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CATALUNYA

La solitaria despedida de Carmen de Mairena

Solo cinco personas pudieron acompañar a la cupletista e icono LGTBIQ en su funeral: su hermana, tres sobrinos, y un joven admirador que se convirtió en su sombra durante los últimos años

La cupletista, en las calles del Raval en los 90.

La cupletista, en las calles del Raval en los 90. Jordi Oliver

El martes pasado, al mediodía, cinco personas se reunieron en el Tanatorio Sancho de Ávila de Barcelona. Solo durante media hora, sin abrazos ni besos, como marca la nueva normativa. El vídeo que habían preparado los allegados de la fallecida, con fotos y grabaciones recordando anécdotas, tampoco se pudo reproducir. “Creo que ella nunca hubiera imaginado una despedida así”, señala Adrián Amaya, uno de los pocos que estuvo ahí. Era el adiós de Carmen de Mairena. El último capítulo de una vida azarosa, siempre en el filo entre la fama y la sordidez, que la acabó convirtiendo en un icono de la España contemporánea. 

A Carmen de Mairena le pasó de todo en la vida, pero según sus allegados lo último que esperaba era que su funeral estuviese vacío. Se fue, sin embargo, en paz, con un balance vital lleno de claroscuros en el que la fama adquirida acabó compensando los momentos más dolorosos del trayecto. “Que me quiten lo bailao”, solía decir durante los últimos años de su vida, satisfecha al constatar que la gente le seguía pidiendo fotos cuando la sacaban a pasear en silla de ruedas. “He llegado a ser famosa, que era lo que quería”, les decía a su círculo más próximo.

Los únicos que pudieron acudir al velatorio fueron su hermana menor, visiblemente afectada, sus tres sobrinos y el mencionado Amaya, un joven admirador de 27 años, también cupletista, que durante los últimos tiempos se había convertido en la sombra de la artista. La familia todavía no sabe donde esparcirán las cenizas de Mairena, ni siquiera las tienen aún. De momento, desde los servicios funerarios les han comunicado que la lista de espera es abultada.

Nacida en el barrio bienestante de la Bonanova en 1933, Mairena tuvo varias vidas. La primera, la de Miguel de Mairena, un cantante de cuplé homosexual que sobrevivía actuando en distintos locales de Barcelona y que había pasado por la cárcel por su orientación sexual. La segunda, la de Carmen de Mairena, la persona trans que se operó de manera chapucera por amor, una transformación que la abocó a ejercer la prostitución en las calles del Raval durante años. 

Carmen de Mairena, actuando en la sala El Molino a mediados de los 90.

Carmen de Mairena, actuando en la sala El Molino a mediados de los 90. Jordi Oliver


Después vinieron distintas Cármenes: la leyenda del cuplé en el Raval pero desconocida en el resto de la ciudad. La que se hizo famosa en toda España al empezar a aparecer en televisión diciendo barbaridades. La que fue detenida en una operación contra una red de proxenetas, acusada de alquilar habitaciones a prostitutas. La que se presentó a las elecciones al Parlament y arañó más de 7.000 votos. La que se acercaba a las cenas de artistas de los domingos en el Danzarama, donde acudían artistas como la Pantoja, Concha Velasco, Manolo Escobar o Carlos Latre y que acababan a las tantas de la madrugada con todos cantando alrededor del piano de cola que había en el local. La que vivió, durante sus últimos cuatro años, arruinada en una residencia de ancianos de la calle Aragó, desligada ya de malas compañías y tratada solo por un pequeño círculo de familiares y amigos.

Murió, como no podía ser de otra manera, la madrugada de un sábado. A la misma hora en la que, hace 10 años, aún se la podía encontrar uno en las calles del Raval, o en la barra del Rincón del Artista, aceptando sin rechistar y siempre con una sonrisa cualquier foto que le pidieran los jóvenes borrachos que salían de la sala Apolo a tomar el aire.

“En privado, era una persona seria y callada”, explica Jordi Oliver, fotógrafo que firma las imágenes de este texto, tomadas durante la década de los 90. “Era una mujer que expresaba muy poco, costaba hablar en profundidad de las cosas. Lo suyo eran las frases lapidarias y cortas”, rememora. 

Oliver conoció a Mairena cuando era un veinteañero que quería fotografiar a los transformistas del Raval. La cupletista le introdujo en el barrio y le apadrinó durante un tiempo. Oliver la siguió durante las largas madrugadas de esos años. A las dos o a las tres de la mañana, cuando acababa de actuar, le invitaba a su domicilio y le cocinaba unas alubias. “Siempre había en su piso dos o tres transformistas más”, recuerda este fotógrafo. “Lo que más me impresionaba era que tenía la cama llena de peluches”.

Carmen de Mairena, durante una actuación en el Raval en los 90.

Carmen de Mairena, durante una actuación en el Raval en los 90. Jordi Oliver


Oliver explica que en aquella época Mairena ni siquiera era conocida en el resto de Barcelona, pero en el Raval ya tenía mucha influencia. “Era muy respetada, incluso temida por su mala leche. Todo el mundo la conocía y la saludaba”, señala.

Mairena actuaba en esa época todos los miércoles, viernes y domingos en el llamado “triángulo transformista”, que formaban el Marsella, el Cangrejo y la Bohemia. También se prostituía en ocasiones. “Nunca la vi como alguien que pasara penurias económicas”, señala. “A mí nunca me pidió ni un duro y su casa se veía cuidada”.

Después vino la fama nacional, espoleada por sus apariciones televisivas. Primero fue en Força Barça, de TV3, después en programas de gran audiencia como Crónicas Marcianas. Apareció incluso en la cuarta edición de Torrente. Los últimos años se refugió en el programa de Toni Rovira del canal local 25 TV, probablemente el último remanso de la bohemia barcelonesa que resistía ya entrado el siglo XXI.

Adrián Amaya, que la conoció cuando Mairena estaba en la cúspide de la fama, explica que siempre fue accesible, cercana, aunque manteniendo dos caras de su personalidad. La Carmen ante los focos, que soltaba algún pareado obsceno y polémico. Y la Carmen introvertida, hermética, con la que costaba intimar a pesar de la confianza. 

Los últimos años de su vida, Mairena se arruinó. Era generosa, de esas que siempre quería pagar. “No tenía ningún celo por las cosas materiales, le decías que algo suyo era bonito y te lo regalaba”, recuerda Amaya. “Con esa actitud, se rodeó de mucha gente que se aprovechaba de ella y sabía que si Carmen estaba ahí le saldría todo gratis”.

La cupletista, en su domicilio del Raval durante los 90.

La cupletista, en su domicilio del Raval durante los 90. Jordi Oliver


Los últimos años los pasó en la residencia, sufragada en parte por su hermana y en parte por los servicios sociales. Su llegada causó revuelo. Las enfermeras se fotografiaban con ella y la ayudaban a maquillarse cuando recibía visitas.

Durante este último periodo, Amaya la recogía en su silla de ruedas y la paseaba por los lugares en los que fue un mito. El Raval, la puerta del Cangrejo, su antiguo domicilio en la calle Sant Ramón, el Rincón del Artista… Mairena, mientras tanto, le iba contando a este joven sus aventuras y desventuras de una vida de película. 

- ¿Crees que fue feliz?- le pregunto a Adrián Amaya. 

- Mmmmm….No lo sé. Es complicado responderte a esta pregunta.

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