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Siete siglos de la muerte del conde de Orgaz, el noble toledano protagonista del cuadro que hizo famoso al Greco

Cuadro del entierro del conde Orgaz situado en la capilla de la Concepción de la toledana iglesia de Santo Tomé

Carmen Bachiller

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Pagaron por él 1.200 ducados. Una moneda de los siglos XV o XVI que, dependiendo del precio y calidad del oro con el que era acuñada, podría tener una equivalencia superior a los 200.000 euros actuales. Es la cifra que se embolsó Doménikos Theotokópoulos, El Greco, allá por 1586 cuando le encargaron pintar su cuadro más famoso, ‘El entierro del conde de Orgaz’.

Se cumplen ahora siete siglos de la muerte de Gonzalo Ruiz de Toledo, el protagonista del cuadro conocido en todo el mundo. De su autor, el griego que se enamoró de la que hoy es capital de Castilla-La Mancha, aprendieron Velázquez, Goya o Picasso. Aquel artista fue, según los especialistas, el precursor del Impresionismo.

“Con este cuadro, El Greco conoció el éxito en vida. Consiguió atraer a numerosos visitantes que llegaban de la Corte, en Madrid, y desde otros lugares para conocer esa galería de hombres ilustres que el pintor había introducido al pintar el ‘milagro’ del entierro del conde de Orgaz”, explica Palma Martínez-Burgos, catedrática de Historia del Arte en la Facultad de Humanidades de Toledo (UCLM).

‘El entierro del conde de Orgaz’, instalado en un anexo de la iglesia de Santo Tomé, es uno de los cuadros más visitados de Toledo. No sólo es una obra magistral de la historia del arte, también tiene tras de sí una curiosa historia.

Fue pintado por encargo del párroco de Santo Tomé, Andrés Núñez de Madrid, que regentaba la iglesia del barrio en el que vivía “su vecino más ilustre”, El Greco. Quiso representar el ‘milagro’ que se había producido durante el entierro del noble:  San Agustín y San Esteban bajaron del cielo para enterrarlo como premio a la ejemplaridad de su vida de fe (católica).

Hay que situarse en la época de la Contrarreforma, la respuesta de la iglesia católica a la Reforma protestante auspiciada por Martín Lutero. En ese escenario, se había celebrado el Concilio de Trento (1545-1563) como respuesta a los protestantes. Una de sus normas prohibía a los artistas representar supuestas escenas milagrosas no reconocidas por el papa en Roma “de cara a erradicar supersticiones o falsas creencias y que el bloque protestante venía denunciando”, explica Martínez-Burgos.

“El milagro en el entierro del conde de Orgaz había sido una especie de leyenda urbana pero cuando fue oficialmente reconocido en 1583, el párroco tuvo vía libre”, comenta. Y no solo eso. Como señor de Orgaz, dejó también escrito en sus últimas voluntades que los vecinos de aquella villa tendrían que donar a Santo Tomé dos carneros, 16 gallinas, dos pellejos de vinos, dos cargas de leña y 800 maravedíes.

La villa de Orgaz estaba obligada a rendir tributo, por deseo expreso de Ruiz de Toledo, para el sustento de los pobres a los que alimentaba la parroquia y para las celebraciones conmemorativas en torno a Santo Tomé. Pero los vecinos habían dejado de pagar y el cura emprendió un pleito ante la Chancillería de Valladolid que terminó ganando en 1567. Fue entonces cuando encargó el cuadro.

El 18 de marzo de 1586, El Greco firmó el contrato para pintarlo. El documento todavía se conserva en al Archivo Histórico Provincial de Toledo. “Como siempre ocurría en España, se recogía el plazo de entrega, 18 meses, aunque nunca se ponía precio. Eso se hacía mediante tasadores de una y otra parte. Al Greco le costó mucho asimilar este sistema que no funcionaba así en Italia, donde había trabajado. De hecho, todos los encargos que le hicieron terminaron en pleito”.

