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Artículos de opinión de Javier Gallego, director del programa de radio Carne Cruda.

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Bajemos el volumen

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La ultraderecha ha metido no sólo el discurso del fascismo en el debate, ha metido las formas. Las malas formas. Han metido el insulto y el exabrupto, la soberbia y el desprecio, la mentira y el bulo. Han normalizado llamar MENAS a niños sin padres, como si fuera el nombre de una banda de atracadores, y se refieren a Pablo Iglesias como el Coletas Rata. Después, Eduardo Inda le llama mierda y memo y Ana Rosa Quintana no le afea la expresión porque antes Iglesias les ha criticado. ¡Dónde se ha visto eso! No nos vengan de periodistas señalados, pónganse a la cola. Mientras tanto, ahí dejan eso. Otro límite que se cruza. Si se le puede vejar en el programa más visto de la mañana, si le escupe el tertuliano más visto de la tele, por qué no lo voy a poder hacer yo en mi Twitter, en la calle, en la puerta de su casa, cuando me lo cruce, cuando vaya a Correos. Barra libre. La barra del bar en el Congreso, en la televisión, en la esfera pública.

Losantos (con él empezó todo) lleva años ganándose la vida y las subvenciones de los amigos poderosos practicando el innoble arte del improperio. Pero hay que ver qué gracioso, qué ocurrente, qué creativo es Federico. Otro amamantado de las mamandurrias. El otro día Herrera llamaba "escoria" a Podemos, antes les ha llamado "basura". Qué mal sabor de boca debe de tener ese hombre. En la emisora de los obispos, el mensaje del amor y la concordia. Es la altivez del señorito, la chulería del pijo, la zafiedad del cacique, esa superioridad clasista que mira de arriba abajo al chusmerío. Es paradójico la poca clase que tiene la clase alta. Hasta insignes popes del oficialismo como Azúa o Savater llaman bobos y tontos a la gente de izquierdas, demostrando su deterioro moral e intelectual. Vox se sabe la lección al dedillo, la trae aprendida de casa o del colegio de pago. Monasterio dio un recital el otro día en el debate de la Ser, interrumpiendo e insultando como la maleducada que es. Desde entonces no ha cesado el griterío, se ha extendido, amplificado, mantenido. Es como si todo el debate público se hubiera convertido en el debate de Monasterio. 

De ahí hemos pasado a un ensordecedor, insoportable guirigay de falsedades, maledicencia, conspiranoia y crispación. Los negacionistas de la violencia de género y del cambio climático han empezado negando las amenazas de muerte a políticos y han acabado ideando una conspiración de la izquierda que se manda a sí misma balas para darle la vuelta a las elecciones al estilo 11M. Aún siguen sosteniendo que el 11M fue una conspiración del PSOE. No hicieron bastante daño ni bastante el ridículo. La teoría parte de un trol relacionado con la secta mexicana ultracatólica fascista, El Yunque, una de las siniestras organizaciones detrás de Vox, como mostró una investigación periodística publicada en La Marea. Herrera le ha dado bola al bulo. Qué decepción se van a llevar cuando gane la derecha. 

El aire normalmente ponzoñoso de la política se ha vuelto irrespirable. Entrar en Twitter da miedo y asco y pereza. El clima político es más furioso que la borrasca Lola. Es responsabilidad de todos, pero especialmente de políticos y periodistas, bajar el tono de la conversación. Bajemos el volumen. A izquierda y derecha. Sí, porque aunque los nuestros siempre nos parezcan mejores, en todas partes hay políticos que gustan del incendio. Lo llevamos viendo demasiado tiempo desde la derecha a la ultraderecha españolas, del independentismo furibundo a la izquierda más combativa. Le he pedido personalmente a Echenique que suelte el Twitter porque parece que lo coge para liarla parda y a Iglesias le pediría que no fuera siempre al cuerpo a cuerpo. Él no se merece lo que le pasa y todos nos merecemos acabar con este ruido para dejar solos a los que gritan hasta que se vean ridículos. Es la mejor manera de callarlos. 

Dejemos la política del zasca y el troleo constante. Le hacemos el caldo gordo al fascismo que crece y se crece en la bronca. El fango es su hábitat. La mayoría no somos ese hatajo de garrulos. Decía este miércoles Alsina que la cuestión es más de decencia que de democracia, yo dije el día anterior que son ambas porque sin la primera no hay la segunda. Se puede criticar y atacar al rival político con saña, incluso encono, pero sin manipulaciones y siempre desde el civismo y el respeto que no deben sobrepasarse nunca, porque en el momento en que se cruza esa línea, es muy difícil retroceder y muy fácil seguir cruzando otras. No dejemos que el fascismo imponga sus formas. Bajemos el volumen, que no nos oímos.

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28 de abril de 2021 - 22:22 h

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