La brecha escolar del confinamiento: el 18% de alumnos vulnerables en Barcelona no pudo seguir el curso a distancia

Los alumnos más vulnerables se vieron perjudicados en casi todos los aspectos.

El cese de las clases por culpa de la pandemia agrandó las desigualdades educativas. Quienes no tenían una buena conexión a internet, ni ordenadores, ni habitación propia o algún familiar al lado para echarles una mano, lo tuvieron mucho más difícil para seguir las propuestas que les hacían los maestros. Esto, que intuyeron docentes, expertos y asociaciones de familias durante esos meses, lo confirma ahora un encuesta del Consorcio de Educación de Barcelona (CEB), que constata cómo un 18% del alumnado más vulnerable directamente no pudo seguir el curso escolar a distancia. Entre el resto de los escolares, este porcentaje fue residual, del 2,8%.

La encuesta la realizó el GESOP entre finales de abril y principios de mayo, es decir, cuando los centros ya se habían organizado para impartir docencia en línea. La intención del Consorcio de Educación, responsable de la gestión de los centros en la capital catalana, era detectar si había habido diferencias significativas entre el alumnado de entornos desfavorecidos y el resto, por lo que se entrevistó por teléfono a una muestra representativa de 600 familias con hijos.

Si el Consorcio tiene unos 19.400 alumnos considerados como vulnerables, esto significa que alrededor de 2.000 niños y niñas de la ciudad perdieron gran parte de esos meses en términos educativos.

La conclusión de la encuesta va mucho más allá, y es que los alumnos más vulnerables se vieron perjudicados en casi todos los aspectos. No solo en los estrictamente escolares, también en los que tienen que ver con las rutinas del hogar o incluso con el estado de ánimo. Sobre esto último, el 27% de los alumnos en situación de vulnerabilidad reconoció estar triste durante ese periodo, mientras que del resto de estudiantes de la ciudad los que tuvieron este sentimiento fueron un 11%. Las diferencias también fueron notorias entre los que aseguraron sentirse angustiados –22,1% los vulnerables; 12,4%, el resto–, enfadados, quejosos o aburridos.

“Es la prueba de que por un lado la educación en casa es especialmente desigual, pero también de que tenemos graves problemas estructurales en el sistema educativo y que se han visto ahora agravados”, resume Sheila González, socióloga de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y miembro del colectivo Tornem a les escoles, que pidió la reapertura de los centros durante la desescalada. Para entender las diferencias educativas, resume González, basta ver qué hogares pudieron reproducir las condiciones de una escuela (en cuanto al tiempo, la conexión, los materiales, la presencia de adultos…) y cuáles no.

En este sentido, las conclusiones de la encuesta plantean un Índice de Oportunidades de Aprendizaje de 0 a 100, en el que el máximo sería cuando el alumno sigue todas las clases, dedica horas, entrega trabajos y recibe feedback de los docentes. Si se aplica a los colectivos vulnerables, obtienen un 58,4%. El resto, un 77,8. Lo que también refuerza la idea de que para el conjunto del alumnado es más provechosa la educación presencial.

Más allá de la falta de internet

La principal razón por la que ese 18% de alumnos vulnerables no pudo seguir el curso tuvo relación con la falta de herramientas, en un 62% de los casos. Pero, además, otro 23% de esas familias aseguró que el centro simplemente no les había propuesto la forma de hacerlo. O, en menor medida, que los dispositivos facilitados por la administración no funcionaban o no les habían llegado, que no había adultos para darles apoyo o directamente que el alumno no quería hacerlo. 

El difícil acceso a internet en los hogares más pobres fue considerado el principal escollo por las Administraciones, aunque la realidad fue mucho más compleja. El 14% de las familias vulnerables no tenían conexión o solo podían lograrla a través del móvil, mientras un porcentaje que en el resto de hogares era del 3%. Pero entre los que sí tenían internet, el número de dispositivos tampoco era el mismo: cuatro de cada 10 hogares desfavorecidos no disponían de un ordenador o una tableta, elementos imprescindibles para seguir las actividades escolares. Para paliarlo, el Departamento de Educación repartió packs de conexión que incluían internet y ordenadores a 31.000 alumnos, aunque a su vez reconoció que el total de quienes lo necesitaban se acercaba a los 55.000.