El cuadro siempre ha estado donde podemos contemplarlo hoy, junto a la tumba de su protagonista y junto a un epitafio conmemorativo en latín que realizó el catedrático de Filología de Universidad de Alcalá (UAH), Alvar Gómez de Castro. “Era un gran humanista, seguidor de las enseñanzas del arzobispo de Toledo, el cardenal Cisneros, que fundó aquella universidad. Se contó con lo más granado de la intelectualidad del momento”, comenta la catedrática.

El cuadro fue el “primer selfie” de El Greco

‘El entierro del conde de Orgaz’ es un óleo sobre lienzo de casi cinco metros de alto por 3,60 de alto y con dos partes cromáticas diferentes para separar la parte terrenal de la celestial a la hora de contar la historia. “Es toda una lección de la Contrarreforma al reivindicar el papel de los santos y de la virgen María que negaban los protestantes, además de difundir la idea del juicio final individual”.

Jamás ha salido de la capilla en la que fue colocado. Ni siquiera durante la guerra civil española. “Se cambió de pared para protegerlo de posibles bombardeos”. Los propios parroquianos llevaron colchones y otros enseres para protegerlo.

El cuadro se conserva muy bien. “Usaba pigmentos puros y por tanto carísimos y esa es una de las razones”, señala Palma Martínez-Burgos. En opinión de la especialista “es de esos que no deben ser prestados jamás. Quien quiera verlo debe venir a Toledo. Le ocurre lo mismo que a Las Meninas de Velázquez. Son cuadros emblema”.

¿Qué podemos ver en esta pintura? “Si hablamos de su composición hay que partir de la figura de un paje que está representado por el único hijo del Greco. Es el primer retrato que hay de Jorge Manuel”, explica.

Aparece vestido como uno de los ‘seises’ de la catedral toledana, cuyo papel original fue formar parte del coro catedralicio o de la Capilla de Música. “Es un claro anclaje del Greco a Toledo porque hasta entonces se empeñaba en ser un extranjero en la ciudad. Aprovechó también para pintar sobre un pañuelo que sobresale del bolsillo del traje del niño la fecha de su nacimiento, 1578”.

El pequeño Jorge Manuel nos conduce con su gesto hacia el centro del cuadro. “Siempre lo he relacionado con la retórica sagrada, para invitarnos a la contemplación. Uno de los argumentos de la pintura religiosa es mostrar ejemplos modélicos de conducta”, recuerda Palma Martínez-Burgos, que alude también a “la explosión de color” en el lienzo a la hora de representar a un anciano San Agustín y a un jovencísimo San Esteban que sostienen el cuerpo del conde y en los que “se inspira en algunos retratos de Tiziano”.

“Una de las obligaciones impuesta por la Contrarreforma es que en el arte pudiera reconocerse fácilmente a los santos”, recuerda la investigadora. El martirio de San Esteban es fácilmente reconocible en las telas de las capas de los santos en este cuadro. La idea de mostrar pinturas sobre las telas la aprendió en El Escorial observando a Alonso Sánchez Coello. “Solo la utilizaría en este cuadro”.

El propio párroco de Santo Tomé también aparece retratado, a la derecha, muy cerca de la figura del sacristán con la tradicional alba, una especie de camisa blanca “maravillosamente transparente”, comenta la catedrática, que formaba parte de la liturgia funeraria de la época.

Otro de los aspectos característicos de esta obra es el cortejo fúnebre de hombres ilustres “en cuyos retratos aplica la técnica bizantina, todos tienen la misma altura, pero les dota de una poderosísima psicología, en cada caso. Nos hablan sus manos, sus miradas… No hay ninguno igual. Parece representar una visión colectiva del milagro”. A ellos se suma la presencia, entre otros de los monjes franciscanos “que acaparaban toda la liturgia del ‘Ars Moriendi’, el arte del buen morir cristiano”.

