feminismo es entre la vida y la muerte y eso a veces no se entiende”. Vida en cautiverio y con la incomprensión de otras mujeres nativas europeas; muerte a manos de hombres que no soportan perder el control total sobre las mujeres. “Muchos de estos casos son muy difíciles de detectar porque se producen normalmente en el entorno familiar, el perpetrador suele ser de la familia. Por eso hay que formar a policías, jueces o sanitarios para que entiendan este tipo de violencias y así puedan detectar los casos”.

La realidad parece confirmar esta afirmación. El Ministerio del Interior del Gobierno de España, por ejemplo, solo ha detectado en los últimos siete años 27 casos de matrimonio forzado; mientras que en Cataluña, donde hay un protocolo específico sobre este crimen recogido en el Código Penal desde 2015, entre 2018 y 2022 ya se han podido investigar 59 de estos matrimonios contra la voluntad de la mujer. La realidad es mucho más abrumadora de lo que los registros pueden contener. ONU Mujeres calcula que son unos 12 millones las mujeres y niñas en el planeta que han sido forzadas a casarse en contra de su voluntad.

Se trata de violencia, no de cultura. No hablamos de islamofobia, ni de racismo, hablamos de derechos humanos

“Se trata de violencia, no de cultura. No hablamos de islamofobia, ni de racismo, hablamos de derechos humanos”, repite una y otra vez esta activista en conversación con elDiario.es en Cantabria, donde termina una gira que le ha permitido reunirse con representantes políticos, activistas e, incluso, con una refugiada afgana que aprovechó una charla pública para, después, relatarle su calvario. “Esta mujer, afgana refugiada en Cantabria, me relataba cómo los hombres de la familia siguen decidiendo sobre todos los aspectos de su vida. Es decir, el hombre puede salir de Afganistán, pero Afganistán no sale de él”. Shirin Musa cree que uno de los problemas principales es que en Europa se considera que estos son “problemas de inmigrantes o refugiados”. “No es así, estos son problemas nacionales y europeos, estas personas o ya tienen o tendrán ciudadanía europea y no van a irse a sus países de origen”.

Por eso aboga por un cambio radical, no solo en las legislaciones, sino en la forma de enfocar Europa. “Los europeos tienen obsesión por clasificar a las personas y a dejarnos fuera de la 'cajita' de europeos, pero eso dificulta cualquier acción seria para evitar esta violencia contra las mujeres porque sitúa el problema fuera, como algo de 'musulmanes', de inmigrantes”.

Los ejemplos que lleva consigo Musa son reales. Malta, miembro de la Unión Europea desde 2004, no consideró legal el divorcio hasta 2011, en Filipinas sigue siendo ilegal y el cautiverio marital afecta a mujeres de comunidades judías o gitanas. Otras violencias asociadas, como recuerda la activista neerlandesa, también son un problema europeo, como la obsesión por el control del himen, la mutilación genital [la delegación del Gobierno contra la Violencia de Género estimó en 2020 que unas 15.500 niñas entre 0 y 14 años estaban en riesgo de sufrir mutilación genital femenina en España], el secuestro de niñas en los países de origen de sus familiares…

“No debemos tener miedo a defender nuestros derechos humanos, a luchar por la emancipación… si nosotras lo logramos, seremos más felices y podremos aportar mucho más a nuestras sociedades”, defiende Musa quien, en última instancia, apela al “egoísmo europeo”. “Lo inteligente en sociedades cada vez más envejecidas, sería recibir bien a los inmigrantes, invertir en esos hombres y mujeres, y permitirles que participen plenamente en la sociedad y que puedan aspirar a algo más que a la integración”. No hacerlo, advierte, es abonar el campo para la ultraderecha. “En nuestro mundo parece que todos nos sentimos amenazados y en las ciudades europeas es inmenso el sentimiento de temor ante el aumento de la proporción de personas con origen migrante. La ultraderecha no es seria, solo grita, no tienen un programa electoral, solo es anti-inmigrantes. A mí me da mucha tristeza la gente que vota por ellos porque realmente, los partidos de ultraderecha no tienen ninguna solución para sus problemas, solo engordan su miedo”.

Musa sale contenta de su último encuentro en Santander. Consuelo Gutiérrez, directora general de Igualdad y Mujer en Cantabria le confirma que unas horas antes se ha firmado en Madrid un protocolo para que las embajadas españolas protejan a ciudadanas del país que pidan ayuda para escapar a situaciones de cautiverio marital o cualquier tipo de violencia en terceros países. “Vamos a trabajar para que Países Bajos adopte un protocolo parecido. Así, compartiendo iniciativas y generando redes, con la complicidad de mujeres que están en la política, podemos cambiar las cosas”. Marcha con destino a Valencia y a Madrid y con ganas de volver a este sur de Europa. “Son amables y no he sentido el rechazo por llevar un pañuelo que he vivido en Hungría o en Polonia”, reconoce. 

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