Las diferencias se notaron mucho, por ejemplo, en la cantidad de encuentros online que realizaron con el profesor y con el resto de compañeros de su clase: solo un 64,6% de los estudiantes en situación de vulnerabilidad hicieron este tipo de reuniones mientras estaban confinados. El porcentaje sube más de 20 puntos, hasta el 86,1%, entre el resto de alumnos de la ciudad. Enric Canet, del Casal dels Infants del Raval, explica cómo muchos de sus niños y niñas lo tenían “muy difícil” para conectarse y a menudo se veían obligados a hacerlo varios hermanos con el único teléfono móvil de la madres. “Y así es imposible seguir una clase online, claro”, resume este educador.

Las desigualdades fueron también muy significativas en función de las etapas. En los entornos vulnerables, un 43% de los niños y niñas no pudieron seguir el curso, mientras que en Primaria fue el 15% y, en la ESO, un 7%. Aunque se podría desprender de ello que la etapa infantil se consideró en ese momento más difícil de mantener online, el dato en el resto de hogares se desmiente: esa etapa tuvo un seguimiento parecido a las otras, por encima del 94% de las familias.

“En la etapa de infantil resultó por lo tanto evidente que al volver al colegio, unos alumnos estaban más avanzados que otros, una desigualdad enorme en la base del proceso de aprendizaje”, sostiene González. Y un patrón que se repite en las actividades y rutinas, algunas más que otras, que no se consideran estrictamente escolares. Una de las más claras es la lectura semanal. En edades hasta los 6 años, la diferencia es abismal (de un 51% de los vulnerables a un 68% de los demás), mientras que a medida que se avanza hasta la ESO, se reduce a cero. Esto se explica porque estos últimos no necesitan ayuda, mientras que los primeros sí.

Con todo, también hay que destacar que fueron muy pocos los alumnos que sufrieron un apagón total respecto a su escuela, y que en este aspecto no afectó la condición social. La gran mayoría de los escolares (más del 88%, fuera cual fuera su entorno) recibió llamadas o correos de sus profesores para saber cómo lo estaban pasando. Esto comportó que la satisfacción entre las familias fuera también elevada y sin distinciones entre clases sociales.

Las condiciones del hogar

Las características de la vivienda muestran una brecha relevante entre los alumnos en situación vulnerable y los que no. El estudio señala que la mayoría de los alumnos en esta situación –un 72,4%– vive en un domicilio alquilado, mientras que entre el resto de estudiantes el 57% vive en pisos de propiedad. El tamaño de los pisos y el número de habitaciones tampoco tiene nada que ver: 65,2 metros cuadrados y 2,8 habitaciones de media entre los vulnerables. 85,2 metros cuadrados y 3,2 estancias de media en el resto de estudiantes. Los datos muestran también una realidad que choca directamente con las posibilidades de estudiar desde casa: el 7% de los alumnos en situación vulnerable viven en una habitación realquilada o en un piso ocupado.

La incidencia de las características de la vivienda a la hora de poder seguir las clases a distancia se observa, por ejemplo, en el porcentaje de alumnos que no dispusieron de una mesa propia para poder estudiar: tres de cada diez alumnos en situación de pobreza no la tuvieron frente al 19% en el resto de estudiantes. La sensación de que la convivencia entre los familiares empeoró durante el confinamiento fue de más del doble en los hogares vulnerables –12,2%– que en los del resto de la capital catalana (5,3%).

Buena parte del alumnado en situación de pobreza (un tercio del total) se concentra en dos distritos de la ciudad: Nou Barris y Ciutat Vella. La brecha entre los ingresos de estos hogares y el resto de domicilios de la capital catalana es notable: 910 euros de media frente a 2.283 euros.

Los datos apuntan que los hijos de migrantes son los que más están sufriendo. Siete de cada diez alumnos en situación de vulnerabilidad tienen progenitores nacidos en el extranjero. El 75% de estos hogares utiliza el castellano como lengua habitual y tres de cada cuatro alumnos de este colectivo está escolarizado en centros públicos. 

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