La catedrática destaca en particular el retrato de Antonio de Covarrubias, historiador, jurista, anticuario y filólogo con el que El Greco mantenía una gran relación. Junto a él aparece lo que podría ser “el primer selfie que se hizo el pintor. Ahora se cree que la figura que aparece, escondida entre Covarrubias y otro personaje, es el autorretrato del Greco. Su rostro sigue siendo un enigma, aunque tenemos cada vez más certezas. No es el que mira directamente al espectador como creíamos. Está descartado”.

Junto a los aspectos “realistas” del cuadro aparecen otros detalles abstractos, como las seis velas que no dan luz. “No tienen aureola, no hay reflejo y no es porque no sepa hacerlo. Es muy propio de él, ese doble juego tan personal”.

La escena superior del cuadro no solo supone un cambio radical en la luz, los colores o el tratamiento de la figura humana al estilo de los manieristas italianos, sino que representa el juicio individual del alma, dice la historiadora. “Es una teoría muy interesante porque entonces se representaba el juicio final. Hay una determinada línea de la ortodoxia católica que adoctrina sobre esta cuestión”. Además, hay un guiño a Felipe II, con un retrato del monarca, “aunque había perdido toda esperanza de trabajar para él”. 

Gonzalo Ruiz de Toledo, el mecenas que hizo famoso al Greco que nunca fue conde

Pero, ¿quién era Gonzalo Ruiz de Toledo? El señor de Orgaz fue un noble del siglo XIV que nació en Toledo, aunque se desconoce la fecha exacta, posiblemente allá por 1256. En realidad, nunca fue conde, a pesar del nombre del cuadro. Orgaz era una villa y no un condado. Ese reconocimiento llegaría años después cuando, bajo el reinado de Carlos V, uno de sus descendientes (el XII señor de Orgaz) brindó apoyo a este monarca, en plena guerra de las Comunidades de Castilla, y fue un premio a la lealtad allá por 1520.

Pero el protagonista del cuadro es otro. Gonzalo Ruiz de Toledo fue el IV señor de Orgaz en pleno reinado de Alfonso X El Sabio. Inicialmente fue enterrado en uno de los edificios religiosos que ayudó a fundar económicamente, el Convento de San Agustín, muy cerca de la que hoy conocemos como Puerta del Cambrón, donde se levanta el IES Sefarad. Sus restos fueron posteriormente trasladados a la iglesia de Santo Tomás Apóstol o Santo Tomé, como era conocido el santo en la época, y allí se colocó el famoso cuadro. Se convertiría en uno de los personajes más famosos en el mundo por culpa de El Greco. Murió hace 700 años, en 1323, el día de Santa Leocadia, patrona de Toledo.

Fue mayordomo mayor de la reina Constanza de Portugal, esposa de Fernando IV de Castilla, y también mayordomo menor y preceptor del rey Alfonso XI de Castilla. Además, ocupó el cargo de notario mayor de Castilla, fue alcalde mayor de Toledo, y preceptor de la infanta Beatriz de Castilla, la que después sería reina consorte de Portugal por su matrimonio con Alfonso IV.

“Además de su labor política relacionada con la Corona, fue un mecenas increíble en Toledo. Construyó las iglesias de Justo y Pastor, la de San Bartolomé, fundó el Hospital de San Antonio Abad, donde aunque entonces se curaba poco, ayudaban a 'bien morir' y también colaboró con la propia iglesia de Santo Tomé”.

La próxima semana Palma Martínez-Burgos será una de las protagonistas del ciclo de conferencias en torno a El Greco que ha organizado el Ayuntamiento de Toledo. Participará en una charla sobre el famoso cuadro. Será el 15 de diciembre en la iglesia de Santo Tomé. “Esta fue la obra maestra de El Greco, la que le dio fama en vida. Hasta el sevillano Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, quiso conocer al pintor griego durante una visita a Toledo. Eso sí, terminaron despreciándose mutuamente”.

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