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Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

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Ni tradición ni fe: lo que se defiende es el privilegio masculino

Una procesión en Cuenca

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En plena Cuaresma de 2026, mientras se afinaban tambores y se preparaban pasos, miles de mujeres han seguido siendo apartadas de la Semana Santa por el simple hecho de serlo. Lo que algunos llaman tradición no es más que una resistencia a la igualdad. Y esa resistencia, hoy, ya no pasa desapercibida

A día de hoy España vive una contradicción difícil de sostener: mientras las hermandades ultiman los preparativos para procesionar, el debate público no gira en torno a la fe, sino a la exclusión. Y cada vez resuena con más fuerza una idea incómoda, pero ineludible: no hay nada más contrario al mensaje cristiano que utilizar la religión para discriminar a la mujer.

No se trata de tradición. Se trata de poder.

El detonante: el “no” de Sagunto

El foco de indignación se ha encendido en Sagunto (Valencia). La Cofradía de la Purísima Sangre ha votado este fin de semana mantener en sus estatutos la palabra “varones”. Traducido: las mujeres siguen sin poder participar en igualdad.

Doscientos sesenta y siete votos han decidido que, en 2026, una mujer vale menos dentro de una procesión.

La respuesta del Gobierno ha sido clara, pero también llega tarde para muchas: las cofradías no están por encima de la Constitución. No pueden recibir reconocimiento público si vulneran derechos fundamentales. Porque lo que está en juego no es una costumbre: es la dignidad.

Castilla-La Mancha: exclusión con otros nombres

Que nadie piense que esto ocurre solo en otros lugares. En Castilla-La Mancha, la desigualdad se disfraza, se suaviza, pero persiste.

En Ciudad Real, las mujeres no son expulsadas abiertamente: simplemente no se les deja estar. Se disuelven cuadrillas femeninas, se bloquea su creación, se habla de “estética” o de “tradición técnica”. Pero el mensaje real es otro: el espacio sigue siendo de ellos.

Las costaleras lo saben. Y lo sufren. No es una cuestión de fuerza ni de capacidad, es una cuestión de control.

En Cuenca, la exclusión se desplaza hacia el poder. Las mujeres llenan las filas, pero no las decisiones. Pueden participar, pero no dirigir. Pueden sostener la tradición, pero no transformarla.

Y eso también es discriminación.

Diócesis en silencio incómodo

Las diócesis caminan sobre una cuerda floja. Algunas apelan a la fraternidad; otras se refugian en la autonomía de las hermandades. Pero el problema ya no puede esquivarse.

La ley es clara: la libertad religiosa no puede utilizarse como escudo para vulnerar la igualdad. Y aquí está el punto clave: durante demasiado tiempo se ha permitido. La tradición ya no justifica la injusticia

Lo que une Sagunto, Ciudad Real y Cuenca no es la fe. Es la resistencia al cambio. Se ha repetido tantas veces la palabra “tradición” que casi se ha vaciado de sentido. Pero ninguna tradición puede sostenerse sobre la exclusión sin acabar siendo cuestionada. Estamos en 2026. Las mujeres no están pidiendo permiso. Están señalando una injusticia. Y eso incomoda.

Una Semana Santa que interpela

Esta no es solo una polémica puntual. Es un momento de inflexión. Porque la fe, si es auténtica, no excluye. Porque la igualdad no es negociable. Y porque cada vez más mujeres —dentro y fuera de las cofradías— están dejando de aceptar lo que durante años se les pidió que asumieran en silencio. En esta Semana Santa, la pregunta ya no es quién carga un paso.

La pregunta es quién sigue sosteniendo un sistema que deja a las mujeres fuera. Y la respuesta, por fin, empieza a cambiar.

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